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La marginación: ¿déficits en la asimilación de valores normales o necesaria y correcta asimilación de valores desviados?

Si entendemos por conducta desviada aquella que infringe algún tipo de norma acordada -y seguida por la mayoría-, resulta evidente a cualquier estudio sobre la cuestión que los déficits socioculturales y económicos de los individuos condicionan en alto grado no sólo la mayoría de las conductas  catalogadas como desviadas de lo “normal”, sino muy concretamente las conductas delictivas –desviación socialmente lesiva- y el consiguiente ingreso en prisión por su causa.

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Si bien debo aclarar, siguiendo a Becker en su obra “Los extraños”, que considero a la desviación no como una cualidad del acto que se comete sino como el fruto de la aplicación, por terceros,  de reglas y sanciones  sobre el autor de tal acto (infractor).

Y así se desprende de la expresión de ese autor “los grupos sociales crean la desviación al establecer las normas cuya infracción constituye una desviación” (y de esa forma se etiquetará como marginales/desviados/extraños   a determinadas personas).

Lo mismo cabrá predicar, ahora en el ámbito penal, siguiendo la corriente de la criminología crítica –como ya he indicado en otros artículos-  cuando ésta evidencia el efecto criminalizador del derecho penal, como creador del delito, al establecer la norma cuya infracción lo constituye. De ahí que previo a  estudiar el por qué alguien comete delitos debiera estudiarse el por qué determinadas conductas y no otras se definen como delictivas, y a qué intereses obedece esa selección.

Al margen de las anteriores consideraciones etiológicas sobre la conducta desviada, y aún desde la concepción convencional del fenómeno, convendrá plantear -retomando el tema de los condicionamientos generados por los déficits socioculturales/económicos en el tipo de conducta realizada (normal/desviada)-, si realmente debe hablarse –en lo relativo al sujeto desviado- de déficits en la asimilación de los valores normales ó  mas bien de una correcta asimilación  de valores desviados -y necesarios- en el ámbito marginal en que se inserta tal sujeto. En definitiva, ¿nos hallamos ante  déficits o ante una perfecta adecuación al entorno, para sobrevivir en él?

Así y siguiendo el texto “Mil voces presas” de Julián Ríos, experto en el estudio de la vida en prisión (contenedor de “desviados” extremos), se corrobora en el siguiente pasaje ese cierto “determinismo” que las desfavorables condiciones socioculturales y económicas, producen. :

“Las carencias educativas y culturales son uno de los más importantes déficits que arrastra la persona presa en su proceso de inadaptación social”

Cabe citar, asimismo, algún otro pasaje que corrobora el sentimiento de “victimización” que poseen la mayoría de los internos. Así:

“Existe por parte de los internos una acusada pérdida de confianza en el sistema judicial en general, que si bien es una actitud ampliamente compartida por la opinión pública española, se vuelve aún más dramática y acusada entre las personas presas. Basten como ejemplo los dos testimonios siguientes: Cada día tengo más claro que la constitución cuando dice que todos somos iguales ante la ley, se le olvido poner que los que no hemos robado lo suficiente para tener un buen abogado no tenemos los mismos derechos, sí hay distinciones, por la clase social y el poder adquisitivo. Yo no soy igual que el que mata a dos erchanchas y por estar borracho le absuelven y encima le devuelven la escopeta con que los mató, ni soy igual ante la ley que quien era director de la guardia civil y vaciló a todo un país, ni igual que quien trafica con miles de kilos de droga, yo sólo robaba en comercios para inyectarme droga.

Pero al margen de su desconfianza en el sistema judicial (los internos se consideran víctimas del sistema, en cuanto a la pena impuesta, a la forma de imposición y de cumplimiento), contribuye notablemente, en muchos casos, a ese sentimiento de “victimización” el hecho de que el interno no es “muy consciente de su maldad”, como es notorio comprobar en las prisiones.

Ello obedece a la falta de plena motivación por la norma; no se sienten culpables o “del todo culpables” por lo hecho,  que “para ellos” es “más o menos normal”. Los internos se consideran víctimas del sistema, en cuanto a la ubicación social que ocupaban al delinquir; en esa situación social lo “normal” – y por tanto capaz de motivar- no siempre es lo “normal” de quienes les enjuician; y éstos no son otros que “los verdaderos normales” que les han sumido primero en esa ubicación social desfavorecida.

Parece claro también que las personas con actitudes distintas –fruto, en parte de socializaciones también distintas- ven los mismos acontecimientos de manera diferente. La investigación de la comunicación y de la psicología social ha descubierto el concepto de “percepción selectiva”. Las personas tratan de evitar activamente la disonancia cognitiva y tienden a mantener una imagen armónica del mundo aplicando “filtros” protectores del previsible conflicto derivado de aquella disonancia, con lo que se genera una distorsión de la percepción de la realidad.

