La ausencia de vínculos inquebrantables, esos que anteriormente denominábamos para siempre, se deshacen.  Pero se mantiene la necesidad, el impulso de amarrar lazos allí donde embarcan las emociones, con la diferencia de que ahora el proceso de individualización requiere más de nosotros mismos, y de un complemento energético para consolidar el propio esfuerzo. Sin el respaldo anterior de antaño de las instituciones de gran poder socializador, la autonomía esclarece aún más la sociedad de lo íntimo.

VULNERABLES

Refugiados (pero conectados), intuyendo que no habrá ligadura que cien años dure, que no habrá garantía alguna de perpetuidad. La exploración dentro de esta jaula de oro encierra una excepcional paradoja: conectar sí, pero sin atar bien los términos de cada  unión, con el firme propósito de proseguir otro camino para cuando las circunstancias se alteren.

Lo que subyace es un sentimiento de debilidad y desprotección, donde por un lado encontramos el detonador perfecto para buscarnos, pero por otro una balsa ligera, donde se construye anémicamente una frágil relación para sitiarla.

Este sentimiento procede de un hecho social que se ha instaurado en nuestras relaciones y, por tanto, en nuestra psique: somos fácilmente descartables. Así, queremos correspondernos, aunque desconfiando de hacerlo eternamente (vestigio caduco que pesa como una losa),  y pensando  que ello limitaría nuestra libertad.

Con esta situación transitamos entre el sueño del deleite a través de “las relaciones” y la pesadilla que se instala por las frustraciones que acarrean.  Y precisamente porque dichas comparecencias no resultan  satisfactorias, escudriñamos una nueva, deambulando constantemente entre la esperanza y el temor,  huyendo de una dependencia que parece nos disminuye.

Los suplementos de los periódicos y las revistas semanales tienen un remanente excelente  para llenar sus columnas con profusos consejos y seducirnos con infinidad de posibilidades. Pero son incapaces de resolver el misterio que ya se constata; hay un deseo creciente de tocarse, y al mismo tiempo un fervor latente para que no deje huella.

La confusión se instala en el difícil camino que va de las parejas a las redes, del compromiso a estar en contacto… La virtualidad  tiene una fácil puerta de entrada, y un más cómodo  portón de salida (borrar un contacto responde fácilmente a la sencilla pauta de desabastecerse de complicación alguna).

Puede deducirse de éstas líneas que es la calidad la que está en desuso, la que se fragmenta sin remedio ante la perenne existencia de un inestable discurso. Y cuando la calidad desmerece se investiga en la cantidad, enamorándonos y desenamorándonos como consuelo de esa oquedad, repitiendo el suceso vulnerables al amor… y la penumbra.

Conectados (pero refugiados), intuyendo que el tiempo es otro.

José Luis Vázquez Doménech

Sociólogo. Me puedes visitar en www.undominiopropio.com, www.facebook.com/AmoresyPoliticas o en @socioamores

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