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Del 78 a la actualidad: la cultura política española

Para realizar una aproximación correcta a la pregunta que se nos plantea arriba, creo conveniente comenzar una discusión en torno a la idea misa de la cultura política. Entonces nos cabría la pregunta ¿qué es la cultura política? Cuando hablamos de cultura política se nos hace una mención de la propia dualidad de la palabra puesto que, por un lado, hemos de reconocer la propia concepción de cultura entendida como una particularidad dentro del carácter universal humano; y, por otro lado, la política entendida cómo una característica universal. En esta concepción de la cultura política es posible percibir su carácter puramente ambivalente en el hecho de que toda la humanidad tiene política, sin embargo, la cultura cambia según la parte de la humanidad a la que estemos haciendo referencia. Lagroye entiende la cultura política cómo

el conjunto de creencias y valores compartidos, referentes a la vida en sociedad y al rol de las actividades políticas en la conservación y la orientación de la cohesión social; conjunto de actitudes fundamentales que permiten el ajuste mutuo de los comportamientos o la aceptación de actos de autoridad que tienden a imponer ese ajuste. (Cit en Arnoletto, 2007 p. 19).

El sustento principal de la cultura política se haya, pues, en el entorno social dónde se desarrolla, sustentado en los valores, las normas, y las costumbres de la sociedad dónde se desarrolla. Puesto que tanto valores, como normas o costumbres son entidades de carácter subjetivo basados en ideas y juicios de valor, la forma en la que se mide la cultura política no puede ser otra que las formas de participación política. Según Milbrath (1977), la participación política es aquella acción de carácter político cuyo objetivo es influenciar en la toma de decisiones políticas, así como el apoyo o la oposición de los representantes políticos. Las diferentes formas de participación política vienen recogidas en el cuadro 1.

Las culturas políticas en España han variado en el vaivén de los años, al igual que las formas en la que está se desarrollaba. Para responder la pregunta que se nos plantea, es necesario hacer un repaso de cómo se ha ido configurando el modelo democrático en España en este último cuarto de siglo.

Cuadro 1. Formas de participación política según Milbrath.

 

 ACTIVIDADES DE

CONTENDIENTE

  • Ocupar un cargo público y de partido.
  • Ser candidato para un cargo.
  • Solicitar fondos para el partido.
  • Participar en un comité electoral o en una reunión sobre estrategia.
  • Contribuir en una campaña.
 

 

ACTIVIDADES DE TRANSICIÓN

 

  • Participar en una reunión o concentración política
  • Realizar una contribución monetaria.
  • Establecer contacto con un funcionario
  • público o dirigente.
 

ACTIVIDADES DE ESPECTADOR

  • Llevar una insignia política
  • Intentar influir en otro para que vote de cierta manera
  • Iniciar una votación.

Fuente: Milbrath, 1977.

 

España tuvo antes del Golpe de Estado que acabó con la II Republica una débil participación política debido, principalmente, a la existencia de una fuerte capa de la población civil que se encontraba en una situación de analfabetismo. Por una parte, durante este periodo, la ley que regulaba el voto estaba restringidas únicamente a varones con ciertos niveles de ingresos, lo que dejaba excluida a una gran mayoría de la participación política. Por otra parte, las mujeres han sido discriminadas del proceso de toma de decisiones políticas, así como se ha ido falsamente argumentado su incapacidad de elegir una opción política u otra. No fue hasta la II República Española cuando verdaderamente se puede hablar de participación política entendida en todas sus facetas. La dictadura de Franco supuso un cierre total a cualquier forma de participación política y no fue, hasta la muerte del dictador en 1975 con el advenimiento de la transición, cuando resurge de nuevo la participación política.

