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Ellos pegan fuego y luego te piden que lo apagues, no vaya a ser que todo arda y sea tuya la culpa

Siempre he venido defendiendo que, en sociedades generadoras de desigualdad como las nuestras, no cabe aplicar un derecho penal que utilice la figura del inexistente “hombre medio” como patrón para medir la capacidad de motivación por la norma penal de todos los sujetos -al margen de su círculo de pertenencia-.

Fuente: filosofiadesdelatrinchera

En estas sociedades de desiguales, que lo son a pesar de las predicadas elevadas cotas de libertad individual, el irreal “hombre medio” debe ceder el terreno al “hombre real”.

El derecho penal, por tanto, debiera considerar de forma seria los condicionantes socioculturales y económicos del justiciable en la determinación de su culpabilidad, pues tales condicionantes pueden afectar seriamente a la motivación del sujeto por la norma y, consecuentemente, no resulta válida –como se ha dicho- la figura del “hombre medio” como patrón al respecto.

Con esa consideración, además, también se lograría la  justa evitación de una segunda injusticia sobrevenida.

Esa segunda injusticia, como también vengo exponiendo muy a menudo, no es otra que la de castigar a aquellos que, sufriendo ya la primera injusticia (la cuasi-determinación a una ubicación social deficitaria y de marginalidad por parte de los “normales”), actúan desde los valores adquiridos precisamente en esa ubicación, de forma que deviene molesta para aquellos que justamente determinaron esa ubicación: los “normales”. No parece lógico que la primera injusticia genere, además, una segunda. Si la conducta es inconveniente, no podemos olvidar que, en su caso, es el probable fruto de una primera injusticia y, por tanto, la causa no está únicamente en el presunto desviado, al que por ello no cabrá culpar en exclusiva evitándose esa injusticia sobrevenida a la primera.

Mientras la igualdad real no impere, soportaremos la primera injusticia; pero en ella deberemos  hallar -para quienes la sufren e infringen la norma- los elementos que puedan generar causas de inculpabilidad tales como los condicionantes socio-culturales. ¡Como mínimo eso!.

Y en el límite, el “no castigo”/”menor castigo” de esas conductas -peligrosas para los mejor ubicados- sería a su vez el castigo de éstos por el mantenimiento de la injusticia primera (sea por acción u omisión).

Sin embargo, todo lo anterior no dejaría de ser un paliativo a la política del “chivo expiatorio” que se centra en defenderse de los efectos perturbadores para “la paz social” provocados por las conductas infractoras, sin importarle cuales sean las causas que generan su caldo de cultivo. Causas cuya remoción resolvería enormemente el problema, pero  atentando al interesado estatus imperante que permite el beneficio de unos a costa del perjuicio de otros muchos.

Siempre resulta absurdo luchar contra los efectos y no contra sus causas, salvo cuando éstas sean inatacables o interese al poder que lo sean.

No obstante, continuamente observamos esa preocupación por neutralizar efectos con  inacción frente a sus causas.

Y no solo eso sino que, incluso, quienes generan/son las causas de forma directa, exigen a los demás que eviten sus nocivos efectos so pena de ser culpabilizados de los mismos. Todo un retorcimiento.

Así y tras exponer mi crítica a la extendida falta de acción frente a las causas de los problemas y la exclusiva focalización en sus efectos -tanto a nivel general, como más concretamente en el terreno penal al que profesionalmente me siento ligado-, pasaremos ahora tratar, a modo de ejemplo de actualidad,  uno de los “retorcimientos” a los que aludí en el párrafo anterior.

Al efecto, nos viene como anillo al dedo el número correspondiente al mes de Febrero de este año de la revista “Le Monde Diplomatique”, con la publicación del artículo “Pues bien, ¡ahora recicle!” de Grégoire Chamayou que, versando sobre el tema de los envases de bebidas y la evolución temporal en las tendencias respecto a su destino final, incide de forma preclara en la cuestión.

Por ello paso a reproducir algunos fragmentos del mismo que nos muestran el camino de quienes, sin escrúpulos, siempre ganan haciendo ver que todo es para favorecer a los demás, constituyéndose en la verdadera causa de un problema del que finalmente intentan hacerte creer –manipulando  meritoriamente- que tú puedes y debes –altruistamente (para que sigan ganando)- resolver su efecto pernicioso salvo que aceptes ser culpabilizado del mismo.

El citado artículo comenta que, inicialmente, “en Estados Unidos existía desde hacía tiempo un sistema de depósito, devolución y retorno de envases (SDDR) para la venta de bebidas: el cliente pagaba algunos centavos adicionales, que se le devolvían cuando entregaba la botella vacía. Este sistema de reutilización del recipiente –que hay que diferenciar con claridad del reciclaje de los materiales (no se volvía a fundir el vidrio, sino que se rellenaba la botella)– era eficaz, sostenible y minimizaba los residuos generados”.

