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La Guerra por los Servicios de Inteligencia: el dominio de la información

Cuando Castells nos habló de la Era de la Información, nos expuso cómo cada vez la creación de valor económico va a depender más del conocimiento, y cómo este va a moldear las empresas, el trabajo, e incluso la forma de interactuar de la gente. Han pasado casi dos décadas desde que esos libros fueron publicados, dos décadas que no han hecho más que confirmar que gran parte de su visión es cierta. Y hoy, cada día, lo vemos en la particular guerra que se lucha sobre los servicios de inteligencia de los distintos países. Pero, ¿a qué se debe este reciente interés por los mismos?

Cómo-se-realiza-el-espionaje-telefónico

Si retrocedemos hasta la Segunda Guerra Mundial encontraremos que el poder principal que dirimía las relaciones internacionales era el poder duro: los ejércitos, las bombas, la capacidad de coacción económica. Si pasamos los años, veremos que el modelo se mantiene a lo largo de toda la Guerra Fría: las dos guerras de Vietnam, la entrada de la URSS en Afganistán, la Guerra de Corea… Todo ello bajo la omnipresente sombra del temido hongo nuclear, y su doctrina política y de seguridad: la destrucción mutua asegurada.

Pero, si llegamos hasta hoy en día, encontramos que ese modelo está en claro retroceso. Desde el final de la Guerra Fría, pero en especial tras el fiasco de la invasión de Irak y Afganistán tras el ataque contra las Torres Gemelas, lo que vemos es que las potencias militares sólo luchan de modo muy limitado y controlado: la invasión de Libia, la entrada de Rusia en Georgia, etc. Son intervenciones mínimas, destinadas a mermar en la menor medida posible la legitimidad y los recursos del país que las lleva adelante. En su lugar, lo que vemos es el ascenso de otros métodos de lucha, en especial el ataque con drones que busquen eliminar objetivos clave.

Esta, sin embargo, sólo es la parte visible. El dominio de la información es, en gran medida, el dominio del poder porque el poder ha cambiado de forma. Cada vez pesan menos la capacidad de coacción económica (que sigue pesando, como acabamos de ver en el reciente cambio acontecido en Ucrania) y pesan más la capacidad de convencer, de negociar, o de liderar. Es lo que Nye ha llamado el soft power, y se ha vuelto el elemento central ya que es el que permite maniobrar en el interior de las organizaciones internacionales como la ONU o el G20.

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Es por tanto clave para conseguir poder el hecho de tener acceso a la información de la otra parte negociadora antes de que comiencen las negociaciones, de saber cuales son sus verdaderos objetivos, hasta dónde está dispuesta a llegar o qué ases guarda en la manga. Aquí es donde entran en juego los servicios secretos.

Por supuesto, el espionaje no es nada nuevo en la historia. Roma tenía un muy buen sistema de espionaje a través de los mercaderes que enviaba a las tierras de los bárbaros, y como ella el resto de los antiguos imperios tenían los suyos. La necesidad de información siempre ha sido parte importante del poder, al fin y al cabo. Sin embargo, nunca los servicios de inteligencia habían tenido la importancia, y la capacidad de acceso a la información y poder, que tienen hoy en día: minería de datos en las inmensas bases de datos online, vigilancia vía satélite, escuchas con micrófonos láser,… todo ello unido y correlacionado en inmensos modelos capaces de ser procesados, analizados y estudiados gracias a la potencia de los ordenadores. En cierta medida, estos servicios de espionaje nada tienen que ver con los antiguos, son tan superiores que son otra cosa completamente.

Así pues, tenemos que se han convertido en el corolario importantísimo del poder, pero ¿por qué luchar una guerra por ellos? Al fin y al cabo, todos los países tienen los suyos, mejores o peores, ¿dónde está el conflicto que los lleva a las portadas de los periódicos continuamente desde hace meses?

Aquí la pieza clave es la sociedad civil. Antiguamente, los servicios de inteligencia se centraban en gran medida en las esferas del poder: la vigilancia de diplomáticos, de movimientos de tropas, de secretos de Estado,… pero, cada vez más, los servicios han empleado sus nuevas herramientas para obtener conocimiento fuera de esa esfera. El espionaje industrial es una parte muy importante del espionaje total hoy en día y ya desde hace años, desde que la investigación y el desarrollo de productos se convirtieron en parte central y esencial del modelo económico capitalista.

