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La domesticación de los vampiros

¿Por qué nos resultan interesantes los vampiros?  La figura arquetipal del vampiro está presente en diversas culturas y constituye uno de los mitos más antiguos de la humanidad (Kimberley, 2011).  A lo largo de distintas narrativas  y relatos podemos sin duda encontrar una gran diversidad de presentaciones que modifican sus cualidades esenciales, pero no son estas las que interesa reconstruir en este escrito, sino más bien las funciones o agenciamientos en los que esta figura ha tomado parte y que han devenido fenómenos interesantes en distintos contextos históricos y culturales. Dicho de otra forma, no intentaremos acá definir lo que es un vampiro, sino ilustrar un cambio en su función respecto a las instituciones y las multiplicidades en las cuales esta figura hace sentido.

La domesticacion de los vampiros twilight

Fuente: Cultura Geek

Distintas épocas han producido distintos vampiros, siendo más o menos constante en estos una cualidad “salvaje o bestial” (Bartra, 1997) que inspira temor y que se encuentra en conflicto con las normativas sociales y religiosas. Esta imagen ha tenido momentos de auge y desarrollo de la mano del cine o la literatura gótica, hasta convertirse hoy en un elemento común de la cultura occidental. No obstante, hemos de advertir un cambio notable entre la imagen vampiresca “monstruosa” que evocaron durante siglos obras como la Bram Stoker y la imagen “suave” o “posmoderna” que recientemente edifican las máquinas hollywoodenses. Nuestra hipótesis es que el cambio cultural que ha sufrido el vampiro corresponde no solamente a un cambio de imagen, sino a un cambio de función social.

El romance paranormal de películas de sagas adolescentes como “Twilight” constituye un importante y creciente universo simbólico y económico que ejerce una poderosa influencia sobre las nuevas juventudes, en particular las mujeres de clase media (Nayar, 2010).  Estos nuevos vampiros parecen más atractivos que atemorizantes y son el objeto de consumo -o de deseo- de grupos completamente distintos, sobre los que ejercen una gran fascinación. ¿Cómo una figura mitológica pasa de situarse en la periferia social (“lo salvaje”) a convertirse en un referente identitario hegemónico y un fenómeno de masas? ¿Qué podría decirnos esto sobre nuestra época, nuestras juventudes o nuestras máquinas culturales?

Deleuze y Guattari (1980) comentan que entre 1730 y 1755 “no se hablaba de otra cosa que de vampiros” citando posteriormente que el origen de su cualidad monstruosa y del miedo o la fascinación que estos seres inspiraban tenía que ver fundamentalmente con su cualidad de “contagio”.  El hombre (o la mujer) no nace vampiro por filiación, descendencia o linaje. Se deviene vampiro porque se contrae una boda contra-natura que no obedece a las leyes de filiación de la iglesia o el estado, sino a los ritos y agenciamientos de las multiplicidades y las manadas.

“No devenimos animal sin una fascinación por la manada, por la multiplicidad. La multiplicidad que nos fascina, ya está en relación con una multiplicidad que nos habita por dentro. Bancos, bandas, rebaños, poblaciones, no son formas sociales inferiores, son afectos y potencias, involuciones, que arrastran a todo animal a un devenir no menos potente que el del hombre con el animal. Las bandas humanas y animales, proliferan con los contagios, las epidemias, los campos de batalla y las catástrofes. Los brujos saben que los hombres lobos son bandas, los vampiros también, y que esas bandas se transforman las unas en las otras. El vampiro no filia, contagia.” (Deleuze y Guattari, 1980)

Oponemos entonces filiación y contagio, en tanto la primera enuncia relaciones de correspondencia o de arborescencia binaria, mientras que el contagio enmarca relaciones inter-reinos o bodas contra-natura. Las relaciones de contagio son accidentales como los virus o las plagas, por ello, desafían a las estructuras y las lógicas de estado.

El estado, así como la iglesia o la ciencia tradicional, es una máquina de filiación que persigue jerarquizar, clasificar, endurecer y gobernar. Por el contrario, las bandas, manadas y revoluciones accionan y se propagan por contagio; su función es la de alborotar, desdibujar, descodificar y desterritorializar. Naturalmente, ninguna de estas lógicas existe de manera pura; la historia de las especies es una permanente tensión y retroalimentación entre filiación y contagio.

