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La gélida vertiente sexual del hedonismo tecnificado

La conmoción de la sociedad de la que hablaba Lipovetsky se ha desplegado con certera eficacia. Las costumbres del individuo contemporáneo han rebasado el consumo masificado y el nuevo modelo de socialización es ya el reflejo de la seducción continua, representada fielmente con la magia de las nuevas tecnologías y la consabida ganancia en autonomía personal.

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Así, al mismo tiempo que se ha procedido a ahondar en un modelo de socialización más individualizado, el mundo como imagen y comunicación ha asentado la cultura moderna de la emancipación personal, liberándonos de roles y complejos.

Esta liberación se ha articulado tejida por la impronta del hedonismo, esa búsqueda del goce como tránsito hacia una vida más plena. Y paralelamente hemos incorporado en esa exploración el placer por excelencia protagonizado por nuestros cuerpos; una nueva sexualidad interconectada que está propiciando de una forma desbordante la publicitación de nuestra privacidad, hasta el punto de revelarla natural y cotidiana.

La sexducción ha tomado conciencia. Frente a la represión se ha patrocinado “ese verlo-todo, hacerlo-todo y decirlo-todo”, liberando con ello la  disponibilidad de nuestros cuerpos. De este modo la corriente narcisista encuentra en la personalización del deseo la medicina más deleitable.

Supuestamente imbuidos por las continuas descargas de información y estimulación, nos organizamos y orientamos gestionando los comportamientos desde amplios márgenes de decisión y elección.  Podríamos pensar que las cotas de libertad por las que nos movemos lograrían, en la medida de lo posible, una diversificación de nuestras vidas y también, en última instancia, de la felicidad.

Esta visualización de un universo completo a nuestros pies (y lleno de otros individuos sexuados) ha consagrado aún más el detonador que frecuenta la tecla del deseo, y ha incrementado la motivación por una causa libre, a la carta y sin aparentes reglas homogéneas, reconvirtiendo al ciudadano moderno en un ser henchido de autonomía y apetito.

El irrefrenable caudal de la apetencia no ha necesitado de pócima alguna para desproteger la intimidad  y dotarla de una coexistencia amplificada. Y sin privacidad alguna se ha ingeniado una nueva modalidad de proyección, de mostrarse sexualmente a los ojos del mundo como  elemento emergente de socialización.

La red social es la estancia donde se aloja cómodamente la avidez acumulativa; exceso de todo para intoxicar aún más la ausencia. El impulso añadido, el amor sin trono, el sueño en burbujas de vapor, el escaparate digitalizado, la competición mimética, el desguace de la rutina y… sobre todo, el sexo, exultante ante tanta avalancha.   Hemos mutado (avanzado) vertiginosamente hacia la tiranía del estímulo inabarcable, y a lo que era la adquisición compulsiva de bienes materiales, se le añade ahora la donación sin límites de promociones sexuales, bien a través de imágenes eróticas, citas

consoladoras, apuestas experimentales, y encuentros sin precedentes…

En un intento de disfrutar al máximo de la vida, permitiendo que afloren los arrebatos narcisistas y emocionales, el  hedonismo se reconcilia con la autocomplacencia efímera y esquiva. Y, por tanto, la cultura del yo se vuelve sobre-exposición constante.

Las sensaciones obtenidas se van aligerando de entusiasmos y, quizás por ello, se reanuda la búsqueda en un bucle interminable de reiteración y conquista. Disciplinados en el deseo, la sexualidad emerge a cada instante. Sus apetencias son devoradas fácilmente en el espacio cibernético y como si de cualquier información se tratara, los pechos, los penes, las sonrisas y los dildos protagonizan  infinidad de escenas cotidianas. Se observan, se comparten, se viven, se dislocan con el teléfono en una mano y la precaria satisfacción en la otra. La sexualidad puede estar presente mientras cocinas, mientras viajas y mientras trabajas. Está más presente y es más explícita que nunca; es la mercancía más demandada.

Pero la cultura tecnificada posmoderna nos ha identificado como saboteadores de nuestra propia satisfacción. En el tránsito, del consumo innecesario de objetos hemos pasado a franquear las pantallas para consumirnos nosotros mismos. Saturno devorando a sus hijos. La sexualidad excede en sus pretensiones, y deja de germinar por agotamiento. Claudica ante su pirotécnica puesta en escena (los miles de destellos que procuraba han desaparecido), y habita un cuerpo frío, cada vez más alejado de la satisfacción y más cerca del hastío y el cansancio.

El placer está cada vez más lejos, porque en ésta gélida estancia la seducción perpetua nos está colapsando. Existiremos a la espera de un nuevo implante tecnológico, que promoverá la rebelión de los afectos.

Columnista José Luis V. Doménech

Fuente:

Gilles Lipovetsky, “La era del vacío”, Editorial Anagrama, Barcelona, 1986

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