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Nada es gratuito, todo es explicable (que no necesariamente justificable) – Parte 1

Retomo aquí un tema que traté ya en otra sede, relativo a que algunas acciones brutales y aparentemente inexplicables, son catalogadas normalmente como fruto de la maldad de sus autores, cuando entiendo que ello no es así de simple.

Recuperando ahora algunas partes de aquél y otros escritos, conviene indicar que, tal y como nos recuerdael psicólogo Reinhart Lempp citando a su maestro Ernst Kretschmer, “no existe la maldad pura”.

Con esta frase quiere significarse que en todos los casos se dan motivaciones y condicionamientos de tipo biológico -hoy se sabe que son los menos-, y social -hoy se sabe que son los más- que fundamentan la llamada “maldad” y que intervienen además de forma decisiva, como causa primera de la acción.

delincuencia

Fuente: propia

Ciertamente cuando hablamos de actos brutales, el paradigma es el homicidio. No en vano los preceptos protectores de la vida son antiquísimos, vigentes ya desde el primer instante en que los hombres comenzaron a reunirse en grupos; el respeto a la vida, al menos a la vida independiente y en tiempos de paz, se ha convertido en algo evidente y aceptado por el consenso general, de forma que, quien aquí rechaza ese consenso, indica ya con ello, que se sitúa al margen de la sociedad.

Por eso y dado que estos comportamientos son muy difíciles de aceptar -máxime por parte de sujetos jóvenes-, si lográsemos comprender los fallos motivacionales/fallos en el autocontrol-frenado -en el ajuste ala norma- derivados de condicionamientos socioculturales y económicos en esta sede, en mayor medida cabría la comprensión en todos las demás. Para ponernos “en lo más difícil”, debe intentarse –incluso-hallar huellas de condicionamientos socioculturales y económicos, en casos a los que resulta fácil dar una explicación de tipo psicológico. De esta forma, muchas de las conductas aparentemente gratuitas/inexplicables/atribuibles a la maldad, pasarían a ser mejor comprendidas, lo que resultaría del todo deseable.

Sin embargo, cuando el Juicio  penal, al igual que en la información moderna, se basa en la idea de que ver es comprender (proporcionando sólo la descripción precisa y supuestamente verificada de un hecho y, a lo sumo, antecedentes inmediatos pero sin ofrecer un conjunto de parámetros que permitan comprender su significación profunda – qué, por qué, en qué contexto, por qué causas, etc.,  ello  contribuye  a  una interpretación errónea, ya que únicamente podemos comprender profundamente un hecho, conociendo los condicionantes últimos que han llevado a su producción.

Es de observar que, en el marco de las motivaciones, no es fácil dar una respuesta a la pregunta de si por ejemplo un atraco y eventualmente el homicidio que puede implicar, ha sido planeado o no, deseado o no, previsto o no. En el fondo de la planificación de un atraco, etc. suele subyacer con frecuencia un móvil completamente diferente, que fácilmente se pasa por alto y cuya importancia se subestima, porque la investigación se concentra en exclusiva en el homicidio o en el atraco, como una foto fija sin rebobinado posible que pueda mostrar las verdaderas causas -a través de la propia biografía social del sujeto- que podrían “explicar” mejor la conducta, sin justificarla necesariamente.

Al efecto, seguidamente y como ejemplos de esa necesaria “mejor explicación”, conviene reproducir varias historias/resúmenes de vida (y sus conclusiones) sintetizadas, recogidas –de entre otras muchas y para no extendernos- del texto de Lempp, Reinhart: “Delincuencia juvenil (Análisis de ochenta casos de homicidio)”. Con esa actitud en la búsqueda de explicaciones, quizás todo adquiera otro sentido y ello permita, asimismo, otro tipo de mejores políticas/soluciones.

Debe advertirse que, por brevedad, algunas etapas de esas historias más que explicarse detalladamente, se insinúan o deducen.