En el pasado, hablar de vampiros era hablar de la posibilidad monstruosa de subvertir o transformar las lógicas de filiación del estado y la iglesia, de desdibujar la sexualidad, la muerte o la vida tal y como la conocemos a través de las estructuras y las lógicas dominantes. Por ello, los vampiros -como los brujos- eran enemigos naturales del estado, eran contagiosos y debían ser exorcizados

“El brujo es el jefe de la manada, del pueblo, el anomal de las tribus, que habita en los linderos que separan un pueblo de otro, una colectividad de otra. Es quien lleva los pactos con el Demonio, quien hace las alianzas, quien permite la unión de las familias. Los hijos de brujos no son brujos, cada brujo ha hecho su pacto propio con el diablo, su alianza individual, no por “sangre” sino por contagio de sangre.”  (Deleuze y Guattari, 1980)

Algo de este escenario fascinante se aprecia en  Twilight. Los vampiros y los hombres-lobo viven en manadas y mantienen un permanente conflicto; conviven y participan en las tradiciones del pueblo, el estado, la educación y la iglesia, pero se regulan, funcionan y contagian de otras formas, en otros tiempos y bajo otras leyes. Ambos grupos viven en la periferia del pueblo y de una u otra forma señalan sus límites y lo protegen de otros “brujos” o criaturas.

Ahora, de la misma forma en que otros (Zizek, 2012)  se han aventurado a decir que películas como “The Dark Knight Rises” de Christopher Nolan nos presentan un delirio hollywoodense de fenómenos como el anarquismo o el poder popular, únicamente  para desacreditarlos o satanizarlos y acabar defendiendo, martizando y restituyendo al estado (por mentiroso o corrupto que este sea), quizás sea lícito afirmar que películas como Twilight nos ofrecen una mirada del brujo, el salvaje o el vampiro y sus lógicas alternativas de contagio, únicamente para domesticarlos y hacer triunfar por sobre ellos a las lógicas de filiación y linaje del estado.

El protagonista, Edward ha sufrido un episodio de contagio para devenir vampiro, pero su “monstruosidad” no es periférica o si quiera monstruosa. Por el contrario, como ya se ha comentado (Nayar, 2010) más bien parece que sus atributos vampíricos son justamente los de la masculinidad hegemónica dentro del campo social en el que se desenvuelve; se trata de un joven increíblemente apuesto, adinerado, poderoso y bien vestido que es venerado dentro de sus círculos y que cumple todas las cualidades del mega-macho. Su arquetipo se asemeja más al de los hombres en revistas de moda que al de los míticos seres de la literatura gótica.

Tradicionalmente, los vampiros desdibujan las instituciones, las familias y las filiaciones, pero en Twilight, la protagonista se casa con el vampiro y estos tienen hijos, imponiéndose sobre la manada la consanguinidad, la filiación, el estado y la iglesia, se ha domesticado al vampiro y se le ha convertido en “mi vampiro” (o peor aún, mi esposo) y este a su vez ha hecho las paces con el hombre lobo, quien también ha sido domesticado como un perro. La máquina hollywoodense nos ha presentado un símbolo salvaje únicamente para reducirlo a eso; un símbolo, para probarnos que puede y debe domesticarse. Se ha llevado a cabo un exorcismo

“…el devenir-animal siempre está en peligro ante el deseo de las sociedades de reducirlo a meras relaciones de correspondencia totémica o simbólica. El hombre-fiera convertido en estatua, en tótem, en símbolo de una sociedad. El Estado apoderándose de la máquina de guerra,  limitando los movimientos del hombre-fiera al simple andar de un soldado. La Iglesia, destruyendo a los brujos, quemándolos en hogueras para impedir el contagio de los fieles. El destierro del demonio para poder mantener las alianzas unidas al linaje. Terminará el brujo siendo sirviente, el diablo haciendo la voluntad de la Iglesia. La muerte del brujo, de la libertad del brujo, del movimiento del brujo, que ahora se convertirá en animal domesticado. El fin del devenir-animal, el triunfo del hombre, del despotismo, del exorcismo.” (Deleuze y Guattari, 1980)

Bibliografía

Bartra, R. (1997) El salvaje artificial. Ediciones Era, Universidad Nacional Autónoma de México. ISBN 968-411-383-8, 9789684113831

Deleuze, G., & Guattari, F. (1980). A thousand plateaus: Capitalism and schizophrenia. Bloomsbury Publishing.

Kimberley, S. (2011). A psychological analysis of the vampire myth. Estro: Essex Student Research Online Vol 1 (1): 38-44

Nayar, P. (2010). How to Domesticate a Vampire: Gender, Blood Relations and Sexuality in Stephenie Meyer’s Twilight. Nebula, 7(3).

Zizek, S (2012) Dictadura del proletariado en Ciudad Gótica. Recuperado el 09-07-2017 de: http://descontexto.blogspot.com/2012/08/dictadura-del-proletariado-en-ciudad.html

Samuel Colmenares

Samuel Colmenares es estudiante de la mención de Psicología Social en la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela. Miembro fundador del movimiento “Conciencia” e investigador en el área de género y masculinidades contemporáneas. Ha colaborado en organizaciones juveniles para la educación sexual, la recuperación de espacios públicos y la promoción de la convivencia democrática en Venezuela. Aficionado al cine, la literatura y las ciencias sociales.

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