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Criminalización como política de los sectores dominantes y necesidad de un contrarelato cultural

enero 30, 2014

El problema social, que adquiere captación ideológica dentro de la construcción jurídica del delito y su correlato en el terreno sociológico y político de lo que se da en llamar “seguridad”, presentado en modo que trasciende a la experiencia y se constituye en un valor en sí mismo, en tanto significante de muchos mandatos y confrontaciones, no puede plantearse, sino en función de un proyecto de transformación social profunda. En otras palabras, no existe otra posibilidad con aspiración superadora del problema, que el trabajo combinado y dialéctico entre universalidad teórica y proyecto político transformador.

Las herramientas teórico-metodológicas para cuestionar y hacer una ruptura con los esquemas estereotipados de dogmatismo y la criminología dominante, resultan útiles para la confrontación ideológica, como lo han demostrado los avances que introdujo la llamada criminología critica y las experiencias ligadas al llamado derecho penal mínimo, con base garantista y de reducción de poder punitivo y finalmente los desarrollos del abolicionismo. Sin embargo, como esas mismos derroteros intelectuales lo demuestran, en el terreno de la existencia social, esos planteos se esterilizan, para ceder espacio al discurso represivo liso y llano, funcional a la dominación de clases.

Ese discurso “usa” el delito como herramienta política para demostrar las bondades de la “paz social” como valor fundamental para una sociedad y opera criminalizando a personas resolviendo por esa vía en el plano simbólico y no en el instrumental la criminalidad que el modo de producción capitalista genera desde sus entrañas

Este último dato del mundo social y político, deja ver la necesidad de introducir en la dialéctica delito seguridad, un planteo que supere esas experiencias solamente conformadas en el plano de lo ideológico, para retomar desde el marxismo una filosofía de la praxis, que con base en la tesis XI sobre Feuerbach, (“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo) logre una ruptura de lo dado, con contenido superador, en términos de reafirmación de lo humano.

Cualquier planteo de orden científico que no logre hacerse carne en un proyecto de trasformación social más generalizado con mediación de lo político, por vía de la incorporación al programa de acción que encarnen en sus demandas los sectores explotados y oprimidos en una sociedad de estructura capitalista está destinado a transformarse en el tiempo en letra muerta.

Desde la objetividad de la experiencia realizada en el tiempo, debe decirse que las tentativas de limitar el poder represivo del Estado, mediante criterios “normativos” localizados “en un plano legal-infraconstitucional” (funcionalismo); o fuera de aquél marco legal pero dentro del plexo constitucional (garantismo e iluminismo) resultan infructuosas en todos los casos. En tanto, provienen de un poder ya constituido e ingenuamente demandan que ese poder ya institucionalizado limite sus propias facultades represivas, mediante su propia voluntad”.

En ese ámbito, debe decirse que configura una estrategia de dominación cultural que una clase impone sobre el resto del contexto social, construir un concepto, esto es, una idea, sin que la misma repose, en alguna estructura objetiva de la que dé cuenta de manera real y material. Aparece así la noción de seguridad , bosquejada desde el plano de una ética social, compartida por todos y sin definición de clase, entendida como un valor en sí mismo y constituida por la premisa básica del rechazo a la violencia y la posibilidad de orden, en tanto ámbito natural para generar el progreso de todos.

La relación que proponemos entre teórica y práctica toma ambos extremos como elementos irreductibles uno de otro y su relación dialéctica se cumple por medición de la política. En esto reside uno de los aportes de Antonio Gramsci, sobre cuyos textos debemos necesariamente abrevar, en tanto, el espacio de encuentro entre ambas, el producto de la práctica social fecundada por el conocimiento encuentra su razón de ser y su verdadera dimensión en los problemas planteados por la cotidianidad social. La política, en cuanto actividad humana, entendida en su sentido amplio, requiere de la intervención social consciente de la realidad en la que el elemento espontáneo es educado, orientado, depurado para hacerlo homogéneo, y vivo en un discurso que por definición deviene componente del proceso dialéctico. La filosofía de la praxis en el otro extremo de la relación, no tiende a mantener a los sectores sociales explotados y oprimidos del pueblo en su filosofía primitiva de sentido común, sino a llevarlos a una superior concepción de la vida para construir un bloque moral e intelectual que haga políticamente posible un proceso colectivo y superador de la secuencia, delito, seguridad, castigo.

