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Memoria y Visibilización de los Débiles

 En anteriores artículos he evidenciado lo inadecuado de mantener –en general- la figura del “hombre medio” como barómetro de la “normalidad” y –en particular-  de la capacidad de motivación por la norma penal (en el ámbito de la culpabilidad), habida cuenta de que nuestras sociedades resultan generadoras de cuantiosas desigualdades. Entiendo que la consideración del hombre “medio” debe ceder terreno a la del hombre “real” en múltiples decisiones, si se desea que éstas resulten exitosas y justas.

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Fuente: Fuente: El País. Memoria Histórica “El Roto”

En esa línea, y como también tengo dicho, conviene resaltar la existencia de diversos y recientes movimientos filosóficos,  antropológicos, etc. de recuperación de la memoria histórica y contra el olvido de las víctimas,  que conectan con mi inquietud respecto a la ocultación  -y por ende ignorancia- del débil  y a su falsa suplantación por el ciudadano medio. Olvido -en suma- de lo real, oculto tras ese patrón medio.

Es oportuno recordar -una vez más aquí- la manifestación de Federico Mayor Zaragoza en “Traspasar los límites de lo posible” (del  texto “Reacciona”), crítica con el olvido respecto al débil -invisibilizado normalmente- y vertida en el siguiente párrafo: “Es imperativo alejarnos de los focos que anuncian la noticia, de las informaciones que, lógicamente, describen tan solo lo extraordinario, lo insólito. Para conocer con exactitud lo que acontece es preciso saber ver a los invisibles, los que no son noticia, la inmensa mayoría que nace, vive y muere en espacios física e intelectualmente reducidos. Todos tienen que ser no solo vistos sino observados para que de este modo, como dijo Bernard Lown, al conocer a los invisibles seamos capaces de hacer lo imposible, ya que al no tenerlos en cuenta normalmente las medidas políticas y las estrategias no los incluyen y permanecen, una vez más, inadvertidos”. De nuevo, pues, esa primacía del ciudadano medio relegando al real.

En ese mismo contexto resulta muy interesante la manifestación de Reyes Mate relativa  a que la fuerza de Auschwitz  “es que las víctimas que han jalonado la historia, siendo consideradas insignificantes, se han hecho significativas… La luz que Auschwitz proyecta sobre el sufrimiento humano que soporta la construcción de la historia es que es injustificable… En eso estaba su ejemplaridad, en la visibilización de todo sufrimiento injusto”

Tal y como ya he indicado en otras ocasiones, coincido con Mate en considerar que el sufrimiento ha sido el acompañante del hombre en la construcción de la historia. En ese sentido debe apelarse a la memoria como vehículo que referencia al sufrimiento que fue ignorado/ relegado/invisibilizado por el conocimiento formal que procura ese ocultamiento/ ignorancia del débil, como si la sociedad estuviese conformada únicamente por los “normales” / “hombres medios” (en mi lenguaje).

Insisto ahora –de nuevo- en que, por tanto, debemos ensalzar  la importancia de la memoria en ese desenmascaramiento de lo ignorado, y cabe felicitarse por la cuantiosa y reciente bibliografía al respecto sobre ese tema, distinguiendo entre memoria e historia y en sede de los enfoques sociológicos actuales -tal como indica Bergalli- entre la memoria colectiva sostenida por un grupo delimitado, la memoria social, que es la difundida  en el interior de una sociedad, y  la cultural como conjunto vivo de tradiciones. Siendo la memoria colectiva una forma de reivindicar el pasado y a las víctimas del mal, entendido éste no tanto como el derivado por ejemplo de los asesinos en serie sino como el evidenciado por la miseria, la explotación, el hambre,  la violencia estructural,  el recrudecimiento de la violencia institucional y la vulneración de derechos humanos consecuente, que no deben considerarse como meros daños colaterales en el correr de los años. Sentado lo anterior, y siguiendo lo expresado por Reyes Mate, si de nuevo nos referimos a Auschwitz, recordar no es tanto conmemorar algo que sucedió hace algo más de medio siglo sino reconocer que nuestro presente está construido sobre cadáveres y escombros, sobre los vencidos de la historia. Le memoria es la abogada de esa dimensión oculta de la realidad.

Conocido es el hecho de que siempre he venido reivindicando un derecho penal  al servicio de todos, en definitiva  justo, lo que necesariamente nos aboca a una reflexión sobre la justicia y me parece tremendamente interesante, de nuevo, la posición de Reyes Mate al considerar la experiencia de la injusticia como el punto de partida a una teoría posible de la justicia.

Nos insta a que visibilicemos lo ignorado y desde allí comprendamos las causas de esa inaceptable situación que hemos hecho aflorar para entender que, únicamente, con un sistema que no generase tales causas cesaría la injusticia, aflorando por  tanto el imperio de la justicia.

En definitiva, un recorrido desde el débil e ignorado hasta quien, con fundamento, puede teorizar y señalar lo que debería hacerse, y no al revés.

