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Los riesgos de una improvisada comunicación del riesgo

Puede que ya no se acuerde, pero, si vive en España, hace unas cuantas semanas muy probablemente se sintió preocupado por el virus del Ébola. Quizá compartió información con sus compañeros de trabajo y sus familiares. Leyó o escuchó alguna noticia al respecto. Buscó información en Internet sobre las posibilidades de contagio. Evitó pasar tiempo en lugares muy concurridos. En definitiva, su vida cotidiana se vió alterada, de alguna manera, por una epidemia de miedo. Pero hoy puede que no recuerde de qué le estoy hablando.

Los riesgos de una improvisada comunicación del riesgo Ebola

Un virus como el ébola plantea una amenaza muy seria para la salud pública de las sociedades. El epidemiólogo Michael Osterholm escribe en un artículo reciente en Politico Magazine que la epidemia de ébola es grave, muy grave. La transmisión a gran escala del ébola es como un “cisne negro” improbable que ha sucedido y que puede volver a suceder. Osterholm considera urgente una acción internacional decidida orientada a minimizar la amenaza de una epidemia de ébola.

Pero, además de sus efectos sobre la salud, el virus del Ébola desencadena, como cualquier otro riesgo biológico o natural, reacciones individuales y colectivas de diverso tipo. Estas reacciones pueden tener consecuencias significativas sobre nuestras vidas cotidianas. Pero también sobre nuestra política pública. Así ocurre con las epidemias de miedo.

Las ciencias sociales han desarrollado modelos analíticos para entender las reacciones sociales al riesgo. El modelo de la amplificación social del riesgo, por ejemplo, trata de explicar cómo y por qué cierta información sobre un evento de riesgo es reconstruida, transmitida por agentes sociales e individuos, medios de comunicación y redes personales y, finalmente, incorporada, con efectos diversos, en la mente de los individuos.

El fenómeno de la amplificación social del riesgo nos sugiere, en esencia, que junto a la dimensión natural o tecnológica del riesgo existe una dimensión social y psicológica, a la que debemos prestar, también, una cuidadosa atención. Un virus letal no solo tiene el potencial para atacar nuestro organismo, sino también, para desencadenar un conjunto de respuestas en nuestra mente, en nuestras redes de transmisión social y en nuestra sociedad.

Estas dinámicas individuales y sociales son, hasta cierto punto, predecibles. Si uno introduce la palabra “‘ébola” en el motor de búsqueda del servicio de estadísticas de tendencias de Google España (Google trends), se observa un moderado incremento de las búsquedas sobre el virus durante la primera semana del pasado agosto y un elevado, muy elevado incremento de las búsquedas durante los días 5 y 11 de octubre. Dos episodios de contagio de un virus poco familiar y potencialmente catastrófico y un sinnúmero de noticias en los principales medios de comunicación generaron una gran atención y preocupación pública.

La investigación en ciencias sociales ha tratado de averiguar por qué unos riesgos generan unas respuestas cognitivas, emocionales y conductuales y no otras; por qué los individuos, las comunidades y las sociedades difieren en su respuesta al riesgo; o cómo podemos mejorar nuestras estrategias de gestión social del riesgo. Existen miles de artículos y tesis doctorales al respecto.

Sabemos que la gente se inquieta ante riesgos poco familiares y potencialmente catastróficos. Que algunos riesgos generan en los individuos determinadas emociones, y que estas interactúan con nuestras creencias previas, nuestras actitudes, nuestros hábitos y estilos de vida. Sabemos que cuestiones como la confianza y la percepción de justicia son, también, importantes. Sabemos que existen formas eficaces y moralmente defendibles de interactuar con la población ante una crisis (las unidades de comunicación del riesgo de las agencias de salud y medioambientales de numerosos países publican guías y manuales de buenas prácticas en comunicación del riesgo desde los años setenta). Pero la disciplina de la comunicación del riesgo no es una ciencia exacta.

Ante una crisis como la ocurrida en España el pasado octubre (una enfermera fue contagiada de Ébola) es normal preguntarse si los gobiernos responsables han actuado adecuadamente. Pero los conceptos de éxito o fracaso pueden ser prematuros en este ámbito. Como afirma el especialista en comunicación del riesgo Peter Sandman, tal vez la única lección segura de años de estudio y práctica es que conviene distinguir entre la dimensión natural, tecnológica, biológica del riesgo y la dimensión social y psicológica del mismo. Y tomarse ambas con la misma seriedad. Contamos con años de investigación y práctica sobre cómo actuar ante controversias y crisis producidas por un riesgo real o infundado. Improvisar no siempre es necesario.

Foto: flickr.com

Christian Oltra

Christian Oltra trabaja como investigador en el Ciemat en cuestiones
relacionadas con la conducta social y el riesgo ambiental y
tecnológico. Da clases como profesor asociado en la Universidad de
Barcelona. Escribe, también, sobre conducta social, intentando
integrar la perspectiva sociológica con las de las ciencias de la
mente, el cerebro y la evolución.

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