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Drama, política y pasión por el balón ¿Qué hace tan importante al fútbol en la sociedad contemporánea?

¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales

Eduardo Galeano

Llegado el momento más esperado de algunos y la pesadilla de otros, el ritual alrededor de un campo de juego, la celebración de la identidad colectiva de muchos y el jugoso negocio de unos pocos, la fiesta de los ojos que lo miran y la alegría del cuerpo que lo juega diría Eduardo Galeano; la ventana que abre espacio a la legitimación entre los poderosos y la inquisición que ya sufren nuestros sentidos corporales gracias al ataque publicitario y mercadológico, seamos seguidores o no del futbol. Eso y más causa la Copa Mundial de la FIFA.

Drama, política y pasión por el balón ¿Qué hace tan importante al fútbol en la sociedad contemporánea

Para muchos, el torneo efectuado cada cuatro años representa mucho, evoca nuestros recuerdos y experiencias, marca momentos de felicidad con la camaradería futbolera y tragedias de las que responsabilizamos a nuestro siempre mediocre seleccionado –en este caso- mexicano. Sin embargo, para otros más, el futbol profesional se ha convertido en una de las actividades rodeada por las más perversas prácticas del hombre y es difícil negarlo.

¿Hay alguien a estas alturas que aún se atreva a decir que el fútbol es un simple juego?

Mueve a la economía, ha sido contaminado por intereses políticos –desde siempre–, crea una industria, genera sentido de pertenencia, identidad colectiva, ilusiones y por tanto emociones, pasiones, dramas.

Observamos que durante la pasada Copa Mundial Brasil 2014, los medios de comunicación no especializados en deportes han dado importante cabida al tema. Las preguntas que estos se plantean suelen repetirse ¿Qué tiene el fútbol que mueve masas? ¿Por qué el descontento entre la población brasileña? ¿Enajenación o pasión? El propósito de estas líneas será plantear una aproximación hacia algunas respuestas.

 El deporte más hermoso del mundo
Para sus detractores, es inexplicable que un balón genere tanta atención, como si estos no hubiesen concebido o conocido el amor por la banalidad, como si ellos no fueran susceptibles al gusto por un arte, por una actividad categorizada dentro del campo del ocio. Claro que existen valorizaciones sociales en las que el simple hecho de leer un libro te legitima e introduce automáticamente dentro del campo de la alta cultura y por el contrario, ver televisión te arroja al apartado de los vulgares. Esta valoración suele realizarse conforme al número de personas que ejercen una u otra actividad, sin considerar las posibilidades de acceso de cada una y la preparación que ha recibido cada sujeto para realizar determinada actividad. Al futbol se le clasifica dentro de la baja cultura, la cultura de masas.

Debemos mencionar que, por supuesto, el amor por el futbol, como por cualquier otra actividad, es un amor introyectado. Se trata de una pasión que se genera en las estructuras sociales, ya sea la familia, el entorno social o el mismo país que se habita. A muchos se nos inculca desde nuestros primero pasos y otros más lo adoptan en una etapa adulta, ya sea debido al círculo de amigos o, bien, debido a la fiebre a nivel masivo que generan eventos como la UEFA Champions League o el propio Mundial. Claro que en cualquiera etapa, negar el gusto por el fútbol es una posibilidad aunque los círculos sociales pretendan contagiarlo.

¿Por qué es un deporte tan popular? Indudablemente es un deporte plebeyo, se puede jugar bajo las condiciones más improbables, la felicidad que genera es tanta que no hace falta más que un objeto esférico y un par de objetos sólidos que simulen los palos de la portería; incluso se puede practicar en soledad. Genera hermandad, un sentido colectivo, al igual que muchos otros deportes, el éxito en este depende más del juego en equipo que del brillo individual –del cual no puede prescindir ningún gran equipo-.

