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Sociofobia: Análisis crítico de la ideología de la Red – El cambio político en la era de la utopía digital

El sociólogo César Rendueles critica a una generación tecnofetichista que quiere reinventar la democracia con herramientas controladas por el poder.  El autor sostiene que la tecnología por sí sola no provocará cambios en las estructuras sociales si no vienen de la mano de transformaciones políticas, sociales y culturales. Un análisis crítico de la ideología de la Red. 

Tras el derrumbe de la utopía neoliberal, el gran consenso ideológico de nuestro tiempo es la capacidad de las tecnologías de la comunicación para inducir dinámicas sociales positivas. La economía del conocimiento se considera unánimemente como la solución al deterioro especulativo de los mercados; las redes sociales son el remedio a la fragilización de nuestras vidas nómadas y globalizadas; la ciberpolítica aspira a regenerar nuestras democracias exhaustas… Nos gusta imaginar Internet como una especie de ortopedia tecnológica que ha transformado hasta el punto de su virtual superación los dilemas prácticos heredados de la modernidad.

Sociofobia cuestiona, en primer lugar, este dogma ciberfetichista. La ideología de la red ha generado una realidad social disminuida, no aumentada. Sencillamente ha rebajado nuestras expectativas respecto a lo que cabe esperar de la intervención política o las relaciones personales. Por esoSociofobia, en segundo lugar, realiza una ambiciosa reevaluación crítica de las tradiciones políticas antagonistas para pensar el postcapitalismo como un proyecto factible, cercano y amigable.

Relata César Rendueles (Gijón,1975) en las páginas finales de Sociofobia(Capitán Swing, 2013), cómo, al día siguiente de que el 15-M le saltara las costuras a las plazas de todo el país, numerosos amigos le interpelaron para asegurarle que lo ocurrido confirmaba sus distintas teorías sociológicas, la mayoría contradictorias entre sí. Anarquistas, leninistas o postmodernos le echaban en cara al autor recelos previos, pero a éste, a su vez impactado por aquellas inéditas asambleas que mudaban el botellón por la política, no lo convencieron. Como tampoco lo hicieron las ilusiones digitales que adjudicaban el éxito de las protestas a la Red. “Creo que ocurrió exactamente al revés. El 15-M fue un proceso tan tortuoso porque tuvo que soportar el brutal bloqueo que genera el ciberfetichismo consumista”.

Tal es precisamente el corazón de Sociofobia, un ensayo inhabitual por estos pagos en el que a Rendueles, ante la persistencia de lo que valora como un sistema socioeconómico injusto que amontona desechos humanos enmegaslums postapocalípticos, no acaban de convencerle la respuesta que esbozan los nuevos movimientos digitales. César Rendueles se fajó como filósofo en las míticas clases de Carlos Fernández Liria en la Complutense y hoy es profesor en la Facultad de Ciencias Políticas de dicha universidad. Su azarosa militancia política, de la que, con escepticismo, da cuenta en el libro, estuvo ligada durante un tiempo a los movimientos de cultura libre. Así, entre Karl Marx y Richard Stallman, despliega lasociofobia.


Pregunta.- Sociofobia: si los ricos odian a la gente, ¿por qué la gente no odia a los ricos?
Respuesta.- Porque nos odiamos a nosotros mismos. Las élites del siglo XIX no ocultaban su pánico y su asco ante la posibilidad de que las clases trabajadoras accedieran a las instituciones políticas. Creían que el populacho mancillaría la civilización occidental hasta acabar con ella. A principios del siglo XX, durante la época colonial, ese odio se convirtió en un miedo racista a que los pueblos sometidos por el imperialismo se descontrolaran y acabaran invadiendo la metrópoli. Hoy hemos internalizado ese discurso. Nos vemos a nosotros mismos como antes los ricos veían a las clases peligrosas. Hemos incorporado el elitismo a nuestro genotipo ideológico. Por eso los proyectos igualitaristas prácticamente han desaparecido del espacio político. Desconfiamos radicalmente de nuestra capacidad para deliberar en común, entendemos la democracia como una competición entre preferencias privadas. De ahí todo ese miasma de cinismo que nos paraliza. El mejor diagnóstico de la catástrofe política que se nos ocurre es una broma sin gracia: “disfruten lo votado”.

