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Foucault sobre la Revolución y los Intelectuales por Ariel Mayo

Michel Foucault (1926-1984) fue testigo del proceso que llevó al triunfo a la Revolución Iraní en enero de 1979. En el otoño boreal de 1978 recorrió ese país como periodista, enviado por el Corrière della Sera. Allí fue testigo del comienzo del levantamiento que marcó el final del régimen del sah. En un primer momento, Foucault saludó con entusiasmo la rebelión popular contra el régimen dictatorial del sah; posteriormente, y ante el cariz integrista tomado por la Revolución, se mostró muy crítico frente al nuevo régimen. Fruto de esta experiencia es el texto en cuestión, un artículo periodístico en el que Foucault reflexiona sobre la Revolución triunfante en Irán en enero de 1979. (1)
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Para los fines del análisis el artículo puede dividirse en tres áreas temáticas: a) la cuestión del carácter y los resultados de la Revolución Iraní; b) la distinción entre sublevación y revolución; c) la concepción que hace de la sublevación el límite último de toda forma de poder. (2). Cabe aclarar que el ordenamiento de estas áreas no se corresponde con la manera en que las mismas se presentan en el artículo; hemos procedido así para facilitar la exposición.
 
A) El carácter de la Revolución Iraní.
 
Ante todo, hay que decir que Foucault escribe luego de la victoria de la Revolución, cuando el ayatolá Ruhollah Jomeini (1902-1989) ya había alcanzado el control del nuevo gobierno. Esto es importante, porque ya estaba claro cuál iba a ser la orientación del nuevo régimen, en el que la línea teocrática había logrado la primacía sobre las demás (suele perderse de vista la existencia de corrientes laicas – democráticas, nacionalistas, comunistas, etc.- en el proceso revolucionario iraní que culminó en el derrocamiento del Sah). Es por ello que Foucault modifica su posición inicial de apoyo a la Revolución: “Ciertamente no da ninguna vergüenza cambiar de opinión, pero no hay ninguna razón para decir que se cambia de opinión cuando se está hoy contra la amputación de manos, tras haber estado ayer contra las torturas de la Savak.” (p. 87) (3). Y en otros pasajes del texto hace referencia a “formas de xenofobia virulenta” (p. 86), a la “sujeción de las mujeres” (p. 86), al “gobierno sangriento de un elegido integrista” (p. 87). Todo esto es significativo para deshacer la leyenda que hace de Foucault una especie de pervertido que, en su inmensa perversidad, apoyó la consolidación de una teocracia en el Irán posrevolucionario.
 
Sin embargo, la percepción del rumbo adoptado por la Revolución no impidió a Foucault tomar nota de la grandeza del acontecimiento revolucionario. Así, remarca que la actitud dual de los nuevos gobernantes iraníes, apoyándose en la “sublevación” para justificar su régimen y, a la vez, descualificando el hecho mismo de la “sublevación” porque esta dio origen a un gobierno de mulás (4), refleja el miedo [ante] lo que el mundo desde hace tiempo no había dado ejemplo” (p. 87). En otras palabras, Foucault valora el hecho mismo de la “sublevación”, independientemente de sus resultados. En la sección siguiente discutiremos esta cuestión, que refleja los límites de la teoría foucaultiana del poder.
 
Antes de terminar con esta sección, corresponde hacer una observación en tanto lectores latinoamericanos de este artículo. Cuando Foucault escribe que la Revolución Iraní hizo algo que el mundo “hace tiempo no había dado ejemplo” deja de lado un proceso que se estaba desenvolviendo en el momento mismo en que Foucault redactaba su artículo, esto es, el ascenso de la Revolución Sandinista (que resultó triunfante el 19 de julio de 1979). Claro está que la Revolución Sandinista pertenece a un modelo un tanto diferente al de la “sublevación” esbozado por Foucault en el artículo que estamos analizando.
 
B) La distinción entre “Sublevación” y Revolución.
 
La “Sublevación” constituye, según Foucault, el límite último, la frontera que el poder no puede franquear. Es por ello que Foucault se ve obligado en este artículo a desarrollar la manera en que concibe las posibles formas de desafiar exitosamente al poder en nuestra sociedad. De ahí la importancia del texto en cuestión.
 
¿Qué entiende Foucault por “Sublevación”?
 
