Columnistas, Eduardo Zeind, La Sociología, Material Sociológico, Pensamiento Sociológico

Los ídolos, obstáculos de la razón sociológica

Antes de comprender el funcionamiento de cualquier sociedad es menester que comprendamos el de nuestra razón. La razón es “algo” que está en nuestro interior, es decir, “algo” de lo que no podemos tener experiencia, por lo que es inevitable atribuirle un modo de existencia, una forma de operar. La razón, usando el hermoso símil que esgrimió Zenón para marcar las diferencias entre la retórica y la dialéctica, es como una mano que ase. Asir los objetos, por de pronto, es la función de la razón, que no sabemos, ni interesa, “qué” es.

Los idolos-obstáculos de la razon sociologica

Pero los objetos a veces no se dejan asir, por lo que es necesario conceptualizarlos, volverlos conceptos para poder trabajar con ellos. La razón hace conceptos, ase la dinamicidad de las cosas. Dos modos tiene de hacerlo: teórica y prácticamente. Teóricamente cuando necesita forjar conceptos generales, o dicho en castellano simple, otear, y prácticamente cuando necesita describir lo específico de un objeto. Los conceptos específicos son más ricos, largos, grandes, que los generales, pero sólo son útiles “a posteriori”, mientras que los generales son útiles “a priori”.

El sociólogo debe acercarse a las sociedades como discípulo, dispuesto a oír, pero también como juez, preparado para señalar lo que parece invisible. Los conceptos generales, racionales, son como la mano abierta lista para asir, y los conceptos específicos son como la mano cerrada presta para hacer algo, lo que sea, con lo asido. Sin enfatizar bien tales distinciones la razón no sabrá trazar su rumbo y se perderá entre supuestos, preconceptos, creencias, accidentes y hasta en la preincomprensión. Fácil es ver un objeto a medias, adoptar el concepto que lo representa lógicamente y creer que hemos allegado un saber esencial. Dicha inocencia queda deshecha cuando recordamos lo que Kant nos enseñó, a saber: “lo que puedan ser las cosas en sí, no lo sé, y no necesito saberlo, porque nunca se me puede representar una cosa, como no sea en el fenómeno” [1].

Si la razón en sí es una entelequia, también los objetos sociales lo serán, pues nunca algo que es mera función, acto, podrá abrigar algo que es substancia. Tenemos que hacer tan arduos movimientos conceptuales para dejar clara una cuestión: que la razón es un instrumento y no un recipiente. Tal axioma trastoca la labor del sociólogo, que a sabiendas de lo anterior ya no pensará en recoger datos, sino en interpretarlos y en trabajar sólo con lo que ha extractado de los mismos. Pero retornemos al asunto de la razón. Ésta, cuando nada está haciendo, cuando carece de preocupaciones reales, inventa o halla, recordando la etimología de la palabra “invención”, ídolos, según Francis Bacon, que son: “idola tribus”, “idola specus”, “idola fori” e “idola theatri” [2].

El pensamiento salvaje, víctima de los “ídolos de la tribu”, todo lo anima, a todo le encuentra una finalidad, error que crea supersticiosos que se sienten maldecidos cuando tiran la sal o agoreros que temen la desgracia sólo porque un gato oscuro estorba su andar. Los “ídolos de la caverna”, “idola” specus”, causan ideas inadecuadas, fantasmas, conceptos que deforman, y llevan al ser humano a elegir siempre lo que no conviene, y muchos ejemplos de esto los hay en la antropología, que define al hombre por las necesidades políticas del día y no por su esencia, es decir, por lo que ha sido, es y será. Los “ídolos del foro” son causados por los malentendidos que el lenguaje urde, por el mal uso de las palabras. Y finalmente, los “ídolos del teatro” son los personajes a los que tememos contradecir, desde héroes militares y políticos hasta científicos afamados y filósofos sagrados. De todo lo anterior la razón debe tener noticia para poder pensar libremente.

Pero Francis Bacon advierte un peligro, el de caer o en el infinito examen de los objetos o en la ligereza al aceptar los conceptos que recibimos. Un “ídolo” no puede ser despreciado sólo porque sí. Es necesario que reflexionemos si nos es útil o no.  La época moderna, por ejemplo, ha sido subyugada por el psicologismo, pues todo quiere explicarlo a través de éste. Pero ciertamente el psicologismo es eficiente para resolver algunos problemas, como el de la estructura de la representación, noción imprescindible para toda investigación etnológica.

¿Qué es una representación? Los psicólogos más aguzados, los que se ayudan con la Filosofía Analítica, dicen que es una “estructura de datos”, siendo ésta un lenguaje [3]. Y un lenguaje es una notación codificable. ¿Qué es para el agorero un gato negro? Es más un color que se mueve, si nos permitimos poetizar, que un animal. ¿Y no es el color negro parte de una notación? Tenemos que aprender a no confundir conceptos con notaciones ni “typos” con símbolos. Después, cuando estudiemos los métodos de análisis hermenéutico, hablaremos de los “typos”. Los primeros, los conceptos, son puntos de partida, y las segundas, las notaciones, lo son de llegada. Al significado de la notación llego después de haber hecho conceptos generales y particulares, pero no llego a los conceptos partiendo del simbolismo.