P.- Aborda Sociofobia un antiguo dilema, el que se pregunta por el adecuado equilibrio social entre el peso del individuo y el de la sociedad. Tras miles de páginas de historia, sociología, teoría política… ¿no hay acuerdo?
R.- En realidad, no es un dilema tan antiguo, tiene apenas dos o tres de siglos. Pero cuando salió a la luz tuvo efectos explosivos en muy poco tiempo. Resulta tan urgente que nos cuesta creer que no sea universal. Ser moderno es estar constituido por esa tensión. Padecemos una versión del dilema del turista. Esa sensación que tenemos cuando visitamos sitios que serían maravillosos si no fuera por toda esa gente que los abarrota en busca de sitios maravillosos. Queremos ser individuos libres sin ataduras pero que todos los demás formen una comunidad cálida que nos apoye si tenemos problemas. Raymond Williams decía con bastante gracia que la comunidad es siempre algo que ha sido, que se ha ido. No creo que ese dilema se pueda resolver. Pero tal vez nos ayude darnos cuenta de que en realidad no sabemos muy bien qué es un individuo y qué es una colectividad. Casi parecen extremos de un continuo, antes que opuestos. Aunque como entidades biológicas estamos aproximadamente bien definidos, nuestra identidad personal es mucho más vaga, es una realidad imprecisa que guarda una relación muy enrevesada con las sedimentaciones colectivas.

P.- A las tradicionales bacanales del opio del pueblo, de la religión al fútbol, ¿se suman hoy las redes sociales?
R.- Al igual que la religión e incluso el fútbol, las redes son demasiado complejas como para resumir sus efectos con un lema. Digamos que creo que las máquinas no son infinitamente plásticas ni políticamente neutras, sino que establecen patrones de uso más rígidos de lo que nos imaginamos. Por ejemplo, la correspondencia tradicional fue durante mucho tiempo un buen cauce para cierto tipo de debates de largo alcance. En cambio, hoy me imagino a Newton enviándole un DM a Leibniz: “qué pasa con esas ecuaciones, llevo esperando una hora y nada…” A veces hablamos de Internet como si fuera una metatecnología, una estructura formal vacía que podemos llenar sin ninguna clase de restricción. Y no es así. En el ámbito educativo abunda un ciberoptimismo muy acrítico. Soy profesor y uso intensivamente la tecnología en mis clases, pero no es una panacea. Nada puede sustituir al esfuerzo, la capacidad de concentración o la madurez argumentativa. Por eso hay muchísimos procesos formativos para los que el papel y el lápiz son herramientas mucho más eficaces que una tablet. Lo más reciente no es siempre lo más avanzado.

P.- ¿Twitter es un ágora o más bien un tribunal revolucionario tan ruidoso como falto de jurisdicción?
R.- No creo que los tribunales revolucionarios sean necesariamente ruidosos o faltos de jurisdicción. Durante lo que los publicistas burgueses denominaron el “terror” jacobino murió mucha menos gente que en unos pocos días de represión contrarrevolucionaria tras la Comuna de París de 1871. Lo que quiero decir es que a veces Twitter se parece a esa caricatura que la reacción hizo de los demócratas como una masa linchadora. Lo curioso es que la hemos aceptado con ganas. No es que tenga mayor importancia, en realidad, recuerda un poco a la típica fiesta de pueblo en la que los mozos acaban tirando a alguien al pilón. Pero me parece que deberíamos ser bien conscientes de sus límites como herramienta de deliberación colectiva.

