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Entrevista con Michael Burawoy, presidente de la Asociación Sociológica Internacional

Michael Burawoy, doctor en Sociología por la Universidad de Chicago con 64 años y presidente de la Asociación Sociológica Internacional. Un fan incondicional del Manchester United (su lugar de nacimiento) que tiene como sueño una comunidad influyente de sociólogos de todo el mundo.
Michael Burawoy, presidente de la Asociación Sociológica Internacional

«Ni EEUU puede regular el mercado, sólo una crisis medioambiental nos hará reaccionar»
Michael Burawoy es marxista y no se fía de los mercados ni de los economistas. Este bri­tánico, amable y de risa fácil y contagiosa, es­tudió matemáticas, antropología y sociología en Europa, África y EEUU, y hoy, además de enseñar en la Universidad de Berkeley, bas­tión histórico de la izquierda, preside la Aso­ciación Sociológica Internacional. Está moles­to porque cree que los sociólogos tienen mu­cho que aportar pero ni hablan ni se les pregunta. Afirma que la sociedad está siendo destruida ante nuestros ojos por un capitalis­mo que, con cada crisis, y cuando parece que por fin va a caer, se regenera y renace más fuerte que nunca. Y ante ello sólo ve una sali­da: una alianza global de sus enemigos para ponerle correas.

Pregunta.- Crisis, paro, indignados, Occupy Wall Street, Primavera Árabe… no es mal mo­mento para ser sociólogo.

Respuesta.- El mundo va mal. Sigue abru­mado por la ola de mercantilización que em­pezó en los años 70, la que está asociada a Thatchery Reagan. Muchos pensábamos que habría una revolución. En 2008, cuando esta­lló la crisis, esperábamos algún tipo de movi­miento que contuviera el capitalismo financie­ro, estábamos seguros de que llegaría. Pero no ocurrió, y el sistema es más fuerte todavía. Estamos ante la mercantüización de todo. No hay nada que quede fuera del proceso.

P- ¿Por eso hay protestas e indignación?

R.- Lo interesante de las protestas es que no tienen que ver con la explotación de los trabajadores, sino con la exclusión. Hoy en día, hasta la explotación es un privilegio. Mu­cha gente trata de conseguir un trabajo, un sueldo seguro, pero cada vez es más difícil. Por eso hay indignados en España, disturbios en Inglaterra o Primavera Árabe en Oriente Próximo. Son jóvenes excluidos del trabajo o, hablando de forma más general, de sus me­dios de subsistencia. En Europa protestan por la falta de trabajo, en la India hay luchas por la tierra, por la propiedad o el agua. Y lo mis­mo sucede en América Latina.

P- Si la situación es tan dramática, ¿no son respuestas muy débiles?

R.- Hablamos mucho de globalización, pe­ro en cada país las respuestas han sido espe­cíficas, nacionales. Los indignados españoles son muy diferentes a los que protestaron en el Reino Unido. Los indignados reflejan una ex­traordinaria emancipación política, una ma­durez de democracia participativa. En Ingla­terra, los disturbios fueron el resultado de 30 o 40 años de destrucción de la sociedad civil. Hay pocas alternativas, pocas asociaciones. Fue un evento espontáneo, muy diferente a lo ocurrido en España.

P- ¿Culpa del Estado o de un mal Estado?

R.-Lo que hacen los mercados, como decía Margaret Thatcher, es insistir es que no exis­te eso que llamamos sociedad, algo de lo que los sociólogos todavía nos reímos. La tesis es que sólo hay individuos, átomos, mercados. En los 80 se acabó con los movimientos sindi­cales, algo que ha sido devastador. Y ahora el Gobierno conservador británico quiere re­construirlo. Lo llaman Gran Sociedad, inten­tando crear una sociedad civil que tome par­te de las responsabilidades del Estado.

P- Edificada de arriba a abajo.

R.- Exacto, por lo que tiene muy poca ener­gía propia. La historia de España o de Améri­ca Latina, con luchas contra el fascismo y el autoritarismo, es diferente. En EEUU la iz­quierda pensó que sería capaz de contener a la banca, que habría esa revolución contra el sector financiero y de alguna manera se pro­fundizaría en el Estado del Bienestar. Todo el mundo comparaba a Obama con Roosevelt. Pero no pasó y no tengo nada claro que vaya a pasar. El capitalismo financiero es extrema­damente fuerte y opera, a diferencia de los años 30, de forma global. Los estados, hoy en día, no pueden hacer frente a esta situación.