La década de los años 70, y principios de los años 80 fue una época convulsa en tanto en cuanto, las diferencias ideológicas afloraban en cualquier debate político que se planteaba. Las diferencias en la forma en la que el nuevo Estado debía de configurarse centraron el debate político. En esta época, el debate parlamentario estaba sustentado por tres principales grupos ideológicamente opuestos; por un lado, el grupo continuista que pretendía seguir el franquismo sin Franco convencidos de la utilidad del sistema y de las instituciones franquistas. El grupo extremo a este estaba compuesto por los rupturistas, convencidos de que la democracia debía sustentarse en una ruptura total con el modelo anterior, las instituciones deberían ser destruidas y construidas de nuevo bajo nuevos principios democráticos, así como el modelo de Estado debería de configurarse como una República, pues una monarquía sería la continuación propia del régimen franquista. El tercer grupo estaba formado por los reformistas, apostando por una conciliación de opiniones divergentes y unidos entorno a la idea de que había que crear un nuevo Estado democrático basado en el respeto, la tolerancia y la diversidad de opiniones. Críticos con el proceso rupturista, argumentaban que podría degenerar en mayores conflictos sociales y poner en peligro el proceso de transformación democrática española. Con la designación de Adolfo Suarez quedó reflejada la viabilidad de la tercera opción, y puestos a ello, se optó por una reforma parcial de las instituciones franquistas basadas en el dialogo y el consenso. Bastó tres años para que saliera a la luz la primera propuesta de Constitución que fue debatida en el Congreso de los Diputados y que recibió cerca de 3.000 enmiendas por parte de todos los grupos políticos. La constitución se referendo y recibió el apoyo de la ciudadanía española, al igual que ocurre tanto en el Congreso como en el Senado.

La transición, por tanto, trascendía lentamente mientras que la violencia continuaba en las calles intentando socavar, en muchas ocasiones, el proceso de trasformación democrática. Por los años 80, la banda terrorista ETA realizó cerca de 500 atentados que se cobraron la vida de centenas de víctimas. La presión existente en el gobierno exigía, por un lado, medidas de lucha contra el terrorismo, y por otra, mayor comprensión y dialogo con grupos sociales que estaban ideológicamente en contra de lo que se estaba orquestando. La transición no fue precisamente pacifica, pues requirió de mucha paciencia y buenas dotes para la conversación. En tanto, los diferentes partidos políticos iban desarrollando sus propuestas para el futuro democrático español.

La coyuntura histórica descrita hasta el momento refleja un hecho fundamentan en el modelo de transición política de nuestro país, y es que, durante el último cuarto de siglo los debates políticos existentes abogaban principalmente por la trasformación de la sociedad. Su tesis principal se sustentaba en la idea de que el modelo vigente hasta el momento – el franquismo – debía de desaparecer, y España tenía la obligación de ajustar su modelo sociopolítico al existente en Europa. La consecuencia fue el giro neoliberal del sistema político ajustándose a las exigencias del capitalismo avanzado. Ello provocó que el sistema político estuviera sustentado en una democracia representativa bipartidista que asegurará la estabilidad política por encima del conflicto social; una liberalización del mercado laboral; mercantilización de las empresas de dominio público; y una mayor inversión en cuanto al Estado del Bienestar.

Por tanto, el modelo de participación política que existía durante el último cuarto de siglo en España estaba sustentado en la idea de la trasformación social y la superación de las diferencias ideológicas existentes a través del consenso y el dialogo, y dónde los conflictos sociales deberían ser resueltos dentro del marco institucional con el Estado como garante del proceso democrático.

Durante finales de los años 90 y principios del nuevo milenio el proceso de trasformación política española había llegado a su fin. El sistema de las autonomías es el reflejo de su completa trasformación. En este momento histórico cabe decir que las prioridades políticas que imperaban en el país eran totalmente distintas de aquellas que se plantearon durante los años 70. Con la coyuntura de la formación de la Unión Europea, la creación de la Monedad Común, las prioridades estaban centradas en el ajuste del déficit público. Los organismos internacionales basaban sus discursos en la idea de que los nuevos Estados del Bienestar de la zona de la OCDE debía de ajustarse a las nuevas condiciones económicas imperantes; el ajuste del gasto público no debe superar los ingresos, las empresas públicas que no cumplan con los requisitos de eficacia y eficiencia deben modernizarse, esto es, pasar de carácter público a privado. Muchas empresas españolas como fueron las Telecomunicaciones (Telefónica), Energía (Iberdrola) o Transportes fueron vendidas a agentes privados, rentabilizando su producción. A la par, durante los primeros años del milenio 2000 el discurso político estaba centrado en los cambios sociales que acontecían el país, el aumento del empleo, la incorporación de la mujer al mercado laboral y el incremento de la inmigración fuero los ejes del debate político.