Lo cierto es que, en determinadas facetas, la desviación existe; la “desobediencia, a lo normal” existe. Y es más cierto todavía que los desfavorecidos socialmente se  desvían más de la normalización. Y es por ello que Merton comenta que, cuando por la ubicación social deficitaria, no se tengan al alcance los medios catalogados como normales para el logro de los fines estándar previstos, cabrá prever -en determinados sujetos- la aceptación de los fines y no de los medios,  lo que obliga a la búsqueda de otros alternativos, incluso desviados.

Aún admitida como realidad ontológica -comportamiento distinto al “normal”- y no como resultado de un proceso definitorio -tal y como defendía al inicio-, la desviación de algunos de los desfavorecidos socialmente puede explicarse, en un primer estadio y generalizando, desde dos ópticas:

por sus déficits en capital simbólico, propios de una socialización de peor nivel a la media, fruto de los condicionantes socioculturales y económicos alejados a los “normales”, que les afectan en esta sociedad desigual.

por una desobediencia “relativamente consciente” para proteger sus intereses.

Cuando incidimos en el hecho de que la desviación se da en mayor medida en la clase desfavorecida, a sensu contrario estamos admitiendo precisamente que sólo es “obediente” la clase media/cercana al patrón.

Y ello tiene sentido pues  la clase media, que podría intentar el cambio social igualitario, no está por la labor, pues el engaño de su ficticia libertad ya le va bien y tiene algo que perder/o cree que algo, aún, puede ganar en su esfuerzo de mimetismo con la clase dominante, y el ser “diferente” puede acarrearle pérdidas o privarle de esas ganancias; por ello su miedo al cambio.

La “obediencia” se impone por tanto en ese nivel medio, al constituir un refuerzo que provoca gratificación social. En cambio, los marginados -pero no tan “engañados”- que nada tienen que perder y estarían más por la labor, no pueden llevarla a cabo al carecer de poder  y ser, además,  “taponados” por los de clase media, con lo cual se limita su acción abocándoles en ocasiones, como única opción, a la utilización de medios alternativos e incluso desviados para el logro de fines estándar, pero entendidos como correctos o al menos justificables para una defensa mínima de sus intereses.

La defensa de intereses, a la que nos hemos referido, propia por lo demás de una sociedad conflictual, no es la de un proceso revolucionario (en terminología Mertoniana), con una mayor  envergadura “conceptual” y teleológica.

En línea con lo anterior, recurrimos ahora a Taylor Walton y Young,  para profundizar en la alternativa planteada entre si la clase menos favorecida “tiene déficits” que le impiden la “obediencia” antes predicada, o bien  actúa “consciente” de la “desobediencia” a fin de proteger sus intereses.

Así estos autores citan a Trasler (positivista psicológico) cuando comenta que, en los distritos de clase trabajadora baja, los padres tienen las mismas metas que los de clase media, pero que sus técnicas para inculcarlas son menos eficaces, y por ello fallan generando deficits.

Pero, a su vez, David Downes ha manifestado que las obras en las cuales se basa Trasler, en realidad demuestran lo contrario, es decir, el carácter desviado de los valores sustentados en tales distritos desfavorecidos sociocultural y económicamente. La discusión, pues, se mantiene.

Conviene no olvidar aquí la posición distinta del anti-subculturalista Matza, el cual mantiene que el individuo marginal no rechaza la moral tradicional, sino que neutraliza –debilitando el vínculo y en consecuencia la motivación (y el “autocontrol y frenado” ante la ocasión delictiva)- las ataduras normativas del orden jurídico de la sociedad general, ampliando las justificaciones de la desviación, que a menudo están implícitas en los valores sociales o en los alegatos de inocencia. La importancia de las técnicas de neutralización radica en el hecho de que no son simplemente excusas o racionalizaciones ex post facto inventadas para que las oigan las autoridades, sino frases que realmente facilitan o motivan la comisión de actos desviados neutralizando una limitación normativa preexistente. Se considera justificada esa conducta (por negación de responsabilidad, negación del perjuicio al otro -tiene mucho dinero, etc.-, condenación de los que condenan, etc.), a pesar de considerarla impropia.

En este sentido, el delincuente logra su objetivo, porque si bien puede seguir incluso aceptando el sistema normativo dominante, condiciona de tal manera sus imperativos, que las violaciones son por lo menos “aceptables”, si no “correctas”.

