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La Ecología como imperativo por Rafite Tristán

“La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando la ha conquistado se retira de ella. Deja atrás la sepultura de su padre, no le importa. Olvida tanto la sepultura de su padre como el lugar en que nació su hijo. Su apetito devorará la tierra y dejara detrás solo un desierto. La sola visión de sus ciudades llena de pánico los ojos del piel roja. Pero quizás es porque el piel roja es un salvaje y no entiende”. (Carta del indio americano Seattle).

1. Introducción.
A diario somos bombardeados por los medios de comunicación y los todólogos sobre la crisis económica y sus consecuencias sobre el crecimiento. Sin crecimiento económico, repiten, no hay trabajo, ni sanidad, ni educación, ni pensiones, ni siquiera las miserables becas Séneca. Pero esto no es todo, a modo del Gatopardo, aquello de cambiarlo todo para no cambiar nada, promueven únicamente dos sesudas salidas a la crisis (eso sí, con diferentes grados de dolor!).
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La primera de ellas, la mayoritaria, la de los recortes y la mal llamada austeridad, los halcones del déficit que aprovechan para lanzarse a los reducidos beneficios sociales de estados del bienestar subdesarrollados. Representados por la comúnmente llamada Troika, las patronales y otros organismos financieros internacionales se recorta el déficit, entendido y filtrado por una ideología que lo considera consecuencia de un desmesurado gasto social (“vivimos por encima de nuestras posibilidades”), y que con la excusa de promover el crecimiento para volver al estado anterior, nos lleva a una lucha de clases unidireccional, contra un ejército de ciudadanos sin defensas pero a la defensiva a base de culpabilizarlos. Las consecuencias de esta receta se resumen en, por un lado un reducido Estado social asistencial y por otro, un hipertrofiado Estado represivo y policial, lugarteniente de una mano invisible muy visible que aplasta cualquier tipo de organización popular.
 
La segunda de ellas es los restos de un naufragio, los restos de una «época dorada» donde se sentaron las bases de lo que ahora ocurre. Sus representantes, algunos economistas keynesianos (Krugman, Stiglitz…), premios Nobel e intelectuales con sus correspondientes sindicatos de pacto social (algunos de sus dirigentes acabaron trabajando para la FAES), recomiendan invertir más para seguir comprando, que siga el juego y que gane la banca. Un nuevo y tímido New Deal cuyos errores e ingenuidades, un capitalismo de rostro humano, fue cómplice consciente o inconscientemente de los crímenes que se cometían en la periferia de las fortalezas (Wallerstein, Theodonio, Naredo…), cada vez más amuralladas, para comprar un estilo de vida (¿cosmopolitismo? ¿filantrocapitalismo?) con pies de barro, que se esfumó saltando por la ventana cuando la billetera se oligarquizó. ¿Sus consecuencias? Sin consecuencias más allá de haber dejado un bonito cadáver para quien lo gozó.
 
Como vemos, ambas salidas abrazan al Dios de las sociedades secularizadas, el progreso y su traducción económica: el crecimiento. Adorno y Horkheimer ya nos avisaron en la «Dialéctica de la Ilustración» sobre los mitos que ocupaban el lugar dejado por el pensamiento mágico religioso: la ciencia, la razón y el progreso.
 
2. Fin de la Explotación.
Pero la deuda ecológica es una deuda objetiva, y así, el mito del crecimiento, adornado en los dos modelos anteriores como desarrollo sostenible, capitalismo verde, o eufemismos de ecologismo para ricos, se enfrenta a su propio Frankenstein. Nuestro planeta, la Tierra (nuestro antropocentrismo nos impidió llamarle Agua), como todo ser vivo, como todo ecosistema, posee límites con los que inevitablemente choca el capitalismo histórico y que hacen imposible generalizar el crecimiento (para que pocos crezcan mucho, muchos tienen que crecer poco o simplemente convertirse en Estados fallidos). La constante acumulación de capital, base de nuestro sistema económico mundial se agota, la desmaterialización era un cuento, la industria simplemente se deslocalizaba donde los costes eran menores (externalizamos casi todo lo que nos perjudica a quien no puede defenderse). Los recursos se agotan, el petróleo, el uranio, incluso el agua dulce. Y el ser humano se enfrenta, siendo bondadoso, al decrecimiento controlado, la otra alternativa es el colapso (Diamond), la barbarie, e incluso a la extinción.
 
