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El amor en los tiempos que corren

Cuanto pretendemos conocer, en todos los casos  estamos aludiendo a una relación social activa, que significa un proceso social , donde se involucra a todos los sujetos en conjunto.  Decimos esto, porque aun cuando la naturaleza y la materia tiene existencia previa a la acción de la mente humana, el sujeto y el objeto  en el plano de la conciencia llegan a ser simultáneos ya que no pueden existir separados sino en  unidad caótica y variable donde  lo que se dice conocido, es  resultante  de un desarrollo interactivo y simultaneo entre sujeto y objeto antes que su reflejo.

amor liquido

Por eso el primer signo de la decadencia de una cultura es presentar la realidad como escinda en esos dos polos, esto es, sujeto y objeto, donde uno estáticamente, refleja en el otro,ocultando que solo llegamos al “saber” en la interacción de ambos,  cuando el sujeto conoce y actúa y en ese hacer modifica el objeto, y este actúa sobre el sujeto obligándolo a una nueva transformación  de cuanto reputaba por cierto y así una nueva acción.

Esa intención de presentar la realidad escindida en sujeto-objeto, no es otra cosa que un proceso ideológico, en el sentido de falsa conciencia de lo verdadero.Su contenido  lo construye, desarrolla y acumula la burguesía en tanto clase dominante, que gana hegemonía en el todo social  mediatizada vía adhesión por consenso o  concretizada, por coacción represiva a través de la violencia Estatal.

Por esta razón, por introducir lo ideológico en el proceso dialéctico del saber,la burguesía en tanto sujeto social, se da de patadas, con la formación de un conocimiento social coherente  y constructor de una totalidad. Su centralidad es lo opuesto, esto es , la fragmentación. Así, la ignorancia de la totalidad resulta funcional a la reproducción capitalista en tanto oculta el dominio social ejercido por los dueños del capital y las consecuencias miserables de esa supremacía.

El defecto y efecto de todo esto,  es suponer que nada cambia, y que el significado de una palabra es tan invariable como la palabra misma. Por eso, es preciso aprender que los conceptos que encierran las palabras, no pueden en sí adquirir  y describir en su esencia aquello que indican, en tanto lo que existe es diverso y cambiante –

Es esa ideología que se concreta en la premisa relativa a que  no existe el cambio, y ocultar sus efectos, la que nos hace estimar que el amor es algo definido y claro, y más en particular, un  específico estado de nuestra subjetividad y nuestra vida en el que se puede caer, es decir algo dado y preexistente, externo a nosotros mismos, al que se puede o no acceder.

Si pensamos las cosas desde otro lado, buscando el necesario camino de liberación de estos anclajes en nuestra existencia, la inversión revolucionaria de ese orden de cosa, deviene tarea imprescindible.

Básicamente puede decirse, para usar una suerte de común denominador que nos permita compartir códigos de comprensión del fenómeno que pretendemos abordar, que el amor casi por convención social,  supone un elemento emocional que transcurre en las relaciones interindividuales en un determinado contexto social, ubicado en un tiempo y espacio. De allí que, moviéndose la sociedad como se mueve, es ella la matriz determinante de su  contenido .

Desde la experiencia, advertimos que se ha dado el mismo nombre y se procura abarcar una determinada realidad cambiante para  definir ese elemento emocional, tanto para indicar  el vínculo afectivo que une al hombre y a la mujer sexualmente, a cualquier individuo con su semejante  en el plano de la amistad vista como variante de ese género  y a los padres e hijos en las relaciones familiares, de manera tal que todo se ha incluido en un  mismo conjunto pese a sus diferencias específicas, aunque finalmente queda claro que toda relación social está mediada por el amor o su negación, todo lo cual deja  ver que es esa relación la que genera el sentimiento y no a la inversa, aunque ambos términos se interinfluencian de modo dialéctico.

En ese mismo orden de ideas, puede decirse, que cuando nos referimos a alguna situación humana objetiva y le adicionamos la idea “amor” sea tanto para explicar sus causas o sus consecuencias, nos estamos siempre remitiendo a  concepto históricamente variable que se contrapone con la pretensión de permanencia que se le otorga por penetración puramente ideológica desde la cultura burguesa.

La producción económica como hecho social  en la que se inserta necesariamente la individualidad, en tanto parte integrante de la relación social primaria  capital-trabajo, precede en tiempo histórico o cronológico, a la relación amorosa, lo que hace que aquello que definimos como “amor” deba siempre verse despojado de toda casualidad o superficialidad de la vida. La condición de ser humano, viene determinada en su existencia concreta  por relaciones económicas en las que se inserta, con su conformación tecnológica específica del momento histórico  en el que vive y  ese elemento emocional que las atraviesa, siendo todas estas determinantes conjuntas, contemporáneas y dialécticamente interinfluenciadas.