Disfrutamos jugarlo con nuestros mejores amigos, inclusive se crean jugadas sólo posibles con el mejor amigo, ya que –bajo la jerga futbolística- nos entendemos. Al ser una competencia, también es un disfrute enfrentarse a nuestro peor rival –quizá de otros ámbitos-, se apuesta una demostración de superioridad y ello deriva en rivalidad a nivel equipo. Este sentido de pertenencia suele iniciar a nivel barrio, los barrios enemigos arriesgan su orgullo a través de éste deporte; en países como Argentina e Inglaterra los equipos profesionales tienen un origen muy vinculado con los equipos originales del barrio. En otros países la rivalidad yace en la clase social, originalmente los equipos representaban muy claramente a las clases opulentas o a las subalternas, ciertamente en la actualidad esa representación se ha diluido.

Las rivalidades, por supuesto, se trasladan a nivel nación o bien continental. Las personas se unen en un solo grito, una sola emoción, el mismo canto, la misma alegría (significada de diferentes formas), la gente se reúne y por dos horas goza, ríe, disfruta, sufre, vive. Porque ha generado un vínculo emocional con un equipo donde proyecta su representación, es decir, así mismo.

Por otro lado tenemos que las reglas del futbol –ahí sí, a diferencia de la gran mayoría de los deportes en equipo– limitan la cantidad de anotaciones. El gol, se convierte en algo tan improbable, condicionado a las variables del juego pero también ligado a lo anímico y el azar, por tanto el momento de su llegada es siempre inesperado, espontáneo, un momento casi orgásmico. La anotación es tan complicada de efectuar que aprovecha para retozar con ilusiones y esperanzas, ya que incluso en la pena máxima del fútbol, el tiro penal, existe la posibilidad de errar, lo que mantiene la expectación entre quien dispara y quien ataja.

Una última idea sería que, en el fútbol, a diferencia de muchos deportes, existe siempre el riesgo de lo impensado. Innegable el hecho de que son ocho y nada más los campeones mundiales, existe una clara división entre ‘los grandes’, una delgada segunda línea y los plebeyos; sin embargo, son numerosos los casos a nivel mundial, ya sea en club o selección nacional donde lo improbable sucede, donde el débil basado en garra y corazón derrota al todo poderoso, es por esta razón que en los países menos desarrollados futbolísticamente siempre guardamos un resto de fe por trascender.

En Brasil 2014 los creyentes de lo cuantificable y medible, del dato y la estadística, los videntes de la ciencia recibieron duros reveses. Deben empezar a entender que no pueden tecnificar y economizar al arte de lo imprevisto.

Existe otro factor digno de analizar: el rol que juega la afición. Ante la adversidad, los últimos que pueden rendirse son los aficionados. Son numerosos los casos donde la afición ha levantado a un equipo, cantando, gritando, aplaudiendo; sin duda, ese apoyo ha sido el motor de equipos que se quitan la bota del cuello, se levantan y vencen. Es tanto el amor de los aficionados que se transmite de las gradas al campo, y si no siempre se traduce en victorias, sí posibilita dar un último esfuerzo, un último disparo, una última barrida, un último aliento. Los mejores entrenadores saben que la afición es un sustento de espíritu, piden a la afición llenar el estadio en partidos trascendentales, gritan desde la banca y se dirigen a la tribuna pidiendo incrementar el apoyo. Recuerdo en este momento dos ejemplos:

Final de la Champions League, año 2005, Estambul; el equipo de Milán lleva una clara y mortal ventaja de tres a goles a cero sobre el equipo de Liverpool. Derrotado anímicamente, el equipo inglés es recibido por sus aficionados –tras el descanso del medio tiempo- con su mítico canto “You never walk alone”. Un tanto resignados pero sobre todo esperanzados, los aficionados reconocen a su equipo haber llegado hasta la final y agradecen la maravillosa temporada, sin embargo a su vez le dicen, vamos chicos no hay que rendirse hasta el silbatazo final. Liverpool empata el partido tres a tres y en tanda de penales se corona campeón de la liga de campeones de Europa.