Debe darse voz al débil para que se remueva su detestable situación y no tanto a quien, en situación de decidir aparentemente lo que es justo (en base a consideraciones abstractas, cuando no interesadas), lo haga a la espera de que se establezca un ambiente general adecuado de justicia, aceptando como “daño colateral” algunas situaciones que –luego- se trataran de ignorar/ ocultar, logrando así  la invisibilidad del débil/víctima y haciendo creer con ello que lo realmente existente es el “modelo/patrón” convenido, a pesar de que muchos sujetos se hallen a espaldas del mismo.

Reyes Mate mantiene que no cabe entender la desigualdad natural, atemporal como injusticia, pues “la injusticia es una desigualdad que tiene en cuenta el tiempo porque es histórica, es decir, ha sido causada por el hombre. Por eso hay que ver lo que se esconde tras la apariencia. Estamos hablando de la memoria. Queda abierta entonces la relación entre memoria y justicia, entre olvido e injusticia”.

Sin memoria no hay injusticia y así lo comenta Horkheimer al manifestar que el crimen es patente tanto a quien lo comete como a quien lo padece, pero si éste desaparece solo será accesible a las generaciones futuras si alguien lo recuerda, pues el verdugo guardará silencio; por ello sin memoria es como si la injusticia no hubiese ocurrido. La memoria y no tanto -necesariamente- la historia oficial, puede recuperar la huella de lo que en realidad sucedió. Y obviamente sin memoria tampoco hay justicia pues a ésta se llega desde la injusticia, como ya se indicó. La memoria abre pues los temas que la ciencia dio por cerrados, y nos referimos tanto a la ciencia histórica como jurídica y política. De ahí la importancia de la memoria.

Por ello la memoria y la consecuente visibilización del débil y de la injusticia, son los requisitos para la correcta construcción de la necesaria justicia, que no debe basarse solamente en falsos patrones medios.

Jordi Cabezas Salmerón

Jordi Cabezas Salmerón, nacido en Barcelona el 21/12/49, Abogado penalista, es Diplomado Superior en Criminología y Doctor en Derecho Penal y Ciencias Penales por la Universidad de Barcelona. Miembro del Observatorio del Sistema Penal y Derechos Humanos de la UB, es también profesor del “Master Oficial en Criminología y Sociología Jurídico Penal” de esa Universidad y de la Mar del Plata (Argentina) y de Derecho Penal y Procesal Penal en la Escuela de Policía de Cataluña. Asimismo es profesor penalista en la Escuela de Práctica Jurídica del ICAB autor de diferentes ponencias/artículos y del libro “La culpabilidad dolosa como resultante de condicionamientos socioculturales”.

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Comentarios 1

  1. Manuel Eugenio Morocho Quinteros

    ¡Correcto!”. Las injusticias deben ser reveladas para que podamos enfrentarlas. Hay que denunciarlas frontalmente apoyándonos en todos los medios posibles. Dicen que la inteligencia del hombre, si no está de la mano con las herramientas de la palabra y la letra, no es nada. Un hombre instruido, versado, informado, etc., si no tiene la valentía de enfrentarse a las desigualdades que sus lecturas le hacen ver con claridad, entonces es un desperdicio hombre; no es, como dice Víctor Jara “ni chicha ni limonada”.

    Las injusticias no sólo están en las páginas de los periódicos, ni en las pantallas de los televisores (ni en las denuncias que hoy se hacen por internet). Hay un mar de entuertos que no logramos verlos y que debemos desentrañarlos en base al estudio. La lucha por lograr los equilibrios sociales, tampoco debe ser rimbombante y manifiesta…, esa intencionalidad debe ser vedada, pues trae intrínseca un velo oculto de protagonismo que nos lleva de nuevo a inscribirnos y circunscribirnos en ese perverso círculo vicioso de la noticia o crónica espectacular, que vende.

    ¡Hay que observar…, no sólo ver!. Y para ello, la búsqueda de la verdad debe ser el horizonte que guíe nuestros esfuerzos. Sólo así podremos ser individuos positivos en una sociedad en la que vivimos y a la que debemos ofrecer nuestros mejores esfuerzos intelectuales. Lo contario sería, con todos nuestros conocimientos, pasar a engrosar las preocupantes estadísticas demográficas y ser masa informe (amorfa) que sólo busca cómodamente que otros nos den solucionando los problemas. Si somos nosotros los que sufrimos y resistimos el apocalipsis terrenal, nos toca a nosotros mismos buscar la salida de la crisis causante de esos agobios infernales. Por eso, la frase: “hay que darle voz al débil”, debe transformase en “hagamos oír nuestras voces”. Nadie nos defenderá con la vehemencia que el dolor propio, que las privaciones, que los sufrimientos…, nos motivan a actuar.

    En definitiva, hay que ser protagonistas de nuestro propio destino. Hay que labrar nuestra historia, viendo hacia atrás, sin olvidarnos de las iniquidades, con el accionar diario y la actitud de rebeldía cruda ante las injusticias, ilegalidades, inmoralidades, desigualdades sociales, etc. Nos toca grabar en la mente colectiva nuestro pasado, tener fresca en la memoria esos acontecimientos negativos…, para que se conviertan en acicate de nuestros empeños…, de lo contrario, nos olvidamos de los aguijones y nos conformamos con lo que nos carguen y sobrecarguen sobre las espaldas.

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