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Reflexiones sobre la sociología de la cultura y de la música en la obra de Max Weber: Un análisis crítico (Parte I)

La Sociología de la Cultura de Weber ha quedado desdibujada ante la enorme pluralidad de áreas de estudio que el sociólogo alemán inició. Desde los estudios de metodología que tratan de conciliar la polémica entre las Ciencias ideográficas y las Ciencias nomológicas, hasta el análisis del surgimiento del capitalismo en la relación entre economía/religión, se puede considerar a Weber como el gran sintetizador y clasificador de la temática sociológica.

Sin embargo, ante esa avalancha de temas, aspectos que renuevan la perspectiva global de un fenómeno quedan minusvalorados ante los análisis sobre la racionalidad, la legitimidad y la dominación social o la aparición de un Estado caracterizado por la administración burocrática. Weber, pues, será el gran erudito por excelencia de la Sociología. Erudición que se extiende desde la Sociología del Estado a la Sociología de la Cultura. Precisamente la Sociología de la Cultura tiene que ser entendida como el laboratorio en el que no sólo la metodología de los “tipos ideales” se va a comprobar, sino también, como la garantía de la efectividad que la comprensión significativa tiene.

En efecto, el tipo y la naturaleza de la explicación sociológica weberiana establecen que son los significados la clase de datos que el científico social utiliza. Frente al tratamiento de Durkheim de los hechos sociales, para quien los fenómenos de la sociedad han de ser considerados como cosas, Weber revisa el.sistema de las relaciones significativas entendiendo el mundo social no como una relación de objetos sino como una relación de interpretaciones. Y en tal relación la Ciencia de la Cultura y la Historia cultural ocuparán un lugar preferente. Pero antes de pasar a la exposición y análisis de las leyes causales que actúan en los fenómenos culturales, será conveniente hacer una breve aproximación al carácter metodológico con el que Weber articulará con posterioridad su Sociología de la Cultura y en concreto, de la Música.

Esta aproximación metodológica nos aclarará el sentido del interés weberiano en el estudio de la evolución musical europea. Se puede decir, en consecuencia, que la unidad de análisis sobre la que la sociológica weberiana articulará su investigación sobre la cultura y la música en el desarrollo del capitalismo se verá condicionada por el uso de una metodología que trata radicalmente de separarse del positivismo y el marxismo. De este modo independizará en gran medida la estética y la ética de sus imperativos cotidianos. En esta perspectiva los estilos de vida pasarán a definir los problemas históricos.

El análisis de los valores como procesos de la historia cultural

Para comprender la obra de Weber hay que referirse necesariamente a su análisis de los procesos culturales entendidos como sistemas de valores. Frente a la metodología de Durkheim, Weber replantea el tema de la significación como interpretación. Entre el actor social y el contexto actúa un proceso de mediación interpretativa que es el núcleo mismo de las llamadas Ciencias Humanas y Sociales. Weber salda la polémica entre las Ciencias Nomológicas (las que presentan un sistema de leyes regulares como son las Ciencias referidas a la Naturaleza) y las Ciencias Ideográficas (las de caso único como son las Ciencias Históricas) con su definición de la Verstehen;es decir, la “comprensión interpretativa” resulta ser el tipo de explicación empleado para entender los datos de la Historia Cultural y de sus procesos.

Son los valores, por tanto, los que nos caracterizan el plano de la causación social en última instancia. Y para demostrar su metodología de comprensión interpretativa, reformulará la teoría marxiana e historicista de la formación del Capitalismo. Pero los valores requieren una objetivización metodológica. Para Weber, los rasgos que se repiten en un fenómeno y que nos indican las regularidades empíricas de éste tienen que definirse como tipos ideales. El método de los tipos ideales incrementa la precisión metodológica de la Sociología ya que permite establecer unas características formalizadas con las que se hace posible articular sistemas de leyes.

La solución del tipo ideales entonces imprimía un rumbo nuevo a la polémica entre Ciencias Naturales y Ciencias Históricas. Weber, no obstante, privilegiará las dimensiones significativas de los procesos sociales y culturales. En este sentido, el Capitalismo, en cuanto tipo ideal de organización colectiva, no puede ser entendido sin referirse al conjunto de normas y valores en los que se desarrolló el nuevo sistema económico y social. Se puede decir que su estudio sobre la relación entre Capitalismo y Ética protestante no es sino una búsqueda de la confirmación de dos aspectos:

1) Que la comprensión interpretativa permite estudiar objetivamente los valores de una específica formación histórica.

