El Goliat en tiempos cibernéticos corresponde al ‘Nuevo Orden Mundial’ (NOM), como un proyecto civilizatorio que establece los nuevos pilares y rutas de las relaciones sociales, para el ejercicio del poder absoluto a través del control y vigilancia total de cada persona a escala global, siendo la despoblación un objetivo principal, para ello el control completo de la producción intensiva de alimentos y de la alimentación en sí, son procesos de una misma estrategia mundial, con dos subproductos importantes la despoblación mundial y, el control y vigilancia de las personas, con poblaciones homogenizadas en el gusto y consumo y, con respuestas biológicas previstas para medicalizar la vida.

Pintura de Oswaldo Guayasamín, quien expresó la siguiente idea:
‘He pintado como si gritara desesperadamente, y mi grito se ha sumado a todos los gritos que expresan la humillación y la angustia del tiempo que nos ha tocado vivir’
Disponible en: https://culturacolectiva.com/arte/oswaldo-guayasamin-pinturas

Para el cumplimiento de los objetivos del NOM, parte de la estrategia ubicada en el accionar a nivel de la subjetividad comunitaria, con espacios, estructuras y consentimientos voluntarios, o por imposición de forma clara y contundente de modelos de comportamiento social, jurídicamente garantizados, que obligan al cumplimiento de sus objetivos.

La estrategia inicial para el paso del viejo al nuevo orden mundial fue la organización del sistema capitalista, como una propuesta civilizatoria mundial, que permita ser captada operativamente por los sentidos y por la psique como ese algo deseado merecedor de los esfuerzos a alcanzar. Los deseos humanos del bien o del mal fueron confundidos con mezclas del progreso individual en un mundo de competencia, en el que se coloca las innovaciones e iniciativas como los componentes de ese mejoramiento y crecimiento, despojando de las emociones humanas.

Una precisión, el sistema económico capitalista, tiene como objetivo mostrarse como el creador y responsable de lo bueno o de lo malo que sucede en la sociedad, pero esta propuesta de organización social en el fondo es una metáfora instrumental aplicada para distorsionar y ocultar a los verdaderos manipuladores y detentadores del poder quienes deciden la suerte de los humanos y del planeta en su conjunto.

Estos personajes no requieren ser vistos y peor ser reconocidos como los responsables del bien o del mal, les gusta actuar desde las sombras, obscureciendo la razón y enmudeciendo las voces de quienes pregonan un mundo respetuoso, democrático, reflexivo, más humano coherente con la naturaleza. Para ello, tienen oradores que elaboran discursos dirigidos al bien de la humanidad, en pro de la vida, con la finalidad de alcanzar coros de gentes humildes defendiendo las propuestas. Estos millones de humanos, por un vaso de agua y unos mendrugos de pan, venden sus almas y se transforman en unos maniquíes del circo del poder.

Hoy estamos recluidos más que antes, basados en los criterios de la salud pública y, la sociedad a través de sus instituciones enarbolan el objetivo supremo de aportar para el bien de la salud de toda la población, utilizan la teoría del riesgo como sustento clasificatorio y los adultos mayores son encasillados como el grupo de mayor riesgo de contagiarnos y morir.

Este criterio-norma, invalida aún más a los adultos mayores en todos los aspectos, pero terminan aceptando esa posición, aunque en determinados momentos expresen grados de disconformidad, a pesar de todo aceptan la propuesta de mantenerse alejados y en confinamiento, por ser lo mejor que se debe hacer por ahora, en razón de pertenecer al grupo más susceptible, de más riesgo para esta infección viral y son el grupo con mayor mortalidad. Pero es necesario preguntarse, si el riesgo empíricamente manifiesto, ¿será cierto, o no?, o ¿será de otra manera?, quizá los adultos mayores sean más resistentes de lo que se deduce de las estadísticas*.

Contradictoriamente, ante la probabilidad de morir, surge desde el inconsciente el objetivo enmascarado por nuestros decires cotidianos de que no nos asusta la muerte y, al tener desde la vivencia real la posibilidad de morir, renace desde nuestro interior ‘el deseo de vivir’; se retrata la imagen de no querer morir y, se manifiesta en un sentir que recorre todo el cuerpo, inunda el cerebro que lo abotarga y se hincha como queriendo estallar, para traernos a la realidad lo que de verdad sentimos y queremos, el continuar con vida.

La vida en su plenitud se hace presente y reclama a nuestra razón, para que el deseo y sentires cambien de dirección hacia un vivir pleno, de disfrute de las cosas simples, con paquetes sobre las espaldas y hombros los más livianos posibles, ejerciendo la generosidad con uno mismo y con los demás, reconociendo en todo lo que podemos percibir al universo infinito y, sintiendo que nosotros somos el universo y no solo una parte de él.

