He elegido una única forma, pero la enunciación del título de este artículo es múltiple.  Sus distintas formas son las siguientes, además de la ya explicitada: ¿Podemos ganar?, Podemos: ¿ganar?  De entre ellas, he optado por la que se reviste de esperanza y deseo, y también de exigencia histórica.  Podemos ganar, debemos ganar.  Pero, ¿qué significa que Podemos –podemos, aquí la forma también tiene que ser múltiple- ganar? ¿Por dónde pasa ese deseo y esa exigencia?

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Pablo Iglesias repite de forma machacona la idea de que Podemos ha llegado a la política para ganar y, con esa victoria, cambiar la realidad.  Idea realmente ambiciosa, especialmente para una formación recién nacida pero, a lo que se ve, tocada por los dioses de la política.  Su crecimiento parece imparable y hay encuestas que ya la sitúan como primera fuerza política.  Nada ha podido detener ese avance, ninguna acusación parece hacer mella en la sociedad.  Vinculaciones –con Venezuela, Irán, Cuba- que para otras fuerzas políticas hubieran constituido una losa insufrible, calificativos –populistas, comunistas- que siempre han sido garantía de descrédito, no deterioran la imagen de Podemos ante un electorado, en muchos casos, que en absoluto parece poder ser identificado con ese universo.  Y sin embargo, el avance continúa.  Pero una cosa es avanzar, incluso convertirse en primera fuerza política, y otra ganar, es decir, tener capacidad para desarrollar las propias políticas.  Más cuando el discurso de Podemos traza una línea divisoria tan nítida frente a PP y PSOE que resulta impensable una alianza poselectoral con ninguna de estas fuerzas.  Ganar es, por lo tanto, alcanzar una holgada mayoría que impida que las fuerzas reaccionarias y sistémicas, la casta, bloqueen la acción de gobierno. Para ello creo que no basta con lo que actualmente es Podemos, por dos razones.

La primera de ellas es que ganar las elecciones no es ganar en Madrid, en Valencia, en Barcelona, es ganar también en Teruel, en Soria, en Huesca, en Palencia, en Castellón, es decir, en circunscripciones donde, con un 20% de los votos, lo más probable es no tener ni un solo diputado.  Me parece muy difícil que en esas circunscripciones Podemos pueda alcanzar ese porcentaje de voto, sobre todo si, además, cuenta con competencia en la izquierda, bien sea de IU, Equo, Chunta o Compromís.  La única manera de alcanzar ese objetivo es propiciando una única papeleta en ese ámbito político, sin renunciar a la transversalidad que ha plasmado Podemos y que le permite recoger votos de otros lugares.  Las fórmulas pueden ser varias y no están exentas de complicaciones y problemas.  Pero si queremos ganar, no nos queda otra opción.  Lo que fue un inconveniente en las Europeas, las primarias, ya parece estar asumido por todas las fuerzas, lo que demuestra lo rápido que se avanza en algunas cuestiones. Esperemos que la institucionalización que se está empezando a observar en algunas voces de Podemos, es decir, la defensa a ultranza de las propias siglas dejando en un segundo plano el objetivo político de ganar, no se haga voz mayoritaria.  Esperemos que las otras fuerzas políticas sepan leer el momento histórico y la necesidad de entrar en nuevos procesos en los que, quizá, se acaben disolviendo las siglas para alumbrar algo nuevo.  Los tiempos exigen imaginación, audacia y mucha voluntad de encuentro.

La segunda es que ganar supone gobernar y, por lo tanto, que al día siguiente de las elecciones estemos en condiciones de que el país siga funcionando.  De otro modo, pero funcionando.  Y hay que partir de una realidad: como se diera el hecho de que alcanzáramos la mayoría para gobernar, los ataques, y no solo dialécticos, serán brutales.  El nuevo gobierno solo contaría con el respaldo de aquellos que le han votado y con la inquina de todos los poderes fácticos, que se lanzarán sobre su presa con rabia y brutalidad.  No seamos ingenuos: irán a destruirnos.  Tanto dentro como fuera de nuestro país.  Europa no va a consentir, de buen grado, un gobierno que cuestione su modelo político.  Los medios de comunicación, en su inmensa mayoría, se centrarán en deteriorar nuestra imagen, incluso recurriendo a la mentira y la desinformación, los poderes económicos comenzarán una guerra abierta contra el gobierno, que será una guerra abierta contra el país, intentado hundir sus indicadores económicos para que el único apoyo con el que contará ese gobierno, el voto popular, comience a dudar.  Y la propia transversalidad del voto recibido hará que las dudas crezcan con rapidez.  ¿Qué quiere decir esto? Pues que no hay que fallar, que hay que tener previsto todo y gobernar de la mejor manera posible.  Y eso exige cuadros en todos los ámbitos políticos: sanidad, educación, economía, una verdadera movilización ciudadana.  Y también una cierta experiencia, que deberá proceder de aquellos que conocen los mecanismos de funcionamiento de la administración.  Para crear una administración alternativa debemos saber, en primer lugar, cómo funciona la actual, precisamente para evitar los sabotajes y bloqueos que van a generarse desde los aparatos del Estado.  No basta con el voluntarismo, con la dedicación militante, hemos de ser capaces de garantizar que la rueda no se para, sabiendo que algunos intentarán pararla a toda costa.

Durante todo el texto he hablado en plural: nosotros, nosotras.  No soy militante de Podemos, pero lo siento mío; como siento mía a Ada Colau, a Julio Anguita, a Alberto Garzón. Sé que soy de los suyos, que ellos son de los míos. Sus éxitos serán mis éxitos, sus derrotas, las mías.  La condición del éxito, que no su garantía, estriba en que sepamos sentirnos nosotros, nos reconozcamos, en nuestras diferencias y discrepancias, como parte impulsora de esa ola creciente de insatisfacción y deseo. ¿Podemos? Podemos, podemos, si somos capaces de volcar toda nuestra inteligencia colectiva, todo nuestro saber, toda nuestra fuerza en ese proyecto común.  Desde ninguno de los ángulos, ni desde el electoral, ni desde el social y el político, podemos permitirnos el lujo de no ser todos los que somos, todas las que somos.  La que tenemos delante es una tarea para la que no sobran manos: pelear el presente, ganar el futuro.

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Juan Manuel Aragüés Estragués

Profesor Titular de Filosofía en la Universidad de Zaragoza y actual Director del Departamento de Filosofía. Colaborador habitual de El Periódico de Aragón

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Comentarios 1

  1. Nagore Garcia

    Estoy totalmente de acuerdo con el artículo. Nunca he estado a favor de las mayorías absolutas, pero en este caso creo que es necesario para poder limpiar y cambiar la estructura de la democracia en pro de una democracia participativa. Uno de los obstáculos que yo veo es el miedo. El miedo de que podemos se convierta en una dictadura comunista (un poco extremo pero en esa dirección), el miedo a que el pueblo no está preparado para tomar decisiones. Creo que para ganar las elecciones, más que un buen programa político (que también), es necesario inspirar confianza. Confianza en que una vez ganadas las elecciones, el pueblo será quien tenga la última palabra, desde el respeto a todas las sensibilidades e ideas. Estamos preparados para decidir, la educación tiene mucho que mejorar (mi sueño: la educación de mis hijos mejor que la mía), pero siento que mi educación ha sido muchísimo mejor que la de mis padres, muchas gracias a todos.

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