El paso siguiente se dio cuando entraron en la esfera de la sociedad civil, y comenzamos a acercarnos a una sociedad que va mucho más allá de la vigilancia de 1984 para acercarse a la descrita por Foucault en su introducción al Panóptico de Bentham. Cuando las bases de datos empezaron a recabar datos indiscriminadamente en nombre de la seguridad nacional, en gran medida a partir de la Patriot Act de George Bush pero no únicamente por su acción. Así surgen las escuchas de la NSA que denunció Snowden por su alcance, invasividad y no discriminación.

Aquí se había producido un cambio no de cantidad de espionaje sino de calidad: el objetivo había cambiado. Y, de pronto, la sociedad civil ha comenzado a responder a ello. ¿Somos objetivos válidos? ¿Cuánto vale nuestra privacidad? ¿Qué información es apropiado ceder para aumentar nuestra seguridad, y cuánta hay que esconder para mantener nuestra identidad entre quienes consideremos que merecen saberlo?

El problema, a la hora de responder a estas preguntas, es que nos encontramos en un periodo de cambio muy profundo y a muchos niveles, donde las antiguas respuestas no necesariamente solucionan las preguntas actuales. Lo que a unos puede parecerles válido, a otros con marcos de interpretación diferentes puede no parecérselo. Y de esta ambigüedad es de donde surge el conflicto.

Por un lado, el Estado y aquellos que consideran que todo vale en nombre de la seguridad; del otro, aquellos que consideran que la acción estatal debe tener límites, y que hay barreras de la vida individual donde ni el Estado ni sus servicios de inteligencia deben meterse. Pero, compliquemos el cuadro un poco más, introduzcamos al enemigo principal de los servicios de inteligencia: la transparencia.

Cada vez más, la sociedad ha ido encontrando que sus nuevas herramientas de conocimiento han iluminado muchas de las antiguas sombras donde el poder se movía. Bárcenas es un buen ejemplo, que muestra a la luz muchas de las redes de poder y clientelismo en las que se basa el poder político. Los antiguos reductos del poder cada vez son más vulnerables al escrutinio de la ciudadanía, y esto refuerza una democracia de verdad, algo más alejada de la partitocracia a la que estamos tristemente habituados.

El problema de la transparencia es que muestra el funcionamiento sucio del poder, y los servicios de espionaje viven en esas cloacas. Es su hábitat natural, el lugar donde pueden hacer su trabajo mejor, sin ser vistos. Así, si la sociedad valora de verdad la transparencia, va a ir aumentando los focos de luz sobre el poder (y los demás ámbitos de la sociedad) y, así, va a ir exponiendo a los servicios de inteligencia cada vez más.

Y ahí tenemos la batalla servida por completo, lista para su disfrute en las noticias de cada día. Snowden, por ejemplo, es un claro ejemplo de la transparencia puesta al servicio del bando que cree que hay que limitar el poder estatal de recabar información sobre sus ciudadanos, o lo que es lo mismo, controlar la capacidad real de los servicios de inteligencia para asegurarse de que sigan funcionando dentro de límites reales. Por el contrario, la presión del gobierno británico sobre el Guardian que ha sido noticia últimamente es el ejemplo del poder tradicional intentando intimidar a quienes usan esa transparencia para lograr así que crezca el espacio opaco y, con él, el poder del Estado de recabar información.

Esta, sin embargo, no es una batalla que se luche únicamente en los medios de información sino que, al contrario, todos somos parte de ella de una forma u otra. Mediante nuestra aceptación o la denuncia del sistema estamos legitimándolo o atacándolo para que cambie. Que usemos comunicaciones encriptadas o no, que busquemos información sobre los límites del poder o les dejemos campar a sus anchar, etc. todo ello está condicionando el funcionamiento real del poder en la era donde la ambigüedad sobre el mismo y la importancia de la información son claves.

Artículo de Costán Sequeiros Bruna – Colaborador de este Blog (Ssociologos.com)

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