Continúa citando que “la situación comenzó a cambiar en los años 1930. Cuando se retomaron los negocios tras la prohibición, los industriales cerveceros inventaron la lata de metal. El paso a recipientes desechables inauguraba unas atractivas perspectivas: supresión de los costes de recogida y reacondicionamiento, eliminación de los intermediarios (entre ellos las embotelladoras locales) y concentración de la producción, ampliando a la vez la difusión a grandes distancias”.

“Generalizar lo desechable implicaba, por supuesto, incrementar la generación de residuos, pero los industriales se lavaban las manos a este respecto. A comienzos de los años 1950, los fabricantes de bebidas carbonatadas, Pepsi a la cabeza y más tarde Coca-Cola, siguieron el ejemplo de los cerveceros”.

Como justificación “Se alababan los méritos de su invento, muy práctico, que se abría en un momento, conservaba el sabor y el frescor y que, sobre todo, permitía beber directamente, sin tener botellas vacías que devolver”.

“Desde entonces, las cunetas, las orillas de los ríos y otras áreas recreativas se comenzaron a llenar de latas vacías y botellas desechables. Esto causó conmoción. Se firmaron peticiones y se exigió que las autoridades tomaran medidas. En 1953, la Asamblea del estado de Vermont adoptó una primera ley que hacía obligatorio el SDDR. Para las empresas, se trataba de una seria alerta. Temían que esa legislación sentara un precedente que pudiera afectar algún día a toda la industria. Keep America Beautiful se creó ese mismo año para frenar el movimiento”.

El artículo de Chamayou prosigue indicando que, si bien treinta años después seguía considerándose por las empresas que la ventaja de los envases desechables es que se pueden desechar, esto ya no podía mantenerse abiertamente (no era políticamente correcto, para entendernos) y, por  tanto, “había llegado el momento de corregir aquél primer mensaje con un segundo”.

Que es este: “soy desechable, pero atención: si me tiras donde no debes (cosa que ya has hecho), te vas a sentir culpable. Ahora te ordenamos no solo que te abstengas de hacer aquello a lo que antes te incitábamos, sino también que cargues con la culpa”.

“Al haberse reformulado de esta manera el problema para atribuirlo a faltas de conducta, la solución era evidente: iba a pasar por un trabajo de reeducación moral. Bastaría con que todo el mundo adoptara de forma individual buenas prácticas medioambientales para acabar con la contaminación”.

Chamayou mantiene que los ecologistas “se remontaban al origen, incriminando a los industriales que habían optado por lo desechable saboteando, únicamente en aras de la rentabilidad, un sistema muy eficaz de reutilización de los recipientes”.

“Frente a la amenaza reguladora, el Glass Container Manufacturers Institute (GCMI, instituto de fabricantes de envases de vidrio) lanzó en 1970 una gran campaña de relaciones públicas dotada de un presupuesto de varios millones de dólares. Dos días antes del primer “Día de la Tierra”, puso en marcha un programa piloto de reciclaje en Los Ángeles en que se invitó a sus habitantes”.

Y finalmente estamos donde estamos. En un neoliberalismo ético basado en la motivación desinteresada a través de campañas en los media.

“Por pura preocupación por el interés general, ahora se supone que todo el mundo clasifica sus residuos sin ningún móvil egoísta aparente”.

Estamos ante “un sujeto responsable encargado, a su nivel, de combatir con su microvirtud unos macrovicios sistémicos”

Y todo para que los mismos siempre ganen, hagan lo que hagan. Y todo para que se olviden las causas y nos centremos en reparar los efectos, cuando, simplemente, sin aquéllas no existirían éstos.

Ciertamente el artículo de Le Monde al que nos hemos referido, en apoyo de nuestra posición explica cómo los industriales, con evidente cinismo, han llegado a culpabilizar a los consumidores del desastre ecológico –y así lo indica textualmente-. Ese es el más injusto retorcimiento de la verdad al que aludíamos.

Y de ahí, et titulo del presente escrito: “Ellos pegan fuego y luego te piden que lo apagues….”.

Basta de hacer, pues, de “bombero voluntario” y que “cada palo aguante su vela”, como en justicia debe ser.

Jordi Cabezas Salmerón

Jordi Cabezas Salmerón, nacido en Barcelona el 21/12/49, Abogado penalista, es Diplomado Superior en Criminología y Doctor en Derecho Penal y Ciencias Penales por la Universidad de Barcelona. Miembro del Observatorio del Sistema Penal y Derechos Humanos de la UB, es también profesor del “Master Oficial en Criminología y Sociología Jurídico Penal” de esa Universidad y de la Mar del Plata (Argentina) y de Derecho Penal y Procesal Penal en la Escuela de Policía de Cataluña. Asimismo es profesor penalista en la Escuela de Práctica Jurídica del ICAB autor de diferentes ponencias/artículos y del libro “La culpabilidad dolosa como resultante de condicionamientos socioculturales”.

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