Venimos observando cómo la consigna, en relación al Covid, sigue siendo la de vacunar sistemáticamente a toda la ciudadanía, al margen de si la mal llamada (por inalcanzable) “inmunidad de rebaño” haya sido o no presuntamente alcanzada (se tenía que lograr con el setenta por ciento de vacunados pero, llegados ya a esa cota, se nos fija ahora la del noventa –aunque en realidad es sabido que tampoco se obtendrá al no tener, el tal inyectable, efecto esterilizante alguno sobre el virus-). Es de ver que nos hallamos frente a  una campaña total sin consideración alguna de exclusiones (alguna de las cuales pudieran parecer incluso lógicas, de entrada).

vacuna

Fuente: TOPSHOT-FRANCE-HEALTH-VIRUS https://www.gettyimages.es/

La vacunación universal indiscriminada es la mejor solución, se nos dice. Incluso la única. Esta proclama –que no admite contras, a las que se descalifica/silencia sistemáticamente- se lanza sin una mayor y profunda reflexión, así como debate posterior, sobre la tríada de preguntas -seguidamente expuestas- que resultan cruciales en este tipo de decisiones (sobre fármacos/vacunas) y similares. Tales reflexiones permitirían matizar  supuestos diferenciales, etc. alejándonos de posiciones absolutas, y ello lo considero siempre benéfico.

La tríada antes anunciada se halla constituida por las preguntas ¿es segura? ¿sirve para algo? y ¿la necesito?

Tal sistemática de cuestiones resulta precisa en casi todos los ámbitos, pero especialmente en medicina.

Como primera aproximación general (y alejada del tema que nos ocupa) creo que estaremos de acuerdo en que, enfrentado a la decisión de comprar o no un corta césped (por ejemplo), no adquiriré uno que genere riesgo de electrocución o que no corte bien la hierba y tampoco lo compraré si no tengo césped que cortar. En ese caso ni es seguro, ni sirve, ni lo necesito (Bingo –no comprar bajo ningún concepto-). Tampoco sería adecuado comprarlo si fuese seguro, cortase bien, pero sigo sin tener jardín con césped; ni tampoco si, teniendo ya jardín provisto de su césped, no cortase bien aún siendo seguro o, si con jardín, cortase bien pero puede electrocutarme…

Ciertamente que las cosas pueden no resultar tan sencillas (blancas/negras), como se han descrito, ni tan del tipo “compartimento estanco”. Así alguien podría comprar ese aparato siendo seguro y aunque no cortase “del todo” bien, si el precio lo merece/es el único posible/el césped me llaga al cogote, o incluso sin tener jardín pero en la confianza de tenerlo pronto o, ya llevados al límite, igual me conviene utilizarlo, aún a riesgo “ligero de electrocución”, si entiendo que es la única forma de eliminar a una víbora mortal que se me abalanza en el jardín. En definitiva, que igual cabrá plantearse diversas ponderaciones de intereses en juego (o de riesgos/beneficios), interrelacionando las posibles respuestas a las tres preguntas.

Reiteremos que, en relación a ese trípode de cuestiones, y ya centrados en nuestro tema,  bueno será observar en cuales enfatizan y en cuales no los mensajes “oficiales” y de los medios de comunicación, así como las respuestas habituales a cada pregunta (y las obviadas), para detectar posibles manipulaciones, de haberlas.

El no profundizar en el análisis de esa trilogía (en forma abierta y rigurosa), igual que el no cuestionar -de ser preciso- el tratamiento oficial y de los media  que a aquella se le da, es propio de una absoluta acriticidad.

El hacerlo racionalmente, no es negacionismo  como se viene manteniendo. Puede confiarse en las vacunas pero tener dudas respecto a esta en concreto. Dudas que pueden y deben aclararse en debates no monocolor, curiosamente inexistentes hasta ahora.

Ocultar esa crítica y desatender el análisis comporta negligencia y falta de respeto, cuando no manipulación interesada que abre la vía, fundadamente, a la desconfianza. Quienes  así actúan son los verdaderos “negacionistas de la crítica”

Dicho lo cual, entremos en materia con las preguntas de marras -relativas ahora a la precitada vacuna- y las que entiendo sus respuestas, advirtiendo que interconectaremos –en cierta medida- unas preguntas con otras (intentando no complicar la exposición, lo cual conseguimos los abogados en pocas ocasiones):

¿Es segura?

Partiendo, si se quiere, de que por razones de urgencia frente a la pandemia las “vacunas” (entre comillas al no resultar esterilizantes) anti covid no han respetado la Fase III antes de entregarse al mercado y de que los propios laboratorios fabricantes no se responsabilizan de sus posibles efectos nocivos, no cabe decir que son seguras. Ello más allá del común y general margen ofrecido por el resto de fármacos. Además debe sumarse a lo anterior que, algunas de ellas, son de nueva tecnología lo cual puede incrementar las incógnitas, especialmente en lo relativo a la coexistencia  de dos “modelos” de respuesta inmunitaria en un mismo organismo.

En definitiva, se desconocen los efectos indeseables no ya inmediatos sino a medio/largo plazo (cuya posible detección constituye el objeto de aquélla fase III prolongada en el tiempo y aquí inexistente). No hay garantía de su inexistencia. Ergo pueden existir. Y algunas voces autorizadas hacen referencia a ellos. Eso es muy inquietante. Como también lo es que nos mientan hablando de seguridad cuando debieran explicar que no se conoce y, por ende, no puede garantizarse plenamente (y que -en vista de eso- cada cual decida en base a pros y contras).