P.- Cuando los militantes contra el copyright despierten en un mundo libre de derechos de propiedad intelectual, ¿el dinosaurio seguirá estando allí?
R.- No necesariamente. Algunos defensores del copyleft, no todos, adoptan una actitud bastante olímpica respecto a los trabajadores de la industria cultural. Vienen a decir, “las editoriales, los cines, los periódicos, las discográficas y las librerías deben adaptarse o morir”. Como si ese fuera el veredicto de una especie de darwinismo tecnológico. No sólo me parece un poco ruin sino que es contraproducente. Creo que para aprovechar las inmensas potencialidades de la tecnología no sólo necesitamos herramientas jurídicas que nos permitan compartir los contenidos, sino también cambios institucionales profundos que protejan la creación y la mediación. Una intervención pública a gran escala en este terreno podría tener efectos positivos explosivos. Necesitamos un Plan Marshall para el copyleft que complemente la espontaneidad colaborativa. Sabemos que es posible. Hace tiempo la investigación científica era una tarea que sólo estaba al alcance de unos pocos ricos. Pero encontramos la forma de remunerarla vinculándola a instituciones públicas, como las universidades.

P.- En su crítica de las ilusiones digitales suenan ecos de denuncias como la de Jaron Lanier del maoísmo digital. Lanier vindica al individuo frente a un comunitarismo wikipédico real. Pero para usted la ficticia es la comunidad digital. ¿Siembra el ciberfetichismo la semilla de un nuevo socialismo utópico?
R.- Internet rebaja el umbral de lo que esperamos de las relaciones sociales. Algo así como: ya que no podemos hacer cosas juntos, al menos hagámoslas a la vez. En sí mismo, tampoco me parece un mal plan. La verdad es que no soy nada nostálgico de las comunidades tradicionales. El problema es que eso afecta a las posibilidades de transformación política. No creo que un proyecto de emancipación igualitaria sea posible con unos mimbres sociales tan débiles. Es curioso porque al socialismo utópico histórico le pasó un poco lo contrario. Como proyecto político era un mal chiste, pero los saint-simonianos que recorrían Francia parecen la materialización misma de la fraternidad.

P.- Una reciente novela de Ciencia Ficción (2312, de Kim Stanley Robinson) imagina un sistema solar futuro cuyo sistema económico se llama “Acuerdo Mondragón”. Usted también cita la cooperativa vasca como alternativa económica sensata.
R.- Kim Stanley Robinson es uno de los escritores más interesantes de la literatura anglosajona reciente. Lleva años embarcado en una reflexión de largo recorrido acerca de las posibilidades de organización postcapitalista. Me gusta porque no es nada empalagoso y aborda con mucha honestidad los conflictos de todo tipo que podrían surgir en ese entorno social. Hace tiempo que se fijó como ejemplo de organización económica en el Grupo Mondragón, que es una de las mayores cooperativas del mundo. El cooperativismo constituye una enorme potencia económica a nivel global, aunque no es algo de lo que nos hablen mucho los sicarios de los banqueros del Parlamento.

P.- Un pequeño ejercicio ucrónico. Si usted se equivocase y el mundo fuera hoy un lugar más próspero y pacífico de lo que lo ha sido jamás, como defienden por ejemplo optimistas racionales” como Steven Pinker o Matt Riddley, ¿no sería estupendo poder cerrar el mercadillo de las ideologías y disfrutar de la vida buena, que decían los atenienses?
R.- Sin duda. Hay una argumentación procedente de Walter Benjamin que Terry Eagleton elaboró en alguna ocasión. Viene a decir que todas estas despiadadas luchas políticas son un malentendido. El anticapitalismo es en realidad un proyecto muy modesto que sólo aspira a cosas nimias y razonables, como alimentar y educar a la totalidad de la población mundial. Que para conseguir esas minucias se necesiten cambios políticos descomunales pone de manifiesto la fascinante irracionalidad de la economía capitalista.

“A LA INDUSTRIA EDITORIAL LE VA A OCURRIR LO MISMO QUE A LA DISCOGRÁFICA CON INTERNET”

César Rendueles critica a una generación tecnofetichista que quiere reinventar la democracia con herramientas controladas por el poder.