Un ejemplo local. Final de torneo clausura 2013 en la liga mexicana. Los finalistas, el equipo acusado de no tener corazón, de jugar sin pasión, considerado un equipo mecánico aunque siempre bien aceitada y funcional máquina del Cruz Azul y el local, el equipo más polémico de México cuya consigna se resume en “Ódiame más”, el América. Escenario, el Estadio Azteca a reventar. A 5 minutos del final, el equipo local pierde en el marcador global por dos goles contra cero, sin embargo, los últimos 10 minutos el estadio entero se ha unido en una sola voz “Vamos América que esta noche tenemos que ganar”. Es impresionante el apoyo, la afición no se esperaba tal escenario, no puede creer lo que sucede a minutos del final parece que uno de sus más acérrimos rivales les arrebata el campeonato, no obstante, son los últimos en perder la esperanza, caen en cuenta de que tienen que reaccionar, que deben dejarle al equipo una última muestra de apoyo. No existe otra forma, la afición entera canta al unísono. El América empata los cartones en cinco minutos. Se corona en tanda de penales.

Esperanza, la mayor de las fortalezas para aficionados y jugadores y a su vez, la promotora de los pasajes más amargos.

¿Aún puede existir alguien que acuse –con razón– a otro de ”idiota” debido a su amor por el fútbol? ¿Se puede seguir citando a un vituperante Borges (“el fútbol es universal porque la estupidez es universal”)? Es tanto el esfuerzo, el talento, la rivalidad, la emoción, el dramatismo, el orgullo, la felicidad, la hermandad, las aspiraciones, el deseo de triunfo, la satisfacción de gloria y el dolor de la derrota, todo ello como caldo de cultivo puesto en juego, que se vuelve incomprensible pensar que esto es sinónimo de estupidez. Debemos observar la clara diferencia entre esto y la enajenación producida por la industria, es totalmente diferente.

Consultemos a Galeano para plasmar una primera idea continuada más adelante.

“El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.
En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.”

Secuestrado por el poder y el mercado.
Es sólo gracias a la cantidad de emociones y efectos sociales emanados del fútbol que se puede transformar en un producto tan rentable.

Resulta evidente que bajo el contexto de un mundo donde el neoliberalismo goza de rebosante salud –a nivel político-, el fútbol se ha mercantilizado. Se le ha transformado en una industria sostenida por millonarios intereses, pero sobre todo explotada por esos intereses. Para la recién finalizada Copa mundial, una cantidad increíble de figuras se ausentaron debido a lesiones que en su mayoría son causa de la sobrecarga de partidos. La profesionalización explota jugadores, mercantilizó el deporte, lo convirtió en gigantescos sets de televisión, vende basura que juega con la pasión al transportarla en objetos inútiles. En cierto sentido, la pasión se materializó y cosificó en tazas y gorras. Cabe cuestionarnos si esto deterioró su nivel o si por el contrario; lo que es seguro es que viejas tradiciones de identificación por una sola camiseta se han ido derritiendo (tanto en jugadores como en aficionados).

Existe una inmensidad de temas y enfoques para analizar a un nivel político lo que ocurre en el fútbol. Está el racismo o cómo algunos regímenes políticos lo utilizan a su favor con los buenos resultados de su selección, también la explotación de jugadores cuyas piernas han sido etiquetadas con un precio, la sobre exposición de los mismos a nivel mediático, o bien podemos inscribirnos al debate sobre la violencia en los estadios. Sin embargo, aquí nos interesa recalcar dos aspectos, las funciones de la FIFA y lo que sucede a nivel social con la protesta.

Llama la atención una clara política por parte de la FIFA que trata de cumplir una homogenización estética en sus competiciones. Por lo menos desde la Copa de las Confederaciones 2005, efectuada en Alemania, se ha impulsado un modelo estético de cómo debe ser un estadio, hablando no sólo de su diseño arquitectónico sino también de sus colores, de las tribunas, la tipografía de su publicidad. Desde entonces en todas las competiciones organizadas por la FIFA encontramos un cartel a nivel de cancha y al centro del campo con el nombre de la ciudad donde se juega. Además los estadios deben cumplir requerimientos para facilitar la transmisión televisiva de la propia FIFA que a su vez es vendida a todas las televisoras del mundo, teniendo así una sola señal para todo el mundo. Esto generó uno de los mayores problemas por los que atravesó el mundial de Brasil.