Y nos revelamos a este vivir la vida sin vida que implica este confinamiento. Queremos vivir desarrollando a cada momento la fortaleza, la fuerza, entregando y recibiendo la vitalidad de todo lo existente.

No es que estas palabras signifiquen un desacuerdo con la medida de confinamiento para evitar el contagio, que tiene validez desde una visión; lo que estoy en desacuerdo es con la forma de aplicar ese confinamiento como un sistema de vigilancia y control experimental homogeneizante, sin consideraciones de las circunstancias en las cuales no se requiere de esa normativa y, sin desarrollar en cada persona la iniciativa más adecuada para cumplir responsablemente el cuidado de su propia persona y de los demás.

Estamos perdiendo la mejor oportunidad de alcanzar la confianza y entregar a cada quién la responsabilidad de su vida como humanos ejerciendo el cuidado de sí y de los demás.

A lo mejor nos salvamos de contagiarnos y morir por la acción viral, pero estamos muriendo por estar encarcelados y con un atenuante que seremos los últimos en salir, eso significa que todavía debemos quedarnos en la condición de confinamiento por mucho tiempo más.

Con lo que podemos colaborar en casa, no es suficiente para alegrar el alma. Invade nuestro interior la nostalgia, la abulia, y el deseo de ser tocado y tocar, de ser visto y ver, de volver a continuar en el ejercicio de la humanidad. Esas ideas toman cuerpo y fuerza en las personas, porque sabemos que el contacto con todo lo exterior nos vuelve fuertes, se incrementa la inmunidad tanto biológica como psicológica y mental. Pero esa posibilidad está controlada por fuerzas económico/políticas más allá de lo que podemos suponer.

La pandemia del Covid-19, es el escenario propicio, para –los interesados en el manejo del mercado y poder mundial- aplicar el experimento global para medir hasta donde la población mundial es capaz de resistir la reclusión, el control y la vigilancia aplicando procesos extremos como el del ‘estado de excepción’, la militarización de todos los espacios, apoyados con las leyes que criminalizan la presencia de los civiles en las calles, o declararle un Homo Sacer, ciudadano sin derechos de ciudadanía a quien se le puede aplicar la fuerza progresiva, hasta matarle, sin que la persona –policía o militar o un agente del orden- después de ese acto, pudiese ser juzgado como culpable (Agamben, G. 1998). Además en este experimento social no importa los efectos negativos subyacentes a la paralización de la producción y de la vida social, porque aquello es insignificante ante los resultados alcanzados con este experimento a nivel global, imposible de ejecutarlo en condiciones de ‘normalidad’ social.

En este pensar me invade una inquietud: ¿será que a los mayores en edad, nos tienen miedo, por las ideas propias que podemos esgrimir?, ¿oh será que quieren sacarnos de las estadísticas poblacionales y engordar las estadísticas de mortalidad, por significar costos económicos y sociales?.

Por eso es necesario resistir y oponernos a los formatos establecidos en este experimento global, requerimos levantar nuestras voces con ideas que impliquen vivir la vida en un mundo humano, sensible, solidario, de cuidados, de recuperación del ser colectivo. Esa es la vida; la razón de estar vivos, se encuentra en las ejecutorias para desarrollar los espacios de producción y reproducción de lo humano solidario, respetuoso, cooperante, de coordinación, en el que mujeres y hombres aporten significativamente con acuerdos de vida.

Referencias bibliográficas.

Agamben, G. (1998). Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida. Ed. Pre-Textos. España. Disponible en: https://desarmandolacultura.files.wordpress.com/2018/04/agamben-giorgio-homo-sacer-vol-i.pdf

 

* Los análisis actuales de la morbilidad y mortalidad por Covid-19 consideran en las comparaciones a grupos por edad, y con ello se llega a la conclusión que el grupo de más riesgo corresponde a las personas de más de 60 años. Pero es necesario comparar con grupos más específicos por edad y sexo, en los que intervengan las variables concomitantes como diabetes mellitus, hipertensión, enfermedad pulmonar, etc., y allí medir el riesgo por edad y sexo con grupos comparables.

Nicolas Campoverde

Nacido en Biblián-Ecuador. Médico general, con especialidad en Administración e investigación en salud; Mgs. en Sociología y Desarrollo; estudios para PhD. En Pensamineto Complejo. Jubilado como Docente de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Cuenca. Excoordinador de los Registros de Tumores de Cuenca y Machala. Autor de varias publicaciones relacionadas con la epidemiología, el cáncer y la sociología médica. Interesado en el proceso vital y una interpretación aplicando la física cuántica, la epigenética y el biogenoma, así como el esclarecimiento de la Salud Pública como instrumento del biopoder y la biopolítica.

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