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¡¡Adelante con la desinformación!!

Periodismo

¡¡Adelante con la desinformación!!

En su día, y con el título “Veracidad. Su exigencia a los profesionales de la comunicación”, redacté un artículo crítico con la forma de ejercer la profesión periodística en este país.

Adelante con la desinformación

Fuente propria

En él se indicaba la gran importancia que, en una sociedad democrática, poseen los medios de comunicación y sus profesionales como fuente de información para la ciudadanía.

Y ello, a los efectos de que ésta tome las decisiones que sus legítimos representantes deberán materializar. Resulta obvio que, para tal toma de decisiones, es del todo necesario disponer de información. Pero no de cualquier información, tan solo de una que resulte buena (completa, comprensible, etc.) y veraz.

Decíamos, también, en ese artículo que la información correcta es la condición del todo necesaria, aunque no suficiente para una acertada decisión. La tal suficiencia vendrá de la mano del buen criterio y libertad del informado.

Y que, por tanto, la importancia y nobleza de la profesión periodística (en sus múltiples variantes) se justifican por su imprescindible aporte al correcto funcionamiento de una sociedad democrática, según se desprende de todo lo anterior.

Se comentaba, asimismo, que la propia Constitución Española en su artículo 20.1.d consagra el derecho fundamental a comunicar o recibir libremente información verazpor cualquier medio de difusión (sin que quepa censura previa).

En definitiva, el ciudadano tiene el derecho constitucional a recibir información veraz a través de los medios de comunicación, lo que comporta que éstos y sus profesionales periodistas son los encargados de satisfacer ese derecho. Derecho que únicamente se colmará si los profesionales antes citados informan con veracidad.

Por tanto, manteníamos que simplemente con una información no veraz (en sentido amplio incluyendo medias verdades, expresiones tendenciosas y engañosas, ocultaciones, etc.) en temas no triviales, y técnicamente hablando, se vulnera el ejercicio de un derecho constitucional fundamental y básico en democracia para la ciudadanía cual es el precitado derecho a recibir información veraz. Lo que resulta gravísimo y debe ser combatido con eficacia y rigor incluso, en su caso, tipificándolo penalmente como delito contra el ejercicio de los derechos constitucionales, como ya sucede actualmente en vulneraciones de otros (tales como el de libertad de reunión, manifestación, etc.).

Resultaría muy conveniente actuar con rigor ante esa falta de veracidad, tanto por el daño causado a la ciudadanía, como por la comprensible tentación de quienes ostentan el control de los medios de información (y que detentan la posición socio económica dominante en la estructura social) de utilizar ese potente y preciado bien (la información) al servicio de sus intereses y en contra, por tanto, de los del resto de la ciudadanía o de determinados sectores de ésta. Y ello, en su caso, manipulando adecuadamente la información a suministrar que, consecuentemente, dejará de ser veraz. De ello también se ocupaba el artículo de referencia, que enfatizaba en el poder de esa herramienta (los media) a los cuales, no en vano, se les viene denominando “el cuarto poder”.

Poderosa herramienta, pues, para bien o para mal. Mal utilizada desnaturaliza a la democracia.

Lo cierto -se decía- es que, desgraciadamente, la realidad cotidiana evidencia que la mayoría de los media son aliados en la ocultación de lo real manipulando en función de los grandes intereses.  La “mala” información –no necesariamente las “fake news de las redes, que aquí no tratamos”- campa hoy a sus anchas en excesivas ocasiones. Naturalmente, existen excepciones.

Sobre esa base, y ya como objeto del presente artículo, reitero aquellas opiniones que se ven reforzadas, aún más, con determinados e increíbles episodios de desinformación militante que se siguen produciendo. Ello comporta que aumente la urgencia en tomar medidas frente a esos malos ejercicios…o simplemente dejar de leer/ver/oír esos informativos que, en realidad, nos desinforman y en ocasiones de forma incluso tan burda que parece dirigida a estúpidos/as, lo que representa ya casi un insulto.

En este punto puede valernos como episodio-ejemplo de desinformación considerable (fundamentalmente, en este caso, por confusa, precipitada y contradictoria), el de las exhaustivas “informaciones” -con que nos han bombardeado a toda hora y sin piedad- referidas a la lamentable desaparición y posterior muerte de la ex medallista Blanca Fernandez Ochoa, que en paz descanse.

Al respecto, creo honestamente que cualquier receptor de esa “lluvia informativa” medianamente objetivo y crítico, no tenía otra salida sensata distinta a la de “enviar al carajo” a todos los “paridores” de esas noticias, con perdón por utilizar esa expresión. Ello al margen del lógico sentimiento de lamento por la pérdida de una vida humana, de afecto a la fallecida –gran deportista- y de solidaridad con sus familiares y amigos en estos tristes momentos.