La FIFA solicitó al gobierno brasileño la construcción de nuevos estadios y una amplia remodelación de algunos existentes. Por supuesto que ambos requerimientos se llevaron a cabo bajo la misma línea estética antes mencionada. El verdadero problema es el obsceno despilfarro económico que la ha costado al país y que en gran medida desató las protestas que tuvimos visibles frente a nuestros ojos; no sólo eso, la construcción de algunos estadios implicó el desalojo de miles de personas, quienes fueron despojados de su propiedad y que, a través de un caótico proceso, fueron miserablemente compensados con lugares aún más inhabitables.[1]

Esto, sin duda alguna, es un problema sistémico a nivel político, terrible, infame, que no podemos soslayar, es indignante, sin embargo sería un error pensarlo como elemento inherente a la organización de una Copa mundial. Si bien la FIFA mantendrá esta política, es responsabilidad de los Estados y de la sociedad civil, al menos cuestionarlo y actuar de la forma que más convenga en franca oposición a la FIFA. En el caso brasileño, un país devoto por este deporte, cuenta con una gran cantidad de estadios enormes, los cuales en el mejor de los casos pudieron recibir una adecuada remodelación, acorde con las necesidades de seguridad. Fue totalmente innecesario el despilfarro al que fueron sometidos por la FIFA y que gustosos aceptaron.

Por otro lado, se acusa al fútbol de distractor de lo verdaderamente importante. Se cree que distrae a la gente y que si no fuese por éste, el pueblo mantendría otra postura frente al acontecer político. La anterior premisa, me parece errónea pues parte de un supuesto espíritu crítico del pueblo.  Pienso que si éste fuese real, no existiría distracción, enajenación o partido capaz de distraerlos. Pero no es así, la gente con o sin fútbol, no está interesada en su mayoría por la política y el activismo. Incluso existimos quienes nos mantenemos al tanto y podemos observar un partido sin alejarnos de la realidad. Una no excluye a la otra. El asunto no va por ese lado, la rebelión de un pueblo debe tocar fibras sensibles, bien dijo Aristóteles “no le quites al pobre lo poco que tiene y nunca se sublevará”.

Bien apunta Galeano:

…algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar las huelgas y enmascarar las contradicciones sociales.
La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos.
Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia.
Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió «este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre».

En lo social existen interesantes fenómenos desprendidos del acontecer mundialista que debemos por lo menos mencionar.

Distingo tres amplios grupos sociales en la sociedad mexicana interesados por el acontecer del mundial.

1) Tenemos a quienes creyeron que si la selección mexicana perdía y regresaba humillada, un despertar del pueblo sería un devenir imparable,  se sería consciente de la “farsa” del fútbol, -como circo- y mágicamente la gente tomará la política en sus manos. Creen que por el hecho de perder partidos de fútbol, la crítica del pueblo y su rebelión serán un hecho.

A este grupo, en la más tibia de mis respuestas, le diría que es un error concebir de esa forma al fútbol y más bien se le podría rescatar desde su parte cultural tan arraigada en las masas para así constituir un vehículo hacia una ética de la resistencia frente al poder, no es necesario que el fútbol caiga, puede coexistir con la política. Hacen falta más jugadores y entrenadores críticos contra el régimen tanto del Estado como de la FMF o las federaciones corruptas del mundo; seguramente –en México- no los tendremos en un buen tiempo, pero podemos pensar al fútbol como un factor fundante de la cultura mexicana y la identidad colectiva, lo que genera lazos de solidaridad frente al opresor. Se puede revertir su carácter enajenador de masas pues éste fue construido por una industria y, cabe decir, por tanto es modificable. Ya dimos cuenta de la observación de Galeano al respecto.