El autor sostiene que la tecnología por sí sola no provocará cambios en las estructuras sociales si no vienen de la mano de transformaciones políticas, sociales y culturales.

“No tenemos Wifi, hablen entre ustedes”. Esta frase de un cartel colgado en un bar lleva circulando por las redes sociales durante los últimos meses. Es la paradoja que constata Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital, el último ensayo de César Rendueles (Gijón, 1975) publicado por Capitán Swing. En él, este profesor de Sociología en la Universidad Complutense sostiene la idea contemporánea de nuestro pánico a la deliberación en común, pese a estar más interconectados que nunca y la imposibilidad de que sean las tecnologías las que por sí solas provoquen un cambio político y social. De hecho para él el 15M fue un movimiento basado en algo muy poco tecnológico como fueron las asambleas populares. En el libro hace un repaso por las guerras del copyright y el copyleft y critica las estrategias de los Gobiernos para que sea la industria privada la que gestione los contenidos culturales valiosos cuando deberían formar parte del universo público. Una mirada distinta al cibercapitalismo y un rechazo a los que creen que Facebook, Twitter, Amazon o Google transformarán nuestro mundo a mejor. Una utopía que como todas, según Rendueles, está condenada al fracaso.

En ‘Sociofobia’ desarrollas una teoría de la que llevamos un tiempo hablando: estamos muy comunicados, pero cada vez nos comunicamos menos entre nosotros.

Llamo sociofobia a nuestro pánico a la deliberación en común. La valoración que hacemos de nuestro sistema político como económico es catastrófica. Y, sin embargo, nos resulta extremadamente difícil pensar en acometer transformaciones de esos dos ámbitos. Y no tanto porque nuestros enemigos sean poderosos, sino porque no nos creemos capaces de ponernos de acuerdo o de gestionar nuestros conflictos. Llamo sociofobia a ese vértigo que nos produce la posibilidad de la democracia. Me da la sensación de que se ha generalizado un discurso que antes, en el siglo XIX, tenían las élites que consideraban que la posibilidad de que los trabajadores accedieran a las instituciones políticas era peligrosísimo. Creo que hoy hemos internalizado ese discurso. No somos capaces de deliberar en común.

Pero este análisis choca con las manifestaciones en pos de una democracia participativa, con las actividades en pos del procomún y con las críticas, precisamente, a la democracia representativa y al funcionamiento que tenemos, en definitiva, del sistema político actual.

Sí, pero todos esos discursos son el fondo muy atávicos. Se remontan a prácticas muy antiguas, no encuentran modelos en nuestra cotidianidad más inmediata. Toda la tradición emancipatoria del siglo XX tenía sus propias prácticas cooperativas. Ahora necesitamos buscar ejemplos en el bazar persa. Y eso indica que tenemos un problema para pensar cómo realmente queremos cooperar.

Pero Internet y las redes sociales también están mostrando nuevos modelos de cooperación, aunque en tu libro te muestras bastante escéptico ante este fenómeno.

Yo no soy tan optimista con esto. Muchas veces Internet no hace que acometamos más acciones conjuntas, sino que hace que no nos importe hacer acciones juntos. Muchas veces creemos que estamos haciendo cosas juntos cuando lo que hacemos es hacer cosas a la vez, y eso es diferente. Lo que hacen las redes sociales ahora me recuerda a lo que hacía el valium en los años cincuenta, es decir, tienen una cierta capacidad para apaciguar. Por supuesto, son una herramienta de comunicación estupenda y las uso, pero creo que muchas veces hay un tecnoutopismo extraño que es poco realista, porque además es muy hegemónico. Y creo que el discurso del poder incide mucho en eso. La única solución que se nos propone es la economía del conocimiento, algo que básicamente no existe, pero es un mantra. En ese sentido me parece que hay una cierta solidaridad entre ciertos discursos antagonistas muy ciberutópicos.

 LEE UN CAPÍTULO

Publicamos Ciberfetichismo, el segundo ensayo del libro de ensayos de César Rendueles.

