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Informe The New York Times – Iguales y ¿asexuados?: conflictos de la pareja moderna

Cuanta más comunicación hombre/mujer, menos libido; cuanto más igualitario el reparto de tareas domésticas, menos actividad sexual. Esa es la conclusión a la que llegan los estudiosos de la pareja moderna, según un informe publicado por ‘The New York Times’. El debate está servido. Se admiten teorías, interpretaciones, ejercicios exaltados de asombro.

Foto: © Manuel Cuéllar

Foto: © Manuel Cuéllar

Ella pone la mesa mientras él corta las zanahorias para la ensalada de la cena. Si la niña se despierta en mitad de la reunión que tienen con varios amigos esa noche, es él quien se levanta a consolarla, mientras ella se ocupará de sacar las bebidas de la sobremesa. Son una pareja moderna: sin papeles asignados (al menos, sin los papeles tradicionales), ambos ganan más o menos lo mismo (o al menos, alternativamente), los dos tienen claro que el trabajo de cada uno es importante, y los dos comparten al 50% las tareas del hogar, las gestiones bancarias y fiscales y las visitas al pediatra o a los profesores del colegio, según su agenda. Nada es propio de ninguno de los dos en función de su género, ambos se reparten las obligaciones de la vida diaria por igual o, en todo caso, dependiendo de sus habilidades, de su tiempo o sus querencias, en ningún caso por ser hombre o mujer.

Sigue sin ser lo mayoritario en la sociedad española, aunque cada vez más frecuente y deseable entre las parejas jóvenes o (al menos) las más progresistas. ¿Quién podría criticar este reparto perfecto sin ser tachado de convencional, conservador, machista o retrógrado?

Pues bien, resulta que las cosas no son tan sencillas. Por si los debates en torno a qué es ser feminista hoy o cuál es la verdadera batalla de la igualdad en la sociedad del siglo XXI fueran poco confusos y manipulables, la sociología (al menos la investigación que se desarrolla bajo esa rúbrica) viene a complicar todavía más el análisis. Un estudio reciente, realizado en Estados Unidos, y del que se hacía eco hace unas semanas The New York Times sostiene algo increíble: las parejas más igualitarias en la vida diaria tienen una menor actividad sexual. Son relaciones muy satisfactorias desde el punto de vista personal y emocional, pero no así desde el punto de vista sexual.

El estudio apareció en The American Sociological Review el pasado año y se llamaEgalitarianism, Housework and Sexual Frequency in Marriage. El sentido común indica que las relaciones igualitarias deberían también tener un impacto positivo en la vida sexual, que tendería a ser más abierta, más comunicativa, menos sujeta a convencionalismos y tabúes. Pues resulta que este estudio afirma que, cuantas más tareas domésticas consideradas tradicionalmente femeninas (como pasar el aspirador, cocinar o tender la colada) realizan los hombres, menos frecuentes son las relaciones sexuales en la pareja. En concreto, las parejas en las que los hombres hacen un montón de tareas supuestamente masculinas (bajar la basura, hacer bricolaje, arreglar el coche) realizan el coito al mes 17, 5 veces más que en aquellas en las que esto no ocurre. Y no solo eso, sino que las mujeres entrevistadas refieren tener una menor satisfacción sexual cuando ellos hacen esas tareas consideradas femeninas. O sea: cuanto más masculinas son las tareas que realizan los hombres, mejor es la vida sexual de la pareja, según este estudio. ¿Raro, no?

Los datos son de los años noventa, pero pocas cosas han cambiado en los últimos 15 años sobre lo que llamamos corresponsabilidad doméstica. La propia autora del reportaje, la psicoterapeuta de pareja Lori Gottlieb, entiende el escepticismo que pueda causar semejante estudio, pero afirma que ella misma lo ha constatado en su consulta. Parece que estamos viajando a otro planeta o asistiendo a una reunión vecinal del Tea Party. Pero no. Cuanta más comunicación, menos libido: esa es la conclusión a la que llegan los estudiosos de la pareja moderna.