2) Un segundo grupo sería justamente el creado por el mercado. Porristas que ingenuamente creen que si el Tricolor triunfa en Brasil, al país le va a ir mejor, el ánimo será otro y todos trabajarán más fuerte. Bueno, no es en lo absoluto un argumento sólido. Encima, piensan que aquel que no apoya fervorosamente al equipo tricolor es un malinchista

3) El tercer grupo sería quienes sencillamente disfrutan del juego y continúan sus vidas en paralelo, personas que en verdad encuentran una bocanada de alegría y sumergen sanas pasiones en la contingencia del juego. Son susceptibles de caer en una o dos estrategias mercadológicas, sin embargo saben llevar al punto medio su emoción y la pasión no va más allá de los 90minutos. Son críticos con lo que se hace en el fútbol mexicano o en ciertos casos con la industria futbolera.

Un grupo extra sería aquel de los villamelones del mundial. Personas que jamás ven partidos ni les interesa, pero por muy diversas razones se interesan por el campeonato mundial. Sea debido a la abrumadora publicidad o bien, encuentran algo en este torneo que les atrae. El estandarte de este grupo podrían ser diversos personajes de la farándula mundial.

Unas pocas y abstractas muestras de lo que generan 22 sujetos pateando un balón.

Aires de rebeldía ¿o de democracia?
El teórico clásico de la democracia, Alexis de Tocqueville, decía que las revueltas sociales no son orquestadas por los estratos más bajos y con un aparentemente mayor número de motivos para sublevarse, sino por aquellos que gozan de cierto nivel digno de vida o bien de privilegios, pero que observan indignados la opulencia de las élites, generada en gran medida por los estratos medios. Ésta es una hipótesis sobre lo que sucede en Brasil.[2]

Las políticas redistributivas de gasto social y políticas públicas  emprendidas a partir del gobierno de Lula da Silva, acompañadas de un sostenido crecimiento macroeconómico, generaron un incremento en la calidad de vida de muchos brasileños y en buena medida nutrieron a la clase media. Recordemos que el motivo detonante de la protesta brasileira, fue el incremento al transporte público hace poco más de un año bajo el marco de la Copa de las Confederaciones. El movimiento triunfó y apuntó más alto.[3]

Así, se destaparon un sinfín de luchas que confluyen y se dividen de forma impredecible. De éstas, la protesta que goza de mayor legitimidad ante los ojos del mundo, es aquella que denuncia la corrupción de la FIFA en la organización del evento, así como el despilfarro monetario en la construcción de estadios –recursos que bien se deben utilizar en servicios públicos- y el desalojo de hogares que sufrieron miles de personas en favor de estos inmuebles mundialistas. No obstante, diversos reclamos han aprovechado la coyuntura y hacen visibles sus demandas, desde problemas socio-ambientales, como movimientos ya clásicos que persisten a través del tiempo, es el caso del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo, entre otros.

¿Entonces tenemos movimientos anti sistémicos o son funcionalistas en búsqueda del óptimo desempeño de la  dulce tiranía de la mayoría (la democracia liberal)? Un poco de ambos. Los seguidores de una u otra corriente deben aceptar que ninguno de los dos bandos se impuso, coexisten ambos tipos de movimientos sociales.

Pienso que todas éstas protestas son auténticamente legítimas aunque sólo las vinculadas a la FIFA pudieron ser resueltas con prontitud –no fue así- pues el resto son problemas de carácter estructural. Produce extrañeza que el gobierno de Rouseff no haya entablado diálogo con los manifestantes. Bien se pudo negociar gasto en servicios públicos financiado a través de los ingresos turísticos en vez de la cómoda respuesta llamada represión.

¿Rebeldía o efectos de la incipiente democracia? Celebro que los manifestantes brasileños salgan a las calles y mantengan una postura crítica ante la organización de la Copa Mundial, sin embargo no se puede condenar que esto es un problema inherente al fútbol. Bien han apuntado diversos analistas, el mundial no es debido a la FIFA, sino a pesar de ésta.

Un simple juego
Para finalizar, me gustaría compartir una reflexión que expresa esta confluencia entre mi arraigado amor por este deporte y mi postura crítica frente a los fenómenos socio-políticos. Reflexión surgida tras disfrutar del documental Ilusión Nacional de Olallo Rubio.

