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El modelo colaborativo en la sociedad de consumo

A partir de la crisis hipotecaria de 2007 en Estados Unidos y posterior llegada de la gran recesión, la noción de “economía colaborativa” empieza a cobrar fuerza en el ámbito del consumo, la prestación de servicios y el intercambio de bienes. Desde entonces, las actividades que se engloban en esta etiqueta reciben cada vez más atención mediática y académica, sobre todo en las últimas fechas con los casos de Uber y Airbnb. ¿Se ha mitificado este modelo económico desde el punto de vista de la desintermediación? ¿Es realmente democrático, justo y sostenible, como aseguran sus partidarios más entusiastas?

El modelo colaborativo en la sociedad de consumo

Compartir, intercambiar y prestar constituyen costumbres sociales tan antiguas como las sociedades humanas. Son las TIC las que, junto con el nuevo contexto económico, han hecho resurgir estas prácticas de una forma más compleja, favoreciendo la aparición de una incipiente forma cultural de consumo. Desde una perspectiva sociológica, Julien Schor ha investigado la sharing economy confrontado las posibilidades del fenómeno como movimiento social y el verdadero funcionamiento de las plataformas que lo canalizan [1].

La idea nuclear de este modelo es, en principio, sencilla: unos que disponen de recursos infrautilizados se ponen en contacto con otros que los necesitan [2]. La inspiración solidaria (formalizada en precios razonablemente bajos) y el sentido circular (“reducir, reutilizar y reciclar”),  sugieren intercambios alejados de lo que se entiende como sistema de producción-distribución capitalista y, a su vez, afines al ecologismo y la protección del planeta. El propio auge de la economía colaborativa ha generado un tótum revolútum en cuanto a las actividades que la conforman, dificultando la distinción entre lo que se ajusta y lo que no a esa inspiración de base.

Siguiendo a Schor (2014), el modelo colaborativo se puede dividir en cuatro categorías: i) la recirculación de bienes, en la que eBay sería el ejemplo más claro; ii) el aumento de la utilización de los bienes duraderos, con Uber y Airbnb como plataformas líderes; iii) el intercambio de servicios, por ejemplo a través de los bancos de tiempo; y iv) el intercambio de activos productivos, donde destaca el coworking. A su vez, esta autora analiza la orientación (con fines de lucro vs. sin fines de lucro) y estructura (peer-to-peer vs. business-to-peer) de las llamadas plataformas colaborativas.

En la actualidad, el foco se sitúa en el segundo tipo, que se refiere sobre todo al transporte y el alojamiento de viajeros, un mercado de intercambio organizado con ánimo de lucro y esquema P2P, en el que las plataformas ganan dinero mediante comisiones por los intercambios. Se trata de empresas tecnológicas con aplicaciones informáticas que ponen en contacto pasajeros y conductores, huéspedes y anfitriones. Además del factor precio, el éxito de su comercialización va ligado al UGC (User Generated Content), es decir, las opiniones y valoraciones de los usuarios, en cuya resonancia son claves las redes sociales de Internet.

Las polémicas suscitadas en torno a la economía del compartir ponen de relieve la disonancia entre un discurso idealizado de sus bondades y la trastienda a veces sombría de unas actividades desempeñadas en condiciones de precariedad [3]. Sus defensores, incluso los más dispares ideológicamente entre sí, coinciden en su oposición al afán regulatorio de los Estados. Para unos, los movimientos colaborativos son una nueva forma de economía postcapitalista en la que convergen el procomún y la tecnología para cambiar las reglas de juego y mejorar la sociedad [4]. Para otros, la cuestión es puramente pragmática, resultado de la curva de oferta y demanda, en un entorno de flexibilidad al que no cabe poner barreras [5].

En medio de esta “fiebre de las plataformas” [6], uno de los debates más interesantes alude al supuesto proceso de desintermediación que acompañaría a un modelo de relaciones directas y transparentes entre productor y consumidor. En especial, este mensaje ha calado con fuerza en el sector turístico, primero a través de las compañías low cost y después con la aparición de comunidades virtuales de viajeros en redes sociales que han acabado transformándose en plataformas digitales. En realidad, lo que se ha producido es una reintermediación, es decir, han surgido nuevos mediadores (metabuscadores, comparadores, etc.) que han relegado a los antiguos y analógicos [7]. El escenario resultante ofrece oportunidades de negocio a los usuarios, convertidos en canal de distribución, pero sobre todo muestra a empresas globales que van captando cuota de mercado y entre cuyos accionistas ya se encuentran fondos de capital riesgo [8].

Mientras los medios de comunicación parecen haber iniciado la desacralización de la sharing economy, señalando la opacidad de las plataformas más poderosas y la falta de rigor de sus estimaciones sobre el impacto económico de sus actividades [9], los cambios se suceden a gran velocidad en los sectores donde este modelo tiene mayor incidencia. Los conglomerados turísticos tradicionales ya están incorporando casas vacacionales a su portfolio al tiempo que los responsables de Airbnb afirman facilitar “experiencias turísticas” con su plataforma. Las compañías de taxis desarrollan aplicaciones informáticas por localización adaptadas a dispostivos móviles y Uber comienza a pagar licencias para regular su funcionamiento. La adaptación como principio elemental de supervivencia empresarial termina articulando de manera híbrida las prácticas sociales mercantiles. Sin duda, el modelo colaborativo organizado mediante algoritmos informáticos y redes sociales ha transformado la sociedad de consumo global en la última década, pero en ese proceso ha acabado integrándose en ella y perdiendo su carácter revolucionario.

Referencias:

[1]: Schor, J. (2014). “Debating the Sharing Economy”, Great Transition Initiative, en: http://greattransition.org/publication/debating-the-sharing-economy

[2]: Gutiérrez Rubí, A. (2015). “Las nuevas economías revolucionarias”, El Telégrafo, en: http://www.telegrafo.com.ec/opinion/columnistas/item/las-nuevas-economias-revolucionarias.html

[3]: Galindo, J. (2015). “Uber, falsos autónomos y la explotación silenciosa”, Politikon, en: http://politikon.es/2015/06/17/uber-falsos-autonomos-y-la-explotacion-silenciosa/

[4]: Entrevista a Enric Durán, El Mundo, 2 de agosto de 2015, en: [Enlace retirado]

[5]: Dans, E. (2014). “Airbnb y Uber: hablando de negocios”, Blog de ED, en: http://www.enriquedans.com/2014/07/airbnb-y-uber-hablando-de-negocios.html

[6]: Morozov, E. (2015). “La fiebre de las plataformas”, El País, en: [Enlace retirado]

[7]: Gomis, J.M. (2014). “¿Sin intermediarios?”, El Periódico, en: [Enlace retirado]

[8]: Hosteltur (2015). “Economía compartida: los peces chicos se comen al grande”, noticia de turismo y actualidad, 29 de julio, en: http://www.hosteltur.com/112125_economia-compartida-peces-chicos-se-comen-al-grande.html

[9]: Griswold, A. (2015). “How to Speak Uber”, Slate, en: http://www.slate.com/articles/business/moneybox/2015/04/uber_says_it_ll_generate_1_million_jobs_this_year_depends_how_you_define.html

Luis Gómez Encinas

Luis Gómez Encinas [@luisgencinas] es doctor en sociología por la UNED y editor de la revista de ciencias sociales Aposta. Trabaja en el sector de viajes y se ha especializado en temas turísticos.

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