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El odio y la justicia en la balanza cotidiana de lo social: apuntes sobre la seguridad y la confianza ontológica de las masas

El odio y la justicia son asuntos muy curiosos. A veces pareciese que no se odia tanto la opresión y la desigualdad desmedida que revisten ciertos sistemas sociales, como sí el hecho de que se rompa o se trasgreda abiertamente con la normalidad o la regularidad valorativa de dichos sistemas. Es decir, no se odia tanto el que el uno 1% de la población mundial pueda disponer a sus anchas de la mitad de lo producido en el planeta (Oxfam: 2015), como sí se odia, en cambio, el hecho de que una persona use una determinada prenda de vestir o posea una determinada y muy personal forma de pensar o de actuar o de ser ella misma, una determinada y muy específica forma, en últimas, de tropezar con la vida y sus distintas vicisitudes.

masas

Pero, ¿cuáles son los entresijos sociales ocultos tras las actuales dinámicas de odio e indignación social? ¿Por qué parece, de hecho, que un sentimiento como el odio se encuentra mucho más dirigido hacia nosotros mismos y nuestros semejantes y no tanto o lo suficiente hacía los procesos, sistemas y políticas que oprimen y eliminan de mil maneras distintas las posibilidades de ser a plenitud? ¿Por qué, en el plano de lo social, el odio es un aspecto dimensional humano que se propaga y se difunde tan fácilmente y aun así pareciera que solo se difunde para oscurecer nuestras conciencias y la esencia relacional de nuestras vitalidades internas, y generar así muchas más divisiones de las que ya existen? Y es que bajo este panorama socioemotivo de la actualidad, parece ser incluso que estamos sumamente acostumbrados a estar encerrados dentro de ciertas esferas sociales realmente absurdas y complejas de dominación y sometimiento (recuérdese lo dicho líneas atrás, “el uno por ciento de la población mundial puede llegar disponer de la mitad de lo producido en el planeta”). Una dominación que por si fuera poco nos brinda cierta confianza y seguridad ontológicas dentro de determinadas condiciones de existencia, de forma tal, y con tal grado de normalización internalizada, que tal parece que las masas en general odian que dichas formas de dominación puedan llegar a cambiar. De hecho, las masas están tan normalizadas y tan profunda y pasionalmente controladas que aun la posibilidad de un cambio a mejor por pequeño o grande que este sea, es algo que puede llegar detestarse o a contemplarse con gran desconfianza. Sí, es un hecho bastante contundente: no muchos están dispuestos a perder sus actuales seguridades ontológicas, o los actuales discursos que los llenan de sentido.

Al descorrer la cortina contemporánea de los valores: diagnóstico interpretativo sobre el odio y la justicia

Sobre la balanza sobre la cual se equilibra día tras día la esencia interconectiva de lo social, los agentes sociales tienden a diario a equiparar el odio y la indignación y muchos otros sentimientos y sensaciones de animadversión y oprobio con la idea de justicia. Sí, la idea de “justicia”, una idea, de por sí, casi siempre totalizante pero al fin y al cabo manifestada, con gran frecuencia, de forma particularista, subjetivista y sesgada, una idea que siempre representará un trozo cambiante y arquetípico de nuestra humanidad. Partiendo de allí, bien podemos llegar a decir que se odia aquello que se piensa es “malo” o negativo o, incluso, diferente; aquello que de una u otra forma trasgrede unos determinados esquemas de pensamiento o acción. Se odia, en consecuencia, aquello que de una u otra forma rompe con la normalidad de lo cotidiano o que deja entrever o vislumbrar demasiado la más somera superficialidad de los dobles marcos valorativos que nos componen y que componen a las distintas sociedades (Girola: 2005).