Por su parte, si durante la época de transición política la participación estaba encuadrada dentro del modelo de protesta colectiva -manifestaciones, movimientos sociales de carácter universal, etc. – durante la etapa dónde la democracia está consolidada, se buscó que toda forma de participación política se encuadrase dentro de las instituciones democráticas: en partidos políticos, ONG’s, asociaciones, etc. La práctica de la política desde está perspectiva deja un modelo político de carácter elitista, pues los ciudadanos se sienten desplazados de la política al dominar las elites políticas los espacios de confluencia partidista. El resulta es, pues, un aumento de la desafección política basada en la idea de que el ciudadano no tiene el suficiente poder cómo para influir en las decisiones políticas. Todo ello, ha derivado a la constatación de la idea del ciudadano cómo súbdito, dejando de lado su participación en la vida política diaria y asistiendo como simple espectador en la palestra política.

Por otro lado, hay que tener en cuenta la creciente tendencia global hacía la desconstrucción de las grandes metanarrativas políticas, propias de la posmodernidad (Jameson cit. en Ideas y formas políticas: del triunfo del absolutismo a la posmodernidad, 2010). Slavoj Zizek[1] atribuye este hecho a una nueva era de la política, la llamada postpolítica caracterizada por la destrucción de la ideología en los discursos políticos contemporáneos. Según argumenta el propio Zizek, los partidos políticos ya no abogan por políticas fundamentadas en la trasformación de la realidad social o fundamentados en los valores de la justicia, verdad e igualdad, sino que conciben que su ámbito de actuación política se ha desplazado al campo de la mejora de ciertas condiciones sociales. Lo que, finalmente se traduce cómo la particularización de la política basada en los intereses individuales.

Junto con ello, tal y como argumenta Benedicto (2006), la participación política española ha pasado a una fase de moderación lo que implica básicamente atenuación y separación de las líneas de conflicto que tradicionalmente habían dominado la vida política española (pp. 120-121). En la nueva fase de moderación, los discursos políticos que antaño habían dominado el debate político ya no tienen cabida y, en cambio, se busca el consenso en la mejora de los problemas que asolan en España. Según atribuye el propio Benedicto, este hecho se contrasta con la idea de evitar nuevos conflictos sociales que deriven hechos como la guerra civil española.

Sin embargo, está idea tiene buen fundamento durante la época de consolidación de la democracia española, pues la idea del político de entonces estribaba en aparcar las diferencias ideológicas y construir un modelo de país democrático que se ajuste a las exigencias de los organismos internacionales y a la propia democracia liberal occidental. Pasados más de cuarenta años desde la aprobación de la Constitución Española nos cabe preguntar, a nosotros como estudiosos del tema, qué sentido (si es que tiene alguno) que la perspectiva moderada tenga éxito, hoy en día, y que, cada vez más, los partidos políticos llamen a la calma cuando España se encuentra en una situación de fuerte consolidación democrática. Esta cuestión es, desde nuestra perspectiva, digna de ser estudiada.

Con todo, desde la llegada del nuevo milenio ha venido desarrollándose cada vez más una política de participación ciudadana desde arriba. Las instituciones se han preocupado por desarrollar organismos que permitan a los ciudadanos participar en las decisiones políticas que se desarrollan a nivel municipal. Y es que, la descentralización ha permitido que se desarrollen este tipo participación, pues al atribuir el Estado Central competencias a las CCAA, y estas a su vez, a los municipios; los ciudadanos tienen un contacto más directo con la política en la mayoría de los países de la OCDE. Prueba de ello, es la formación de propuestas como la Agenda Local 21, o los presupuestos participativos. Sin embargo, no se ha llegado aún a un punto óptimo de participación política, pues los resultados de estas propuestas no han superado los niveles de participación que se esperaban. Y, ¿a qué se debe esto? Ya hemos hecho mención a cómo fue el modelo político de la transición, sin embargo, cuando hablamos de participación política o cultura política es imprescindible hacer retrospectiva a la cultura dominante antes de la transición.

La generación de la transición estaba influenciada por las prácticas y la propia cultura que el franquismo había desarrollado desde el inicio de la década de los 40. El régimen franquista había instaurado una cultura política de carácter elitista y restrictiva, reservando el debate político a una minoría muy seleccionada del estrato social. Ello conllevo a que la población entendiera que la política era algo que no iba con ellos y, por tanto, la continua despreocupación por dichos temas. La generación que siguió a la transición había aprendido, a través de procesos de socialización tanto familiares como educativos, una cierta desafección hacia la política. Entre tanto, las instituciones educativas de la democracia transicional habían abandonado la educación ciudadana pues se entendía que esta era una herencia del modelo educativo franquista. Unido a eso, y al bajo interés político social, el resultado es meramente singular.

