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Cuerpos de honor: la pragmática masculina del control como legitimación del modelo hegemónico de masculinidad

Introducción

En el presente ensayo muestro cómo la pragmática masculina del control expuesta por Iván Sambade, podría articularse como una de las bases fundamentales del modelo hegemónico de masculinidad y como ésta tras el transcurso histórico ha ido reflejando las tensiones que dentro de la(s) encarnación(es) de la(s) masculinidad(es) se presentan. Trataré de justificar la pervivencia y transformaciones de este modelo hegemónico de masculinidad a través de una breve comparación histórica entre la construcción del sexo descrita por Thomas Laqueur en la Grecia clásica y su posible traducción a la actualidad. Para la exposición haré uso de las nociones de género relacional de Selgas y Casado y me ampararé en la teoría del feminismo postestructuralista reconstituido formulada por Rodríguez Menéndez y Peña Calvo para  llegar así a la diferenciación entre masculinidad del honor y masculinidad del orgullo mostrada por Antonio García, así como a la constitución de la masculinidad como un vacío dentro de las marcas de género.

Cuerpos de honor

1.Marco teórico

Para Selgas y Casado (2010) el género se construye como un entramado de subjetividades simbólico-identitarias que se configuran relacional y procesualmente. Supone uno de los ejes principales de la configuración de las identidades y habitus de los agentes sociales  cuya experiencia se configura sexuada (p. 119). Así, aunque nos encontremos inmersos en la dualidad de sexos heredada de la tradición occidental, podemos observar el despliegue de infinidad de masculinidades y feminidades que se acercan o se alejan del patrón que marca el modelo hegemónico reproducido y legitimado por las instituciones que ejercen el poder. Este despliegue encuentra sus herramientas de producción y reproducción en las prácticas cotidianas de los individuos, esto es, en encarnaciones de género representadas por “entrenamientos en los que adquirimos una competencia o capacidad de agencia y un sentido práctico” (p. 132).

Estas encarnaciones entrarían dentro del marco de las interacciones rutinarias de las que hace uso el feminismo postestructuralista reconstituido. Para los defensores de esta teoría, las interacciones rutinarias son aquellas que tienen lugar entre actores sociales concretos en la vida diaria de una sociedad mientras que por otro lado, nos encontraremos con la acción social en sentido histórico, entendida como “una acción configuradora de las formas de organización social que caracterizan a una sociedad en un momento determinado” (Rodríguez & Peña, 2005, p. 184). Estos dos conceptos dan lugar a dos tipos de estructuras diferentes: la acción social en sentido histórico construye estructuras contextuales; “estructuras de relaciones sociales relativamente duraderas que constituyen el marco en el que se desarrolla la interacción y que son previas a la interacción misma” (p. 185). La interacción produce dentro de este marco contextual, “unas estructuras interactivas propias con rasgos específicos ligados a la situación concreta en que se producen” (p. 185). Así, la estructura contextual incide sobre los marcos de referencia que se construyen en cada estructura interactiva determinada. Esta postura defiende que los modelos hegemónicos de masculinidad y feminidad representan acciones sociales en sentido histórico que dotan de cierta constancia o estabilidad a los modelos de género a lo largo del tiempo:

Esta acción está sujeta a las circunstancias históricas concretas: se transforma con el tiempo, el espacio y el contexto. Configura el “fondo común de la vida cotidiana” (…), telón de fondo sobre el que se proyectan las interacciones rutinarias y que condiciona, pero no determina el tipo de interacciones a efectuar. (Rodríguez & Peña, 2005, p. 185)

Es por ello que la persistente fragmentación del género recoge ciertas constancias que, al ser propagadas por instituciones relevantes tales como la familia o la escuela, perduran en el tiempo en determinados contextos e insertan a los individuos en unos esquemas de percepción previos a ellos mismos, generando un marco de referencia o quizás, una superestructura que condiciona pero no determina -como recogen los autores mencionados-, las acciones asociadas al género.

Este marco teórico me permite introducir mi hipótesis acerca de cómo la pragmática masculina del control ha sido históricamente una de las bases fundamentales de la acción social en sentido histórico que ha determinado cómo ha de ser el modelo hegemónico de la masculinidad.