Después de este pesimismo de la inteligencia, Gramsci nos conminó a oponer el optimismo de la voluntad. Para ello, la primera labor consiste en volver a unir nuestro porvenir, al de nuestro ecosistema, la Tierra. En ese sentido se parte de una serena convicción: nuestros problemas están motivados por la misma causa que provoca la destrucción de la naturaleza: la explotación. Para Jesús Ibáñez, la explotación, concepto denostado por los vencedores y causantes de la situación actual, debía ocupar un lugar central en las ciencias sociales y como él entendía la praxis, en la vida cotidiana. De esta manera, apuntaba tres dimensiones diferentes que no dejaban de ser lo mismo: la primera, la explotación del hombre por el hombre que transforma los fines en medios, las personas en cosas; la segunda, la explotación de la naturaleza por el hombre, la transformación del medio que le impide seguir funcionando como medio; y la tercera, la explotación reflexiva, la explotación del sistema por el mismo sistema, que transforma los medios en fines, producir por producir. Por lo tanto, el objetivo político para construir un sujeto colectivo, capaz de llevar a cabo los cambios que hagan posible el fin de la explotación, debe girar en torno a estos tres ejes, que a la postre, no son más, ni menos, que -1- la democracia social, basada en una política asamblearia (el Parlamento es una asamblea aunque no lo parezca y esté secuestrado) y participativa (no de manera retórica, deben existir cauces de decisión real, como las asambleas comunales, barriales, vecinales… crear poder popular), -2- la democracia económica que conlleva diferentes formas de propiedad como la autogestión, el cooperativismo o la propiedad social (con el objetivo de desaparición de las desigualdades -no de las diferencias- y las clases sociales) y por último, -3- la democracia ecológica que sería el buen vivir (Gudynas) en el sentido de descomplejizar las relaciones sociales y económicas globales y al mismo tiempo desmercantilizarlas revalorizando así los valores de uso sobre los de cambio (Harvey), así como el reconocimiento social y cultural que promueva códigos de conductas éticas e incluso espirituales en relación con la sociedad y la naturaleza y una visión a largo plazo.
 
3. La Dictadura Poscarbono del Ecoproletariado Internacional.
Aunque este concepto (reconceptualizado) tiene connotaciones marxista-leninistas (o marxista-lennonistas), creo que sigue siendo el indicado a la hora de pensar en la emancipación social y el fin de la explotación y por tanto necesario para construir un sujeto colectivo capaz de llevarla a cabo. Pero está claro que no es más que un concepto teórico, que hoy por hoy no podría utilizarse políticamente, pero que es necesario comprender.
 
El Imperialismo es necesario para que el capitalismo supere sus contradicciones internas. En las próximas décadas, las contradicciones de clase se agudizarán, debido a la imposibilidad física de crecimiento económico, y serán éstas las condiciones objetivas y materiales que llevarán a la dictadura del proletariado, que al contrario de lo que predijo Marx, no tendrá que gestionar el paraíso comunista de la abundancia, sino planificar la distribución igualitaria de la escasez material, buscando la riqueza y el bienestar social.
 
Si el Estado es la objetivación de una correlación de fuerzas (Althusser, Balibar) y se asienta sobre ella, es necesario utilizar esa herramienta una vez el ecoproletariado se convierta en clase hegemónica. En este proceso constituyente, que es el socialismo o dictadura del proletariado, el régimen jurídico burgués, es sustituido. Teóricamente, esta etapa nos conduciría a la desaparición del Estado, que coincide con la desaparición de las clases sociales, al no ser ya necesario como poder de clase (eso no significa que se eliminen las instituciones de decisión y desarrollo de lo Común). Si el comunismo es la gestión del común y la apropiación colectiva de los medios de producción, la ecología política es el comunismo mismo. Para que no suene anacrónico, solo hay que sustituir la dictadura del proletariado, por la democracia del proletariado, como el parlamentarismo burgués actual no es más que la dictadura de la burguesía (Marx, Lenin, Zizek…), y después sustituir proletariado por excluidos, explotados, marginados, damnificados por el cambio climático (Ranciére). Pero ese sujeto aún no tiene relato.
 
Volviendo al marxismo, el desarrollo de las fuerzas productivas no tiene por qué ser lineal desde un modo productivo dado (Marx aclaró que no era marxista, seguramente como crítica a los que tomaron sus análisis sobre Inglaterra como dogma o como ley, de una teoría comprensiva se hizo una teoría teológica). Si al capitalismo le da lo mismo producir cañones o mantequilla, en el ecosocialismo, la sociedad debe preguntarse colectivamente qué y para qué, según sus intereses. Y esos intereses, al introducir la variable ecológica en la vida cotidiana, supone volver a la idea de la revolución mundial, ya que el ecologismo es inevitablemente internacionalista. De todas formas, es necesario aclarar el cuestionamiento de la idea de progreso, lineal y mecánico del materialismo histórico, como de hecho ya llevó a cabo W. Benjamin, en esa preciosa metáfora que contraponía la visión de la revolución marxista, como locomotora de la historia, para verla realmente como el freno de emergencia de ese tren que nos llevaba al abismo (aunque no se puede olvidar la herencia tóxica sobre la que se construiría la nueva sociedad).
 
Para Santiago Alba Rico, hay una línea media, esa que se ajustaría al buen vivir, donde el hambre es superada por la sociedad. Por debajo de esta línea se sitúan los desposeídos, los marginados, los excluidos, “donde la hambruna disuelve todos los lazos sociales imponiendo el canibalismo, amenazando la supervivencia de individuos enfrentados entre sí”; pero por encima de esa línea hay más hambre, “demasiado siempre quiere más” y esa voracidad se come todo lo que encuentra a su paso.
 
Solo tenemos que recordar a nuestros abuelos, aquellos que eran capaces de plantar, cuando se acercaban sus últimos días, una higuera a la puerta de la casa de la aldea. Ellos sabían que no iban a disfrutar de su sombra ni de sus frutos, pero habían aprendido a ver más allá de su vida, a dejar para sus hijos y las generaciones siguientes ese disfrute, el fruto de su vida, legando más de lo que en su vida habían recibido. Ese es el camino.
Artículo de Rafite Tristán, publicado en el Blog: La causa del otro.
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