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La normalización de la protesta por Pablo Simón

Los interesantes artículos que nos brindan Pepe Fernández-Albertos y Cives sobre la Huelga General se agrupan, en cierta manera, dentro del debate sobre uno de los repertorios de participación política. Sin embargo, siguiendo un poco el hilo de Cives ¿De qué hablamos cuando decimos que las formas de participación política se vuelven convencionales o normalizadas? El tema no es  sencillo de detallar visto que su definición ha ido evolucionando con el tiempo. Verba y Nie (1972) consideraron participación política como aquellos actos “legales” realizados por los ciudadanos privados para influir en la elección de sus gobernantes o las acciones que ellos fueran a tomar. Sin embargo, esto excluía de la participación política elementos tan diversos como sus fórmulas ilegales o alegales, así como la resistencia pasiva. Definiciones posteriores han extendido esta participación a todos aquellos casos en los que se busque influir o tratar de influir sobre la distribución de bienes públicos (Booth y Seligson, 1978) o las acciones o inacciones de los individuos para oponerse o apoyar alguna característica del gobierno de la comunidad (Conge, 1988).

Además, al margen de que el término de participación política haya podido ir evolucionando a lo largo del tiempo a medida surgían nuevos repertorios, este término también tiene problemas para viajar. Participar en política no tiene la misma implicación ni significa lo mismo en todas las sociedades. Pese a esto, los académicos sobre el tema han podido detectar algunos patrones generales en las democracias occidentales. Sabemos que la participación electoral es la forma de participación en la que se implica la mayoría de la ciudadanía, que otros mecanismos legales implican a minorías más concretas (contactar con representantes, implicarse en una campaña electoral) y que el activismo de protesta también es cuestión de unos pocos, aunque estos sean diferentes. Ahora bien, también sabemos que los repertorios de participación varían de manera crucial en función de la distribución individual y colectiva de recursos (fundamentalmente tiempo, dinero y habilidades cívicas), los cuales se conectan con elementos socioeconómicos y educativos y están influidos de manera crucial por su contexto institucional.

A continuación os presento un diagrama conceptual sobre la participación política considerada como no convencional.

Como veis, se trata de presentar como un continuo que va desde la política más institucionalizada – donde se encontraría el voto o el contacto con los políticos – hasta la política más subversiva y violenta, la de protesta – como el sabotaje o el asesinato –. Este gráfico es útil par hacerse un mapa conceptual sobre los diferentes repertorios de participación política. Sin embargo, es evidente que se ha quedado obsoleto en al menos dos elementos. El primero es que sabemos que muchos de estos repertorios que se consideraban como de protesta han tendido a normalizarse dentro de la vida política. Esto es un poco a lo que se refería Cives con la Huelga General, que puede valer para una manifestación contra ETA o firmar una petición promovida por un partido o lobby. Si uno repasa los datos disponibles, sabemos que para los 2000 aproximadamente la mitad de la población se ha visto implicada en algún tipo de manifestación (y que hoy seguro que es más) cuando en los setenta era aproximadamente del 20%. La épica de aquellas formas de protesta hace medio siglo hoy no es tal.

Sin embargo, hay una segunda dimensión que merece ser considerada. La cartografía tradicional de los procesos de participación ha ido desde las iniciativas consideradas como legales hacia las ilegales, generalmente implicando violencia. Sin embargo, resulta complicado que este marco analítico capture la idea de la resistencia civil o desobediencia pasiva. Esta ultima, al no implicar violencia aunque sea ilegal (o a veces, alegal) parece que entra dentro de una categoría sustancialmente diferente de aquellas que implican destrozos o amenazas. La mayoría de los politólogos interesados por movimientos sociales se están centrando precisamente en estos grises, que es donde se centra la actuación de desobediencia civil. Por ejemplo, algunas de las actuaciones del 15M o de movimientos para frenar desahucios, aunque pueda cuestionarse su eficacia, entran dentro de este repertorio de participación.

Esta normalización de la protesta ha hecho que las nuevas aproximaciones a la participación política tienda hoy día a distinguir entre las acciones orientadas “a ciudadanos” (principalmente relacionadas con partidos y elecciones) y las dirigidas “a causas”, que se centran en temas políticos concretos y entre los que se encuentran esos mecanismos menos convencionales (aunque no solo). De hecho, la mayoría de los movimientos sociales suelen realizar una combinación de repertorios, como puede ser el “lobbing” a través de representantes con la protesta callejera o los boicots de consumo. Esto hace pensar que los procesos participativos se están volviendo cada vez más complejos y que la participación que tradicionalmente se consideraba como convencional se está difuminando. O al menos la que se realizaba  a través de los instrumentos de participación convencional, lo que Cives llama los cuerpos intermedios. La pérdida de influencia de los partidos y sindicatos tiene mucho que ver con la aparición de estos nuevos repertorios.

Una reflexión adicional es que hoy día la diferenciación en los procesos de participación también creo que han difuminado la clásica distinción entre la esfera pública y privada. No comprar cava catalán o zapatillas Nike por razones políticas es algo que va más allá de depositar un voto en la urna en un momento dado; exige un compromiso vital que afecta a tu esfera privada. Algo parecido es lo que ocurre sobre los actores políticos implicados en la participación política. En la medida en que el poder de los Estados-nación ha ido decayendo, la acción de protesta también ha ido dispersando sus objetivos. En lugar de dirigirse solo contra los poderes públicos, hoy la acción política se dirige también contra multinacionales o bancos mientras que se ampara en doctrinas internacionales e imita acciones de otros países. Tecnología, una ciudadanía más (in)formada y globalización, por lo tanto, han jugado un rol crucial para la eclosión de estas nuevas vías de participación.

En general procesos de transformación conllevan también una modificación en los repertorios a través de los cuales la ciudadanía busca incidir en la política. Por supuesto, mantengo mi sano escepticismo sobre los efectos limitados que puede tener un video de Nigel Farage en un muro de facebook o un trending topic en twitter. No creo demasiado en los poderes del ciberactivismo. Ahora bien, creo que es innegable que ante la pérdida de poder de las organizaciones tradicionales de participación nuevas acciones se están abriendo camino. Tener una ciudadanía deseosa de intervenir en política por cualquiera de sus medios es algo que siempre he considerado sano. Quizá el reto sea intentar hacer que estos nuevos mecanismos de participación consigan ser antes complementarios que excluyentes entre sí.

Fuente: Politikon.es

Ssociólogos

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