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Ética del trabajo de campo: un debate en torno a una etnografía sobre policía y criminalidad

A fines de mayo, lo que comenzó como una reseña de un libro en una publicación poco conocida, pasó a convertirse en una gran controversia que mancilló la estampa de una de las jóvenes estrellas de la sociología norteamericana en el último tiempo. A saber: si la socióloga, Alice Goffman, había participado en un delito en el curso de su investigación etnográfica sobre jóvenes negros perseguidos por la justicia criminal.

Ética del trabajo de campo

Fotografía de Narayan Mahon

La acusación volvió a poner a Goffman en el ojo del huracán, pero este golpe se había ido acrecentando desde las sombras durante meses. Periodistas y académicos habían aclamado su libro publicado en 2014, On the Run: Fugitive Life in an American City (En español, Huyendo de la justicia: La vida fugitiva en una ciudad estadounidense) como una obra maestra de la etnografía, transformando a una primeriza académica en una celebridad de TED. Pero el debate sobre el libro de Goffman pronto adquirió ribetes más oscuros, ya que varios reseñadores cuestionaron la exactitud de su descripción de la vida de los negros, la solidez de sus métodos y la posibilidad de que su libro pudiese perjudicar a sus sujetos.

La polvareda revela ansiedades que van más allá de la censura a Goffman, reabriendo el antiguo debate sobre los dilemas de la investigación etnográfica: los límites éticos del trabajo de campo, la tensión entre la transparencia de los datos y la privacidad de los sujetos y la confiabilidad de la visión de un etnógrafo individual sobre un mundo social. Algunos sociólogos temen que la controversia pueda ahuyentar el interés por un trabajo de campo más sensible. Otros temen que pueda dañar la credibilidad de la etnografía en momentos en los que la sociología siente el llamado a involucrarse más en los debates públicos.

“Esto es más que una discusión sobre este libro y los problemas específicos que pueda o no tener,” dice Andrea Voyer, profesora auxiliar de sociología de la Pace University, quien ha escrito acerca del caso de Goffman. “En realidad es un debate sobre cómo hacer nuestro trabajo de la mejor manera posible, sobre cómo evaluamos y promovemos dentro de nuestra disciplina las obras que tendrán un mayor impacto.”

Una historia que cautiva

Un conjunto de factores personales y externos se combinaron para provocar este inusual revuelo en torno a Alice Goffman. Su biografía tiene un dato interesante: la etnógrafa de 33 años, hoy profesora auxiliar de sociología en la Universidad de Wisconsin-Madison, es hija de un legendario sociólogo, el ya fallecido Erving Goffman. Cursó su pregrado en la Universidad de Pensilvania, pasando seis años inmersa en trabajo de campo con jóvenes fugitivos en Filadelfia, eludiendo a la policía con ellos, conversando sobre tiroteos y asistiendo a funerales. El libro que escribió a partir de esa experiencia documenta la omnipresencia del sistema de justicia criminal en la vida cotidiana de los jóvenes negros. Fue publicado meses antes de que los disturbios de Ferguson dieran pie a un debate nacional sobre las prácticas policiales en las comunidades negras.

Alice Goffman también llegó a la escena en un tiempo en que revivía el interés por la etnografía. Hace unos cuarenta años, muchos sociólogos rechazaban este tipo de estudio observacional, tildándola de “periodismo presuntuoso”, dice Gary Alan Fine, profesor de la Universidad Northwestern y etnógrafo de larga data. Los etnógrafos rara vez podían influir en las políticas públicas, señala, y no tenían representación en las facultades de muchos de los mayores departamentos de sociología. Pero el método ha prosperado en las últimas décadas y el trabajo de Goffman nos ilustra por qué. Su libro aborda historias reales y concretas que otras clases de investigación sociológica, como el análisis estadístico o los experimentos de campo, no pueden.

Sin embargo, es esa misma vívida narración la que ha metido a Goffman en un embrollo. La controversia gira en torno a una inquietante escena que relata en el apéndice metodológico de su libro. Uno de sus sujetos de estudio, un amigo a quien identifica con el pseudónimo de “Chuck”, es muerto de un disparo. Ella describe cómo va en un vehículo con un amigo de Chuck, el cual lleva consigo un arma para dar caza al culpable. “Me subí al auto,” escribe, porque “había deseado que el asesino de Chuck muriera.”

En una reseña publicada en The New Rambler y citada en The New Republic, Steven Lubet, profesor de leyes en la Universidad Northwestern, argumenta que las acciones de Goffman constituyen conspiración para cometer homicidio. Lubet dice haber contactado a cuatro fiscales, en ejercicio y retirados, y que todos ellos coincidieron en que ella cometió un delito. Es más, cita a un ex fiscal que sostiene que Goffman “podría ser acusada y condenada en base a su relato en cualquier momento.”

