
El ataque al modelo y la falacia del crecimiento sin alma
Ciertos sectores insisten en que este modelo «no se siente en el bolsillo». Es un
discurso peligroso y profundamente alejado de la experiencia cotidiana. Se siente
cuando vas a la bodega y el precio de los productos básicos no sube tres veces en
una misma jornada. Se siente cuando el Perú tiene las reservas internacionales
más altas de la región, lo que nos protege de crisis externas que antes nos
hubieran dejado en la calle.
La oportunidad que ofrece el sistema de libertades económicas no es la de un
paraíso sin problemas, sino la de una cancha nivelada donde el esfuerzo personal
tiene un sentido real. El modelo de intervención estatal, por el contrario, busca que
todos seamos dependientes de la mano del gobernante. Critique a quien quiera,
pero la reducción de la pobreza en el Perú durante las últimas dos décadas ha
sido el fenómeno social más importante de nuestra historia republicana, y no se
logró con discursos, sino con inversión privada y disciplina fiscal.
El problema es que la estabilidad se ha vuelto tan cotidiana que hemos olvidado lo
que costó conseguirla. La inestabilidad política reciente habría destruido a
cualquier otro país. Si el Perú no ha colapsado, es gracias a ese «piloto
automático» macroeconómico que los críticos del mercado quieren desconectar
por razones meramente ideológicas. Julio Velarde no es solo un técnico; es el
símbolo de una resistencia institucional frente al populismo que siempre acecha en
las urnas.

La soberanía del consumidor frente al dirigismo
Cuando el Estado interviene en la economía, siempre lo hace bajo el pretexto de
protegernos. Pero, ¿quién nos protege del Estado cuando este se vuelve
ineficiente? El libre mercado nos devuelve la soberanía. En un sistema abierto, el
consumidor es el que manda. Tú decides a quién le compras, dónde inviertes y
qué haces con tu dinero. El modelo que defiende la autonomía del BCRP
garantiza que ese dinero que tanto te costó ganar mantenga su valor en el tiempo.
Como sociólogo, veo con preocupación cómo se intenta reinstalar una narrativa de
resentimiento que apunta contra las reformas que nos salvaron del abismo. Es
fácil prometer el cielo cuando no se tiene la responsabilidad de pagar las cuentas al final del mes. Sin embargo, la realidad es que el Perú es hoy un país de
emprendedores, de gente que no espera que el Estado le resuelva la vida, sino
que simplemente pide que no le pongan trabas burocráticas. El éxito de Gamarra,
de la agroexportación o del comercio regional no se explica por el dirigismo
estatal, sino por la resiliencia de individuos que operan en un marco de estabilidad
monetaria.
El reto de la institucionalidad y la responsabilidad
La gran lección de estos años es que la economía no puede ir separada de la
ética de la responsabilidad. La autonomía del Banco Central funciona porque hay
un marco legal que se respeta. Esa es la verdadera ventaja competitiva del Perú
frente a vecinos que han caído en la tentación del populismo monetario para tapar
agujeros fiscales. Nosotros hemos mantenido la frente en alto y el crédito abierto.
Pero no podemos bajar la guardia. La estabilidad macroeconómica es una
condición necesaria, pero debe ir acompañada de una reforma del Estado que
lleve esa misma eficiencia a los servicios públicos de salud y educación. Sin
embargo, la solución no es volver al modelo estatista que nos llevó a la quiebra.
La solución es profundizar la libertad: menos burocracia, más competencia y una
defensa férrea de la propiedad privada y la seguridad jurídica.
Julio Velarde ha sabido navegar aguas turbulentas con una mezcla de
pragmatismo y principios sólidos. Su permanencia representa la continuidad de
una política que prioriza la salud del sistema financiero por encima de los intereses
electorales de corto plazo. Eso es madurez nacional, algo que a menudo nos falta
en otros ámbitos, pero que en lo económico hemos logrado consolidar como un
baluarte contra la demagogia.
Reflexiones finales: hacia un país de ciudadanos, no de súbditos
A veces dudo si somos plenamente conscientes de lo cerca que estamos de
perderlo todo cada vez que un discurso mesiánico gana terreno. La estabilidad es
frágil. Se construye en décadas de disciplina y se puede destruir en apenas unos
meses de irresponsabilidad. El tránsito de la hiperinflación a la solidez actual es la
historia de una victoria del sentido común sobre la ideología ciega que tanto daño
hizo al país.
El beneficio de este modelo es la libertad de planificar una vida. Cuando un
ciudadano puede ahorrar para un proyecto personal sabiendo que su dinero valdrá
lo mismo en unos años, estamos hablando de justicia real. La verdadera
oportunidad de la derecha moderna es esta: ofrecer un país donde el orden y la
libertad sean las dos caras de la misma moneda.
No dejemos que el relato colectivista nos convenza de que el control estatal es la
solución. Las historias de las colas y la escasez deben servirnos de advertencia,
no como un vago recuerdo, sino como una realidad a la que no podemos volver.
Defender las reformas de mercado y la autonomía del BCRP es defender nuestro
derecho a un futuro digno. Es defender la realidad frente a la fantasía
empobrecedora. Y en esa tarea, la gestión de Velarde y el legado de la disciplina
fiscal son las herramientas más potentes que tenemos para seguir creciendo.
Raúl Allain