

Basta apreciar el “boom” de la construcción, el auge comercial, el desarrollo minero, la versatilidad de la industria textil, las exportaciones no tradicionales, el liderazgo de agroexportación de café, cacao y palta orgánicos, hasta el despegue de la gastronomía, la literatura y del cine peruanos, para comprender que el Perú empezó a encontrar el camino.
Pero no todo es color de rosa. La otra cara de la medalla es corrupción política, crisis de la educación (somos últimos en comprensión lectora y razonamiento matemático), deficientes servicios de salud que no llegan a los más pobres y altos índices de violencia familiar.
Es penoso decirlo: la delincuencia no solo está en las calles a manos de vándalos a mano armada y bandas de secuestradores y asaltantes que usan armamento de guerra, sino que también hay otros males que, silenciosos como un cáncer que hace metástasis, se enquistan en las células enfermas de nuestras instituciones: la corrupción y el narcotráfico.
No estamos en el apocalipsis, pero es paradójico que el Perú, a quien muchos toman como un ejemplo de país emergente, sea también el reino de la mentira institucionalizada y de los delincuentes de cuello y corbata, que se disfrazan de padres de la patria y hasta se aferran a su inmunidad parlamentaria para evitar dar cuenta de sus delitos.
Si no ponemos en práctica reformas profundas, si no apostamos por un cambio radical de actitud (una auténtica “revolución moral e institucional”) para mejorar la educación y la salud, si no se corta de raíz la corrupción, si no mandamos a la cárcel a los corruptos, el Perú jamás será un país viable.