2) Que los tipos ideales diseñan conceptos generales que pueden ser comparados como, por ejemplo, la comparación entre los conatos históricos anteriores que presentaban características más o menos semejantes con lo que con posterioridad será el capitalismo europeo que desde el Renacimiento se va a ir consolidando en todo el planeta. De esta manera, su “Ética protestante y el espíritu del Capitalismo” no es sino una aplicación de la importancia de los valores religiosos y culturales a la hora de encontrar la causalidad histórica al modo de producción basado en el beneficio y en el interés. El protestantismo y el calvinismo, según Weber, por su marcado carácter de racionalización de la vida, favoreció la práctica económica. Los “elegidos” tendrán capacidad para crear riqueza. La libre interpretación de la Biblia y la libertad de conciencia son aspectos de un proceso de secularización que está en el origen de la acumulación capitalista. El “más allá” se sustituye por el “más acá”; y esta sustitución posibilita el espíritu comercial que está en el “espíritu” religioso del protestantismo.

“La ganancia de dinero representa el resultado y la expresión de la virtud en el trabajo […] esa idea, decimos, es la más característica de la ética social de la civilización capitalista”, afirmará Weber. Y con esta afirmación se conexionan metodológicamente los planos de la creencia y la motivación con los planos de la economía y la producción. La necesidad de enriquecerse mediante la profesión conlleva un enorme componente de disciplina. Precisamente es la disciplina el eje de la racionalización capitalista del mundo. Racionalización que conduce de una forma directa hacia las dos grandes instituciones de la nueva economía: el Derecho contractual y la administración burocrática. “La característica de esta filosofía (afirmará Weber) de la avaricia es el ideal del hombre honrado digno de crédito y, sobre todo, la idea de una obligación por parte del individuo frente al interés de aumentar su capital”. Los fines justifican los medios. La acción racional intencional se coloca en función de la ganancia.

Pero la ganancia que produce resultados a largo plazo. El ahorro y la inversión son subprocesos dentro del marco general de toda una cosmovisión centrada en la acumulación como signo de salvación religiosa. Para Weber: “la ganancia de dinero representa el resultado y la expresión de la virtud en el trabajo”; es decir, moral convencional y creencia religiosa convergen en una percepción del lucro como virtud colectiva. No es extraño, en este sentido, que con posterioridad el Utilitarismo fuese una sustitución filosófica de los ideales protestantes en las sociedades anglosajonas. Pues bien, Weber trata de sustituir el esquema marxiano de “infraestructura-superestructura” por una comprensión en el plano de la significación de la acción humana. Marx consideraba que son las condiciones económico-productivas las que causan un conjunto de tipos de explicación enmascaradoras de los intereses profundos y subterráneos que actúan en tales condiciones materiales.

Sin embargo, en la teoría marxiana no hay ningún planteamiento simplificado ni mecanicista. Al contrario, el concepto de ideología abarca una multiplicidad direccional que va desde el conocimiento de sentido común hasta su conversión en procesos de alienación colectiva, entendiendo el sentido de alienación en su complejidad hegeliana ya que no es sino una falsa objetivación de la personalidad por efecto de condiciones exteriores que escapan a la propia voluntad del individuo tal y como se plantea en el famoso texto de la “Contribución a la crítica de la Economía Política”. Weber, al contrario que Marx, trata de dar a la significación la fuerza de motor histórico. Son las “cosmovisiones”(Weltanschauung), como consideraría Dilthey, las que determinan fenómenos históricos. Los fundamentos religiosos del ascetismo laico son el ingrediente intelectual del sistema socioeconómico capitalista. Según el calvinismo, los hombres están para honrar a Dios en las acciones que estos realizan, ya que ellos son un puro reflejo de Dios.