Alice Goffman respondió que no había conspirado para cometer un crimen. En los pasajes que citó Lubet, ella omitió varios puntos relativos a su reclamo, según señaló en una declaración publicada hace poco en el sitio web de su facultad. “Es más,” escribió, “yo tenía buenas razones para creer que esta noche no acabaría en violencia o daños.”

No obstante, ello sólo acrecentó las dudas de Lubet. Según el profesor de leyes, Goffman de hecho ahora cuenta dos versiones distintas sobre el hecho. “Tengo incluso más dudas sobre cuánto de lo que está en el libro es real,” replicó en un nuevo artículo. “Básicamente, Goffman admite que adornó y exageró su relato de un episodio crucial, lo cual debería despertar dudas incluso entre sus lectores más cercanos.”

Un caso de estudio

Más allá de estos dimes y diretes —las declaraciones de una y otra parte pueden considerarse alarmantes, dependiendo de quién es el que está juzgando— el conflicto deja espacio para un estudio de caso que nos permite discutir en torno a la etnografía y sus problemas de investigación, escritura y verificación.

Los académicos que realizan estudios en profundidad relacionados con el crimen y la actividad policial, a menudo se encuentran inmersos en situaciones éticamente tensas, señala Jack Katz, profesor de sociología en la Universidad de California en Los Ángeles y coeditor del libro de Goffman. “La mayoría del tiempo, quienes hacen estudios sobre drogas, crimen y policía no informan los incidentes que potencialmente los comprometerían,” dice el profesor Katz. “La línea ética que ella cruzó, en cierto modo, fue la honestidad.”

Pero uno de los dilemas planteados a raíz de este caso es cómo evaluar la honestidad de la investigación de Goffman, así como de otros trabajos similares.

En una nota publicada el año pasado en The Philadelphia Inquirer, Alice Goffman reveló que, para prevenir la posibilidad de ser citada como testigo, ella había destruido sus notas de campo. Su decisión ahora ha sido objeto de escrutinio en medio del creciente cuestionamiento a su trabajo. Más allá de si ella cometió o no un delito, Lubet y otros observadores han puesto en duda la veracidad de varias de las anécdotas y prácticas relatadas en On the run, como por ejemplo la revisión de las listas de visitantes en los hospitales por parte de oficiales de policía con el propósito de detener a los que tienen órdenes judiciales pendientes. La reseña de Lubet llamó la atención a Goffman por destruir las notas que pudiesen haber ayudado a corroborar tales afirmaciones.

No obstante, para los etnógrafos, la disputa releva una pregunta incómoda: ¿cómo deberían los investigadores equilibrar las sendas exigencias de privacidad y transparencia? Los etnogrados que investigan sobre temas sensibles deben proteger a sus sujetos. Una táctica, empleada por Alice Goffman, es disfrazar las identidades de personas y lugares. Algunos comités de ética han solicitado a los etnógrafos proteger o destruir las notas de campo, dice Eric Klinenberg, profesor de sociología en la Universidad de Nueva York. Históricamente, afirma, “no ha sido petición muy controversial.”

“Pero ahora vivimos en una época de transparencia de la información,” señala. “Y ha habido un movimiento en varias disciplinas científicas hacia el aumento de la disponibilidad pública de los datos, con el fin de que puedan ser reanalizados y verificados. Obviamente, esto plantea desafíos especiales para todos los etnógrafos. Y particularmente para los etnógrafos que estudian la actividad criminal.”

A través de Twitter, otro sociólogo, Shamus Khan, señaló otra dificultad. Los datos etnográficos no son sólo información pura y sin procesar, escribió el profesor de la Universidad de Columbia. Constituyen en sí un  proceso de pensamiento. Las notas pueden contener ideas extrañas, experiencias personales y asuntos privados. “No me termina de convencer que la respuesta esté en compartir las notas de campo,” escribió. “Pero necesitamos ideas creativas.”

Tampoco hay una respuesta simple a la interrogante de cuán común o aconsejable es destruir las notas. No hay reglas claras, dice el profesor Fine de la Universidad Northwestern. Según afirma, los comités de ética solían decirles a los investigadores que destruyeran sus notas después de completar la investigación, pero las políticas podrían estar cambiando. Las reacciones a la decisión de Goffman de destruir sus notas oscilan entre la incredulidad y la comprensión.

