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«Nuestras portadas no son un ataque contra un país sino contra ciertas políticas» John Micklethwait

John Micklethwait, director de «The Economist», asegura que «queremos que España salga adelante, por muchísimas razones, pero nuestro trabajo es contar lo que está ocurriendo»

«Nuestras portadas no son un ataque contra un país sino contra ciertas políticas»

Dirige una de las tribunas mediáticas más influyentes del planeta pero está incómodo por no haberse puesto la corbata esa mañana y por el desorden en su mesa. En el despacho del director de «The Economist» se mezclan vasos de agua, una bebida isotónica y muchos papeles dispersos. Mira mucho más a la Blackberry que la pantalla del PC. Y tiene las espaldas bien cubiertas por varias estanterías de libros que dan cuenta del marcado perfil intelectual que predomina entre los 93 periodistas que hacen la revista.

John Micklethwait trabajó dos años en Chase Manhattan después de estudiar Historia en el prestigioso Magdalen College de Oxford. Entró en el periódico que dirige en 1987. En los seis años que lleva como director, la difusión de la revista ha pasado del millón a la cifra récord alcanza en marzo de 1.624.000 lectores (1.501.000 en su edición impresa y 123.000 online). A punto de cumplir 50 años, pasa de viaje como mínimo una semana al mes. Y combina como puede los encuentros habituales con los grandes líderes políticos con la atención a sus tres hijos adolescentes.

«The Economist» acaba de recibir el Premio Internacional Gabarrón de Economía por su cobertura «completa», «inteligente», «punzante» e «imparcial» -según el jurado- de la actualidad económica global. Pero la colección de portadas que ocupa una de las paredes del despacho de Micklethwait en la sede londinense del Economist Group sirve de recordatorio permanente de la privilegiada potencia de fuego de la revista, y de lo polémico de algunas de sus apuestas «gráficas».

-¿Es distinto el papel de «The Economist» en tiempos de crisis?

– La responsabilidad es la misma. La actitud que debes tomar hacia la información es la misma, sea cual sea la noticia. Pero hay un matiz: en tiempos de crisis es más difícil conocer exactamente lo que ocurre y lo que va a ocurrir y eso afecta a la gestión de portadas, un elemento clave en una revista como la nuestra. La semana pasada quería a toda costa sacar una portada con México para usarla en EE.UU. pero creía, por otro lado, que en Europa o Asia no sería tan atractiva. Además, sentíamos que debíamos hacer una portada sobre el conflicto entre israelíes y palestinos. Así que hicimos la portada con Gaza. Pero me queda la duda.

– ¿Qué buscan con las portadas?

– Generar la sensación en el lector de «esto es exactamente lo que quiero leer esta semana» -sobre la victoria de Obama, por ejemplo- o bien, en ocasiones, provocar una reacción tipo «ah, sí, es verdad», diciéndoles algo que solo conocían a medias.

– Varias portadas sobre la crisis en la zona euro han sido percibidas como «ataques» contra la economía española, en su momento o, hace tres semanas, contra Francia por sacar una «baguette-bomba»…

– No me preocupa que sean interpretadas como ataques siempre que no se vean como ataques de un «outsider», como un ataque de los británicos contra los franceses, porque supone obviar las durísimas portadas que hemos hecho sobre Gran Bretaña. Por ejemplo, contra la «chiflada» política migratoria de los «tories» que sacamos en octubre. Atacamos a todos en la medida en que atacamos a cualquiera. Pero el término «ataque» es problemático. Nos encanta Francia, nos encanta España. Muchos de nosotros pasamos mucho tiempo en esos países. Nunca es un ataque contra un país, sino contra ciertas políticas de un país. En el caso de la portada sobre Francia, sí atacábamos al gobierno porque decíamos que no estaba haciendo lo suficiente. En el caso de la portada sobre el «dolor en España», el objetivo era señalar las dificultades que atravesaba España. No había tanto un ataque directo contra el gobierno, aunque hemos dicho reiteradamente que Rajoy debe abordar el rescate de una forma mucho más directa de lo que lo hace.

– La imagen del toro como recurso era muy estereotípica, ¿no?

– Intentamos con otros elementos y ninguno funcionaba. Ahora hemos recibido la misma acusación por los «sombreros» de la portada sobre México. Pero mi reacción preferida es la francesa, cuando nos decían que atacar la «baguette» es atacar un símbolo nacional.

– ¿Se ve usted como un actor de la crisis, dado el poder de estas portadas?