Estas acciones deben únicamente encaminarse a Dios por cuanto que “Dios no es por los hombres sino los hombres son para Dios, y todo cuanto sucede no tiene sentido sino en calidad de medio para el fin de que la majestad de Dios se honre a sí mismo”. En el calvinismo, pues sólo unos pocos están llamados a salvarse por lo que ni los sacramentos ni la Iglesia ni los predicadores pueden ayudar al hombre a cumplir su destino. El individualismo será el resultado de esa soledad ante la divinidad. El pietismo, el metodismo y las sectas bautizantes siguen en líneas generales ese ideal de ascetismo puritano. Para el pietismo, por ejemplo, la necesidad de perfección guía al hombre y sólo Dios puede bendecirle en su actividad productiva proporcionándole éxito. El éxito es el baremo de la felicidad, como explica Weber: “su idea fundamentalmente eudemonista, que aspira a que los hombres sientan ya en esta vida la bienaventuranza (la felicidad) por medio del sentimiento, en lugar de forzarles al trabajo racional para asegurarla en la otra vida”.

Disciplina, predestinación, utilidad y sentimiento encauzado hacia la profesión son los valores que como medios se encaminan hacia la finalidad de la riqueza. El metodismo entrará en mayor medida en una diferenciación entre el “yo” y “los otros”. La piedad es la práctica del buen creyente. Sin “ninguna obra buena”, como expone Weber, no puede ser buen creyente, porque la piedad es la diferencia con la Iglesia oficial. La conciencia personal, entonces, se destaca como el centro de un ascetismo (los cuáqueros, por ejemplo) en la que la disciplina ha de realizarse en el mundo: “lo más importantes es, empero, aquella vida propia religiosamente exigida al ‘santo’ que no se proyectaba fuera del mundo, en comunidades monacales, sino que precisamente había de realizarse dentro del mundo y de sus ordenaciones”. La disciplina, para Weber, es el valor máximo a partir del cual se desarrollará el capitalismo.

La atmósfera de austeridad en la que se pospone el disfrute del beneficio en función del ahorro conllevará la acumulación económica posterior. Pues bien, el estudio de los valores como mediaciones en el comportamiento histórico con la obra de Weber alcanza su punto central. Los elementos del orden motivacional determinan la acción, siendo la acción el significado subjetivo que actúa y orienta el comportamiento. Para Weber, la Historia sólo puede explicarse desde la interpretación comprensiva de significados. De aquí que conducta y significado están necesariamente unidos.

Sobre algunas categorías de la sociología de la cultura weberiana

El Arte como experiencia sustituye el análisis del Arte como hecho social. El interés sociológico de Weber por el examen de las experiencias estéticas tiene que ser percibido en cuanto proyección social de las formas artísticas. Esta proyección social abarca diferentes estructuras y órdenes de la realidad. Estructuras que van desde el sistema de símbolos hasta el de carácter ideológico. Weber, precisamente, hará por vía de la comprensión la inspección de los nexos y regularidades de la conducta humana, tanto la interna como la externa. Separándose de Simmel, Weber intentará encontrar el sentido de la formación de una serie de categorías conceptuales a partir de las que asentar una Sociología de la Cultura.

Sociología interpretable no sólo por su validez empírica sino por la constelación de motivos de distinta índole. Ahora bien, para entender esa “explicación comprensible”, Weber necesitará perfilar un conjunto de categorías que como cuadros de referencia orienten esa actividad creativa que se expresa en los objetos artísticos y estéticos. La primera categoría de la Sociología cultural weberiana es semejante a las consideradas en otras áreas sociológicas: la interpretación racional con relación a fines (Zweckrationales). Su definición más ajustada plantea como comportamiento racional aquel que se orienta hacia medios representados subjetivamente como adecuados para fines aprendidos también subjetivamente y de manera unívoca. Es decir, estamos ante las regularidades comprobadas relativas a procesos psíquicos.

Estas regularidades tienen el mismo papel en las Ciencias Sociales y Humanas que las uniformidades legales en las Ciencias de la Física y la Naturaleza. Las conexiones psíquicas por consiguiente son consecuencias de acciones evidentes. La interpretación racional con relación a fines convive no sólo con los fenómenos explicados como racionales, sino que, a la par, implica la relacionalidad de lo contradictorio que vive y persiste en todos los tiempos. La belleza, lo sublime, en definitiva anhelos de plenitud humana, pueden ser verificados como medios interpretativos de orientaciones sociales.

