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Lo que la prostitución nos dice sobre la izquierda posmoderna

En el debate entorno a la prostitución, hay un argumento que esgrimen los y las defensoras del regulacionismo que no se sostiene de manera alguna. Estoy hablando de la teórica “imposición de la moral o la moralina”, acompañada de la coacción de la “genuina libertad” de algunas prostitutas, que se le imputa a los y las abolicionistas. Considero que es de lo más inconsistente que se puede introducir en el debate, pero nos dice mucho acerca de nuestra izquierda posmoderna. Hay dos errores: al mismo tiempo, compra el marco ideológico dominante y resulta muy cuestionable en términos teórico-antropológicos.

prostitución e izquierda

Una prostituta alemana espera clientes en barrio rojo de Ámsterdam, Holanda. Fuente: Aoek de GrootAFP/Getty Images

La crítica contra-paternalista, acompañada del reproche a aquel que vendría a imponer su “superioridad moral”, implica prácticamente negar la exodeterminación de los seres humanos por las estructuras sociales y culturales. La idea es que una persona podría actuar libremente si no fuera por la imposición de ese tercero que le dice lo que debería hacer. Se presupone que la libertad sería nuestra condición ordinaria, pero a veces sería reprimida por una causa imaginada libre (el moralista – o el Estado- que decide coartar nuestra “libre decisión”). Sin embargo, otros objetos, que condicionan realmente nuestras vidas cotidianas, como las fuerzas del mercado, se nos presentan como impersonales y vacíos de intencionalidad, y por lo tanto son naturalizados como objetos de necesidad. Somos afectados más de odio hacia una causa que imaginamos libre, que no hacia una que imaginamos como necesaria (Eth, III, 49, Spinoza, 1958).

Esto suele implicar ceder ante las metafísicas de la subjetividad que adoran los neoliberales: aquellas que promocionan la ilusión de la “libertad de elección”. El discurso neoliberal no te permite ya hablar de víctima, puesto que en realidad sólo habrían actores racionales y super-sujetos que deciden libremente en el mercado cómo vender su “fuerza de trabajo” a los propietarios de los medios de producción (de aquí sale la idea liberal del contrato como acuerdo simétrico). En el caso de la prostitución es paradigmático cómo se le niega al sujeto su condición en el entramado relacional, es decir, la de víctima, y se convierte imperativamente en un sujeto libre que escoge en un mercado de amplias posibilidades (algo parecido sucede con los pobres, que “no emprenden”). Nadie puede ser victima bajo el capitalismo y el patriarcado y menos los y las que realmente lo son. Y si dices lo contrario te acusarán de moralista. El neo-idealismo reinante (y paradigmáticamente fijado en la figura del emprendedor que “se hace a sí mismo”) niega las constricciones materiales y otorga una super-autonomía individual a la subjetividad.

Y de este posicionamiento posmoderno sale la constante de “escuchémoslas”, “no las privemos de voz”. Si bien es cierto que los sujetos dominados han sido silenciados durante mucho tiempo, los posmodernos se quedan con la voz que les interesa en el debate (cuando siempre encontrarás las dos versiones) y le otorgan validez total a la vivencia subjetiva, como si los testimonios constituyeran por sí solos conocimiento social y marcaran lo que se debe hacer. Si ellas mismas dicen que trabajan “libremente”, ¿quién se lo podrá negar? En antropología social, emic se refiere al punto de vista indígena (las prostitutas) y etic es el punto de vista del extranjero (el científico o el periodista). En ciencias sociales, con una cierta voluntad científica, es insostenible articular únicamente uno de los dos puntos de vista. Lo vivido y el análisis “exterior” se necesitan mutuamente. Como dijo Kant (2000), la comprensión sin sensibilidad está vacía pero la sensibilidad sin comprensión es ciega.

La prostituta que diría “yo trabajo porque quiero y soy libre de hacerlo” no constituye un testimonio irrelevante pero no debería hacernos renunciar inmediatamente a categorías como dominación o explotación. Que no sea sentido como dominación no hace que ésta deje de existir, la determinación es un hecho objetivo. Si cediéramos ante los afectos alegres que produce el régimen de deseo neoliberal en la condición salarial, entonces deberíamos renunciar a la superación del trabajo asalariado. Incluso podríamos decir que el proyecto neoliberal es deseable porque ha conseguido asalariados contentos que no sienten la dominación como durante otras fases del capitalismo disciplinario. Aunque la dominación sea silenciosa o incluso alegre, alguien que es dominado no lo elige. Es la falsa libertad formal que encontramos en los estudios sobre el “consentimiento”. Pero el consentimiento no elimina la determinación, únicamente refleja que ésta viene acompañada de afectos alegres. Lo que sucede es que, como decía Spinoza, el espíritu se esfuerza por imaginar lo que eleva su potencia de obrar y repugna imaginarse lo que reprimiría a ésta (Eth, III, 12, Spinoza, 1958). El re-encantamiento ante una situación complicada es algo normal, es intrínseco al conatus, que se esfuerza hacía la alegría. Tener en cuenta la verdad subjetiva de la dominación (Bourdieu, 1996) es importante pero no niega el maltrato, la extracción de plusvalor o lo que corresponda a cada relación de poder.