P.- ¿Cree que es un juego de suma cero?

R.- Parece claro que está siendo así ¿no? El capitalismo industrial, el del mundo keynesiano de los 50 y 60, no era de suma cero porque el capital hizo concesiones. Pero hoy, las con­cesiones logradas entonces se han revertido, y son los trabajadores los que se las hacen al capital para mantener sus puestos. Hay una coordinación perversa entre el capital finan­ciero y las clases dominantes.

P- ¿Quién marca la agenda?

R.- La sociedad civil está siendo amenaza­da por los mercados, por los estados y por la colaboración entre ambos para destruir la so­ciedad civil de muchas maneras. A los soció­logos les falta experiencia a la hora de traba­jar e influir en la esfera pública, pero los eco­nomistas, en cambio, saben hacerlo muy bien. Desde la Segunda Guerra Mundial, pero so­bre todo desde los años 70, se han convertido en la profesión dominante.

P- ¿Por qué no hay una voz clara enfrente?

R.- El marco teórico de los economistas, el neoclásico, es monolítico, y para oponerte a él y ser escuchado necesitas tener un Nobel, como Stiglitz o Krugman. Los sociólogos tienen un marco más plural y más formas de pensar en el mundo. Por eso no se ponen, no nos po­nemos, de acuerdo. Los sociólogos tenemos un marco teórico que nos permite entender con precisión la destrucción de la vida de mucha gente y cómo la humanidad responde a los impulsos destructivos actuales.

P- ¿A qué nivel?

R.-Ante el auge del mercado, en 1930 hu­bo diferentes respuestas, representadas por el New Deal en EEUU, la democracia social, el fascismo y el estalinismo. La colectivización y la planificación fueron una respuesta a la emergencia de los mercados en la URSS en los años 20. El Estado siempre ha peleado pa­ra regular al mercado. En el siglo XIX las lu­chas fueron más locales, con sindicatos y mo­vimientos sociales. Hoy el movimiento no puede ser local, no puede ser nacional, sino que tiene que ser global. Tenemos que cons­truir una sociedad civil global que haga fren­te al funcionamiento de los mercados, y es realmente difícil. Los movimientos que hay están fragmentados. En mi opinión los soció­logos no deberíamos estar sólo estudiando lo que pasa, sino construyendo una comunidad global que conecte lo que está pasando.

P- Tradicionalmente ese ha sido el rol de la izquierda, al menos de la internacionalista

R.- La izquierda ha desaparecido de la po­lítica y de la sociedad tras 40 años de mercantilización. Yo soy marxista y el marxismo ha fracasado también. Mucha gente pensó que el fin de la URSS era el fin del marxismo, pero en realidad fue su liberación. Cuando florece el capitalismo, el marxismo debería florecer también. Frantz Fanón, teórico de la revolu­ción en el Tercer Mundo, habló, en el contex­to del colonialismo, de la clase trabajadora y de la revolución de los desposeídos. Sus ideas se pueden aplicar al poscolonialismo de for­ma mucho más extensa. Tenemos que pensar hoy en la división entre los explotados y los excluidos.

P- ¿El marxismo es de verdad una respues­ta? ¿No está obsoleto su marco?

R.- Tiene que volver a ser restaurado aca­démicamente, y lo será. Mientras haya capi­talismo habrá marxismo. ¿De qué tipo? Antes he hablado de Fanón. Podría haberlo hecho de un geógrafo británico llamado David Harvey, que habla de la desposesión y el capitalis­mo financiero. Hace falta un marxismo que reconozca el movimiento y el poder del capi­talismo de las últimas décadas. Y que entien­da lo que pasa en China. Sin un marco teóri­co no creo que sea posible unir todas las pro­testas que están surgiendo. Necesitamos la teoría para actuar en la práctica. Creo que por eso es importante el papel de la universidad. Tenemos que cambiar la forma de pensar.

P- ¿Es optimista?

