
Hay memorias colectivas que se quedan grabadas en el ADN de una sociedad.
Para quienes nacimos a finales de los ochenta y empezamos a tener conciencia
del mundo en los noventa, el relato de la hiperinflación no es un cuadro estadístico
en un libro de historia; es la base de nuestra comprensión sobre lo frágil que
puede ser el bienestar. Como sociólogo, me ha tocado analizar cómo el caos
económico destruye el tejido social, pero como peruano, crecí escuchando las
historias de angustia de la generación anterior, la de mis padres, que hacían colas
interminables por un tarro de leche. Aquello no fue un fenómeno natural, fue el
resultado directo de un modelo que creía que la riqueza se creaba por decreto y
que el Banco Central debía ser la caja chica de un Estado con ínfulas de
todopoderoso.
Pasar de ese escenario de 7,000% de inflación a ser la economía más estable de
la región no fue un milagro. Fue una cirugía de emergencia. Las reformas de
mercado de los años noventa, a menudo vilipendiadas por los románticos del
estatismo que nunca tuvieron que cuadrar una caja de ahorros familiar bajo
presión, fueron el cimiento de todo lo que hoy las nuevas generaciones damos por
sentado. Si hoy un ciudadano de mi edad puede proyectar su futuro, ahorrar para
emprender o una familia puede sacar un crédito hipotecario a veinte años, es
porque un día el país decidió dejar de jugar a la «maquinita» y aceptamos que el
dinero debe tener un respaldo real y una gestión técnica responsable.

La ruptura con el modelo del desastre
La transición hacia la estabilidad fue un proceso de madurez nacional necesario
para no terminar como un Estado fallido. Antes de las reformas, el Perú era un
paciente en cuidados intensivos. Teníamos un Estado que pretendía ser
empresario, controlador de precios y prestamista de última instancia, todo al
mismo tiempo. ¿El resultado? Una ineficiencia galopante y una corrupción
estructural que se alimentaba del control de cambios. El famoso «dólar MUC» fue
el monumento a la arbitrariedad: unos pocos elegidos compraban barato mientras
el pueblo veía cómo su salario se licuaba entre las manos por decisiones políticas
ajenas a la realidad del mercado.
El cambio de paradigma fue radical. Se privatizaron empresas públicas que solo
generaban pérdidas que todos pagábamos con nuestros impuestos, se liberaron los precios y se abrió el mercado al mundo. Pero, sobre todo, se hizo algo que hoy
es la envidia de nuestros vecinos y el pilar de nuestra resiliencia: se le otorgó una
autonomía real y constitucional al Banco Central de Reserva del Perú (BCRP).
Esa decisión fue el acta de independencia de nuestra moneda frente al capricho
de los políticos de turno. Es, literalmente, la garantía de que el valor de nuestro
trabajo no dependa del humor de quien ocupe el sillón presidencial.
Julio Velarde: el guardián del faro en medio de la tormenta
Si hay una figura que encarna esta estabilidad frente a los vientos huracanados de
nuestra política, ese es Julio Velarde. Como analista, me resulta fascinante
observar cómo el BCRP se ha convertido en una suerte de isla de sensatez en un
mar de irracionalidad. Mientras que en el Congreso y en Palacio de Gobierno se
cambian autoridades con una velocidad alarmante, y las crisis institucionales
parecen ser nuestro pan de cada día, la moneda se mantiene firme.
La gestión de Velarde ha sido el garante de la confianza financiera. No se trata
solo de mover la tasa de interés de referencia con precisión técnica; se trata del
mensaje que se envía al mundo. El inversor internacional no busca un país de
ángeles, busca un país con reglas claras y predecibles. Saben que, mientras la
institución mantenga su rigor, el sol peruano no se convertirá en papel mojado.
Esa predictibilidad es el beneficio más grande que la visión de libertades
económicas ha dado al ciudadano de a pie, permitiéndonos vivir en una burbuja de
orden monetario a pesar del caos político.
Reflexiono a veces sobre qué pasaría si el Banco Central volviera a estar bajo el
ala directa de algún iluminado que quiera «dinamizar» la economía imprimiendo
billetes para financiar programas sociales insostenibles. Volveríamos al caos en
tiempo récord. La estabilidad macroeconómica es el piso mínimo sobre el cual se
construye la libertad individual. Sin una moneda sana, no hay propiedad privada
que valga, porque el Estado te expropia el valor de tu esfuerzo a través de la
inflación, el más injusto y silencioso de todos los impuestos.
Raúl Allain