
Ya se ha visto, el sistema estatal de compras y abastecimientos está atravesado por casos de corrupción, lo que hace que el caos sea aparentemente inmanejable.

A propósito de lo enunciado, estaba analizando el artículo “El Goliat en tiempos cibernéticos”, de Nicolás Campoverde (https://tinyurl.com/y79xcpsf), donde describe una preocupación social latente en el campo de la sociología: la existencia del llamado ‘Nuevo Orden Mundial’ (NOM), como parte de un “proyecto civilizatorio que establece los nuevos pilares y rutas de las relaciones sociales para el ejercicio del poder absoluto a través del control y vigilancia total de cada persona a escala global, siendo la despoblación un objetivo principal”.
Uno de los puntos más polémicos es el control y vigilancia de las personas, con poblaciones homogenizadas en el gusto y consumo y con respuestas biológicas previstas para medicalizar la vida. Esta “idea” es un proyecto que siempre ha estado presente en la historia de la humanidad, desde tiempos prehistóricos donde comenzó a erigirse la figura del jefe del clan o de la tribu, más tarde en rey, emperador y ahora “jefe de Estado”.
“La pandemia del Covid-19, es el escenario propicio, para –los interesados en el manejo del mercado y poder mundial– aplicar el experimento global para medir hasta dónde la población mundial es capaz de resistir la reclusión, el control y la vigilancia aplicando procesos extremos como el del ‘estado de excepción’, la militarización de todos los espacios, apoyados con las leyes que criminalizan la presencia de los civiles en las calles, o declararle un Homo Sacer, ciudadano sin derechos de ciudadanía a quien se le puede aplicar la fuerza progresiva, hasta matarle, sin que la persona –policía o militar o un agente del orden– después de ese acto, pudiese ser juzgado como culpable (Agamben, G. 1998). Además en este experimento social no importa los efectos negativos subyacentes a la paralización de la producción y de la vida social, porque aquello es insignificante ante los resultados alcanzados con este experimento a nivel global, imposible de ejecutarlo en condiciones de ‘normalidad’ social”, señala Campoverde.
Además, la filósofa Marina Garcés –doctora en Filosofía y profesora de la Universitat Oberta de Catalunya– cree que con la crisis del coronavirus saldrán reforzados los populismos y los movimientos clasistas y excluyentes. En una entrevista reciente (https://tinyurl.com/y9tgnd33) ella piensa que lo que nos muestra de manera muy cruda la crisis del Covid-19 es que el capitalismo global, que parece un sistema muy poderoso, se basa en grandes capas de precariedad económica, social, material, sanitaria… “Es una precariedad individual y estructural, porque también afecta el estado en que se encuentran los servicios de atención pública en diferentes países del mundo. Es un sistema basado en la actividad y el crecimiento, pero cuando tiene una patología no puede detenerse, cuidarse ni cuidar de las vidas que cotidianamente expolia y explota. Tampoco las de aquellos que ha dejado al margen, como las personas mayores. Más que la fragilidad del sistema, lo que nos muestra es la desigualdad y la violencia social sobre la que funciona nuestra normalidad.”
La pensadora afirma que son crisis que van debilitando el tejido social y alejando los grupos humanos y las clases sociales en su relación con las expectativas y los futuros compartidos. Ante esta crisis de los futuros compartidos, es fácil que cada uno se proteja detrás de sus privilegios y perciba a los demás como una amenaza. “No basta, pues, un plan de choque social para paliar los daños de esta crisis, sino un trabajo crítico que nos ayude a percibir colectivamente cómo hemos llegado hasta aquí y cómo queremos salir como sociedad”, opina.
Lo cierto es que los teléfonos celulares representan esta ansia de libertad de expresión, ahora materializada en dispositivos y aplicaciones de uso individual, que parecen multiplicar nuestra independencia, nuestras comunicaciones, nuestra vida privada, incluyendo cuentas bancarias. Incluso nuestros secretos.