“El movimiento mediante el cual un solo hombre, un grupo, una minoría o un pueblo entero dice: «No obedezco más», y arroja a la cara de un poder que estima injusto el riesgo de su vida.” (p. 83). Es oportuno hacer dos comentarios a esta afirmación:
 
a) la “sublevación” así definida es más un movimiento ético, una reacción pasional y visceral contra la opresión, que un movimiento político. La política (cualquier política, ya sea la de los opresores o la de los oprimidos) se caracteriza fundamentalmente por contruir organización para llevar adelante determinados objetivos (ya sea la construcción de un partido de revolucionarios profesionales para tomar el Palacio de Invierno en la Rusia de 1917; o la conformación de una hegemonía en torno a la Mesa de Enlace para voltear las retenciones en la Argentina de 2010). En el caso de la “sublevación”, se trata de una reacción desesperada de quien no quiere someterse más; es, en el sentido fuerte de la expresión, algo que está «fuera de la historia» (p. 84), es un “desgarramiento que [interrumpe] el hilo de la historia” (p. 84).
 
Ahora bien, en la citada formulación del concepto foucaultiano de “sublevación” residen tanto la fortaleza ética como la debilidad política del uso del citado concepto. Esto es así pues la “sublevación, por su carácter esencialmente ahistórico (está dirigida contra la “opresión en general”, no contra una opresión determinada), adopta la forma de explosión repentina que se consume en su mismo, dejando el poder y el control de la situación en manos de quienes son capaces de organizarse concientemente. La “sublevación” puede destruir un régimen opresivo (es por eso que Foucault dice que la “sublevación” también está en la historia – p. 84 -), pero es incapaz de organizar una fuerza capaz de construir un orden, una forma de vida diferente (por eso la “sublevación” está “fuera de la historia” – p. 84 -.).
 
b) La rebelión (aquello que Foucault designa como “sublevación” en este artículo) tiene sentido histórico en la medida en que es colectiva. Hablar, como lo hace Foucault, de la “sublevación” de “un solo hombre” es abandonar la política y deslizarnos hacia el terreno de la ético. En otras palabras, es referirnos a cosas diferentes. Por supuesto, afirmar esto no implica desconocer el inmenso valor que tiene el individuo que se planta en solitario y dice “¡No!”, contra toda esperanza y sin esperar nada a cambio, salvo la salvaguarda de su propia dignidad. Tiene que estar claro que toda política revolucionaria tiene que comenzar, necesariamente, por el respeto a la dignidad de los seres humanos, que son el sujeto y no el objeto de una política dirigida a transformar radicalmente la sociedad. Pero el gesto individual no trasciende el momento de dar testimonio, mientras que la política es, sobre todas las cosas, una práctica esencialmente colectiva, en la que los gestos, las palabras y las acciones tienen como destinatario al/los otro/s.
 
Foucault señala que el doble carácter de la “sublevación” (esto es, el estar simultáneamente afuera y adentro de la historia) es el que permite comprender “por qué las sublevaciones han podido encontrar tan fácilmente su expresión y su dramatización en las formas religiosas” (p. 84). Esta afirmación plantea de manera particular una cuestión más general, que excede largamente el terreno de lo religioso, y que es la problemática de la conciencia política de los sectores populares. En el caso de éstos últimos, se vuelve perentoria la necesidad de encontrar un anclaje, una referencia, en lo que es terreno conocido. En este sentido, Rodolfo Walsh dijo alguna vez que las masas se replegaban siempre sobre aquello que les era más familiar. Esta afirmación, que Walsh (1927-1977) realizó en un contexto de profunda derrota, es todavía más válida para el caso de los avances de los sectores populares. La religión constituyó durante la inmensa mayoría de la historia humana ese horizonte conocido, y sólo el desarrollo del capitalismo empezó a horadar esas certezas, generando por primera vez la posibilidad del desarrollo de formas de conciencia laica, que no precisaban de referencias religiosas para expresar sus planteos políticos.
 
Ahora bien, y más allá de lo expresado en el párrafo anterior, la puntualización que hace Foucault tiene el defecto de fortalecer de manera indirecta a la religión, pues al convertirla en el ropaje privilegiado que viste la “sublevación” (el movimiento “fuera de la historia” por antonomasia), tiende a reforzar el supuesto carácter ahistórico de la religión. Así, ésta opera como “la manera misma de vivir las sublevaciones” (p. 84), dado que ella misma remite a un “mundo” trascendente que se encuentra fuera de la historia. Como quiera que sea, para comprender el papel de las religiones, sus símbolos y su vocabulario, en las “sublevaciones”, es necesario seguir otro camino, que pasa por estudiar el rol que juega la religión en la vida cotidiana de los sectores populares en una época y lugar determinados. Sólo así la religión puede ser redimida de toda la fantasmagoría de la trascendencia.
 