Así el delincuente que, en ocasiones, puede sentir un cierto grado de vergüenza y de culpa por sus actos, considera, en el fondo, que más que ultrajar es ultrajado. Esos individuos llegan a la delincuencia no tanto aprendiendo valores morales opuestos directamente a los de la sociedad dominante, si no aprendiendo esas técnicas de neutralización, a las que Sutherland  denomina “definiciones favorables a la violación de la ley”.  Una tercera vía.

Aunque probablemente la respuesta acertada sea una mezcla de todas ellas (“déficits”, “adecuada asimilación de valores desviados o bien de justificaciones para transgredir los valores normales”).

Sea como fuere, en  los dos últimos supuestos –que, en mi opinión, son los más determinantes-, se trata de aspectos bien asimilados y asumidos (valores desviados o neutralizaciones de los valores normales) que actúan como verdaderos “filtros”.

En definitiva, nos hallamos más bien ante una socialización adecuada, pero en una subcultura definida sin ambigüedades y que, en ciertos aspectos, se diferencia en forma manifiesta de las normas de clase media ampliamente aceptadas. En absoluto de una socialización deficitaria como se viene manteniendo desde la óptica de la “normalidad”.

Buscar la razón en defectos de otro tipo resulta una ideología conveniente para negarle a la subcultura la autenticidad de sus valores (amenazadores para los “normales”), justificando así la bondad del statu quo imperante.

Por tanto, en los planteamientos anteriormente citados y ajenos al de los “déficits”, el individuo o bien ha aprendido -fruto de la necesidad de defensa de sus propios intereses en peligro- a actuar según reglas distintas a las “normales” y que son las adecuadas –incluso entendidas como correctas-  en su entorno  para defender aquellos intereses, o bien actúa –para la defensa de los citados intereses- según esas reglas distintas a las “normales”, que siguen siendo las adecuadas para ello en el entorno marginal en cuestión, pero que se justifican no siendo  percibidas necesariamente como correctas. Con todo ello, el desviado logra su objetivo.

Pero también el desviado logra otro objetivo distinto e importante, cual es el de  alcanzar los fines deseados sin “aislarse”, al menos plenamente, de ningún grupo, evitando así -en la medida de lo posible- la esquizofrenia y disonancia cognitiva de “jugar  en los dos bandos”, sin más.

No se aísla, del todo, del grupo “normal”, pues puede llegar a compartir algo la vigencia general de sus normas, y tampoco se aísla de su grupo de pertenencia, con el que comparte las justificaciones para vulnerarlas. Así gestionan también las contradicciones entre sus socializaciones primarias y secundarias.

Por otro lado existe -para los sujetos marginales- una notable dificultad en la migración a  la “normalidad”, pues desde ella se les considera infra socializados. Se les imputan  “déficits”  aunque tales sólo existan así considerados desde esa normalidad -“etiquetajes”, etc.-. El cambio requiere por tanto un considerable esfuerzo. Y ello actúa como elemento disuasorio a tal fin.

En resumen, y en base a lo comentado, habremos de convenir en que el tema de la desviación y de los desviados no responde al patrón buenos/malos sino al de una sociedad  desigual/conflictual en la que diferentes sectores se hallan en lucha, de forma que uno de ellos (el dominante) impone unas reglas orientadas a proteger principalmente sus intereses y en la que otros sectores, en defensa de los suyos, están en mayor riesgo de tener que contravenirlas.

En base a ello, lo que se precisan son más políticas sociales encaminadas a combatir esas desigualdades socioeconómicas y culturales y no tanto a políticas criminales encaminadas a neutralizar los efectos más o menos naturales de aquellas desigualdades (que no existirían en tal grado con medidas de justicia social). No hablemos de déficits ni de resocializaciones (vocablos propios de una posición de mera defensa social de los privilegiados), sino de enfoques que ataquen realmente las causas y no los efectos, aunque ello no convenga a quienes interesa el actual injusto estado de cosas.

Jordi Cabezas Salmerón

Jordi Cabezas Salmerón, nacido en Barcelona el 21/12/49, Abogado penalista, es Diplomado Superior en Criminología y Doctor en Derecho Penal y Ciencias Penales por la Universidad de Barcelona. Miembro del Observatorio del Sistema Penal y Derechos Humanos de la UB, es también profesor del “Master Oficial en Criminología y Sociología Jurídico Penal” de esa Universidad y de la Mar del Plata (Argentina) y de Derecho Penal y Procesal Penal en la Escuela de Policía de Cataluña. Asimismo es profesor penalista en la Escuela de Práctica Jurídica del ICAB autor de diferentes ponencias/artículos y del libro “La culpabilidad dolosa como resultante de condicionamientos socioculturales”.

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