Sólo por obra de ese movimiento cultural y político, el saber se transforma en filosofía de la praxis y se depura de los elementos intelectualistas de naturaleza individualista haciéndose, realidad concreta y material en la vida colectiva.

En los Cuadernos de la Cárcel, y en particular en una nota de 1932 Antonio Gramsci condensa esta construcción de la siguiente manera, “Del saber al comprender”: “el popular siente’, pero no siempre comprende o sabe. El elemento intelectual ‘sabe’, pero no comprende o particularmente, ‘siente’… el error del intelectual consiste en creer que se puede saber sin comprender y especialmente sin sentir ni ser apasionado (no sólo del saber en sí, sino del objeto del saber), esto es, que el intelectual puede ser tal (y no un puro pedante engreído) si se halla separado y sin sentir las pasiones elementales dándolas y justificándolas y por lo tanto, explicándolas y justificándolas por la situación histórica determinada; vinculándolas dialécticamente a las leyes de la historia, a una superior concepción del mundo, científica y coherentemente elaborada: el saber. No se hace política-historia con esta pasión, sin esta vinculación sentimental entre intelectuales y pueblo”.

Desde otro plano, pero vinculado con lo ya dicho, también es necesario advertir que aunque resulte absolutamente relevante y necesario, la resolución del problema del acceso al poder del Estado por los sectores sociales explotados y oprimidos que habitan en una sociedad de estructura capitalista, ello no se agota en sí mismo por cuanto es más relevante aún, que ese proyecto político llegue a ser aceptado como propio y definidor de la entidad de ese sector social, en tanto se encarna en la mayoría de sus componentes.

Dicho en otras palabras, el abordaje de la dialéctica delito-seguridad, en busca de una superación de esos términos, en la lógica de la criminología mediática, no puede eludir lo señalado en el párrafo precedente. Todo cuanto se intente decir y hacer sobre el particular, debe necesariamente enraizarse y formar parte constitutiva de un proyecto político visto como proceso social, en el que está involucrada casi la totalidad de las clases populares quienes al superar la fragmentación que las caracterizan, comienzan a disputar ese espacio en diversos niveles tanto en lo gubernamental como en el universo de las instituciones de la sociedad civil.

En ese contexto, de nada valen las luchas antirepresivas contra el aparato punitivo del Estado burgués, si las mismas se inscriben solo en una lógica contestaría del mismo y no alcanzan a construir un discurso culturalmente superador, que pueda ser procesado dialécticamente por los explotados y oprimidos. Duele muchas veces observar, porque luce bienintencionado, ver como quienes ayer pedían libertad para una persona sometida a ese andamiaje represivo, luego en breve termino se constituyen en querellantes y actores de la pretensión de castigo hacia otros, sin precisar los cómo y porqués de ese cambio de roles al conjunto social. No puede cuestionarse la cultura carcelaria, y luego pedir cárcel para un sujeto determinado, sin introducir un discurso coherente y racional que permita explicar ese proceso. Toda intervención social sobre la problemática, delito, castigo, seguridad, y en ese contexto el lugar que le asiste a los jóvenes, es una relación pedagógica entre quien produce la intervención política, su discurso y el conjunto social y a la vez una relación activa de vinculación recíproca entre ambos sujetos sociales. Por eso la necesidad de reformular un discurso crítico y superador de lo dado, quitando sentido y fundamentación a la tesis represiva con base en la devolución de dolor, como contenido del castigo, debe ser adoptada por sectores mayoritarios del conjunto de explotados y oprimidos del pueblo, y luce como tarea estratégica relevante en el contexto histórico en el que nos desenvolvemos.

Es necesario incorporar aportes para esa tarea estratégica, introduciendo, miradas y discursos que pueden ser elaborados a partir de episodios concretos de la vida cotidiana que convocan a la llamada “opinión pública”, buscando confrontar con el relato de clase emergente de los sectores culturalmente hegemónicos, enraizado en un sentido común altamente ideológico, en tanto expresión del nuevo positivismo y manifestación cultural de la criminología mediática.

Artículo de Daniel Papalardo, visto en Rebelión.

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