Y es esa, precisamente, una de las tragedias más profundas de lo social. Me refiero, claro, a la tragedia de que a las masas no les importa demasiado convivir con la idea de que la indignación pueda convertirse en odio, en menosprecio, en encono, o en rechazo social. No les importa, muy probablemente porque de manera implícita se piensa que la maldad está aquí, o allí, o allá, o en todas partes, en el escenario de lo social, o en el flujo diario del vivir humano, o en el panorama siempre complejo y abarcante de lo colectivo y cotidiano. No les importa demasiado porque se piensa, o se intuye, que la esencialista, cambiante y contextual idea de “maldad”, se puede encontrar en cualquier rincón de lo humano de forma mucho más fuerte y palpable y evidente e incluso demostrable que los mismos valores positivos que se supone se le contraponen. Ello, cabe decir, es así porque el odiar, ya sea poco o mucho, o de la más sutil y graduada y refinada forma, es, lamentablemente, una de las seguridades ontológicas con las que a diario nos levantamos las personas.

Pero, eso sí, la idea de que existen valores negativos en la sociedad y que es mejor acostumbrarse a ellos y ser parte de ellos aprendiendo a manejarlos en lugar de evitarlos siquiera un poco, o lo mínimo, no es la única seguridad ontológica y cotidiana que interviene de forma decisiva en la composición y articulación de gran parte de lo social y en la composición misma de la realidad del mundo contemporáneo. De igual forma podríamos hablar de la confianza político-ontológica de las masas. Claro, no es del todo un hecho desconocido que hay, en lo político, situaciones realmente terribles, situaciones de desigualdad, situaciones que sí podrían, a decir verdad, merecer cierta indignación y odio social orientados de la mejor manera posible, situaciones que las personas en general, cabe decir, no quisieran arriesgarse a cambiar. Hablo, por supuesto, de la confianza y la seguridad que, lamentablemente, a muchas personas les genera el estar bajo la normalidad del sometimiento y la dominación. Sí, ese esquema de sentimientos de confianza y seguridad que brindan el escuchar las mismas mentiras electorales, las mismas quejas sociales, las mismas esperas en la burocracia de la salud o la educación, o la confianza y la seguridad que da el ver los mismos rostros o apellidos corruptos en el poder, o que da el saber que el poder lo manejan los políticos mientras se supone que los demás podemos vivir más o menos cómodamente desprendidos de lo que a ello concierne, entre otros aspectos similares. En las próximas líneas, cabe decir, hablaré un poco sobre dicha confianza político-ontológica, porque esa, desde luego, puede que sea la más grande y colosal tragedia de lo social de nuestros días, es decir, la tragedia de que las masas ya se hayan acostumbrado en gran parte a los más absurdos aunque complejos tipos de dominación.

La confianza político ontológica de las masas y la pregunta de por qué, en el plano de lo social, el odio es un componente humano que se propaga y se difunde tan fácilmente

Antes que nada, hay que decir que el sociólogo inglés Anthony Giddens (1997) utiliza el concepto de “seguridad ontológica”, para referirse a toda esa amplia gama de “certezas” que damos por hecho y que nos permiten despreocuparnos de algunos asuntos azarosos de la cotidianidad para poder ocuparnos así, por ejemplo, de nuestros roles sociales y su adecuado desempeño, es decir, que nos permiten en el fluir del día a día “ser nosotros mismos”. Al respecto, Giddens afirma lo siguiente:

La noción de seguridad ontológica se relaciona íntimamente con el carácter tácito de la conciencia práctica (o, dicho en términos fenomenológicos, con la “puesta en paréntesis” que supone la actitud “natural” en la vida cotidiana). Por el otro lado de lo que podrían parecer aspectos muy triviales de la acción y el discurso diarios acecha el caos. Y este caos no es solo desorganización sino la perdida de sentimiento de la realidad misma de las cosas y de las demás personas. (Gidden: 1997, 52).

