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Falsedades de la partidocracia neoliberal: Inutilidad de la política

Despolitización de la economía

Está de moda entre muchos políticos, tecnócratas y economistas pregonar la necesidad de “despolitizar” la toma de decisiones en materias económicas y financieras, incluidas las de política fiscal y tributaria. Como lo aseveró el Presidente del Banco Federal alemán, Hans Tietmeyer, en DIE ZEIT (Nº. 51): “Si la política es algo sucio, la despolitización de la economía ha de ser algo bueno”. Por ende, lo mejor es acomodarse a vivir en un universo post-político y post-ideológico, un espacio imaginariamente neutro donde no caben izquierdas ni derechas, así pues todos y todas al centro. Sin embargo, se olvida decir que al centro pero, eso sí, bien de la mano con las derechas neoliberales.

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Se propone, primero, aislar las economías de la política con sus vaivenes electorales, controles democráticos e influencia ciudadana; segundo, dejarla sobreviviendo pero en pequeño, con letra menuda, supeditada a los dictados de los poderes económico-financieros dominantes; y tercero, hacer que los políticos naveguen solo a favor de los intereses de estos poderes, o sea, de las fuerzas de los mercados sin inmiscuirse en tareas que no les competen.

En buena ciencia y técnica le toca, por tanto, a los mercados -y entiéndase bien que solo a ellos- el guiar la toma de decisiones económicas y anular de de índole política, en un espacio insensible a cualquier externalidad socio-política perturbadora, ni siquiera entran las ecológicas o ambientales.

Son únicamente las fuerzas del mercado las llamadas a definir los intercambios entre inversionistas, productores y consumidores según el  afán de lucro y los cálculos de utilidades; y sin considerar el bien común o el bienestar colectivo, solo tienen que reinar los procesos monetarios y la fiera competencia entre contrincantes.

Recientemente se viene agregando a ese campo de fuerzas, como novedad, el grupo de los productores de símbolos culturales, de conocimientos y procedimientos técnicos, o sea, la élite intelectual, artístico-científico-técnica, y la mediática como manipuladora del consumo masivo.

Sujetar la política pública a la dictadura global de los mercados

En ese contexto mercado-céntrico, presentado siempre como un idílico paraíso o imaginaria Arcadia liberal (reformulada en clave moderna), es donde ha prosperado la tesis de que la política pública en general debe depurarse y tener como finalidad el reforzar y liberar (desregular) los mercados e intercambios de los actores económicos y los movimientos de los factores de la producción y distribución de mercancías; y estar regida por directrices que achiquen el Estado y sus funciones bajo el principio de austeridad o “represión fiscal”.

El criterio es que el Estado pase a estar a cargo de gestores “apolíticos”, máxime cuando la política está muy convulsionada, desprestigiada, y ha demostrado ser una actividad infructuosa frente a los desplazamientos tectónicos de los indomables mercados.

Más aún, son los agentes empresariales y comercial-financieros – como clase social- los llamados a ponerse al frente del Estado, tomar la política en sus manos, colocarla en su lugar y dominarla con ayuda de comprometidos cuadros de tecnócratas y asesores económicos –llamados en Europa los “hombres de maletín negro”-, capaces de desplazar de sus tronos a los ineptos y rufianes políticos y burócratas de viejo cuño. Lo mejor es que queden desterrados a un segundo plano, donde no estorben ni interfieran con la trayectoria de las élites económicas, las clases dominantes y los mercados.

El pacto o “Compromiso Neoliberal”

El aspecto político, eso sí, debe quedar, por una parte, amarrado al “Compromiso Neoliberal”, un pacto irrenunciable elevado a rango eternal mediante actos indefectiblemente políticos por su origen y alcances, ingeniados por esa clase hegemónica instalada en el vértice de la pirámide del poder, un poder que queda así capturado por ella en toda su extensión: económica, social, cultural y político-institucional.

