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Secuencia y consecuencias

En sociología se conoce bajo la denominación de teorema de Thomas la afirmación de W. I. Thomas (1863-1947) que dice que “si los hombres definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias”. El teorema tiene una premisa necesaria: que los hombres acepten esa definición.

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Durante la crisis, hemos intentado hacer real primero que no existía; que teníamos el sistema financiero más solvente y mejor controlado del mundo; que nuestros problemas eran simplemente de falta de confianza; que toda la responsabilidad era del Gobierno anterior, y que el cambio de ciclo político tendría consecuencias económicas inmediatas… Pero la realidad es más tozuda que las definiciones. Podríamos apostillar a Thomas que cuando los hombres se convencen de que lo afirmado no es real sino virtual las consecuencias son las contrarias a las pretendidas y los efectos perversos se multiplican.

Nunca un liderazgo ha basado más sus mensajes en la confianza, y nunca ha generado tanta desconfianza. Jamás la percepción de partida había sido tan negativa y jamás se ha deteriorado tanto y tan deprisa dentro y fuera de España. La última rueda de prensa del presidente del Gobierno -léase la prensa extranjera- nos ha hecho añorar su silencio.

En los dos últimos días hemos conocido un aluvión de malas noticias. Los datos de ejecución presupuestaria del último cuatrimestre son especialmente negativos, tanto en el Estado como en la Seguridad Social, y cada vez indican más ingresos inflados y gastos infravalorados. Como las cuentas del año se han retrasado por motivos electorales, dentro de unos meses (septiembre) deberemos presentar el avance de liquidación del ejercicio y entonces deberemos proceder a un ajuste desproporcionado, que podía haberse repartido mejor en todo el ejercicio.

El Gobierno ha reprochado amargamente al anterior el descuadre de 2011, causado fundamentalmente por CCAA gobernadas por el PP. Pero las cuentas del 2012 no se están descuadrando al final, sino al principio, señal inequívoca de que cuantas más veces el Ministro de Hacienda definía el Presupuesto como “realista” más tenía todo el mundo, literalmente, la impresión de lo contrario.

No extraña que la Comisión Europea, a falta de los ahorros anunciados e incumplidos, proponga soluciones simples: nos da un año más a cambio de incrementar los impuestos (IVA) y disminuir los principales gastos (pensiones y desempleo). Si nuestra incompetencia nos deja en manos de estas soluciones simplistas, los trabajadores descubrirán que si se jubilan más tarde cobrarán menos, lo que adelantará la jubilación y aumentará el gasto, y que sin rentas de protección social, cotizar importa menos, lo que disminuirá los ingresos. Y profundizaremos la recesión.

Y como no, la dimisión del gobernador del Banco de España, a quien los mismos que aplaudían cuando criticaba al Gobierno que le nombró reprochan ahora un perfil poco “independiente”, y al que se ha sometido a una especie de linchamiento sin permitirle ni siquiera explicarse antes de ser condenado.

El Banco de España es una institución importante. No en balde, el primer discurso de Franco en Madrid tuvo lugar en su sede, y allí el general opuso su proyecto totalitario al de la Ilustración y el racionalismo que se defendían en la casa. Merece respeto. De ser ciertas las informaciones de que España ha dejado caer su puesto en el BCE por el empeño del Gobierno en situar en el banco una persona sin la adecuada formación económica, y el veto puesto a algunas personas de trayectoria brillante por no haber querido facilitar al actual presidente una carta dirigida al anterior, estamos ante una política que parece dictada por Porfirio Díaz y sus admoniciones sobre amigos, adversarios e indiferentes.

En torno al tema de Bankia, por favor, algo de sentido común. Si se justifica la intervención porque los depósitos de los ahorradores están mejor garantizados, todos desearemos que intervengan nuestros bancos. Si nos negamos a que el Parlamento español debata esta cuestión, a la vez que sometemos a todas las entidades al escrutinio de auditores internacionales, nuestro concepto de soberanía se vuelve deletéreo. Repetir hasta la saciedad que financiar 20.000 millones de euros no afecta al déficit, olvidando los costes financieros a tipos de interés crecientes, no se lo cree nadie.Y si por otro lado cantamos las excelencias de la banca pública, no olvidemos que Blesa, Rato, Olivas y demás eran gerentes designados por el poder político en función del carácter público de las entidades, en un país en el que clientelismo y profesionalidad han librado siempre una sorda batalla.

Mientras se examinan las cuentas de las entidades financieras, tenemos dos meses de tiempo de descuento para acordar políticas reales. Tiempos para que algunos se conviertan en estadistas.

Octavio Granado, exsecretario de Estado de Seguridad Social.

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