Una de las tesis que avanza la autora del estudio, la socióloga Julie Brines, es que compartir las tareas de la casa, sin diferenciar si son propias de un sexo o de otro, conlleva precisamente una falta de diferenciación sexual. Y cuanto menor es la diferenciación, menor es la atracción sexual: la neutralidad de género nos está convirtiendo en seres sexualmente neutros, concluye Brines. Según sus investigaciones, las parejas homosexuales tienden a escoger compañeros muy distintos, lo que mantiene viva su conexión sexual, mientras que las parejas de mujeres lesbianas suelen guiarse por los mismos patrones a la hora de escoger pareja que las mujeres heterosexuales (¿tenemos los mismos valores, los mismos gustos, los mismos objetivos en la vida?) lo que hace que su vida sexual sea menos frecuente e intensa, igual que en las parejas heterosexuales estables, a medida que pasa el tiempo. Esta menor actividad sexual, sin embargo, no quiere decir que estas parejas sean menos felices: de hecho son muy felices y registran un menor número de divorcios.

La verdad es que el número de afirmaciones polémicas de este artículo va in crescendo.Presenta esa mezcla de ingredientes –investigación científica, sociología, sexo, igualdad, progresismo, conservadurismo— infalible a la hora de provocar enconadas discusiones sobre el papel de hombres y mujeres en la pareja, sobre lo que nos hace felices, sobre lo que en realidad buscamos y deseamos más allá de lo políticamente correcto.

Las explicaciones son múltiples, y les invito a reflexionar sobre ello y a aportar su propia teoría al respecto. Brines dice, en primer lugar, que seguramente todo esto tiene que ver con los estereotipos de lo que es femenino y masculino, y que nuestra sexualidad, a pesar nuestro, es algo emocional, inconsciente y nuestro deseo funciona por asociaciones aprendidas que no podemos controlar, y que estas asociaciones tienen mucho que ver con lo que llama “el misterio de la otredad”, eso que no podemos definir y que nos atrae porque es lo opuesto a nosotros. La igualdad es buena para la organización de la vida diaria y social, pero sus valores no siempre se pueden trasplantar a la cama, donde juegan las fantasías, los sueños inconscientes y, en ocasiones, inconfesables.

Bueno, dirán ustedes, ya estamos con la teoría de que, en el fondo, a todas las mujeres, por muy feministas que sean, les gusta ser dominadas. Y, en efecto, este tipo de estudios corren el riesgo de acabar con lo que nos ha costado tanto conseguir: una pareja y una familia democráticas.

Mi opinión al respecto
es que cuanto mayor es la igualdad en las relaciones personales, cuanto mayor es la presencia de las mujeres en los centros de decisión y de poder, más frecuentes son los intentos de teorizar sobre las desventajas de ese poder y esa igualdad. Antes no había teorías. Simplemente las mujeres hacían lo que tenían que hacer y si disfrutaban o no en sus relaciones sexuales no era considerado relevante, mientras pudieran quedarse embarazadas.

Tampoco pongo en duda que estos resultados sean reales. Pero creo que no son atribuibles tanto a la igualdad en sí como al cansancio que la vida diaria provoca en una pareja de nuestros días en la que ambos trabajan: horarios imposibles, sueldos ajustados, niños a los que hay que llevar o recoger del colegio, estimular y educar. Y la casa, ese lugar que es como una aspiradora de energía: pon, quita, pon de nuevo el lavaplatos, pasa el polvo, haz la cama, recoge la ropa, guárdala, y ahora la cena… Dios ¡y he olvidado que había que hacer la compra! El retrato de la pareja moderna es más bien el de dos personas sobrepasadas por los acontecimientos, exhaustas, que simplemente buscan relajarse un rato (con el ipad o la lectura) antes de apagar la luz. El sexo resulta cansado. Es más una cuestión de energía que de roles. Y su falta tiene que ver más con las imperfecciones de la vida real que con una batalla sobre el adecuado papel de hombres y mujeres en el seno del hogar. En última instancia, dos personas que se relacionan de forma igualitaria tienen siempre la oportunidad de expresar su insatisfacción. Y de construir esa relación sobre nuevas reglas. Al contrario, quizá no hay quejas. Pero simplemente porque uno de los dos nunca dice lo que piensa.

Artículo de , visto en elasombrario.com

p-evalua

http://www.p-evalua.com/

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