Le Corbusier propuso demoler la totalidad del centro his­tórico de París, apenas unas décadas después de que el Barón Haussman lo hiciera por primera vez. Sus argumentos eran tanto técnicos como poéticos: «Para crear las entidades arquitectónicas orgánicas de los tiempos modernos es preciso volver a dividir el suelo, liberarlo y que quede disponible. Disponible para la realiza­ción de las grandes obras de la civilización de la máquina»

Precisamente ha sido la izquierda la que más se ha apropiado de este discurso. ¿Una equivocación?

Sí, y es llamativo. Yo he participado de esto también, pero creo que ninguna tecnología, ninguna red social nos va a librar de acometer esos desafíos que en el fondo son políticos. Tenemos que buscar las instituciones necesarias para acometer los cambios que necesitamos. Ninguna tecnología nos va a librar de ese vértigo de ponernos de acuerdo.

En el libro dices que “los cambios tecnológicos no influyen en las estructuras sociales”, pero lo cierto es que desde la revolución industrial las estructuras han cambiado.

Yo me eduqué en la tradición marxista y para un marxista la tecnología es crucial. Lo que no genera la tecnología son cambios automáticamente. Pensar eso me parece muy ingenuo.  La tecnología es esencial, pero combinada con otras transformaciones sociales, políticas y culturales. Desde mi punto de vista la tecnología saca a la luz posibilidades enormes de emancipación, pero para aprovecharlas tiene que haber cambios políticos, sociales y culturales. Se habla mucho de la importancia de las redes y cómo están cambiando los contactos, pero lo que está pasando es precisamente lo contrario: los contactos cara a cara cada vez son más valiosos y cada vez son un bien más escaso. Y, además, los están dominando las élites. Es decir, aunque hayas mandado un curriculum a una cuenta de recursos humanos corporativa, el que conoce al director de recursos humanos es el que tiene ventaja. Por tanto, la idea de que se están generando nuevas formas de sociabilidad tiene algo de verdad, pero también hay que relativizarlo mucho.

 De hecho, hay otro discurso en tu libro donde criticas que, a pesar de estas redes, cada vez somos más individualistas puesto que el contacto en las redes sociales es muy frágil. De hecho, quién conoce, por ejemplo, a todos sus seguidores en Twitter.

Yo no tengo nada en contra del individualismo ético. Me parece una herencia muy valiosa de la modernidad. Y tampoco soy una persona particularmente sociable. Lo que yo creo es que el individualismo y la fragmentación social son dos cosas diferentes. La fragmentación social es esa sensación de que nuestras vidas no tienen ninguna coherencia y son un mero deambular de aquí para allá sin tener la capacidad para dotarlas de un cierto sentido. A veces las redes sociales nos transmiten la sensación de que están solucionando ese problema, pero yo creo que no es real.

Es más, según tu teoría, las redes sociales, Internet, no están revalorizando el discurso político sino mitigándolo, aunque lo cierto es que Twitter a veces parece un foro enfurecido hablando de política al que se suman los comentarios a los artículos en los medios digitales. No sé si la palabra justa es “mitigar” o “banalizar” el discurso político.

Sí, sí, sin duda, pero los efectos prácticos son escasos. Hay dos cosas que se confunden. Internet es muy eficaz cuando la gente sale a la calle, pero no para sacar a la gente a la calle. Los efectos para movilizar a la gente son escasos y a menudo tiene efectos desmovilizadores.

Pero en las revoluciones árabes, según los analistas, Internet tuvo un poder aglutinador muy importante.

 Tengo serias dudas de esa lectura. Por ejemplo, en Egipto la brecha digital es inmensa. Cuando se produjo la revolución egipcia, menos del 20% de la población tenía acceso a Internet. Evidentemente jugó su papel, pero creo que se ha sobrevalorado muchísimo y en cambio no se ha prestado atención a varias características del contexto egipcio muy relevantes: Egipto era un país donde seguía existiendo una estructura política antagonista, donde había sindicatos fuertes, donde el islamismo había tejido redes comunitarias muy tradicionales. Es decir era un país donde había un tejido comunitario muy intenso. A mí lo que me parece significativo es que nos interese mucho más ese 20% de gente conectada que el 80% de gente no conectada.