Cada día, por tanto, nos levantamos con certezas que nos alejan del caos, certezas como lo es la del hecho de que el planeta orbita alrededor del sol, aun cuando empíricamente jamás lo hemos comprobado por cuenta propia verificándolo con nuestros propios sentidos o algún método concreto. De dicha forma, certezas como las de que seguirán existiendo las instituciones más básicas, de que nuestros queridos familiares seguirán siendo nuestros queridos familiares o de que la policía o la ONU o los Estados seguirán operando, constituyen detalles que, me permito reiterar, brindan cierta seguridad y confianza al individuo.

De igual forma, cada día mantenemos una gama de certezas también en el ámbito de lo político y en el de sus diversas configuraciones. Pero como dichas certezas nos brindan cierto grado de sentido, permitimos muchas veces también que se manifiesten en forma de dominación. Cabe recordar que muchas teorías de la dominación enfatizan demasiado el papel manipulador de los medios de comunicación. No obstante, hay que recordar que como afirman Boltanski y Thévenot (1991), todas las personas poseemos capacidades inherentes e innatas de crítica y juicio. Tanto así, que muchos saben que determinados medios informativos están sesgados por uno u otro motivo o interés, que el candidato que se ha posicionado en un alto cargo gubernamental difícilmente cumplirá con todo lo prometido, o que la situación estructural de lo económico debería ser más justa para todos. Esas, desde luego, son cosas que muchos saben de forma individual, de forma consciente, por lo que no se trata de que los medios los engañan para evitar que actúen o se percaten de ciertas cosas, sin decir claro que no lo hagan, si no de que dichas personas están tan normalizadas y habituadas que prefieren vivir bajo una determinada estructura discursiva de significados ya conocidos y dominantes que bajo la azarosa imposición de los cambios. Aun, claro, cuando se trate de cambios que prometan una sociedad más justa.

Pero cómo influye ahí el odio. Pues como ya se ha dicho, el odio puede surgir ante quienes desean trasgredir lo dado, como ya se ha mencionado líneas atrás. Pero no sólo eso. La razón por la que el odio fluye y se propaga tan fácilmente bien podría ser debido a que de cualquier forma vivimos en un mundo desigual en oportunidades, recursos y aspiraciones, un mundo competitivo que exalta lo material y con ello sentimientos negativos como la envidia y la vanidad. No es raro ni casual, por tanto, que la nuestra sea una sociedad que a diario experimenta y manifiesta de múltiples formas mucho odio. Pero, ¿pué podríamos hacer al respecto? Como afirma Ana Patricia Noguera, citando a Omar Felipe Giraldo, el buen vivir es una “utopía que para su realización demanda de agudas transformaciones culturales y de la revisión de las bases mismas de la civilización de la sociedad occidental moderna. Esa transformación cultural exige cultivar los símbolos que permiten la sacralidad de la tierra y erradicar aquellos que han reducido la tierra a recurso” (Noguera: 2014).

De hecho, bien podríamos demandar un artículo o enmienda que hable sobre la consecución de una sociedad valorativamente mucho más avanzada. Algo muy similar a lo que el oceanógrafo Jaques Cousteau promovió con el documento que elaboró hace décadas su fundación. Me refiero, claro, a aquel maravilloso y excepcional documento llamado: Carta de derechos para las generaciones futuras, del cual, a modo de ejemplo, extraigo el primer artículo, que es el siguiente: “Las generaciones futuras tienen el derecho a una Tierra sin contaminación ni destrucción, para su disfrute como el escenario de la historia de la humanidad, de su cultura y de los lazos sociales que hacen a cada generación e individuo miembro de la familia humana”. Sí, puede, de igual forma, que las generaciones futuras también tengan derecho a un mundo más igualitario, un mundo donde las mayores seguridades ontológicas sean las de una sociedad con componentes valorativos lo más alejados posibles del odio y la desunión.

Bibliografía:

Boltanski, L, y Thévenot L. (1991). De la justification, Paris: Gallimard.