En su artículo Honor, control y violencia, Iván Sambade (2011) define la pragmática masculina del control como una moral del honor constituida como valor social e inserta en un ethos masculino interiorizado que permite al individuo reconocerse y ser reconocido como “hombre de honor”. Este ethos supone la trascendencia del orden social asimilado sin deliberación y que funciona como amor fati: el hombre de honor actúa según su deber (p. 154). Las  actitudes propias de esta pragmática quedan condensadas en la rectitud y el enfrentamiento, paradigmáticamente representadas por los gestos de duelo o desafío, esto es, por una constante interpretación del mundo social como competencia. El hombre es construido como sujeto y agente; el varón occidental es socializado en la instrumentalización de su cuerpo y sus emociones bajo el objetivo, implícito e históricamente reproducido, de convertirse en sujeto de poder, como mínimo a partir de la dominación y/o discriminación de las mujeres (p. 150)

2. La Grecia clásica y la actualidad

En La construcción del sexo: cuerpo y género desde los griegos hasta Freud, Thomas Laqueur (1990) plantea que la construcción del género es previa a la del sexo, para ello hace uso de la recogida de textos y relatos históricos de importantes personajes de cada época e incluso imágenes de documentos médicos que así lo constatan. En el orden social del sexo único, imperante hasta finales del siglo XVIII, “hombres y mujeres se ordenaban según un grado de perfección metafísica (…) a lo largo de un eje de carácter masculino” (p. 24). Esta concepción de un eje masculino viene dada por la cosmovisión que configuraba las ideas de los antiguos. Para mi hipótesis, rescatar algunas de estas ideas me servirá para justificar que la pragmática masculina del control, asociada al hombre recto, se sitúa en la transversalidad de la historia aunque acabe adoptando diferentes aspectos en función del contexto sociohistórico. Por ejemplo, el esperma del hombre, o kurios, era “la fuerza para generar una nueva vida, el aspecto corporal microscópico de la fuerza reflexiva del ciudadano, de su poder racional superior y de su derecho a gobernar; [el esperma] es la esencia del ciudadano” (p. 110). Aquí podemos ver cómo, previamente a la instauración del sexo binario, los roles de género ya recogían todas las características que posteriormente serían asignadas al sexo. En otras palabras, la legitimación del orden androcéntrico en la Grecia clásica ya parecía tener insertada la pragmática masculina del control: el hombre que se reconoce a sí mismo como sujeto de honor, con un poder racional superior y con derecho a gobernar. Es evidente que el contexto contemporáneo es diferente al contexto clásico, sin embargo, vemos como la estructura contextual de la sociedad antigua incluía la relevancia de una acción social en sentido histórico como es la construcción del modelo hegemónico de masculinidad que, por diferentes razones, ya sostenía una jerarquía entre hombres y mujeres, eso sí, basada en el poder y el estatus y no en el sexo.

La masculinidad del honor debía ser reconocida por el grupo de iguales, y más en concreto, por el grupo de varones. Así, por ejemplo “allá donde estaban en juego el honor y el estatus, el deseo dirigido al propio sexo se consideraba perverso, enfermizo y completamente enojoso. Las consecuencias sociales y políticas inmediatas del sexo entre hombres eran en potencia mucho mayores” (Laqueur, 1990, p. 106). Es decir, a pesar de que las relaciones se producían en el seno de la no discriminación sexual, cuando éstas entrañaban juegos en los campos del honor y el estatus, la sexualidad sí podía acabar siendo sancionada gravemente.

¿Cómo podríamos traducir esta situación a la sociedad contemporánea para que de alguna manera justificase la constancia de la pragmática masculina del control a lo largo de la historia? Aquí, Antonio García (2010), nos ofrece herramientas interesantes.

A través de su diferenciación entre masculinidad del honor y masculinidad del orgullo, que no es casual para el desarrollo de mi ensayo, es posible alcanzar puntos de encuentro en los que la acción social en sentido histórico, a pesar de transformarse a lo largo del tiempo, nos remite a similitudes entre ambas concepciones.

La encarnación tradicional del modelo hegemónico de masculinidad en las sociedades contemporáneas está siendo puesta en tela de juicio, producto del contexto sociohistórico en el que nos encontramos, la llamada posmodernidad o modernidad tardía en la que las cosmovisiones que antaño regían la vida son sospechosas y por ende, están sujetas a duda, revisión y deslegitimación constante. Parece que lo que otrora no necesitaba de justificación, ahora da muestras de tambalearse en espacios en los que existe tensión. La transparencia de la masculinidad cae (o empieza a caer) como relato mítico y sus consecuencias quedan reflejadas en la encarnación de un modelo que aumenta e intensifica las actitudes exacerbadas de la vieja masculinidad, aquellas que forman parte de la base fundamental de la pragmática masculina del control y que han legitimado históricamente a través de la amenaza un espacio social de coacción.

Así, en la época de la masculinidad del orgullo, la pragmática masculina del control está dando visos de que su transformación generará y genera hombres que se encuentren cada vez en más espacios donde sientan amenazada su posición de sujetos de honor, recalcando las actitudes más groseras de la masculinidad: las diferentes formas de la violencia, pieza angular y fundamento último de la pragmática masculina del control. Podríamos encontrar miles de ejemplos en los que, de forma más o menos intensa, el avance de las mujeres en la sociedad tensiona los históricos privilegios del hombre, ya no solo en cuanto a datos empíricos sino también en cuanto a la construcción del discurso de niños y niñas, tal y como evidencia la mayor ambición y mejores expectativas de futuro de las niñas del informe PISA (El País, 2015), suponiendo una ruptura con el modelo tradicional por el cual el futuro profesional no era lo primordial en las mujeres. La conciencia de las repercusiones que el patriarcado tiene en una parte de la sociedad poco a poco va siendo conocida y reconocida por las mujeres gracias principalmente al movimiento feminista, conformando su habitus en disputa con la pragmática masculina del control y encarnando modelos de género que ponen en duda el modelo hegemónico.