Pero las revoluciones liberales que hubo en Europa en el siglo XIX también las protagonizaron la gente más cercana a las élites, al poder y al dinero.

Digamos que ahí hubo una dinámica entre los procesos de democratización radical, jacobinos de las clases populares y los intentos de fagocitar esos movimientos desde las elites burguesas.

Sí, pero la revolución empezó por quienes estaban más cerca de cambiar el sistema.

Yo no estoy de acuerdo con esa lectura. Creo que hay realidades en conflicto y lo que me parece relevante es que nos interese más sólo una parte de esa historia.

Y, en cualquier caso, ¿por qué es así?

Yo creo que hay un punto de eurocentrismo. Como nos parece imposible que los egipcios tengan una realidad política sólida, interesante y activa, nos gusta imaginar esas revoluciones como un subproducto tecnológico. Es un punto de eurocentrismo y de élites.

Volviendo a Europa, y al 15M, ¿tampoco crees que las redes jugaron un papel importante en este movimiento?

Para mí lo importante del 15M fueron las asambleas, que son lo menos tecnológico del mundo. Fue un proceso de descubrimiento de la democracia para mucha gente, de pérdida de miedo a la democracia. Por supuesto que para eso las redes sociales, y el teléfono y las palomas mensajeras pueden ser muy útiles, pero lo valioso de esa experiencia me parece tan poco cibernético que me extraña que tanta gente insista en ello. Y yo creo que las transformaciones que han instituido, que son muy importantes, consisten en eso. Lo importante del 15M fue hablar de política con las madres con las que coincido en el parque con mis hijos.

Pero algo de miedo o respeto debe de dar lo que sucede en Internet cuando se producen bloqueos y cortes de algunas páginas como está sucediendo por ejemplo ahora en Rusia tras la ley anti-gay. Es decir, no es algo que no tenga valor.

Sí, yo no pretendo infravalorar esa realidad. Son un medio de comunicación más e igual que la censura de los medios tradicionales fue importantísima lo es ahora en Internet. El papel de Internet como medio de comunicación me parece esencial y no creo que sepamos todavía muy bien cuál es el alcance del medio. Yo creo que el papel de los cambios políticos es sacar todo el partido que las tecnologías pueden dar de sí, pero para eso es más interesante mirar fuera de esas tecnologías. Cuando se habla de copyleft me llama la atención lo poco que se dice cómo podría beneficiar a esas iniciativas cambios que no son tanto digitales o cognitivos sino muy institucionales y políticos. Por ejemplo, una mayor presencia de instituciones públicas con estudios de grabación públicos, con editoriales públicas que saquen libros en copyleft darían un impulso brutal a esas iniciativas. O una sociedad de gestión de derechos de autor pública. Todo eso daría un impulso brutal al copyleft, pero no se habla nunca de ello.

En una línea muy parecida a la de Jaron Lanier en Contra el rebaño digital criticas el discurso del contenido free (libre o gratis) en Internet, que ha contado con numerosos apóstoles, muchos desde la izquierda.

Uno de los problemas del movimiento del conocimiento libre ha sido lo que llamo ‘formalismo’, el creer que estableciendo ciertas condiciones jurídicas y formales la cosa se solucionaba. Yo creo que hay que atender a las condiciones materiales y políticas que pueden permitir que esos efectos de la libertad cognitiva sean beneficiosos para todos, para el público, los autores y los mediadores. Y si no se atiende a eso lo que se está difundiendo es una estrategia muy solidaria del neoliberalismo. Yo soy muy partidario del copyleft, pero solamente si es congruente con cambios políticos y sociales importantes.

Sin embargo, para muchos lo que están haciendo los Gobiernos con las leyes de propiedad intelectual es una demonización del usuario.