En contra posición, desde el movimiento social 15-M acaecido en el año 2011, la participación política española dio un giro radical, pues una gran cantidad de ciudadanos salieron a las calles bajo pancartas y lemas de protestas unidas por la idea de renovar el sistema democrático español. Bajo el lema Democracia Real Ya, se da a entender un descontento generalizado de gran parte de la población con la forma en la que los poderes políticos se configuraron durante la Transición. Estando en contra del modelo bipartidista, el movimiento 15M reivindicaba, además, instituciones más comprometidas con la ciudadanía. Se coció la idea de que el político español estaba más al servicio de las entidades financieras que de los ciudadanos españoles.

La gran movilización de aquel entonces no tardó en materializarse en formación política. Todo el descontento generalizado fue canalizado hacia lo que, años después, sería uno de los primeros partidos políticos en romper la vieja forma de organización partidista: Podemos. Sin duda alguna, la forma de organización, el discurso político, y la forma de movilización social rompió con el modelo tradicional partidista de militancia. Se concibe, pues, que el nuevo ciudadano puede participar de la política sin la necesidad de formar parte de una militancia activa. El esfuerzo que se realizó durante la transición democrática en despolitizar la vida cotidiana y politizar las formas democrática socavó con la nueva forma de organización política. Además, uno de los discursos que más trascendencia tuvo en Podemos, fue el desarrollo del discurso para la ruptura del régimen del 78[2] pretendiendo renovar todo el sistema político español que, según el propio discurso, estaba al servicio de la elite política, económica y social.

Todo ello nos da cuenta de la importancia que ha tenido los procesos de formación política históricos para el entendimiento del comportamiento político ciudadano. A nuestro entender, la separación de la idea de la participación política en la historia puede generar es una descontextualización y un mal entendimiento de esta. En este sentido, somos productos de un largo proceso de construcción política histórica, los valores, normas y la cultura del pasado tienen repercusión la forma en la que entendemos la realidad social y en la propia manera de articular todas las políticas públicas.

A modo de conclusión, y para responder a la pregunta que se nos plantea en esta Prueba de Evaluación Continua, entendemos que, si bien ciertas características de la transición política son apreciables en la cultura y la forma en la que esta se expresa, podemos asegurar que hay evidencias más que suficientes para pensar que la tendencia marcada por el propio proceso transicional están llegando a su fin. Las nuevas generaciones del milenio 2000, mantienen una forma de entender la política distinta a la que se ha venido llevando a cabo. Por una parte, es más que evidente que la globalización, junto con el desarrollo de la tecnología está socavando antiguas formas de participación política, dejando paso a una nueva forma de entender la política. El creciente peso de Internet en la opinión o la difusión de idas, o la capacidad de movilización social es abrumadora. Por otro lado, la cultura política de las nuevas generaciones dista mucho de ser la que era en las generaciones baby boom, implicadas más las primeras en movimientos sociales con valores posmodernos, tales como el ecologismo o el pacifismo. Es cierto que la transición tuvo su importancia en cómo se configuro la cultura política, pero, hoy en día, no cabe afirmar que exista rastro alguno del modelo transicional en la forma de ver la política.

Bibliografía.

  • Arnoletto, E (2007). Glosario de Conceptos Políticos Usuales. EUMEDNET disponible en http://www.eumed.net/dices/listado.php?dic=3
  • Benedicto, J. (2006). La construcción de la ciudadanía democrática en España
  • (1977-2004): de la institucionalización a las prácticas. REIS (114), 103-136.
  • Milbrath, L (1977). Political Participation: How and why Do People Get Involved in Politics? Lal Goel: US.
  • S (2009). Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Paidós: Barcelona

Zizek. S (2010). En defensa de la intolerancia. Diario Público: Barcelona.

[1] Cf. En Defensa de la Intolerancia y Sobre la Violencia. Seis reflexiones marginales. En estas obras, el sociólogo esloveno analiza la forma que ha tomado el discurso político en la nueva era de la postpolítica.

[2] Para ver más: https://politica.elpais.com/politica/2014/11/15/actualidad/1416044494_928494.html

Pablo Arenas López

Pablo Arenas López es sociólogo por la Universidad de Granada, y estudiante de Ciencias Políticas por la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Actualmente, realiza trabajos de investigación en asociaciones para la Memoria Histórica. Asimismo, desarrolla la labor de voluntariado en asociaciones dedicadas al debate académico.

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