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Luc Ferry y la Navidad, más allá de un cuento rosa

Luc Ferry en un libro diálogo-debate con Marcel Gauchet: “Le religieux après la religion” Ed Grasset, París 2.004 escribía (página 60 y ss) que “vivimos unos tiempos de recomposición ligados a un formidable basculamiento histórico de las sociedades que de estar organizadas a partir de la heteronomía transitan, en un vuelco espectacular, hacia las sociedades organizadas a partir del principio de la autonomía. (…) Hasta la aparición de las morales laicas, en el siglo XVIII, se vive en la dimensión teológico-ética, la de una religión que funda la moral, la funda y la fundamente. Sería la revelación crística la que fundara la ética”.

2000 --- Partners' Hands --- Image by © Royalty-Free/Corbis

La posición de Luc Ferry parte de la distinción entre, lo que se denomina en lengua francesa “l´amont et l´aval”, lo que traduzco, utilizando el río como metáfora de la vida, las expresiones de “río arriba” (l´amont) y “río abajo (l´aval). La ética cristiana tradicional e imperante hasta la Ilustración, situaba a la revelación cristiana como fundante de la ética, “río arriba” en los orígenes del vivir humano, una ética que, por supuesto, era gestionada, concretada, tenida por la única verdadera e impuesta, cuando se trataba de “estados cristianos”. Todavía hoy quedan secuelas de esta forma de ver las cosas, cuando se entiende que solamente la moral cristiana, precisamente por fundaba en la revelación de Dios en Cristo, es la única verdadera. De ahí la radicalidad en el tema del aborto, por ejemplo, radicalidad en el sentido de que todo parlamentario que apruebe la actual ley en vigor sobre el aborto no puede considerarse cristiano. Este texto de mi Obispo, lo dice claramente: “Estamos ante un test importante para medir nuestra jerarquía de valores: ¿La ideología por encima de los valores morales? ¿O los valores morales por encima de la ideología? No caben las componendas; hay que optar.

Los creyentes tienen un serio problema: en el arco parlamentario actual no existe ningún partido de ámbito estatal capaz de representar al voto católico. Para decirlo claramente: un católico que aspire a ser fiel a los principios de la Doctrina Social Católica, no puede votar en coherencia a los partidos políticos de ámbito nacional presentes en el actual Congreso de Diputados”.      

Hay como poco dos cuestiones que se superponen en este tema. Uno es el de la ley positiva, autónoma, cambiante, dependiente exclusivamente de la voluntad y decisión (mayoritaria) de los hombres y mujeres en el ámbito territorial que sea (una región, un estado, la UE, los EEUU, India, Japón, China, las dos Coreas, pero por separado etc., etc.), por un lado y, conjuntamente con esta idea, la afirmación de que esta ley positiva no admite instancia alguna superior a ella o, dicho de otra modo, la autonomía ética es total y no admite ingerencias de otra norma que tenga una base heterónoma, extraña, a los sujetos y que deban someterse a ella. En consecuencia es exigible a un ciudadano en su comportamiento como tal ciudadano (miembro de una sociedad concreta) aceptar la positiva, ley autónoma imperante en su ciudad o país, independientemente de lo que piense en conciencia, al menos mientras no consiga convencer a sus conciudadanos de la bondad de sus convicciones…o marcharse a otro país cuya ley positiva estuviera más acorde con su conciencia personal.

La historia ha demostrado que la ley positiva, autónoma y decidida por los que mandan (aun con el apoyo democrático en las urnas) puede ser una autentica barbaridad. Recuérdense las leyes contra los judíos dictadas por Hitler y aprobadas por la población alemana cuando le ratificó en el poder, una vez las leyes ya aprobadas.

Pero también hay que decir, y la historia lo muestra con creces, que cuando se ha impuesto una ley ética heterónoma, por ejemplo basada en una revelación divina (en la actualidad en la yihad islamisma, y durante la Inquisición y mas tiempo en el mundo cristiano) y controlada por los clérigos de ambas religiones, las barbaridades no han sido menores.