Lo que están haciendo los Gobiernos es incrementar o defender su apuesta por la industria privada como gestora de los contenidos culturales valiosos. Creo que hay que revertir la estrategia de los Gobiernos. Lo común del copyleft necesita de lo público. La estrategia de los Gobiernos es una estrategia fracasada porque en el contexto digital no funciona, pero por otro lado la estrategia de establecer unas condiciones formales y que cada cual se las apañe buscando publicidad parece también bastante absurda. A los Gobiernos se les ha criticado mucho por esas estrategias censoras o por no estar a favor de licencias libres y menos por tener iniciativas proactivas en ese terreno. ¿En qué mejor momento que ahora recuperar las editoriales públicas?

Pero dirán, ¿esto es rentable?

Sí, pero por ejemplo ya hay orquestas públicas. Los músicos son funcionarios. Qué fácil sería grabar eso y  ponerlo con copyleft en dominio público. Qué fácil sería utilizar toda la estructura universitaria para publicar clásicos y traducciones en libro electrónico. Sé que va a contracorriente pero me fascina lo ciego que está el mundo del conocimiento libre a todos esos cambios institucionales.

Se han establecido soluciones como las plataformas de pago con suscripciones, como Spotify, sin embargo, ya hay artistas que no quieren estar ahí porque las retribuciones que reciben son mínimas. Ante esto, ¿qué podemos hacer los usuarios?

Este es un caso evidente de fallo del mercado. No hay manera de financiar la producción de los bienes digitalizados a través del mercado. Y eso es algo que se sabía. Pero cuando hay fallos del mercado es que hace falta una intervención pública. Siempre ha sido así. Las intervenciones públicas pueden ser de dos tipos, a veces represivas, pero en este caso es imposible.

Pero cómo puede intervenir el Estado en la retribución a los autores, ¿dándoles una parte a través de los impuestos?

No lo sé, pero por ejemplo la investigación en el siglo XIX era privada, era cosa de aristócratas y nos hemos inventado una forma de financiarla a través de la docencia universitaria. A mí me pagan por dar clase y me reservan un tiempo para investigar. Yo creo que se pueden inventar métodos similares.

¿No crees que estas plataformas digitales sean la solución? Como te decía, ¿qué hacemos entonces los usuarios?

No, cuando hay fallos del mercado, seguir insistiendo en el mercado cerrilmente es un error y yo creo que estas plataformas irán cayendo una tras otra. Yo creo que los usuarios estamos en un momento de desconcierto. Hay por ahí proyectos cooperativos en los que a veces participamos… Lo que ocurre es que ser usuario es formar parte del mercado y cuando actuamos como usuarios lo racional es pagar lo menos posible, entonces si se nos pide otra cosa, si se nos pide compromiso y lealtades, eso no tiene nada que ver. Ahí hay una dialéctica complicada porque se nos interpela como clientes, pero se nos piden compromisos propios de otro tipo de redes, y claro, ¿cómo nos comportamos? La lógica del mercado es otra. Estamos en un momento de transición de una lógica mercantil a otra que tendrá que ser diferente.

En el libro hablas de la industria editorial como una industria de casino, ¿el entorno digital puede ayudar a revertir la situación o insistirá en esta forma de negocio destinada únicamente a la rentabilidad sin tener mucho en cuenta el producto cultural?

Los ebooks van a recalentar el mercado. De hecho ya lo están haciendo. Como bajan mucho los costes de producción eso te permite lanzar más novedades. Yo creo que la industria del libro es la próxima industria discográfica. Le va a ocurrir lo mismo.

Pero en ciertos aspectos está siendo más cauta.