El fútbol reúne elementos como la política, el lucro, el cine, nacionalismos, pasión, poesía, competencia, mediatización, el sentido de pertenencia, música, violencia, talento, racismo, literatura, honor y claro, las acrobacias. Todos estos elementos le cortejan, acosan y transgreden.

Históricamente, el fútbol ha colocado enormes lozas socio-políticas sobre quienes lo juegan. Tenemos a los italianos cuya sed de vida –puesta bajo amenaza por el dictador Mussolini- los llevó a la obtención de dos campeonatos mundiales, así como a la selección colombiana, que presionada por el narcotráfico, no concretó la hazaña, pagando uno de ellos con su existencia. Están los 11 jugadores que desafiaron a Hitler y murieron fusilados con la camiseta del Dynamo de Kiev bien puesta. Por otro lado, la Argentina de Maradona que recobró algo del orgullo nacional sometiendo a Inglaterra con la Mano de Dios y el mejor gol de todos los tiempos. O bien, podemos hablar de cuando funcionaba como un oasis para el ensalzamiento mexicano, colocarse por encima, aunque fuera por un instante, de su siempre superior vecino del norte.

Se practica en los países nórdicos y al sur de África; en los más exclusivos colegios británicos y en las rebeldes tierras chiapanecas; en los más espectaculares estadios y en algunas azoteas. Lo imprevisto es regla, las potencias tambalean y la afición juega.

Se le convirtió en un controlado foro televisivo, la tecnocracia lo llena de luces y humo, mercantilizó las piernas y las banderas. Le puso precio.

Exacerbó el patriotismo y lo llevó a la violencia. Lo raptan como discurso político. Lo profesionalizan. Embrutece. Pero temen tanto perderlo que no se atreven a matar su premisa, la creatividad. Y como todo, su premisa es su desgracia pero ahí posa su esperanza.

Así es que la gente en el fútbol desarrolla la libertad, la amistad, la emoción, la rivalidad, la diversión, la identidad, las sonrisas, la imaginación, el arte y la pasajera felicidad. Forja posturas, acciones colectivas y sentimientos individuales, que juntos ahogan el anhelado grito, lo decoran, le dan ruido, lo significan en colores y desatan las ‘lagrimas que nunca lloramos’.

Por supuesto que sólo es un juego, que puede o no gustar; y es simple pues su objetivo es concreto, introducir la pelotita en un marco por demás amplio. Sucede que en ese proceso aparece un sinfín de historias que dan vida, nos dan vida porque nos proveen experiencias, experiencias que simbolizamos y heredamos.

No es más que un simple juego, el juego más bello y por tanto el más peligroso.

Bibliografía y fuentes.

Galeano, Eduardo. El Futbol a Sol y Sombra y Otros escritos. Siglo XXI. 1995.

Tocqueville, Alexis. El Antiguo Régimen y la Revolución. Ed.  ISTMO.  2004

García Anahí. La política económica durante la administración de Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2008). Revista Nº8 “INSTITUCIONES Y PROCESOS GUBERNAMENTALESIV”. Disponible en: http://www.revcienciapolitica.com.ar/num8art3.php

Nota. “La cara oscura del Mundial; crueles desalojos en Brasil”. Disponible en: http://www.infobae.com/2014/05/21/1566111-la-cara-oscura-del-mundial-crueles-desalojos-brasil

[1]Nota. “La cara oscura del Mundial; crueles desalojos en Brasil”. Disponible en: http://www.infobae.com/2014/05/21/1566111-la-cara-oscura-del-mundial-crueles-desalojos-brasil

[2] Tocqueville, Alexis. El Antiguo Régimen y la Revolución. Ed.  ISTMO.  2004

[3]García Anahí. La política económica durante la administración de Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2008).

Aldo Bravo

Pasante de la carrera de Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM. Interesado en temas socio culturales y movimientos sociales. Discuto sobre la noción de poder, formas de gobierno, tiempo y memoria; temas de género, la construcción del amor y la sexualidad. Adentrado en el análisis cultural del fútbol y el uso de TIC’s en los movimientos sociales contemporáneos.

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