El ser humano asume conductas que se establecen en gran medida por su experiencia concreta. El amor en ese sentido, si bien es dador de individualidad, también lo es de muerte, que no es otra cosa que la antítesis de la personalidad. Es por este factor específico, al que llamamos amor, que en el sujeto aparecen íntimamente unidos los instintos de vida como de muerte. Eros y Tanatos-

Entendido de esta manera, cuanto se pretende abarcar por la palabra amor,  ofrece al individuo la expansión o aniquilación de sus posibilidades en tanto esas emociones tengan contenido de vida o muerte. La mortalidad y la personalidad dejan ver una dialéctica mediatizada por la existencia, en tanto la misma es generadora y receptora de esas emociones que parten del individuo con un contenido concreto, elaborado desde su experiencia sensible.

Nos cuesta adaptar nuestra experiencia a los cambios externos y a los instrumentos relacionales que debemos manejar para permanecer incluidos en el todo social, de forma tal que ese presupuesto objetivo nos  da  la posibilidad de satisfacer nuestras necesidades materiales  con incidencia  y gravitación en nuestros hábitos. Sentimos en el plano de la conciencia, como si fuerzas exteriores  estuvieran frustrando inicialmente y matando ulteriormente, nuestras vidas emocionales de forma tal de traducirse en una existencia cruel y sin encanto.

La relación entre amor y sociedad es  dialéctica.  Esto significa que una existencia concreta , con determinadas conformaciones en el plano de los vínculos que nos permite reproducir nuestra existencia biológica y material hará que el amor sea de determinada manera y no de otra. La reproducción social de la vida humana es producción económica interinfluenciada con emoción. La necesidad, el deseo, la búsqueda de reproducirnos están inscriptos en la naturaleza humana de forma tal que entre la sexualidad amorosa, el deseo de reproducción y lo puramente animal o instintivo hay un salto de cantidad en calidad.

En la sociedad la lucha constante que dejan traducir las relaciones sociales concretas que asumen los hombres entre sí , en la reproducción social de su existencia, remiten en todos los casos , a un contenido específico de esa dialéctica  amor y muerte y ese proceso tanto en el plano consciente como inconsciente  es el que permite una mejor construcción del hombre.

En ese contexto,  la velocidad de los cambios tecnológicos ha impuesto una relación de tensión primariamente en las relaciones de producción, con el abandono de los sistemas de trabajo y su sustitución por otros, y luego en la experiencia de vida cotidiana, todo lo cual introduce una fuente de tensión en la construcción de sentimientos favorables a la  reproducción de la existencia y por ende contrarios a la muerte.

En ese espacio es donde nos encontramos. La contradicción entre los paradigmas fundantes de la revolución burguesa: igualdad, libertad y fraternidad, ceden ante las realidades del capital y su estructura social de clase que coloca al sujeto ante un abismo prefigurado por la angustia que se abre en el seno mismo de la vida social cotidiana.

Las relaciones sociales son constitutivas  para los seres humanos por su debilidad innata de valerse por sí mismos en forma individual y escindida, de forma tal que el aislamiento en todos sus grados, vuelve al hombre más frágil e indefenso. Las emociones y sentimientos que somos capaces de construir en lo cotidiano en las relaciones sociales que nos involucran en el plano de la producción nos dan el dato exacto de cuanto nos acercamos a la muerte o por el contrario, cuanto hacemos prevalecer la vida, conscientes sin embargo, de su finitud.

Los padres descubrimos la inminencia de la muerte con la adultez de los hijos, sin embargo, esa idea sólo vale si la pensamos como individuos atomizados, por cuanto si la observamos desde la perspectiva de la continuidad de la existencia humana, esa noción  emocional de vida prevalece sobre el sentimiento individual de muerte concreta.

En definitiva, en el plano consciente y en todas sus posibles manifestaciones,  el amor no es otra cosa que una esperanza que se apoya en un cambio histórico, a través del cual los hombres puedan crear y producir nuevas formas sociales  y por consiguiente le otorguen al amor, un nuevo contenido  antropológicamente justo .

La sociedad que engendró el capital, produjo en sus orígenes modalidades de amor que permitieron expresar en la historia, la individualidad del hombre, reafirmando su existencia por vía del amor apasionado  por la libertad individual, permitió pensar en una sensibilidad especial en el sujeto. Hoy,  el ocaso de esa cultura de la modernidad y la transición asumida por su simple negación y no su superación, tornan necesario defender esa idea de pasión  y cariño por la libertad, en tanto son dos niveles de enriquecimiento cualitativo del hombre que este no puede perder en manos de una sociedad completamente controlada y vigilada que cosifica su existencia en grado nunca imaginado.