Las temáticas artísticas y sus realizaciones se refieren históricamente a tendencias colectivas. Lo “irracional” no es una mera cuestión ontológica del Arte. Para Weber, los “estados emocionales” pueden ser planteados como temáticas sociológicas en cuanto que su presencia es constante en la Historia. Comenta Weber, en este sentido y fundamentando su método, lo siguiente: “A causa del papel que en la acción del hombre desempeñan ‘estados emocionales’ y afectos ‘irracionales con relación a fines’, y puesto que toda consideración comprensiva racional con relación a fines tropieza de continuo con fines que, por su parte, ya no pueden ser interpretados como ‘medios’ racionales para otros fines sino que es preciso aceptarlos como orientaciones teleológicas no susceptibles de ulterior interpretación racional (por más que su origen pueda pasar a ser, como tal, objeto de una explicación comprensiva que proceda ‘psicológicamente’), con igual derecho se podría afirmar precisamente lo contrario”. Es evidente, sin embargo, que muy a menudo el comportamiento interpretable racionalmente configura, respecto del análisis sociológico de conexiones comprensible el ‘tipo ideal más apropiado’.

La psicología y el hecho artístico entendido como fenómeno psicológico descubren términos de socialidad perceptible. La metodología del ‘tipo ideal’, considerada como examen de regularidades empíricas y rasgos característicos de un fenómeno, evidencia determinantes cualitativas de la cultura. Y es por ello por lo que lo irracional deja de serlo para convertirse en variable de conocimiento de la sociedad que la utiliza”. Una segunda categoría, pues, dentro del análisis de la acción estética y artística de la Sociología de la Cultura weberiana, es la que se acerca y operativiza la manifestación creativa en términos de sentido. Weber manifiesta en este texto su concepción del tema: “Tanto la sociología como la historia realizan interpretaciones de índole ante todo ‘pragmática’, a partir de nexos racionalmente comprensibles de la acción”.

Así procede, por ejemplo, la economía social, con su construcción racional del ‘hombre económico’. Y, por cierto, no de otro modo opera la sociología comprensiva. En efecto, su objeto específico no lo constituye para nosotros un tipo cualquiera de ‘estado interno’ o de comportamiento comprensible en relación con “objetos”, esto es un comportamiento especificado por un sentido (subjetivo) “poseído” o “mentado”, no interesa si de manera más o menos inadvertida. La contemplación budista y el ascetismo cristiano de la conciencia íntima se relacionan, respecto del actor, de manera subjetivamente plena de sentido, con objetos “internos”, mientras que la disposición económica racional de un hombre en cuanto a bienes materiales se relaciona con objetos “externos”. Aquí, Weber esboza el ámbito en el que estructurará sus procedimientos epistemológicos y metodológicos.

La dinámica cultural, como luego considerará Sorokin, explora no sólo creaciones sino esencialmente imágenes. La comunidad asume el hecho creativo porque en su “conciencia colectiva, en el concepto durkheiminiano, el proceso simbólico cobra sentido. Weber explicará ese sentido en cuanto conducta referida a conducta de otros. Conducta que está codeterminada porque es explicable desde la comprensión de sus aspectos subjetivos. La tercera característica serían las consecuencias que procesos significativos tienen para determinados grupos humanos. Así considera Weber: “Procesos que no tienen un sentido subjetivamente referido al comportamiento de otros no por eso son indiferentes desde el punto de vista sociológico”.

Por lo contrario, pueden encerrar en sí las condiciones decisivas de la acción y, por tanto, sus fundamentos determinantes. Por ejemplo, al “mundo externo” carentes de sentido, a las cosas y procesos de la naturaleza se refiere exclusivamente la acción, de un modo provisto de sentido, en una parte esencialísima de las ciencias comprensivas, a saber, la acción, teóricamente construida, del hombre económico aislado. Pero la pertinencia para la sociología comprensiva de procesos que carecen de una “referencia a sentido” subjetiva, como las series estadística de nacimientos y muertes, los procesos de selección de los tipos antropológicos, pero también los hechos meramente psíquicos, consiste exclusivamente en su papel de “condiciones” y “consecuencias” respecto de las cuales se orienta la acción provista de sentido, como es el caso, en la economía política, de los estados climáticos o fisiológico-vegetativos”.