Mas el pacto no puede quedar expuesto, tiene que ser encubierto, a fin de poder guardar las apariencias haciendo creer a las sociedades y sus ciudadanías que aún gobierna la política con mayúsculas; aquella conocida antaño como la perteneciente a los políticos y administradores públicos de alto vuelo. Ahora éstos no deciden nada sustancial, tampoco los partidos y menos las elecciones.

Vemos así cómo, al final de cuentas, se viene a confirmar una vez más la tesis de Carlos Marx y Federico Engels de que “el Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía”, entiéndase del gran capital y sus aliados.

Se acabó el tiempo donde había alternativas y otras vías

Vamos quedando bien avisados de que no hay aparentemente otro camino ni otra visión practicable que una sola y total apuesta por la economía monetarista de libre mercado. Solo así podrán sus actores operar correctamente, en plena concordancia con aquellas leyes naturales de la oferta y la demanda de las cuales ningún actor o sector de la actividad humana tiene por qué escapar.

Literalmente la esotérica consigna es “todo dentro del mercado, nada fuera del mercado”. Ah!, y en consecuencia olvidarse de pensar en hacer política contra de los mercados, solo a su favor.

O sea, la consigna se ha vuelto:”Si Ud. desea tener crecimiento económico sostenible, entonces el señor Estado y la política pelean con el señor Mercado, más bien se arrodillan, capitulan y por supuesto se privatizan”.

Este es el meollo del argumento neoliberal y del llamado “reaganismo” o “reaganomics” (en memoria del expresidente Ronald Reagan de los EEUU), con su credo justificador de la liberalización de los mercados y la privatización del Estado.

El nuevo Imperio Glocal supremacista

El argumento  del compromiso neoliberal fue así también aplicado en ultramar para desatar y hegemonizar las fuerzas mercantiles y bancarias derribando desde los países capitalistas centrales las fronteras del Estado-Nación de las periferias, a fin de responder a dos objetivos estratégicos: 1) remover obstáculos a la penetración y expansión de los grandes capitales y corporaciones transnacionales; y 2) desnacionalizar a los Estados y desarraigarlos de sus nexos con sus naciones-base, inutilizando a ambos para que no puedan representar ni defender sus intereses.

Al final del recorrido a que nos invita el liberalismo con su guión actual, éste no nos ofrece puerta de salida ni retorno. Lo que tenemos es una sola opción: la montada “desde afuera” y “desde arriba” como modelo universal y único en dos planos interactivos y complementarios: el global y el local. Un escenario llamado “Glo-cal” donde el primero rompe las fronteras legales y aduanales del segundo, forzando la firma de tratados de libre comercio, apoderándose de las economías, explotando la mano de obra barata y los recursos naturales.

Claro está, en el trasfondo de esas fuerzas económicas mundializadas -y a veces pasando al frente- se colocan las redes de un poder pretoriano unificado (político-militar-diplomático), dirigido por organizaciones transnacionales de línea dura, como el Pentágono y la OTAN, que poseen sus embajadores locales o procónsules siempre dispuestos a co-dirigir las intervenciones externas cuando se destacan crisis de seguridad por las fallas de clases políticas incapaces de manejar la política interior global en sus países.

Finalmente nos preguntamos: ¿es esa poderosa y expandida trama de poderes – de hecho e institucionales-, que operan unos a la luz del día y otros subrepticiamente, poderes realmente apolíticos y asépticos? ¿Serán, como algunos dicen, neutrales y estarán despojados de intereses egoístas al punto de solo buscar el bien colectivo allí donde operan, sea global o localmente? ¿Estarán por encima de cualquier ideología en lo que ellos mismos definen como el escenario de una Era Apolítica?

La idea central

Los pregoneros de la “purificación” de la economía asumen (sin pruebas) que existe una Ciencia Económica cuyos principios abstractos y aplicaciones se derivan de “Leyes eternas de la Naturaleza”, de infalibles cálculos y, en especial, de los designios de la “Mano invisible de los Mercados” (remember Adam Smith circa 1776), para no decir de las intenciones Divinas.

