En el año 2008, Maurizio Ferraris publica un texto titulado “Ontología del teléfono móvil”, en el que se propone abordar las transformaciones e implicaciones subjetivas que acompañan el tránsito del teléfono fijo al teléfono móvil. De acuerdo con Ferraris,  el móvil ya no es un teléfono común, sino un interfaz portable del ciberespacio que nos mantiene en permanente conexión con múltiples dimensiones y esferas sociales. Más que una máquina de hablar, como el teléfono tradicional, el móvil es una máquina de escribir.

El teléfono móvil es según Ferraris una”máquina de paradojas”, alejándonos del entorno físico inmediato a la vez que nos permite contactar con espacios virtuales o personas en lugares lejanos. No hay mejor forma de “alejarse del mundo” que dejar el móvil en casa, pero al mismo tiempo, ésta parece ser la mejor forma de experimentar el mundo en el sentido más clásico y presencial posible. Mi presunción es que estos dilemas o paradojas no son exclusivamente cualidades o efectos del teléfono móvil per se, sino indicadores de que el mundo que habitamos está sufriendo grandes transformaciones.

La revolución tecnológica ha construido un nuevo horizonte de relaciones, con nuevas formas de comunicarnos, pero también de vigilarnos, manipularnos o violentarnos. Como todo cambio cultural, la transformación tecnológica debe atenderse también como un cambio psico-social, prestando atención crítica a las subjetividades emergentes de las complejas relaciones digitales.  La serie “Black Mirror” de Netflix se ha ocupado de mostrar creativamente algunas de las posibilidades que las transformaciones tecnologías están abriendo y podrían abrir para la experiencia humana en los próximos años. Su creador, Charlie Brooker, ha declarado recientemente que el título de la serie (Espejo Negro en español) es una referencia a las pantallas frías y brillantes que nos acompañan y rodean diariamente con una creciente naturalidad.

Como muchos de sus críticos, tengo distancias con la propuesta ontológica de Ferraris y su postura respecto a la escritura y la objetivación de la realidad. Sin embargo, hemos de considerar su trabajo como una obra reflexiva y visionaria acerca del impacto que tienen los desarrollos tecnológicos sobre nuestras maneras de vivir.  Casi en simultáneo a la publicación del texto de Ferraris, nuestra época atendió una nueva revolución tecnológica: la transformación de los teléfonos móviles en Smartphones y la aparición de Facebook.

El Smartphone es mucho más que una máquina de escribir, se trata también de un dispositivo de vigilancia, que ahora puede ejercerse a distintos niveles y de distintas formas: espionaje gubernamental, control parental, periodismo ciudadano y un largo etcétera. Las posibilidades conferidas por el anudamiento de las nuevas tecnologías al desarrollo de las redes sociales digitales son dignas de considerar en cualquier lectura compleja de la circulación del poder en nuestros tiempos.

A través del Smartphone podemos estar participando simultáneamente en distintos universos bajos distintas identidades. Estos paralelismos contribuyen a desdibujar los roles establecidos y permiten una simultaneidad superflua de la vida social donde “todo es ahora”. De hecho, varias redes sociales digitales cuentan con la ya normalizada función de “estados”, que incita a los usuarios a compartir “lo que está pasando” en un formato de duración limitada al que sus contactos o seguidores pueden acceder de manera limitada. Se nos incita entonces a compartir y consumir contenido de manera permanente y en paralelo a cualquier otra actividad de la cotidianidad. Aquello que no se contempla o no se comparte, se pierde para siempre.

Pero no todo desaparece; los registros objetivados de las conversaciones son conservados y pueden emplearse en discusiones de pareja, vigilancia gubernamental o estudios de marketing político. Estamos ante un nuevo mercado de la información donde la reconfiguración de los límites entre lo público y lo privado producen otras formas de adquisición y transformación del valor; dicho de otra forma,  puede que nuestros ratos libres en Facebook produzcan una mayor riqueza a terceros que nuestras horas laborales, pues los registros de nuestros comportamientos digitales pueden ser adquiridos y empleados para desarrollar mecanismos costosos (pero lucrativos) de vigilancia y publicidad. Este último dilema ha cobrado atención pública gracias al reciente escándalo de la consultora Cambridge Analytica y el comparecimiento de Mark Zuckerberg ante el senado estadounidense.

El horizonte de fragmentación de las experiencias y las identidades al que accedemos a través del Smartphone puede situarse en el marco de lo que hace 20 años Sennet (1998) llamó la corrosión del carácter: el conjunto de consecuencias psico-sociales que derivan de la constitución de las recientes reformas económicas de acumulación flexible como un sistema de poder ilegible. Para Sennet, al estar sujetos a presentes simultáneos e instituciones flexibles donde los roles y las permanencias son difusas, se produce un cambio cultural en el valor ético que atribuimos a nuestros deseos y nuestras relaciones con los demás.  Estamos en presencia del paradigma social del “next”, haciendo frente a una aparente sobre-oferta de experiencias y relaciones que se nos presenta como espontánea y atractiva. El problema radica en la incertidumbre y el miedo social que produce la pérdida de la confianza o la imposibilidad de construir proyectos estables en un mundo flexible y espontáneo.

El Smartphone es entonces una máquina de simultaneidades que transforma nuestras experiencias y nos conecta en paralelo a una vasta multiplicidad de espacios y roles, convirtiéndose en un elemento casi indispensable de nuestras tareas domésticas, relaciones personales y responsabilidades laborales. También contribuye a fijar nuestra posición en diversos campos y nos introduce en una nueva dialéctica de las relaciones de poder, pues queda excluido de la experiencia normativa el que no está en el grupo de WhatsApp o el que no tiene nada que decir sobre el estado que puso algún compañero de trabajo.

Ferraris (2008) comenta en su libro que el paso de los teléfonos fijos a los móviles nos había llevado a sustituir en la cotidianidad la pregunta ¿Quién habla?” por la nueva “¿Dónde estás?”. Diez años después de su libro, a los usuarios de teléfonos inteligentes se nos hace imposible responder esta nueva pregunta con una única respuesta. Estamos en el trabajo o en el salón de clases, pero simultáneamente estamos participando en una comunidad de Facebook, viendo un live de Instagram o teniendo relaciones sexuales por WhatsApp.  No menos complicada es la primera pregunta, pues podríamos atender el teléfono a partir de uno de nuestros roles (padre, esposo, obrero, vecino, estudiante, miembro del club) mientras el otro desempeña otra actividad. Lo que queda claro es que ambas preguntas (¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos?) nos ubican en una complejidad contextual poco explorada y nos invitan a revisar críticamente nuestras experiencias, cada vez más sujetas a los aparatos portátiles.

 

Bibliografía:

 

Ferraris, M. (2008). ¿Dónde estás? Ontología del teléfono móvil. (Traducción de Carmen Revilla). Barcelona: Marbot Ediciones.

Sennett, R. (1998). The Corrosion of Character: The Personal Characteristics of Work in the New Capitalism. New York and London: Norton.

Samuel Colmenares

Samuel Colmenares es Psicólogo Social egresado de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela. Profesor universitario e investigador en el área de género y masculinidades contemporáneas, ha trabajado en organizaciones para la educación sexual, la recuperación de espacios públicos y la promoción de la convivencia democrática en Venezuela. Aficionado al cine, la literatura y las ciencias sociales.

Comentarios de Facebook

Comentarios 1

  1. Adolfo Eduardo Badillo García

    Excelente reflexión e incluso se puede sugerir que se ha cambiado una parte el famoso paradigma de Lawell para los estudios de los efectos de la comunicación, ya no tan de masas, colectiva.

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