El “proceso informativo” referido ha venido colmado de borbotones sucesivos de datos precipitadamente vertidos (por aquello de la primicia informativa en “tiempo real”) sin comprobación excesiva de la bondad de su fuente (consecuencia lógica de la precipitación antes citada y de las ansias de rellenar espacio, cuando no de negligencia) y lo que resulta aún más grave, sin contraste con las anteriores informaciones dadas a los efectos de detectar –en cada caso- posibles incoherencias, absurdos, contradicciones, etc. que siempre constituyen defectos indeseados en el producto informativo.

Para aderezar la ensalada, al transmitir comunicaciones que incurrían continuamente en los defectos anteriores, tampoco se han explicado/subsanado/justificado/asumido éstos.

Por ello, el ciudadano ha recibido un cúmulo de mensajes contradictorios e incoherentes entre sí – todo ello a una velocidad de vértigo- de forma que una vez asumidos se le retaba –o ni eso- a que confeccionase un puzle medianamente aceptable representativo de la noticia, a partir de piezas que difícilmente encajaban entre sí, fabricando de nuevas y retocando o eliminando otras. Una labor ardua, que fatiga, desanima o disuade del seguimiento del evento.

En todo caso una labor con la que, salvo en algunos ejercicios literarios, etc. alejados del periodismo, no debiera cargarse al receptor.

Tal acopio de contradicciones, absurdos y dosificaciones extrañas en las informaciones aportadas -de forma totalmente acrítica- por algunos medios, lo entiendo digno de especial mención.

Así, y como ejemplos de entre otros posibles valgan los siguientes:

De decir que la ex deportista había salido al monte sin mochila (con el bagaje que le es propio: alimentos, abrigo, etc.) –lo que ya pareció extraño a algún montañero- hasta decir que se ha encontrado una mochila cuando aún no se había localizado a Blanca, para finalmente declarar que se halló justamente días después junto a su cadáver, al resultar localizado éste.

De mantener que el cadáver mostraba un golpe en la cabeza, compatible –entre otras posibilidades- con una caída en zona rocosa, a decir que el lugar y zona en que se halló finalmente a la esquiadora descartaba la posibilidad de una caída (sin informar sobre la existencia o no de indicios relativos a un traslado del cadáver desde otro lugar en que sí pudo producirse esa caída –accidental, voluntaria o incluso forzada, lo que aclararía más el tema), para luego comentar  que su rostro era irreconocible, pero sin signos de violencia o golpe.

Y si bien un rostro irreconocible puede encajar con una caída –muy fuerte- o con un golpe recibido –igualmente tremendo-, si la caída se descarta y el golpe también, entonces ¿a qué obedece? Silencio informativo; quizás por falta de otra información, pero que crea un suspense algo absurdo y subsanable simplemente con haber aguardado a poder ofrecer la información completa (sin exponer rápidamente datos aún incompletos que generan dudas) o anunciando la espera de la última entrega. Me parece más serio y profesional.

En el ínterin entre el inicio y final de ese suspense, el receptor de la noticia piensa que la desfiguración quizás se deba a la acción de alimañas o a la descomposición del cadáver.

Y acierta, pues una posterior información viene a darnos la respuesta: la propia putrefacción. Se terminó el suspense. Hemos de aceptar el dato aunque, en principio, parezca que el proceso de descomposición del cadáver ha sido excesivamente acelerado (para concluir la fase enfisematosa) como para causar tanto estrago, máxime cuando tal se ha extendido a todo el cuerpo imposibilitando, incluso, la toma de ninguna huella digital (¿también de la dentadura resistente a ese proceso de degradación?). Se habla del tiempo caluroso, y ciertamente ese es un factor determinante, pero a casi dos mil metros de altura las noches son más frescas…. Muchas cuestiones pendientes, quizás más propias de ser despejadas plenamente en una investigación. Pero se perciben algunas lagunas informativas.

Ciertamente no se trata de que las noticias lo aclaren todo pero, como mínimo, cabrá pedir que ofrezcan los máximos datos y que no enmarañen ni confundan la cuestión.

Seguimos: de decir que Fernandez Ochoa se hallaba perfecta de ánimos a mantener que la campeona se encontraba en tratamiento  con psicofármacos, coqueteando con la idea de un posible suicidio que, al no deberse a una precipitación al vacío, se reconduce  discretamente a una ingesta excesiva de la medicación ahora hallada en la mochila; mochila con medicación y sin ropa de abrigo pero, eso sí, con un ticket de compra que encaja con una localización de la fallecida, cuando días antes compraba comestibles para la excursión y que permite reconstruir el mapa temporal o cronología de los acontecimientos.

