Decía el cineasta Jean-Luc Godard que el cine no es un sueño ni una fantasía, sino la vida misma. Hoy en día, con la proliferación de las retransmisiones de lo cotidiano, bien podríamos decir lo contrario.

Fuente: Johan Perjus/Wikimedia//CC BY-SA 4.0

El lifestreaming, la documentación de los hechos que acontecen en la vida de uno, ha existido desde hace décadas, seguramente desde que los seres humanos tomaron conciencia de su propia existencia y de su relación con los demás. El anhelo por trascender en el tiempo es tan humano como el espíritu de supervivencia o el deseo de ser un ser social.

Sin embargo, las nuevas tecnologías dotan a esta práctica de una dimensión que va mucho más allá de lo personal. Transciende lo temporal pero también lo espacial, de modo que da la sensación de que esas vidas en píxeles quedan flotando en un limbo que nadie sabe muy bien dónde situar.

Desde los albores de internet, con ese sentido de poder estar en todas partes, hubo quien quiso llegar a los demás a través de las imágenes. No es necesario compartir una vida de éxito, un hallazgo importante o sobresalir entre la multitud, simplemente se trata de compartir la experiencia diaria de uno mismo en una búsqueda, quizás, de ser aceptado, y en un intento, quizás, de saber que no estamos solos, que hay más gente como tú.

En 2007, el estadounidense Justin Kan fundó Justin.tv. Ya en la década de los 90, aprovechando la evolución de las cámaras digitales, existieron proyectos que consistían en grabarse a uno mismo y a su entorno; estos experimentos tenían a veces fines artísticos, otras documentales, y otras simplemente eran un mero entretenimiento. Kan fue un paso más allá al aprovechar Internet y fundar un canal que retransmitía su vida en vivo.

Bautizó esta práctica como lifecasting, por las palabras vida (life) y retransmisión (broadcasting), aunque ese término se utiliza también –pero al parecer Kan no era consciente de ello- para referirse a las esculturas que se hacen utilizando escayola sobre partes del cuerpo humano. Curiosa coincidencia.

Justin.tv llegó a tener un segundo canal, iJustine, que seguía la vida de Justine Ezarik. A diferencia de Kan, que llevaba una cámara en la gorra y mostraba solamente lo que él veía de modo similar a la serie de TV Peep Show, ella se enfocaba a sí misma con frecuencia.

Fuente: Michael Jastremski/Openphoto//CC BY-SA 3.0

Este peculiar canal de internet no tuvo una vida demasiado larga, pero se convirtió en el gigante online que es hoy en día Twitch. Justin Kan y su equipo vieron que lo que despertaba mayor interés entre muchos de sus seguidores eran los momentos dedicados a los videojuegos, por lo que se lanzaron a crear una plataforma en la que la gente retransmitiese sus partidas. A día de hoy, Twitch, que fue comprado por el gigante Amazon, cuenta con streamers (retransmisores) profesionales, grandes estrellas como Jason Somerville en retransmisiones de póker o Tyler Blevins en las de Fortnite quien, con más de 13 millones de seguidores, es el auténtico rey de esta plataforma.

Lo que empezó como una especie de broma, ha derivado en poco más de 10 años en una red social que cuenta con 2’2 millones de streamers mensuales y que aglutina a más de 140 millones de usuarios únicos al mes, de los cuales casi la mitad pasan más de 20 horas a la semana mirando videos de Twitch.

Ya en los años 90, en diferentes partes del mundo, surgieron programas de TV o se hicieron películas que seguían las vidas de gente común. Una especie de intento de recuperar los principios del cinéma verité pero triturados por los excesivos años 80. A principios de la siguiente década, se recuperó sin pudor el concepto del Gran Hermano que aparecía en el libro 1984 de George Orwell para convertirlo en un programa de televisión.

Fuente: Albert Bridge/Geograph.ie // CC BY-SA 2.0

En la misma línea, surgió hace unos años el fenómeno de las hermanas Kardashian, millonarias que se convirtieron en multimillonarias gracias a sus vidas millonarias… En el nº1 de los videos más vistos en YouTube en 2018, se encuentra “Our daughter”, dedicado al embarazo de Kylie Jenner, la menor de la saga, quien cuenta con unos ingresos que ya superan a los de Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook. Este video es un ejemplo clásico de lifestreaming, como si fuera una entrada de un diario personal; aunque en este caso la han “leído” más de 80 millones de personas.

Vender la vida se asocia al éxito, al menos al financiero. Y ni siquiera hace falta ser millonario o contar con un equipo de profesionales como el que acompañaba a Justin Kan. Entre los canales de YouTube con más seguidores de la historia, se encuentra, por ejemplo, el del chileno Germán Alejandro Garmendia Aranis. Más de 34 millones de personas siguen las andanzas de este joven que explica con humor situaciones de la vida cotidiana como la búsqueda de empleo o las mentiras más típicas a los padres.

Justin.tv dejó de tener sentido cuando esa idea del lifecasting se extendió por las plataformas de las redes sociales. Los videos que más éxito tienen son los de esa emocionante petición de mano o los de aquel viejito al que sorprenden con algún regalo, pero también los de situaciones mucho más sórdidas que seguramente la mayoría de nosotros no hubiéramos presenciado fuera de la era digital.

Ahora podemos verlo todo, estar en todas partes. O eso queremos creer.

Se “combate” el Gran Hermano tomando el control del Gran Hermano; muestro solo aquello que deseo mostrar. O eso queremos creer.

Volvemos a recuperar a Aldous Huxley cuando intuía la tiranía de la esclavitud digital: “La esencia de la coerción psicológica consiste en que aquellos que actúan bajo su efecto tienen la impresión de que lo hacen por iniciativa propia. La víctima de la manipulación mental no sabe que es víctima. Las rejas de su prisión le son invisibles y cree que es libre”.

Al mostrarnos en la red, ¿estamos dando más información de la qué queremos dar? Al utilizar los formatos de las ficciones para narrar nuestra vida, ¿dónde queda la línea entre la realidad y la ficción? Si lo privado se hace público y lo público se vive como si fuera una experiencia privada, ¿cuál es la diferencia?

Realmente, ¿somos libres y tenemos el control?

Ssociólogos

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