La decadencia del modelo de amor que dio origen a la sociedad de la burguesía, expresado en su banalización bajo la posmodernidad, es precisamente la mejor prueba de la decadencia de este tipo civilizatorio.

El empobrecimiento de las relaciones, la pérdida de los afectos por vía de convertir a los otros en mero objetos, es hoy una expresión aguda de la crisis de la cultura dominante. Mientras el capitalismo se profundiza y avanza arrastrando cada vez más  vidas humanas, la vida social se hace sumamente carente , desplazando al sentido vital del amor a un segundo plano.

La libertad reconoce determinaciones en la realidad, por eso  donde reina la desigualdad económica no puede existir  la igualdad social, donde triunfa el individualismo no puede emerger la cooperación y la solidaridad factores constitutivos de la fraternidad,la modalidad del amor, más relevante.

Las formas de nuestra existencia social cotidiana nos quitan tiempo libre y nos imponen sacrificios. Por vía de la atomización, nos convertimos conscientes o inconscientemente en meros reproductores o defensores de los primarios intereses individuales con prevalencia de la desconfianza. En las diversas relaciones sociales que se forman en la sociedad de clases que engendró el capitalismo  en su faz globalizadora  es característico que la ternura falte por completo, porque el afecto sólo puede existir entre hombres  y en el capitalismo todas las relaciones aparecen entre hombre y mercancía.

En las relaciones burguesa la única relación social admitida  se desenvuelve en el mercado y es el contrato, siendo  su contenido en último término  el dinero. El hombre es libre a excepción de todo lo que le signifique afrontar un pago en dinero.

La contradicción existente en las relaciones sociales burguesas, según la cual el beneficio privado debe ser asegurado y respetado como un bien público y que la libertad se construye  individual y antisocialmente, revela necesariamente la crisis de este modelo cultural. El hombre  considera hoy en los vínculos sociales una relación de apropiación y de ventaja sobre el otro, de forma tal que el beneficio del vínculo se infiere de cuanto se obtiene del otro, más allá de los lógicos desplazamientos en el plano del amor sexual hacia sentimientos  posesivos y egoístas que reflejan en la creciente violencia en la pareja.

Con el agotamiento de las relaciones sociales burguesas expresadas culturalmente por la posmodernidad, el amor con contenido específico de pasión se desvanece ante la incertidumbre material y la prevalencia de la racionalidad económica. Así el matrimonio se transforma en algo cada vez más caro y por eso cede a otras formas de unión, que tiene materialidad en una forma primitiva de cópula sexual fugitiva.

Los hijos resultan cada vez más costosos en términos de dinero y tiempo empleado y las cariñosas relaciones sociales asociadas con ellos, forman parte de situaciones excepcionales.

La miseria del mundo es generada por las estructuras económicas y los modelos de producción impuestos por una clase social con  mediatización del Estado creado por esa clase, aunque ello no significa que esa pobreza pueda medirse únicamente por carencia de dinero constante. La miseria involucra también a los sentimientos  más valiosos del hombre como lo pueden ser el amor de pareja, los hijos y la amistad, sin hablar de la fraternidad que fuera elevada como bandera de la revolución burguesa triunfante. Como reacción individual nuestra existencia se vuelve marcada por sentimientos de odio, ira, o puro sentimentalismo vacío de todo contenido concreto, que añora afectos que habitan en su imaginación y no en el plano de la realidad.

Las relaciones sociales que la cultura burguesa instaura, transforma las relaciones de los hombres en relaciones mercantiles, con lo cual introduce una contradicción insalvable para la construcción de un sujeto pleno.

La objetividad de nuestra existencia revela una puja entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones jurídicas de propiedad privada que las contienen, pero esa puja también se plantea en el plano subjetivo en lo que implica la construcción ideológica de la conciencia, en forma tal de vencer el modelo cultural que disocia el amor de las relaciones económicas ubicando cada una en un extremo, para proyectar su unidad.

El hombre debe sentir que todo esto no va más, que la realidad le impone  mudar de piel, para concretar los valores esenciales de la humanidad en nuevas relaciones sociales de producción y diversos sistemas políticos organizativos. En definitiva, odio a lo presente, amor por lo nuevo, incluido un nuevo amor.

Daniel Papalardo

Abogado. Defensor de Menores en Rosario, Pcia de Santa Fe. Colaborador en el sitio Rebelión, (Argentina) Indymedia Argentina y Argenpress. En sociólogos se ha difundido Criminalización como política de los sectores dominantes y necesidad de un contrarelato cultural

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