Yo pagaría gustosamente por libros digitales a un precio razonable, pero me niego a pagar lo mismo que por un libro en papel. Me parece un timo. Sería fácil crear una industria con menos beneficios y tener libros digitales a un precio razonable, pero no se ha aprendido nada de experiencias anteriores. La estrategia ahora mismo es al pardillo que va a pagar, estacazo.  Y es un problema serio. Parte de la industria editorial o del mundo discográfico puede vivir de la autoedición, pero en la industria editorial es muy difícil que eso sea sustituido. Por ejemplo, piensa en las traducciones. Es muy difícil que sean sustituidas por una dinámica amateur o meramente colaborativa.  Yo creo que la industria editorial ha jugado un papel de filtro importante, por supuesto que con la red puedes llegar a muchísimos más libros, lo que no estoy muy seguro es de que eso sea bueno.

También afirmas en el libro que la crítica literaria en Internet está dando lugar a imposturas y una pérdida de no sé si llamarlo canon, puesto que son los propios autores quienes se alaban a través de nombres ficticios… Sin embargo, la crítica tradicional ha alabado libros porque eran de la editorial a la que pertenecía su medio de comunicación. Es decir, esto no ha cambiado.

Tienes toda la razón. Yo no soy nada complaciente con el estado de la industria editorial tradicional y mucho menos con la crítica tradicional. Me parecen instituciones deplorables. Lo que creo es que la euforia con el mundo colaborativo y la autoedición me parece injustificada. No lo ha cambiado por otra cosa, sino que ha fragmentado ese problema. Ahora ya no tenemos al crítico de turno hablando de su grupo editorial sino al crítico de turno hablando de su libro. Por otro lado, creo que hay que abordar también el problema de las condiciones de producción y financiación de esos contenidos. Parte de ello puede ser amateur, parte se podrá financiar con publicidad, pero me resulta difícil de creer que todo eso se pueda financiar. Es lo que ha ocurrido con la prensa. Podrá haber medios amateur y está bien que existan, pero pensar que todo eso que teníamos podrá ser sustituido ventajosamente por eso yo no me lo acabo de creer.

Hablas también en el libro de la cibersociabilidad. ¿Qué consecuencias puede traernos esa disolución de la frontera entre lo público y lo privado?

Seguramente no lo sepamos. Internet está cambiando las cosas.  Está generando cambios culturales, sobre todo. Como son muy evidentes muchas veces los exacerbamos. Lo que no tengo muy claro es cómo están cambiando nuestras vidas. Por el lado de los cambios más profundos uno sea ese, vivir más públicamente nuestros gustos, nuestras preferencias, incluso nuestras relaciones. A mí me fascina la forma en la que uno comparte imágenes en Internet. Para mí es algo muy personal y privado. Eso seguramente nos diga algo sobre la comprensión de nuestra vida privada. Pero yo no sé muy bien hacia dónde irá todo eso. Nos cuesta mucho pensar a medio plazo en los cambios sociales. Tendemos a fijarnos en los últimos seis meses y diagnosticar un cambio social.

Pero sí se observa ya que a mucha gente le crea desasosiego por ejemplo escribir un comentario o subir una foto y no obtener retuits o ‘me gustas’.

Sí, la búsqueda de popularidad y prestigio siempre ha existido, pero pensar que eso es en algún sentido una nueva forma de vínculo social o relación social más o menos estable o que pueda ser el fundamento de una nueva relación social a medio plazo siempre me ha resultado extraño. Suena más a competición de popularidad adolescente como de instituto, y eso sí es llamativo.

Cierras el libro hablando del postcapitalismo. No parece que vayamos hacia eso.

Hablo de postcapitalismo para no hablar de esas tradiciones emancipatorias que son el comunismo, el socialismo y el anarquismo, no porque tenga algún problema con ellas, pero sé que mucha gente sí y piensa que son productos muertos que no les proporcionan respuestas. Para encontrar un punto de encuentro hablo de postcapitalismo. Nunca ha parecido que vayamos hacia eso, pero las transformaciones políticas más importantes de los 200 últimos años siempre han surgido muy de improviso. Nadie se las esperaba. Y yo creo que no nos deberíamos dejar amedrentar por los diagnósticos que surjan de los poderosos. Muchas veces están pasando cosas, pero no sabemos hasta qué punto están pasando.

Fuente: elfeniciodigital.wordpress.com

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