En el texto, Foucault opone la “sublevación” a la revolución. ¿Qué entiende por esta última? Ante todo, la concibe como “un gigantesco esfuerzo por aclimatar la sublevación en el interior de una historia racional y dominable” (p. 84), y este esfuerzo se viene realizando “desde hace dos siglos” (p. 84). La revolución es, en el sentido foucaultiano, la Anti-Sublevación. Es por ello que la revolución procura encauzar la “sublevación” dentro de “condiciones previas, objetivos y maneras de cumplirse” (p. 84). Significa el esfuerzo por introducir a la fuerza a la “sublevación” en la historia, para de ese modo domesticarla y ponerla al servicio del poder. Hay que tener en cuenta que, según Foucault, toda forma de saber es una forma de poder; de ello se deriva que la constitución de un saber de la “sublevación” implica forzosamente el sometimiento de la sublevación al poder.
 
En este punto hay que detenerse y hacer una observación sobre el lenguaje empleado por Foucault en el artículo, pues el carácter abstracto (es decir, ahistórico) de la oposición “sublevación” versus “revolución” dice mucho acerca de su manera de concebir el poder. Cuando Foucault escribe que “la era de la revolución” comenzó hace dos siglos, no está aludiendo a la Revolución en tanto entidad metafísica enfrentada a otra entidad no menos abstracta denominada “sublevación”, sino que se está refiriendo al ciclo de las Revoluciones Burguesas (entre las que se encuentra la Revolución Francesa de 1789-1794). Que Foucault prefiera la oposición metafísica “sublevación” versus “revolución” indica que, en último término, coloca el problema del poder en un nivel que está más allá de lo histórico. En nuestra opinión, esta es la falencia más fuerte de la teoría foucaultiana de la política y el poder.
 
Pero, al concebir la oposición entre “sublevación” y “revolución”, no alude solamente a las Revoluciones Burguesas. Al afirmar en el texto que “se ha definido, incluso, la profesión de revolucionario”, está haciendo referencia, de manera velada, a los partidos de izquierda que siguieron el modelo bolchevique de organización política. Este no es el lugar para hacer la crítica de la práctica leninista, pero si corresponde señalar que la misma representa, independientemente de las valoraciones que se hagan sobre los resultados obtenidos por ella, una forma de política obrera que se enfrentó a la práctica política de la burguesía (la clase que llegó al poder justamente por medio de las Revoluciones Burguesas). Al ubicar implícitamente en el mismo espacio a los revolucionarios profesionales de tipo leninista y a los jacobinos de la Revolución Francesa, Foucault pasa pone al poder fuera de la historia, pues diluye las enormes diferencia entre el contenido de clase de una y otra forma de política.
 
Buenos Aires, 6 de agosto de 2010
 
NOTAS:
(1) El título original es “Inutile de se soulever?” y se publicó en LE MONDE, nº 10661, 11-12 de mayo de 1979, p. 1-2. En todos los casos utilicé la traducción española de Ángel Gabilondo, “¿Es inútil sublevarse?”, incluida en Foucault, Michel. (2002). Dichos y escritos. Madrid: Editora Nacional (vol. 2, pp. 83-89). Corresponde decir que la edición española que citamos es un tanto desmañada, ya que contiene varios errores tipográficos.
(2) Puesto que Foucault utiliza el término “Sublevación” en un sentido específico (que aclaramos luego en el texto), hemos optado por escribirlo entre comillas, para poderlo distinguir así del uso habitual del mismo.
(3) La Savak era la abreviatura de la Organización de Seguridad e Inteligencia Nacional, denominación que recibió el organismo encargado de detener, torturar y asesinar opositores en el Irán del sah. Funcionó desde 1957 hasta 1979. La amputación de una mano es el castigo que reciben los ladrones reincidentes de robo según la sharía o ley islámica, adoptada por el gobierno revolucionaria iraní.
(4) El término mulá designa en las comunidades musulmanas chiitas a las personas versadas en el Corán y en la jurisprudencia islámica.
Ariel Mayo, administador del Blog: miseriadelasociologia.blogspot.com.ar
Licenciado en Sociología en UBA. Es profesor en la Universidad Nacional de San Martín y en el Instituto Superior del Profesorado Dr. J. V. González.
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