Sin embargo, aun si se pudiese reanalizar las notas de Goffman, la naturaleza de su estudio impide el tipo de replicación que se podría acometer con un experimento controlado. Como ella misma señala, pasó años cultivando las relaciones que le dieron acceso al mundo social que retrata en su libro. El barrio en el que hizo su investigación ha cambiado desde que comenzó a estudiarlo hace más de una década.

La idea de que un etnógrafo puede capturar de manera precisa un conjunto de datos —y de que sólo existe un único y determinado conjunto de tales datos— es engañosa, afirma Fine. “No estamos contando la historia, sino una historia,” señala. “Y es por eso que pienso que es importante el que, para cualquier gran tema, tengamos múltiples fuentes etnográficas. Uno de los problemas con la celebridad de Alice Goffman es que resta atención de otros excelentes etnógrafos que están haciendo tipos de investigación similares.”

Otro sociólogo considera que la obra de Goffman apunta a un problema etnográfico distinto: la pobreza del diseño teorico-metodológico. Los etnógrafos suelen escoger un terreno o sitio de estudio, ven lo que encuentran y luego arman un argumento acerca de ello, dice Patrick Sharkey, profesor adjunto de sociología de la Universidad de Nueva York. Eso puede funcionar, escribe a través del correo electrónico, pero por lo general lleva a situaciones como la de Goffman, cuyo libro, a pesar de ser un gran aporte, se ve socavado por lo que él considera una débil relación entre sus datos y su argumento.

“Ella quiere hablar de la expansión y la injusticia del sistema de justicia criminal,” señala, “pero llega a ese argumento a través de las historias de personas que probablemente están ‘fugitivas’ debido a su vasta actividad criminal y su voluntad de participar en la violencia armada.”

Qué se puede hacer mejor

Por su parte, Alice Goffman defiende tanto su decisión específica de destruir sus notas de campo como la integridad general de su obra. “Para cumplir con los requisitos del comité de ética, preservé las notas de campo y los materiales de investigación por tres años,” afirma en una declaración enviada a The Chronicle. “Después de ese plazo, me deshice de ellos. Esto lo hice en un intento de proteger a los sujetos del estudio de la acción legal, el escrutinio público o cualquier otro resultado indeseable de la publicación del libro.”

Agrega además, “El tema de mi libro es cómo una comunidad responde a la vigilancia intensiva y a la amenaza de captura. Reafirmo sus dichos acerca de las prácticas policiales y de los tribunales y su argumento más amplio acerca del daño que estas políticas infligen a las personas comunes y corrientes.”

El tutor de Goffman en la escuela de graduados de Princeton, Mitchell Duneier, también defiende su trabajo —en su mayor parte. Ella cruzó una línea ética en el episodio que Lubet considera que fue un delito, afirma Duneier, y ella dejó abierta la puerta a las críticas con su escasa discusión sobre ello en el texto. Pero él da fe de la credibilidad del libro. Una de las razones es que él mismo conoce a algunos de los sujetos del estudio de Goffman.

Mientras Goffman trabajaba en la tesis que posteriormente se convertiría en su On the Run, Duneier realizó entrevistas independientes con algunos de sus sujetos. Según él, los etnógrafos deberían identificar a las personas y los lugares en sus estudios siempre que sea posible. La sensibilidad del estudio de Goffman imposibilitó cumplir con ese estándar de transparencia, dice Duneier. Así, a pesar de confiar en Goffman, también tomó medidas para asegurar su propia conformidad con su relato. “Tengo confianza en el estudio que supervisé como tutor y que nuestro comité aprobó en Princeton,” señala.

Muchos sociólogos ahora se preguntan qué puede significar todo esto para el futuro de la etnografía. En el Washington Post, Katz advierte que la controversia podría “aplastar todo el campo de investigación mediante observación participante en áreas de la vida social que el gobierno considera relacionadas con la criminalidad.” La profesora Voyer de la Pace University teme que estos casos “alimente un poco los ataques hacia el valor de la etnografía y a la vez convierta a todos un poco en sospechosos.”

Entonces, ¿en qué podrían mejorar los etnógrafos? Haciendo frente al “culto a la personalidad” que permea a esta estrategia metodológica, dice Voyer. La etnografía, al igual que el arte, tiende a ser vista como producto del trabajo individual, y los etnógrafos a veces son apreciados por su osadía. Otro enfoque es la etnografía en equipo, con más de un investigador desplegado en terreno. La colaboración tiene dos ventajas, afirma Voyer. La primera es una mayor riqueza de los datos. La segunda es un sistema casi automático de chequeo de los hallazgos por diferentes personas.

Traducción del artículo de Marc Parry en The Chronicle of Higher Education (12 de junio de 2015)

César Pérez Guarda

Chumango de Osorno/Chawsrakawin. Estudiante de Antropología en la Universidad Austral de Chile.

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