R.- Cuando Obama fue elegido, pensamos: ahora sí, es el momento de la reacción. Yo di charlas aquel noviembre diciendo que no te­nía alternativa, que tendría que regular. Pero claro que las tema. En realidad, el Gobierno de EEUU no tiene la capacidad para regular el capitalismo financiero. Visto lo visto, al final habrá que esperar a una crisis medioambien­tal para ver una verdadera reacción. Es triste tener que esperar a que lleguen las crisis me­dioambientales, pero es el capitalismo que te­nemos. La gente no se da cuenta de la codicia y el poder destructivo del capitalismo en sus vidas.

P- ¿Destructivo? ¿No recuerda los efectos sobre el medioambiente de la URSS?

R.- Sí, totalmente cierto. Pero aun así, tene­mos que encontrar una alternativa a lo que te­nemos hoy. Hay que llevar más allá la imagi­nación para buscar soluciones y alternativas de futuro, alternativas para el capitalismo. La URSS fue una, lo que prueba que hay alterna­tivas al fin de la Historia. Tampoco imaginaba nadie que fuera a llegar la Primavera Árabe, pero llegó. Nuestra responsabilidad, la mía co­mo sociólogo, es pensar en esas alternativas. Partiendo de la base de que el capitalismo es malo para todo el mundo.

P.- ¿No hay nada bueno en los mercados? 

R.- Queremos mercados, pero hay que re­gularlos. Y pensar en el futuro, no en el pasa­do, abandonar la retórica del pasado, el discurso del fin del capitalismo y su colapso. Los marxistas solían pensar, citando a Lenin, en el imperialismo como la fase superior del capi­talismo. Pero eso ha resultado ser una estupi­dez. El imperialismo fue un vehículo a través del cual se creó una nueva forma de capitalis­mo, increíblemente dinámico. Que por un la­do innovaba y por otro destruía. Por eso hay que pensar en microinstituciones y las alter­nativas que abren. Formas democráticas de participar en la regulación de nuestras vidas. Algo que desafíe el rol dominante de los mer­cados. Cosas como Wikipedia, un gran ejemplo de autoorganización. Tenemos que buscar alternativas en todo el mundo. Y pronto, porque la sociedad se está destruyendo.

P- Los números dicen que, con capitalismo, hay menos pobres en lugares como China.

R.- El mundo no está mal. Está peor. Está entrando en una crisis más profunda que nunca antes. El capitalismo desregulado no ayuda a reducir el número de pobres, sino que genera desposesión y explotación. Y la desposesión intensifica la explotación. Si comparamos Rusia y China vemos las dife­rencias. Rusia dijo: todo lo del pasado es ma­lo, olvidémoslo. Destruye el pasado, que ven­gan los mercados, y el resultado ha sido la de­vastación de la sociedad y una increíble polarización entre ricos y pobres, además de decadencia económica. En China ha ocurrido todo lo contrario, porque entendieron que ha­cen falta instituciones que regulen los merca­dos. China incubó los mercados dentro del marco regulatorio del Estado, un modelo mu­cho más exitoso.

P- ¿En serio China es un modelo?

R.- Los economistas dicen que con la ex­pansión del capitalismo a todo el mundo le irá mejor. Pero no hay ningún indicador que diga que eso siga siendo así. Lo era en el periodo keynesiano, pero desde los 70 más gente se ha visto empujada a la pobreza, la explotación y la desposesión. Hay excepciones, claro, siem­pre las hay. En China, con el capitalismo de Estado, la gran duda es si será capaz de con­tener el poder de los mercados. Hasta ahora lo ha hecho de forma muy inteligente. Hacien­do concesiones y siendo muy flexible. Sabe lo­calizar los puntos de tensión, los desafíos que surgirán.

P-Y un poderoso ejército listo para actuar si las concesiones no bastan…

R.- Cuanto más estudio lo que ocurre en China, más me impresiona su flexibilidad y cómo concede cierta autonomía a las provin­cias. Es probablemente mejor vivir en China que vivir en Egipto o en Túnez antes de las protestas. Desde el punto de vista de la socie­dad civil no encuentro particularmente intere­sante EEUU, no es el sitio. China sí.
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