La autopsia determinará todo lo anterior tras las oportunas exploraciones, análisis toxicológico de vísceras, etc. Por cierto, que no cabrán mayores análisis ni de ADN –absolutamente necesarios para la identificación del cadáver, al parecer únicamente reconocido por las prendas de ropa- en el supuesto de contaminaciones o fallas de laboratorio. Y ello, simplemente, por la rápida incineración del cadáver.

Se informa de búsquedas por todos los lugares menos por el que un excursionista sabía que, posiblemente, era el adecuado y luego una nueva información detalla que, curiosamente, un Guardia Civil retirado o fuera de servicio con una perra también fuera de servicio, paseando por ese lugar realizan el hallazgo. Se suelta la noticia posterior sin ningún comentario a la anterior. Se superponen. Alguien me dirá que la noticia es eso, constatación fría de los hechos conforme acontecen. Sucede que, admitiendo eso, cuando con tales constataciones superpuestas se puede ocultar la verdad o simplemente se dificulta su conocimiento, eso es criticable y cabe exigir alguna pista como mínima alternativa a la verdad limpia.

Hemos asistido en el caso que nos ocupa a horas de noticias televisadas con familiares, amigos, expertos, tertulianos, “sabelotodos”, árboles y peñas, con shows incluidos y existen -en los aspectos citados- demasiados vacíos informativos, dejando todas esas dudas en el aire y, de nuevo, falta de claridad y confusión.

Otra cuestión a destacar son los eufemismos utilizados en las noticias que comentamos. Así, cuando se indicaba que en la posible caída/golpe (que luego no fue) “se descarta la actuación de terceras personas” quería decirse que nadie la empujó o golpeó matándola (vamos, que no hubo ni homicidio ni en su caso asesinato, que al parecer suenan demasiado grueso), y cuando se indicaba que la tal caída “tampoco fue voluntaria” debía traducirse por un no se suicidó.

Creo que deben dejarse de lado determinados paternalismos pseudo protectores y sutilezas cursis, por muy de moda que estén. Tanto los familiares como el resto de ciudadanía se suponen maduros y merecen ser tratados como tales.

Convienen informaciones claras y directas, sin rodeos ridículos y estériles que de nada sirven pues, aquí sí, se entiende claramente aquello que se trata de rodear no citándolo.

Ello me recuerda algunas experiencias como profesor, cuando los alumnos me contestaban a una pregunta sin dar un sólo dato acertado; contestaban todo lo opuesto a lo correcto con esmero de no aportar nada que fuese certero, lo que demostraba que conocían perfectamente la respuesta adecuada y jugaban conmigo…  y yo con ellos. Llegó a ser una costumbre: las respuestas en negativo.

Por todo lo indicado (y cualquiera que haya seguido este proceso habrá advertido muchas otras “anomalías” no tratadas en este texto para evitar alargarlo en demasía) creo que ese episodio informativo también ha sido una demostración negativa de periodismo. Pero en este caso en el sentido de ser realmente lo opuesto a un periodismo correcto.

Para finalizar, decir que si todo este proceso desinformador  ha sido -en su totalidad o en parte- humo para despistar y ocultar las pesquisas policiales, de haberlas, ya se entienden algunas cosas pero creo que, en ese supuesto, es más deseable un periodismo silencioso que hacer de cómplice en marear la perdiz y fabricar niebla la cual, finalmente, nada termina de ocultar pues del paquete informativo poco “fumable” se desprende que en el tema  hay algo raro, muy, pero que muy raro. Y eso lo detecta casi todo el mundo.

Merecemos un periodismo discreto, preciso, con información veraz, nítida y coherente, para evitar espectáculos ingratos (en mi modesta opinión) como el citado.

Jordi Cabezas Salmerón

Jordi Cabezas Salmerón, nacido en Barcelona el 21/12/49, Abogado penalista, es Diplomado Superior en Criminología y Doctor en Derecho Penal y Ciencias Penales por la Universidad de Barcelona. Miembro del Observatorio del Sistema Penal y Derechos Humanos de la UB, es también profesor del “Master Oficial en Criminología y Sociología Jurídico Penal” de esa Universidad y de la Mar del Plata (Argentina) y de Derecho Penal y Procesal Penal en la Escuela de Policía de Cataluña. Asimismo es profesor penalista en la Escuela de Práctica Jurídica del ICAB autor de diferentes ponencias/artículos y del libro “La culpabilidad dolosa como resultante de condicionamientos socioculturales”.

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