En términos clásicos, en el caso de una prostituta, el medio de producción es su propio cuerpo. En tanto que un tercero (los proxenetas) se apropian del fruto de su “trabajo” (sin ni siquiera poner los medios de producción) ya estamos en el terreno de la explotación total y de la extorsión. La dominación es una relación asimétrica que nace del hecho que la persecución del deseo de uno (el deseo-dinero de la reproducción material) pase por otro. La dependencia de un interés a un tercero, hace del interesado un dominado y del tercero un dominador.

En cuanto a la moral, ésta no es individual, es por definición social. Nadie puede extraerse de ella como si nada. ¿De verdad queremos o creemos que es posible interpretar las prácticas sociales desde el objetivismo amoral y antipersonalista? ¿Haremos del cinismo nuestro método para analizar el orden de las cosas y plantear su transformación?

En términos antropológicos no podemos entender la moral y lo cultural como un aspecto de imposición conceptual e intelectual de unos, ésta tiene que ver con constricciones objetivas que moldean las subjetividades, las percepciones y las concepciones de todas las que están inmersas en tal entramado simbólico y cultural. Y así el sexo tiene evidentemente una significación concreta que comparten los miembros de tal comunidad. Como dice Beatriz Gimeno: “Ya casi nadie dice (ni siquiera las defensoras de la prostitución) que este sea como cualquier otro trabajo. No es lo mismo mamar una polla que pasar la fregona. ¿Por qué? Porque así es el sexo, ese significado tiene en nuestra cultura, así lo hemos construido. Si fuera lo mismo entonces también sería lo mismo que un jefe te toque una teta o un codo. Y no es lo mismo. Las putas son mujeres como cualquier otra, el sexo significa lo mismo para ellas que para cualquier otra mujer. Su subjetividad también se construye en parte ahí. Las mujeres no tenemos ningún gen que nos haga más agradable el sexo sin deseo; no más agradable que a ellos” (Gimeno, 2017).

Por eso es insoportable ese relativismo posmoderno que supone que las putas con la venta de sus cuerpos serian capaces de abstraerse de lo que para todos significa lo mismo y tiene un carácter excepcional: el sexo. El problema está en ese grupo de metaintelectuales que, paradójicamente, viene a decirle a los intelectuales que no hay que decirle a nadie lo que debe hacer, porque eso es imponer su moral. Foucault (1977), santo patrón de los relativismos posmodernos y del amoralismo, ya decía que se debía quitar del código penal el delito de violación y sustituirlo por el de simple agresión física. Lo contrario, decía, suponía seguir trascendentalizando la sexualidad, era imponer nuestra moral conservadora en relación al sexo…

El capitalismo y el patriarcado tiemblan con esta “nueva izquierda”… que legitima toda dominación, negándola en muchas ocasiones, pues, en el fondo en cada mercancía (en las que entraría el propio cuerpo en los márgenes del neoliberalismo más descarnado) hay “formas de resistencia y de reapropiación” (las putas que ganarían más dinero con esta actividad y que tendrían un supuesto “control” sobre el “capital erótico”, los pobres que bailan reggaeton y su cuerpo es lo único que nadie “les arrebatará”, etc.), que la vieja izquierda marxista no había sabido identificar. Cierta izquierda nacional-populista condena a la gente a que sigan siendo peones y esclavos de por vida, y si algún izquierdista trasnochado viene a decirles que existe un camino alternativo, ya estarán ellos aquí para gritarle “¡clasista! ¡paternalista! No vengas con tu superioridad moral a decirle que se puede emancipar”. Que todo siga igual.

 

Citas:

Bourdieu, P. (1996). La double vérité du travail. Actes de la recherche en sciences sociales, nº114.

Foucault, M. (1977) “Enfermement, psychiatrie, prison: Dialogue avec Michel Foucault et David Cooper”, Change 32-33 (1977) 76-110.

Gimeno, B. (2017). Putas, putas. [online] eldiario.es. Available at: https://www.eldiario.es/tribunaabierta/Putas-putas_6_718888139.html

Kant, I. (2000). Crítica de la Razón Pura, Madrid, Alfaguara.

Spinoza, B. (1958). Ética demostrada según el orden geométrico, FCE, México.

Aldo Rubert Echevarría

Me llamo Aldo Rubert, nací en Barcelona y tengo 24 años. Me licencié en antropología social en la Universidad de Barcelona. Me trasladé después a París donde realicé un master de sociología en la Universidad Paris 8, para luego realizar un segundo año de master de sociología y ciencias sociales en la École Normale Supérieure, con el objetivo de obtener una beca doctoral. He trabajado sobre temáticas muy distintas, como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, grupos militantes anti-racistas o la construcción de la popularidad de los jóvenes en los colegios. También he trabajado sobre los fab-labs y el coworking cómo centros que siguen promoviendo intercambios mercantiles. Por último, los dos últimos años, me he centrado en los efectos que tienen las formas de trabajo precarias e individualizadas de la gig economy (concretamente plataformas como Deliveroo o Uber) en la subjetivación de los trabajadores. Lo que trato de averiguar es si este tipo de trabajo fragmenta la conciencia de clase fomentando posiciones de retiro, o si por el contrario, permite una mayor toma de conciencia de clase con nuevas formas de acción colectiva.

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