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Hacia una innovación emocional positiva de lo ecológico y la sociedad

En el diario fluir de los acontecimientos sociales, muchas personas e instituciones suelen proponer un cambio organizativo o una redistribución de la riqueza o un redireccionamiento de las funciones sociales dentro de la estructura social actual. Ello lo hacen con el ánimo de hacer de este mundo un lugar mucho más justo y equitativo para todos. No obstante, rara vez nos encontramos con un analista social que, desde lo académico, diga que también se debería luchar contra los valores que caracterizan y solventan las injusticias que nos rodean. Y eso es así porque lastimosamente los discursos que hablan acerca de cambio ético y de superación de los valores actuales, han quedado relegados al ámbito de la superación personal o al ámbito religioso. De ahí que una de las ideas del presente texto, es la de que se puede cambiar la estructura social, si toda la sociedad en su conjunto optara por unos valores que nos acerquen mucho más a nuestra parte más humana y también a la naturaleza que nos rodea. Unos valores que hablen de cooperación y de una vida sin uno u otro de esos elementos elaborados en masa que poco a poco agotan los recursos de nuestro planeta. Unos valores que nos hagan preocuparnos mucho más por la vida y la convivencia misma.

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El trasfondo ético, ecológico y humano de la justicia social 

Para muchas personas cambiar el mundo y combatir muchas de las injusticias sociales de la actualidad, es simple cuestión de realizar un cambio político, o un cambio de sistema social y económico, e incluso para muchos es simple cuestión de aumentar los ingresos y el bienestar material en general de todas las personas. No obstante, más allá de los sistemas económicos y de las organizaciones sociales, lo cierto es que un cambio material que no implique un cambio ético y valorativo no solucionará muchos de los problemas que desde hace mucho ha conocido la humanidad en su diario convivir o en su diario trasegar a través de la historia.

Bien cierto es que los sistemas económicos y las organizaciones sociales son creaciones humanas, por lo tanto cada uno de ellos tiene su propia gama de defectos y malas orientaciones. De modo que para mejorar la justicia social no solo se debe trabajar en las formas de organización social o en las políticas públicas y sociales que, de cualquier forma, son imprescindibles y fundamentales, sino que también se debe trabajar en el desenvolvimiento mismo de lo humano, en el desenvolvimiento de lo humano en cuanto a lo que a convivencia social y a convivencia con la naturaleza se refiere.

Acerca de acrecentar los ingresos para que la sociedad tenga mayor bienestar, bien podemos citar la famosa paradoja de Easterlin de los estudios de economía social (1974). Según dicha paradoja, a pesar de que las personas con mayores ingresos son las más felices, lo cierto es que a medida que el ingreso de un país aumenta no necesariamente aumenta con ello la felicidad. De forma similar y comparada, también podemos encontrar países en vías de desarrollo que afirman ser mucho más felices que varios de los países de primer orden. De modo que el ingreso, por ejemplo, no es una cuestión absoluta en cuanto a lo que a bienestar humano se refiere, sin decir, claro, que una existencia material con los recursos necesarios para procurar una vida más o menos cómoda, no sea realmente primordial y sumamente importante.

Acerca de quienes desean cambiar el orden sistémico y social actual, hay que preguntarnos por un momento de qué les sirve a ellos oponerse al terrorífico y salvaje neoliberalismo o a algo tan inesencial y tan humano y tan contextual como la industria, si luego de ello saldrán a comprar el último gadget electrónico. Un gadget que muy seguramente dejará de estar de moda en cuestión de meses. En este sentido, es el mismo actuar diario de todas las personas el que reproduce y alimenta los defectos de los sistemas sociales. Algo que también se puede apreciar en el plano de la convivencia y en la misma forma en la cual están estratificadas las sociedades humanas.

Es un hecho muy simple. Tan simple como decir que de nada sirve oponerse a una guerra o querer una sociedad más justa si seguimos actuando con odio hacia una u otra persona de un determinado grupo humano. Este aspecto es bastante ignorado y poco frecuentado en los estudios académicos y sociales. Tanto así, que muchos de los discursos que suenan a superación ética y personal, son considerados inferiores, y hasta en los mismos estudios literarios figuras como las de Paulo Coelho son consideradas inferiores, ya que son juzgadas desde lo meramente formal. Afortunadamente, ya en filosofía una importante y destacada figura como Emmanuel Lévinas (1993), llegó a hablar dentro de su esquema teórico acerca de la superación ética de la ontología, es decir, de una superación de todas aquellas teorías que desean encerrar dentro de Lo Mismo todas las esencias.