Historia (Gerhard H.)

Una acción que, a primera vista, apenas si se puede calificar más que como homicidio con intenciónde robo de una anciana y desvalida mujer, adquiere otro aspecto y se explica mejor si se analiza a la luzde la historia anterior de Gerhard, tanto la inmediata al hecho como también la más lejana. Y ello tanto más cuanto que Gerhard no era sujeto de mala fama, y con sus casi 21 años producía más bien una impresión infantil-juvenil y la sensación de un carácter débil.

Un padre estricto y exigente constituía para el débil Gerhard, condescendiente consigo mismo, un modelo inalcanzable, apenas accesible como figura  de identificación. Por eso se sentía inseguro en su virilidad y tenía dificultades de contacto con los amigos y las muchachas, que intentaba compensar pagando rondas en los restaurantes y mediante auto afirmaciones exageradas.

¿Cabe imaginar nada más mortificante para este joven que el áspero final que puso a aquella pequeña aventura amorosa su padre, al encerrarle como a un escolar, y en presencia de la muchacha, en el cuarto vecino y al llevarse al día siguiente a la chica, no ciertamente como rival sexual, pero en todo caso en el papel de varón más fuerte y más seguro?

Durante el proceso, Gerhard se atuvo a su declaración de que se sintió dominado por la ira cuando la propietaria de la buhonería le acusó de un robo que no había cometido. Por eso, humillado, perdió el controly la golpeó. La exacta reconstrucción de los hechos demostró la probabilidad de que, efectivamente, Gerhard se dirigiese a la tienda de la anciana a por cigarrillos y ella le recordase aquel robo del que él no era culpable, produciéndose entonces una discusión, en el transcurso de la cual Gerhard, ya deprimido y lastimado en su propia estimación, se sintió de nuevo tratado como un chiquillo por aquella mujer, poco apreciada en el pueblo. Se producía de nuevo la situación de orgullo herido y de falta de virilidad, pero ahorase atrevió a reaccionar, por vez primera, con agresividad y rebeldía ante una mujer anciana y débil. La mató y luego robó.

Como  interpretación,  se  observa  en  este  caso  una  socialización  con  padre estricto y madre suave, que le permitía obtener sin esfuerzo lo que deseaba, a lo que se acostumbra, llegando a ser condescendiente consigo mismo aunque con un latente sentido de humillación por la actitud de su padre, y de inseguridad -por lo inalcanzable de  aquella  figura-.  Inseguridad que  no  desea  mostrar,  y  que  le  privaría  de  la aquiescencia de los amigos,  que “es comprada” con sus invitaciones. Nótese el proceso deinteraccionismo existente en este caso.

Tras sufrir multitud de humillaciones (algunas protagonizadas por el padre -las más recientes- y otras que él entendía como tales -fracaso escolar, laboral, etc.-), ¿debía entender que era justo soportar otra más por parte de la buhonera?, ¿o, por el contrario, estaba ya  justificado  para  él,  explotar y  no  consentirla? Y si alguna justificación entendió que existía, el autocontrol/capacidad de frenado mermó también.

Historia    (Thomas M.)

A diferencia del caso anterior, en que la acción se cerró con resultados que verosímilmente no habían sido planeados de antemano, en el joven Thomas M., de 15 años, hallamos, por el contrario, una secuencia aparentemente  lógica, en cuanto primero se produjo el robo y solo después -en cierto modo como homicidio encaminado a ocultar la acción delictiva- el incendio del remolque del que había sustraído el televisor. Dicho incendio causó quemaduras tan graves a un obrero borracho que dormía en el interior del remolque, que murió a consecuencia de ellas. Se trata, por lo demás, de un hecho que presenta muchos aspectos notables de difícil explicación.