– No, tienes que verte como alguien que influye en las cosas, pero los actores siempre son los políticos. El mayor error que puede cometer un periodista es convencerse de que tienes el poder de afectar a las cosas. En este sentido, algunas portadas sí han tenido influencia en el marco de la crisis del euro. Creo que la de España no la tuvo, pero la de la «baguette» sí. Fuera de Francia, alertó a mucha gente de lo mal que están las cosas dentro, y en Francia tuvo un efecto dual: varias personalidades francesas se dirigieron a nosotros de forma privada para decirnos, «por favor, seguid, haced más cosas así», mientras que la reacción oficial fue negar las cosas.

– Muchos empresarios y banqueros se quejan de que España sufre una «prima de riesgo mediática», con mucha atención en la prensa económica a los problemas y poca a las cosas que van bien. ¿Simpatiza o cree que disparan al mensajero?

– Algunos países tienden a ponerse especialmente a la defensiva, y España es un ejemplo. Hace dos años participé en una conferencia en España, y allí estaba todo el «establishment» para decir una y otra vez que no había problemas. No es creíble. En India estamos encontrando ahora una reacción similar. Muchos países aceptan la crítica, pero no si proviene del extranjero. Queremos que España salga adelante, por muchísimas razones, pero nuestro trabajo es contar lo que está ocurriendo.

– Varios ministros españoles, sobre todo el titular de Finanzas, Luis de Guindos, han hecho giras en las grandes capitales y siempre visitan redacciones. ¿Sirve para algo?

– No estaba presente cuando Guindos estuvo aquí, pero no solemos comentar sobre el contenido. Mi impresión general es que si tienes una buena historia que contar o una buena explicación sí funciona. Si no, no. Si un ministro de Finanzas te dice «esto va mal», «esto va peor de lo que esperábamos» pero «esto va mejor», eso es interesante para un periodista, y el «off-the-record» es útil. El ministro de Finanzas griego, por ejemplo, es un tipo impresionante porque te deja siempre con la sensación de que entiende la naturaleza del problema y de que está intentando resolverlo dentro de las posibilidades de la política.

– ¿Hablamos demasiado del declive de Europa?

– Europa es una terrible tragedia en relación a su potencial. Hablamos de la mayor unidad económica del mundo, mayor que Estados Unidos o que China. Si en vez de un mercado interior como el actual, con el 30% de los productos, tuviera uno que abarque el 70% el salto hacia delante sería estratosférico. Europa tiene enormes activos en términos de creatividad, de cultura, de empresas como Zara o el Santander… El potencial es enorme, pero el freno es la política. Esa es la tragedia. Muchas críticas a la Europa actual son despachadas como algo típico de liberales anglosajones, pero no puedo imaginar una democracia social compatible con un empleo juvenil del 50%.

-¿Defiende una UE más integrada?

– Soy un euroescéptico moderado. Estoy harto de instituciones como el Parlamento europeo y creo que la entrada del Reino Unido en el euro es una mala idea pero, llegados a este punto, es necesaria una unión bancaria y algún tipo de mutualización de la deuda, por ejemplo. Y cuanto antes, mejor.

– ¿Y el euro es parte de esa Europa más fuerte?

– Un euro bien construido es deseable. Podemos tener largas discusiones sobre el euro, pero puesto que la mayor parte de la gente en la Europa continental quiere una moneda única, el debate es cómo hacer que funcione bien.

– ¿Tenemos los políticos adecuados?

– Tengo un grave dilema con Angela Merkel. Creo que es uno de los políticos más impresionantes en el mundo, pero no es una jugadora, y a veces se necesita hacer grandes apuestas. Ha obligado a que se realicen las reformas necesarias en España. Quitó de en medio a Berlusconi, de forma indirecta. Pero ahora el mensaje de austeridad sin reformas ni crecimiento resulta demasiado duro.

Una revista «contra la ignorancia»

Es la revista más influyente y polémica del quiosco físico y digital. «The Economist» fue fundada en 1843 por el banquero escocés James Wilson con el afán de tomar parte «en la severa lucha entre la inteligencia, que empuja hacia delante, y una ignorancia tímida e indigna que obstruye nuestro progreso», según recuerda cada número. Vende cada semana más de un millón y medio de ejemplares de papel en todo el mundo -766.000 en EE.UU.- y tiene ya unos 130.000 suscriptores online. Según los últimos datos auditados, 46.000 franceses leen esta revista que se llama a sí misma periódico, por solo 9.500 españoles. «Yo diría que es por la dificultad con el idioma, pero quizás hagamos también menos esfuerzo de promoción y distribución en España», nos explica su director.
En una industria que lucha por transformarse, «The Economist» declaró el año pasado un 9% más de beneficio con un 17% menos de ingresos de publicidad impresa. «Nuestro enfoque es simple: tenemos un producto, leerlo en papel o en el iPad es tu elección, mientras pagues por él estoy satisfecho», dice.
Fuente: [Enlace retirado]

 

 

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