Así vista, concluimos en que el único objeto de la economía – tanto de la teórica como también de la que debe  ser su reflejo: la real de los mercados locales y mundiales- sería ella misma.

Ni imaginarse que en la disciplina y en la práctica de la política económica quepa, por ejemplo, la “cuestión social”. Porque para muchos neoliberales o liberales radicales, esta cuestión debe reducirse, como en los siglos XVIII y XIX, a una “cuestión policial” (coerción y represión) y, en el caso de su versión más blanda, atenderse compasivamente como una “cuestión caritativa”. Y nada más.

Reconocemos que ese rígido y recio credo ultraliberal resultó ser muy útil, no solo en las academias y los centros de investigación del mundo de los ricos y poderosos comandado por el eje Washington-Bruselas-Tokio-, sino también en otras partes de su extensísima periferia planetaria.

Una potente arma ideológica

Todo indica que el neoliberalismo como ideario y agenda radical de las derechas fue puesto de moda a partir de los años de 1970 por la “revolución neoconservadora” (ultraliberal en el fondo) contra el comunismo soviético o socialismo real y la socialdemocracia europea y latinoamericana; también para aplastar las resistencias que pudieran levantarse al diseño geopolítico-militar de un mundo unipolar regido por el libre comercio y los mercados financieros, controlado desde los EEUU y Europa. Años después, sirvió de sustrato ideológico al famoso Consenso de Washington.

Especialmente importantes eran las resistencias que, luego de su lanzamiento e implantación en el centro y el Norte, se esperaba pudieran sobrevenir en las periferias del Sur, un espacio donde como dice Thierry Meyssan, “el imperialismo anglosajón actúa siempre en función de las ambiciones económicas que él mismo impone sin importarle las lógicas políticas locales”. Y sin duda ha demostrado cómo hacer la tarea de difuminación y domesticación en ultramar; a pesar de que, en lo que va de este siglo, hay signos de cambio no solo de clima de opinión, sino asimismo de mudanza de época, que responden a una transición hacia un sistema-mundo alterno, posneoliberal y posmercados.

Sin embargo, no fue de manera inocente y espontánea que la nueva doctrina del ultraliberalismo en poco tiempo llegó a expandirse exitosa y arraigar triunfalmente alrededor del mundo; al cual podemos decir, sin mucho exagerar, que llegó a conquistar en los años de 1990 y, como sucede con toda moda y manía,  solo para entrar en retroceso y decadencia hacia finales de la primera década del siglo XXI, tena esta que no vamos a tratar aquí  por el momento.

Pues, este credo ultraliberal, que postula al mercado económico como único principio organizador de todo lo demás (lo político y social), fue ciertamente diseñado para funcionar como una sutil arma ideológica, que trata a los países y gobiernos como empresas, por los economistas de la Universidad de Chicago y otros de sus progenitores e impulsores, como el famoso dúo Reagan-Thatcher, todos fieles servidores de los intereses transnacionales del imperialismo anglosajón. Especialmente útil y eficaz resultó ser instrumento a la hora de situar el dominio de los poderes mercantiles y financiero-bursátiles del capitalismo corporativo en los mercados a lo largo del mundo, por encima de los Estados-Nación, de sus políticos y jerarcas públicos.

En efecto, con ayuda de esa arma intelectual e invisible, en apariencia científica e irrefutable, los Estados del Sistema-mundo ultra- o neoliberal fueron casi sin excepción Reformados, entiéndase: des-nacionalizados, despojados de su soberanía, lo mismo que podados de sus funciones interventoras y benefactoras, tanto los Estados metropolitanos como los periféricos al Sistema; y así, hasta convertirlos en disciplinadas palancas del capital y los avances de los mercados, mayormente los financieros, bajo los designios para el nuevo mundo corporativizado del hegemónico imperialismo anglosajón y sus aliados euro-asiáticos, Australasia incluida.