Al fin, acabó también por confesar este segundo hecho sin poder explicar por qué lo había cometido. Negó vehementemente haber tenido la intención de matar al trabajador y dejar que muriera quemado en el remolque. Pensó que, de alguna manera, advertiría el fuego y se pondría a salvo(imprudencia consciente versus dolo directo/eventual). Tampoco quedó aclarado el motivo del incendio. El propio Thomas confesó que no sabía explicarlo. Dijo que cuando fue a lavarse las manos en el bidón, se dio cuenta de que no era agua sino petróleo y que entonces se sintió tan irritado que lo vertió sobre el remolque y que, a continuación, le prendió fuego por razones que él mismo no comprendía. En el curso del interrogatorio confesó también que ya antes le gustaba jugar con el fuego y que esto le proporcionaba un placer especial.

No parece, pues, que deba excluirse la hipótesis, admirable desde el punto de vista de la psicología de que, en efecto, comenzara por sentirse irritado cuando vio que en el bidón no había agua, como él esperaba, sino petróleo y que al mancharse con el petróleo, lo arrojara al remolque cercano (que pertenecía a la gente responsable de que en el bidón no hubiera agua, como él deseaba, sino petróleo) y que a continuación, el petróleo derramado y el encendedor que encontró en su bolsillo, fuera el determinante instantáneo de la acción concreta del incendio, sin reflexionar para nada en sus posibles consecuencias. Esta cadena de acciones, totalmente enmarcadas por situaciones o datos concretos, es característica en determinados círculos de jóvenes -con una determinada socialización- durante la pubertad.

La planificación que después introducen en los hechos la policía, los fiscales y los Tribunales de menores (incluidos los especialistas en psiquiatría juvenil) y la secuencia lógica de las acciones no responde con frecuencia a los hechos reales. En muchos casos resulta muchísimo más probable que la realidad responda a una secuencia ilógica de acciones en la que la última acción de una serie sirve de motivo para la acción siguiente.

En el caso de Thomas, la primera acción de la serie fue el robo del televisor – acción absolutamente“normal” en un joven de su trayectoria biográfica-. Vino luego el deseo de lavarse las manos, a continuación la irritación por haberse manchado de petróleo y la reacción consiguiente de derramar este petróleo sobre el remolque.

Sólo esta situación concreta de un líquido inflamable derramado sobre una materia inflamable llevó ala acción de prender fuego, del que tenía agradable recuerdo por  otras  acciones  del  pasado.  Que  en este  caso  no  pensara  en  las  posibles consecuencias ni en el obrero que dormía en el remolque o pensando, lo hiciese de forma “optimista” (imprudencia consciente) en cuanto al resultado,  es no sólo posible sino también probable.

A los pocos minutos ya no le era posible corregir su acción, porque la mala conciencia le impedía regresar al lugar de los hechos, ni tampoco le era posible confesarse autor de sus actos, porque habían tomado un cariz mucho más grave de lo que había imaginado. Esta cadena concreta de acciones, reconstruida a partir de los resultados de cada uno de los eslabones precedentes, es tan difícil de comprender, no sólo para el espectador exterior, sino para el mismo ejecutor que, por ello, no sabe explicarla. De forma que a todos les parece después una simple fuga, desplazamiento, o represión, una especie de “no querer confesar”.

Jordi Cabezas Salmerón

Jordi Cabezas Salmerón, nacido en Barcelona el 21/12/49, Abogado penalista, es Diplomado Superior en Criminología y Doctor en Derecho Penal y Ciencias Penales por la Universidad de Barcelona. Miembro del Observatorio del Sistema Penal y Derechos Humanos de la UB, es también profesor del “Master Oficial en Criminología y Sociología Jurídico Penal” de esa Universidad y de la Mar del Plata (Argentina) y de Derecho Penal y Procesal Penal en la Escuela de Policía de Cataluña. Asimismo es profesor penalista en la Escuela de Práctica Jurídica del ICAB autor de diferentes ponencias/artículos y del libro “La culpabilidad dolosa como resultante de condicionamientos socioculturales”.

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