Para dicho filósofo, la individualidad del Yo se desprende del Otro. No se puede guardar distancia ante el Otro, de ahí que haya una responsabilidad ante él, más aún en el hecho de que es en el Otro ante quien encontramos la plena realización de nuestra libertad y de nuestro propio ser Yo. No obstante, hoy en día, esa responsabilidad ante el otro no se manifiesta de la forma y con el interés con el cual debería manifestarse.

Lo ecológico y algunos otros aspectos que deberían emocionalizarse positivamente en pro de un mundo mucho más justo

Nuestra responsabilidad también es para con la naturaleza, y muchos de los problemas que la aquejan, se podrían solucionar si todas las personas como consumidores optáramos por no adquirir los elementos masificantes que la industria pone a diario en el mercado. De hecho, la misma industria y el mismo neoliberalismo desaparecerían tal cual como existen hoy en día si todos tuviéramos una ética que nos llevara a ser consumidores reflexivos y responsables. De igual forma, si todos abogáramos por el fin de toda forma de violencia y de odio, la sola mención de una guerra o una confrontación, sería algo que se analizaría con cuidado. Claro, estas ideas no dejan de conformar nada más que una utopía, una utopía realmente ideal y prácticamente difícil de lograr dentro del azaroso deambular humano, no obstante, tras de todas estas ideas, subyace el hecho de que los cambios sociales también deben ser éticos y valorativos. 

En un artículo titulado “La virtualidad de las emociones y su comunicación en la era digital” (2013), hablé acerca de que las emociones humanas y los aspectos más metafísicos de nuestras vitalidades interiores han sido una materia de estudio muy poco aborda por la sociología y los estudios sociales no psicológicos en general. Allí, también mencioné que dichos aspectos pueden llegar a objetivizarse para su comprensión académica, y hablé un poco, de paso, y de forma muy esquemática, del concepto de innovación emocional. Pues bien, traigo este tema a colación, a raíz de que el hecho de que los estudios sociales se hayan desentendido en gran parte de las emociones, nos lleva a no tenerlas en cuenta en lo que atañe a cómo se debe lograr un adecuado y justo cambio social. Las emociones no solo se dividen en tristeza o felicidad u otras similares, son un asunto complejo, y cada día pueden surgir nuevas formas de sentires o de expresar dichos sentires. 

De ahí que una ética que privilegie lo ecológico, una sana convivencia y a la vida en cuanto vida, y no a la vida en cuanto a su limitada visión de posesión que no se debe usurpar, debe hacer énfasis en una nueva forma emocional positiva que lo logre. De ahí que en las presentes líneas hable, de forma meramente reflexiva y con el ánimo de incentivar debate, de que la naturaleza, la vida, el consumo responsable y el fin de los odios, son asuntos o aspectos que se deben emocionalizar mucho más y de forma positiva. Históricamente la situación social ha sido tan oscura, que para muchas culturas el odio hacia otro grupo les ha conferido identidad y a muchas personas les ha dado incluso puestos orientativos en un determinado gobierno. De ahí que la idea principal del presente texto, es la de que se puede llegar a cambiar todo un sistema, no al cambiar precisamente las instituciones que lo caracterizan, sino los valores que guían a dichas instituciones (sin decir claro, que no sea del todo necesario cambiar la estructura organizativa actual). Por otra parte, no olvidemos que la falta de comprensión de las emociones en el ámbito social es una especie de dínamo y motor de gran parte de las injusticias sociales.

Bibliografía

 –          Easterlin, Richard A. (1974) “Does Economic Growth Improve the Human Lot?” in Paul A. David and Melvin W. Reder, eds., Nations and Households in Economic Growth: Essays in Honor of Moses Abramovitz, New York: Academic Press, Inc: http://graphics8.nytimes.com/images/2008/04/16/business/Easterlin1974.pdf

–       Guerrero Ramos, Miguel (2013).La virtualidad de las emociones y su comunicación en la era digital: las emociones humanas como un proceso comunicativo de potencialidades interiores, En: El mundo de hoy y los entornos virtuales, Eumed.

–       Lévinas, Emmanuel (1993). Entre nosotros: ensayos para pensar en otro. Editorial Pre-Textos.

Miguel Ángel Guerrero Ramos

Sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia, ensayista y escritor. Diplomado en psicología educativa y comercio exterior. Estudiante de la Maestría en Derechos Humanos en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC). Ha escrito diversos artículos y libros académicos y varias obras de ficción literaria como las novelas “Cuando el demonio ama” o “Al fondo de las pupilas del tiempo infinito”, algunas de las cuales se encuentran traducidas al inglés. Gran parte de su obra académica dentro de las ciencias sociales, se encuentra en su perfil de Editorial Grin.com. Visita su blog: sociologiaandreflexion.blogspot.com.es

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Comentarios 2

  1. Hacia una innovación emocional positiva ...

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