Las consecuencias como categorías de análisis de una Sociología de la Cultura serían los sistemas culturales. Si consideramos entonces tanto la interpretación racional en relación a fines, los términos de sentido y, lógicamente, las consecuencias de la acción en este caso de la acción cultural—, se puede llegar a delimitar los componentes que conexionan comportamientos y estructuras. Para Weber, en último término, la Historia y la Sociología deben construir sus tipos ideales a partir de una imputación causal en la que los “puntos de vista” evidencien relaciones fácticas objetivas. Las interpretaciones sociales permiten acceder a su sentido mediante dos procesos que han de indagarse. Y tales procesos son las motivaciones y las normas construidas sobre esas motivaciones. De esta manera la psicología y sus fenómenos simbólicos no deben entenderse como aspectos diferentes de los supuestos empíricos y constatables de una sociedad, sino que hacen captar esferas de validez que aclaran situaciones históricas. Hasta aquí Weber proporciona un camino de validez de los contenidos significativos en los que se edifica la conducta. Pero no se delimita el paso de un conjunto de representaciones a preceptos normativos de la comunidad; es decir, ¿cuándo un significado, por ejemplo cultural, determina la formación de una ideología? Tal sería el caso del protestantismo, que no sólo se puede describir como una acción basada en la creencia abstracta y privada sino en todo un núcleo de instituciones que conforman mentalidades y cosmovisiones.

Los principios explicativos y categorizados con el método de la comprensión quedan incompletos cuando Weber no nos aclara los fundamentos últimos que hacen triunfar a unas culturas sobre otras o a estilos artísticos y estéticos sobre otros. Weber restringirá al tema de la racionalización la evolución cultural y social. Pero el capitalismo y su ideología el protestantismo no sólo han constituido expectativas y motivaciones, también han elaborado sistemas coactivos de carácter material. Pues bien, Weber al recalcar en exceso la conducta “psíquica” de los actores sociales en su análisis metodológico restringe a marcos de referencia de acción social, en terminología de Parsons, el orden social. La cultura, entonces, se describe desde una perspectiva en la que el “consenso” subjetivo es el resultado de un ordenamiento racional. Mas el conflicto, el cambio, lo irracional, no son únicamente consecuencias de un mal cálculo de la racionalización. Así, las categorías sobre las que Weber levanta su sociología y, en concreto, su Sociología de la Cultura remiten a un esquema formal que, efectivamente, renueva la epistemología heredada del neokantismo y, sobre todo, demuestra la simplificación que el positivismo hacía de los procesos simbólicos colectivos. Sin embargo, en el juego de categorías weberianas faltarla el transfondo de lo “latente” que subyace a lo “manifiesto”.

Los procesos ideológicos que conforman lo simbólico no se recogen en el método comprensivo. Parece como si se omitiesen los aspectos que hacen referencia al “lado oculto” de lo social: intereses, dominación-sumisión, explotación, etc., son así mismo pautas normativas que actúan en las mentalidades. Y aunque Weber consideró los principios de legitimidad y dominación en su división entre dominación tradicional, carismática y racional, no avanzó hacia una teoría metodológica de la conexión entre percepción y motivación subjetiva y creación política e ideológica de tales fenómenos. Así, detrás del protestantismo en cuanto religión de conciencia subjetiva no se puede olvidar que su triunfo estuvo ligado a continuas guerras y a empresas objetivas de búsqueda de beneficio. Y de igual modo, las culturas y sus marcos de referencia de la acción no sólo se caracterizan por ser procesos significativos sino, a la par, procesos tecnológicos y materiales. La imprenta de Guttenberg hizo tanto por la extensión del protestantismo como la disciplina y el ascetismo del creyente luterano. El sistema de categorías metodológicas se sitúa en la obra weberiana no tanto en unos tipos ideales comparados, cuanto en una idealización excesivamente desprovista de la dialéctica de la Historia.

Raúl Allain

Raúl Allain (Lima, 1989) Escritor, poeta, editor y sociólogo. Actualmente, es Presidente del Instituto Peruano de la Juventud (IPJ) y dirige el sello independiente Río Negro. Contacto: raulallave1189@hotmail.com

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