A pesar de ello, se siguen proyectando modelos que responden a los patrones clásicos; la búsqueda de reconocimiento entre varones en entornos homosociales o la búsqueda de la autoconstrucción como hombre recto (hombre real) a través de la superación de las continuas pruebas de la masculinidad, donde el modelo hegemónico suele ser expuesto casi explícitamente y que están sujetas a la humillación y sanción por parte del grupo de varones (García, 2010) son solo dos ejemplos de esta reproducción. Las consecuencias de no superar estas pruebas llevan al hombre a sentirse como femenino, antítesis de su razón de ser (rompiendo la transparencia). Esto recuerda al mollis griego, el afeminado, aquel que representaba inversiones radicales e inaceptables de poder y prestigio” (Laqueur, 1990, p. 106). Sin embargo, el mollis contemporáneo sí es sancionado por su sexualidad además de por su poder y estatus. Esta nueva categoría dentro del esquema de percepción, bajo supuestos biológicos y psicológicos, ha construido un relato de la anatomía y la conducta (con sus respectivos razonamientos) que ha perpetuado la supremacía masculina y que se ha insertado en la estructura contextual, impregnando el discurso histórico y normalizando el dualismo occidental y sus modelos hegemónicos de género.

3. Conclusión

A lo largo del texto, haciendo uso del marco teórico que me han proporcionado las ideas de Selgas y Casado así como Rodríguez y Peña, he realizado una comparativa entre algunos aspectos de la cosmovisión de los antiguos y la manera en que se construye la masculinidad en las sociedades de la modernidad tardía. Creo que una comparación entre dos sociedades tan alejadas en el tiempo y diferentes en cuanto a su construcción social, me permite esbozar el recorrido que ha seguido la reproducción y legitimación del orden androcéntrico hasta nuestros días. La puesta en duda de este orden en la actualidad genera espacios de tensión donde el hombre siente amenazada su posición, aflorando una pragmática masculina del control que aún sigue inserta en los cuerpos de los hombres y que se transforma en múltiples encarnaciones de las actitudes más groseras de la masculinidad hegemónica. La transparencia de la masculinidad defendida por Antonio García asume todos los riesgos para con el hombre; le lanza a un tortuoso camino de pruebas superadas y no superadas impuestas por el modelo hegemónico para confirmar su no-feminidad, haciendo que la figura del mollis griego encuentre un símil resignificado en la actualidad, con la llegada del dualismo occidental, la construcción del mollis aborda nuevas dimensiones que intensifican las diferencias entre hombres y mujeres.

Debido a los límites de la extensión del ensayo, no he podido ampliar más algunos conceptos como encarnación y su incorporación al marco de las interacciones rutinarias puesto que la propia encarnación trasciende la interacción y se inserta en el habitus, haciendo que existan más determinantes asociados al cuerpo que se ponen en juego.

4. Referencias.

Álvarez, P. (2015, 5 de marzo). La brecha de género crece entre los estudiantes españoles. El País. Descargado de http://politica.elpais.com/politica/2015/03/04/actualidad/1425504929_932569.html

García García, Antonio (2010). Exponiendo hombría. Los circuitos de la hipermasculinidad en la configuración de prácticas sexistas entre varones jóvenes. Revista de Estudios de la Juventud, 89, 59-78.

García Selgas, Fernando y Casado, Elena (2010). Violencia en la pareja: género y vínculo. Madrid: Talasa.

Laqueur, T. (1990). La construcción del sexo: cuerpo y género desde los griegos hasta Freud. Madrid: Ediciones Cátedra.

Rodríguez Menéndez, M. & Peña Calvo, J. (2005). Identidad de género y contexto escolar: una revisión de modelos. Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 112, 165-194.

Sambade, I. (2011). Honor, control y violencia: Una mirada sobre la socialización patriarcal de los varones occidentales. Revista Clepsydra. 10. 149-165.

Adrián Jurado Herrera

Estudio Sociología en la Universidad de Granada aunque actualmente me encuentro becado por un año en la Universidad Complutense de Madrid. Uno de mis principales intereses a la hora de la investigación sociológica reside en la construcción histórica del género y en particular la legitimación y reproducción de los modelos hegemónicos así como la hipótesis que plantea el género como categoría social previa al sexo.

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