La conciencia moderna occidental trata de solventar esta aporía echando mano de una ley positiva que en el fondo no es sino la laicización del principio evangélico de la dilectio (el amor gratuito entre todas las personas, por cuyo cumplimiento seremos juzgados los cristianos en el más allá) adaptada a los tiempos modernos (a los de después de la segunda guerra mundial) y aplicada al más acá. Ya habrán adivinado que me estoy refiriendo a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

Luc Ferry continua páginas adelante con estas reflexiones: “yo hablo de lo que es cuestión central en las discusiones con los auténticos materialistas, es decir de esta trascendencia que está en el corazón de la humanidad, de este sobre- natural, hablando con rigor, que me parece ser lo propio del hombre y que le hace capaz de una cierta disposición metafísica. Yo cito en todos mis libros, la pequeña referencia del “Discurso sobre el origen de la desigualdad” de Rousseau sobre la diferencia entre el hombre y el animal: para mí en esta diferencia se sitúa lo divino en el hombre. ¿Por qué digo lo divino en el hombre?. Porque si se admite esta idea de que el ser humano tiene la facultad de liberarse, de emanciparse de todos los códigos, si se admite que la naturaleza no es nuestro código, y que la historia no lo es tampoco (incluso si, como es evidente, lo son también, en gran medida pero no totalmente), si se admite, en consecuencia que hay una sobrenaturalidad y una transhistoricidad en el ser humano, entonces nos encontramos quizás cara al origen último de lo divino. Es por lo que algo como la idea de un absoluto terrestre se nos puede aparecer: cuando yo hablo de divino en el hombre es en eso en lo que pienso. Y que no se me diga que es algo trivial, porque, precisamente es ahí donde sin cesar es constantemente negado, particularmente por el nuevo materialismo incesante que constituye la socio-biología, ahora que el marxismo está en sus horas bajas.

Cuando yo hablo aquí de “disposición a la metafísica”, continúa Luc Ferry, yo no pienso  que los seres humanos sean criaturas divinas, pienso en la sobrenaturalidad del ser humano que se traduce en dos fenómenos observables que son cruz y bandera para los materialistas:

el fenómeno del mal, la capacidad de ser malvado y que me parece que no es reducible a la lógica natural: no hay maldad entre los animales

el fenómeno del amor desinteresado, que los griegos llaman philia, esto es el hecho de alegrarse por la simple existencia de otro, dilectio o caritas entre los cristianos.

Y concluye Ferry diciendo que “estos dos fenómenos que constituyen dos experiencias premorales de lo sobrenatural en el hombre, me parecen estar en el origen de la relación a la trascendencia de un absoluto terrestre que, si no es inmediatamente rechazado como ilusorio, nos obliga a reorganizar el espacio religioso”.

Personalmente, sigo manteniendo la distinción y la complementariedad entre el fundamento y el origen de los valores y, en el contexto de estas líneas, de los valores éticas. O de la ética si se prefiere. Un “fundamento es lo que da, justifica y garantiza el valor del conocimiento, de los hechos, de su devenir” (Comte- Sponville). Es lo que da valor a los valores, lo que garantiza su validez y ello de forma absoluta y necesaria. Es lo que permite demostrar, inequívocamente, a otro, que si no está de acuerdo con ese valor está radicalmente equivocado. Sin un fundamento universal, por ejemplo, ¿cómo se puede mostrar, menos aún demostrar a alguien que no se puede ser nazi, por ejemplo?. ¿En base a qué?. O planteado de otra forma, ¿existe ese fundamento universal admitido hoy por todos?.

Creemos que la respuesta debe ser negativa. Hasta ahora ese fundamento era considerado como algo externo a los hombres, fuera Dios, fuera la naturaleza o una especie de ley natural inscrita en el corazón y en la mente de los hombres. La mente moderna, con la autonomía de la razón, no parece dispuesta a aceptar tales planteamientos. Aunque…

Sin embargo hay valores. Valores que tienen su origen en alguna parte. Los valores no surgen como los champiñones en el campo. Tienen sus orígenes, entendiendo como origen ( Comte-Sponville) “aquello que da razón de un devenir”. Un origen es una causa histórica o, quizás mejor diacrónica, pues una causa explicaría un hecho, un origen explicaría un proceso.