Toda notación, echando mano del lenguaje de la filosofía clásica, es “res extensa”, lo que hay que asir, en tanto los conceptos son “res cogitans”, los instrumentos que hay que elaborar para llegarnos a las cosas. Los conceptos son preguntas que hacemos como jueces a las cosas, no como discípulos. El investigador social, deducimos, no va a la tribu o al sindicato sólo para aprender, sino también para enseñar algo que no está a la vista o que parece no existir. Y lo que no está a la vista y explica los fenómenos se llama “ley”. Ley es lo que enlaza, en los términos de Kant, los “fenómenos concordantes”. De aquí que el pensamiento histórico, que sabe que las representaciones de toda civilización perduran en sus literaturas, códices y tratados, sea provechoso para hacer conceptos, que hemos dicho son preguntas eruditas.

Hiperbólicamente afirmamos que sólo en la historia encontramos “fenómenos concordantes” capaces de explicar los acaecimientos de hoy. Plutarco, en su exordio a la vida de Sertorio, dijo:

Porque si hay una muchedumbre infinita de accidentes, la fortuna tiene un poderoso artífice de la semejanza de los sucesos en lo indefinido de la materia, y si los acontecimientos están contraídos a un número prefijado, es necesario también que muchas veces los mismos efectos sean producidos por las mismas causas [4].

Importa rescatar del párrafo citado la expresión “artífice de la semejanza”. El Derecho romano nos enseña que los préstamos de valores, “nexum”, se hacían valer merced al honor, información que nos mueve a preguntar: ¿puede un concepto general y moderno del honor explicar los contratos “verbis” que hacían los romanos? No podría explicarlos, pero sí acercarnos a ellos. El “artífice de la semejanza” del que habla Plutarco nos engañaría haciéndonos ver en los rituales hieráticos de hoy repeticiones de los del pasado si no estuviéramos ya habilitados para distinguir lo que es teórico y lo que es práctico, o sea, lo que viene del concepto, de los ídolos, y lo que viene de la realidad, de las necesidades humanas. En toda sociedad hay jerarquías políticas y por ende alguna idea del honor, lo cual no significa que lo que acá pensamos es honor sólo varíe en ultramar.

El concepto general de “honor” es lógicamente sólo un tópico que sirve para buscar estructuras políticas, sólo para eso. Acabemos nuestra lección advirtiendo que el sociólogo no podrá conocer lo que desea si antes no conoce la tradición a la que pertenece, esto es, los ídolos que pueblan su razón. Estudiar la obra de Hegel, que filosofó “en” la tradición occidental, y la de Heidegger, que lo hizo “en” un tiempo de indigencia, nos ayudará a ejercitar nuestro juicio sociológico, necesario para saber reconocer “essentia” y “existentia”, lo que es humano y lo que es político [5].

Fuentes de consulta:

[1] KANT, Immanuel, Crítica de la razón pura, Editorial Porrúa, México, 2005.

[2] BACON, Francis, Instauratio magna. Novum organum. Nueva Atlántida, Porrúa, México, D.F., 2000.

[3] PUTNAM, Hilary, Cómo renovar la filosofía, Cátedra, Madrid, 2002.

[4] PLUTARCO, Vidas paralelas: Sertorio, Eumenes, Foción, Catón el Menor, Colección Austral, Buenos Aires, 1951.

[5] LÖWITH, Karl, Heidegger, pensador de un tiempo indigente, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006.

Eduardo Zeind

Eduardo Zeind es conferencista, publicista e investigador social desde hace diez años. Estudió Marketing y Publicidad (UNIMEX) y una Maestría en Dirección y Marketing (UPAEP). Cursa la Maestría en Letras Iberoamericanas en la Universidad Iberoamericana. Inventó un método de análisis sociolingüístico basado en la filosofía de Wittgenstein. Escribe artículos de crítica literaria y sociología para Todo Literatura, Umano, Leonardo 1452, Diario Judío y El Cotidiano. Le interesa el marxismo y el judaísmo. Es profesor de Semiótica y de Comunicación en universidades mexicanas.

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Comentarios 3

  1. ED

    Interesante. Lo logica detras del texto me parece muy positivista y me recuerda la critica de Flyvbjerg al concepto , pretendidamente unitario, de razon; mas o menos en la linea foucaultiana que igualmente criticaba la idea de linealidad en la produccion de conocimiento y exponia la relatividad historica de los discursos y el uso de la idea de “razon” para maquillar tipos variables y relativos de “racionalizacion”.

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