Giddens, Anthony, (1997): Modernidad e identidad del yo. El yo y la sociedad en la época contemporánea. Barcelona: Península, 1997.

Girola, Lidia (2005): Anomia e individualismo: del diagnóstico de la modernidad de Durkheim al pensamiento contemporáneo. Anthropos Editorial.

Noguera Ana Patricia, (2014). En: “Prologo” de. Utopías en la era de la supervivencia. Una interpretación del buen Vivir. Editorial Itaca, de Omar Felipe Giraldo.

Carta de derechos para las generaciones futuras. Blog no hay tiempo que perder (2008). http://blog.nohaytiempoqueperder.org/2008/10/carta-de-derechos-para-las-generaciones.html

Oxfam, ONG: 2015: El 1% de la población mundial tendrá en 2016 la mitad de la riqueza. http://www.lanacion.com.ar/1761448-el-1-de-la-poblacion-mundial-tendra-en-2016-la-mitad-de-la-riqueza

 

Miguel Ángel Guerrero Ramos

Sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia, ensayista y escritor. Diplomado en psicología educativa y comercio exterior. Estudiante de la Maestría en Derechos Humanos en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC). Ha escrito diversos artículos y libros académicos y varias obras de ficción literaria como las novelas “Cuando el demonio ama” o “Al fondo de las pupilas del tiempo infinito”, algunas de las cuales se encuentran traducidas al inglés. Gran parte de su obra académica dentro de las ciencias sociales, se encuentra en su perfil de Editorial Grin.com. Visita su blog: sociologiaandreflexion.blogspot.com.es

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Comentarios 2

  1. Jaime Fernández

    Estimado Miguel Angel, interesante reflexión. En m i opinión, el odio que expresa la ciudadanía en Chile, y gran parte de los países latinoamericanos, es en contra de la “injusticia de la justicia”. También pudiera decirse que odiamos la injusticia creada por unos pocos para defender intereses personales. En definitiva, tenemos que decir con todas sus letras, la justicia actual no es justicia.
    Nosotros estamos viviendo un momento histórico extremadamente rico; Chile de aquí a dos o tres años será un país radicalmente distinto. Si logramos cambiar nuestra Constitución, origen de gran parte del odio actual, por medio de una Asamblea Constituyente, lograremos un cambio ciudadano de gran envergadura. Si no logramos cambiar la Constitución, tendremos una crisis social y política de tal evergadura que pudiera adquirir dimensiones terribles. Ojalá que no suceda; una guerra o una revolución cuesta muchísimo dolor.
    Mi criterio me indica que el descontento social, sin saberlo, odia las leyes injustas, la impunidad del poder, lo deleznable de la política sucia.
    Un abrazo,

  2. Miguel Ángel Guerrero Ramos

    Muchas gracias, estimado Jaime. No puedo más que decir que estoy totalmente de acuerdo contigo. En efecto creo profunda y cabalmente también desde mi criterio y punto de vista que el “descontento social” odia las leyes injustas, es un aspecto del asunto en el cual concordamos totalmente, bueno, sin olvidar la pequeña salvedad de que fuera del plano del “descontento social”, también existen otros planos y ámbitos de lo social y cultural en los que también existen ciertas condiciones y manifestaciones de odio muy especificas y concretas, es decir, todo tipo de manifestaciones sociales de odio dentro de la inabarcable, dinámica y muchas veces incierta complejidad humana. De nuevo muchas gracias. Te dejo los mejores deseos desde Colombia esperando que el proceso que mencionas lleve al mejor camino histórico posible para la gran nación chilena, y que dichos procesos transformadores devengan en nuevas formas más justas de practicar la ciudadanía, formas que incluso puedan llegar a iluminar de igual manera los conflictos que también se viven por aquí en mi país, sumamente castigado por las injusticias del día a día. Un abrazo caluroso lleno de sentimientos de amistad y gratitud..

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