Pues bien yo creo que la ética cristiana, así como el absoluto terrestre de Luc Ferry, se sustentan, en la revelación crística el primero y la constatación de los límites de la secularización, el segundo, particularmente cuando de secularidad deviene secularismo. Es la lectura de lo religioso en “amont”, río arriba, con el riesgo añadido de hacer del origen el fundamento de los religioso (crístico, o terrestre), con lo que de fundamento se desliza hacia el fundamentalismo de lo único verdadero y como tal imprescriptible para todos, salvo ignorancia no culpable. Será el principio “extra ecclesia nulla salus” o su equivalente cientista de que solo “lo racional es verdadero”

Pero si se ve la religión “en aval”, río abajo, esto es, la religión tras el origen, la religión a la que se ha añadido el sedimento del paso de los años con las reflexiones de los hombres y mujeres dando respuesta a las cuestiones que esos años ha promovido, en otras palabras la tradición, diríamos, en la visión cristiana de las cosas, entonces y, solamente entonces, que la religión tiene sentido de plenitud para sus adeptos. Ya no se trata de dar respuesta a cuestiones de otros tiempos, con la coraza intelectual de los otros tiempos, sino, precisamente, “en aval”, río abajo, hoy, en nuestros días, pero recorriendo intelectualmente “en amont”, río arriba lo que sesenta o setenta generaciones de cristianos han reflexionado, actualizando a su tiempo histórico el origen crístico de su fe, que nosotros habremos de hacer lo propio, actualizándolo al tiempo y contexto que nos toca vivir. 

En fin, una vez abandonada la pretensión de cristianizar el mundo (la era postconstantiniana vive sus últimos estertores) al cristiano le toca evangelizarlo, esto es, mostrar al mundo a Cristo en su trascendencia y en la radicalidad de su mensaje. Entonces, sin pretensiones de exclusividad, podrá trabajar con otros, unos ateos, otros agnósticos, sin que falten los trascendentalistas terrestres (Luc Ferry), con la doble condición de que busquen el bien de los conciudadanos, sin considerarse, ellos tampoco, los únicos detentores de la verdad y quieran mandar a los cristianos y sus símbolos a la privacidad.

Alain Touraine al inicio de su libro “La fin des sociétés”. (Seuil 2013) escribe rotundo: “Formularé más de una vez a lo largo de este libro, este principio: los derechos son superiores a las leyes. Es lo que con la mayor de sus fuerzas se ha afirmado, tanto desde la tradición cristiana del derecho natural, como desde el “Espíritu de las Luces”.

Estamos en Navidad. En cierto modo, no nos asombramos lo suficiente porque estamos acostumbrados al relato cristiano. Algo específicamente original del cristianismo, la Encarnación de Dios en un Hombre, es un auténtico cruce de planos, humano y divino, temporal y eterno, en un momento preciso de nuestra historia. Por eso a los cristianos, dentro de lo que cabe, no nos extraña tanto la “divinización” de los hombres, a la que hace referencia, desde su ateismo, Luc Ferry. Dios se ha hecho hombre, decimos, divinizando de alguna manera al hombre. De esta manera se supera, de forma radical, la dicotomía entre la moral autónoma y la moral heterónoma.

En clave cristiana, el hacerse divino es inseparable del esfuerzo de humanización. Del objetivo radical de la humanización del planeta. La quintaesencia del cristianismo está en el amor gratuito y universal. Algunos llaman “dilectio”, otros caridad, etc. Aunque la historia nos ha mostrado mil ejemplos de lo contrario, es intelectualmente inconcebible un cristiano inhumano. Un cristiano inhumano, sencillamente, no es cristiano. Por eso es tan difícil ser cristiano y hacer de la Navidad algo más que un cuento rosa.

Fuente: cartujoconlicencia

Javier Elzo

Catedrático Emérito de Sociología en la Universidad de Deusto, donde ha sido profesor durante 30 años. Primer investigador para España del “European Values Study”, (2000-2008). Investigador Social, preferentemente en las áreas de Sistemas de Valores y de la Religión, Juventud, Familia, Violencia y Drogadicción. Trabaja actualmente en el papel de la religión en la sociedad de nuestros días y, en particular, del catolicismo; en la convivencia en Euskadi, y en las incertidumbres de la globalización donde la tecnología, la economía, la investigación (de las ciencias puras y sociales) y, la información veraz, están incontroladas, con grave riesgo para la libertad. Tiene más de 200 publicaciones, la mayoría en base a investigaciones empíricas pero, con la edad (nací el 42), privilegia el ensayo informado.

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