Aún vemos cómo la mayoría de los Estados-Mercado (la mayoría antes Estados Nacionales de Bienestar) fueron rediseñados para ser empresas y servir a las empresas. En esa condición de servidumbre y postración subyacen, aunque hoy día hay múltiples y muy positivos signos de mudanza para salir del encierro imperialista anglosajón, como lo estamos presenciando en Suramérica y en las esferas de influencia de contrapoderes emergentes como China, Rusia, la India y Sudáfrica –los bautizados como BRICS, si incluimos a Brasil.

El ultraliberalismo como forma de totalitarismo dogmático: el Globalismo

Al cabo de treinta años de pleno dominio mundial, hay a la vista suficiente evidencia como para plantear que el neoliberalismo es una concepción y una práctica evidentemente totalitaria, dogmática y cerrada sobre sí misma. Una crasa y mal disimulada ideología ultra que el sociólogo alemán Ulrich Beck ha denominado Globalismo: “ideología al servicio del dominio del mercado mundial”.

Por cuatro décadas, ha fungido como un modo de pensar sumamente parcializado y de tinte fundamentalista, con pretensiones de ser inexpugnable e incontrovertible, único y talmúdico. Un fundamentalismo interesado, encaminado a encapsular dentro de una lógica monetaria y mercantil toda la gama de asuntos que lo económico toca. No olvidemos en colocar allí a los medios de comunicación, o poder massmediático.

Así, los ideólogos ultraliberales que profesan la doctrina del Globalismo se comportan como si fueran sacerdotes exorcistas que echan mano a un lenguaje cuasi-teológico y esotérico, orientado a librar tales asuntos de virulentas “contaminaciones externas” provenientes de las luchas por el poder y los internos de de usar los Estados (tanto los “fallidos” como los “no-fallidos”) para regular las economías y los mercados dentro del Sistema-mundo; al tiempo que encubre esos asuntos como si fueran cuestiones de índole técnica para que las políticas y programas de ajuste estructural neoliberal no muestren su sesgo, su verdadera naturaleza ideológica y política.

Como bien afirma Antonio Turiel, científico y crítico español en su blog OIL CRASH: “La gran victoria del totalitarismo liberal económico es que todo el mundo acepte que todo viene regulado por el mercado, que todo es monetizable y susceptible de ser convertido en mercancía; más aún, que en realidad todos formamos parte indistintamente de ese mercado, que nosotros somos el mercado (como reza un famoso libro de un economista español que lleva ya impresas muchas ediciones). La realidad es que no todo es mercado y ni tan siquiera el mercado puede regular todas las transacciones económicas.”

Pero las apariencias engañan

En apariencia –y solo en apariencia- esta especie de opio intelectual prepotente que es el Globalismo, se ha vendido exitosamente a muchos líderes (y a sus seguidores) desde los años de 1970, sobre todo en los países de la periferia capitalista, donde ha adquirido tonos de canto religioso y celestial; hasta dejarlos como actores rendidos e infecundos, incapaces de oír o forjar ellos mismos otras melodías.

Eso  les fue conduciendo asimismo a no poder ver en otra dirección hacia adelante y a moverse solo al ritmo del cortoplacismo reactivo. También, como lo señalamos, la versión se ha convertido en el pan nuestro de los ideólogos, comunicadores y académicos neoliberales de por acá y de más allá, elevados al rango de “sumos sacerdotes” del Establishment neoliberal.

Ellos repiten talmúdicamente el credo –convertido efectivamente en el eje maestro de toda una fe religiosa- hasta la saciedad; utilizándola para neutralizar, desacreditar y desmovilizar agresivamente a los exponentes de otras corrientes de pensamiento y opinión. Y lo preocupante es que lo han logrado entronizar a escala global,  como si fuera la panacea para resolver los más urgentes e importantes problemas actuales y futuros de las sociedades, a modo de una fórmula única o camisa de fuerza.

Tal la esencia del Globalismo ultraliberal cuyo reconocimiento, como ideología dogmática, nos lleva a develar otra de sus mentiras: el presentarse como apolítico, técnico y libre de valores.

Artículo de José Luis Vega Carballo en elpais.cr

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