Asimismo, al parecer, los efectos reactivos inmediatos son más problemáticos que en otras vacunas.

Recordemos que en medicina rige el lema de no introducir en un cuerpo sano algo que pueda perjudicarle. Es fundamental.

Puede opinarse que, según el grado de inseguridad, cabe ponderar el binomio riesgo/beneficio, sobre todo cuando no existen otras alternativas preventivas frente a la enfermedad. En medicina debe extremarse ese estudio.

Ante el Covid y sin negar que la vacuna pueda proteger –como se verá al hablar de su utilidad- de padecimientos graves y fallecimientos, lo cierto es que  también existen alternativas -igual de distinta eficacia (algunas con mejor)- pero sin dudas sobre la ausencia de efectos secundarios nocivos.

Tales son el propio sistema inmunitario (la gran mayoría de infectados ha sufrido la enfermedad de forma asintomática/leve/moderada), la inmunidad adquirida por haber superado la enfermedad de forma natural, confinamiento, medidas de seguridad e higiene etc. etc.

La existencia de esas alternativas comporta todavía la exigencia de un mayor rigor en la ponderación de riesgo/beneficio. El aspecto beneficios se trata en el apartado siguiente (¿utilidad/sirve para algo?).

¿Sirve para algo (es útil )?

Si bien, al no resultar esterilizante, tampoco evita la infección del ya vacunado ni la posibilidad de que éste infecte a otros, parece que protege de padecer la enfermedad en su forma grave e incluso de fallecer por su causa lo que, ciertamente, no es poco. Se constata una eficacia no plena –normal en vacunas- pero con descenso de protección en el tiempo e incógnitas frente a nuevas variantes del virus.

Podría indicarse que la reacción normal a la vacuna -un par de días de malestar, prácticamente asegurados- es un “mal negocio” para quienes de padecer la enfermedad en el futuro lo harían de forma asintomática, y “un negocio ni para ti, ni para mí” en el caso de quienes la pasarían de forma leve/modera. Pero claro, eso no se sabe a nivel personal aunque cabe observarlo a nivel macro.

Obviamente, para aquellos sectores en que más se ha cebado la enfermedad (avanzada edad, inmunodeprimidos de base o por medicación, enfermos de otras patologías, etc.) el “negocio es  mejor o bueno” usando la terminología anterior.

Debiera plantearse, por tanto el ¿a quién sirve? ¿quién, en base a la utilidad antes determinada, logra real beneficio con la vacuna? Ello conecta con la siguiente pregunta  que se tratará (¿la necesito yo?).

En concreto, debe despejarse si ¿beneficia a todos?, ¿lo hace por igual?, ¿tanto a no vacunados que no han pasado la enfermedad como a no vacunados que sí la han  pasado?, ¿depende también de edades y otras vulnerabilidades?

Por todo ello y teniendo en cuenta que la enfermedad asintomática y leve/moderada abunda, la morbilidad y la mortalidad son las que son, y que el mayor peligro de la enfermedad se centra en personas de mayar edad o más  vulnerables por otros motivos, quizás lo adecuado sería evaluar el beneficio no solo frente a los riesgos de la vacuna –debido  a su  no acreditada seguridad, de la que hemos hablado-  sino también frente a la posibilidad de padecer la enfermedad en forma grave/letal.

Por tanto, las estadísticas por grupos de edad, infectados, etc. deben ser utilizadas. Puede plantearse, por ejemplo y de forma razonable, si la vacuna sirve para algo a los inmunizados por contacto natural con la enfermedad (o no) mientras mantengan inmunidad (anticuerpos, células) o si, incluso sirviendo para algo (aumentar inmunidad), deben ponderarse  negativamente los riesgos de la vacuna antes citados.

Quizás la realidad recomienda una concreción de en qué grupos resulta esta vacuna más útil/simplemente útil y seleccionarlos, más que suministrarla en general sin más. Y eso conecta, como se dijo, con el tercer ítem.

¿La necesito (yo)?

La necesitaré si no poseo otra forma (alternativa) de luchar contra la enfermedad (inmunización adquirida por haberse contagiado de forma natural -mejor que la vacuna como protección futura que, además dada la esterilización habida, evita el contagio y la transmisión-, profilaxis, confinamiento, etc.) y siempre que los riesgos de padecer la enfermedad (de forma grave, incluso con muerte) comparados con los riesgos asumidos derivados de estas especiales vacunas, sean de mayor nivel.

No resultando fácil concretar algunos de esos aspectos, debe intentarse al máximo para ser rigurosos, evitando la simpleza del  “pan para todos” pues igual a muchos no les hace falta y a otros les sienta mal y a todos introduce un riesgo; y quizás entre todos ellos sumen incluso más que los realmente salvados por esa inyección.

Ese intento de concreción/matización  no se observa (incluso se desprecia y estigmatiza, sin más, a quien lo sugiere/exige –como ya se dijo-) y convendría para despejar dudas/aumentar el deseo de vacunación/disminuirlo, en lugar de machaconas proclamas sin contenido o de absurdas iniciativas como la estúpida y pueril de regalar “zanahorias” en forma de descuento para entradas en espectáculos, en la idea fija de vacunar a todos/as.  Y esa es la denuncia respecto al negacionismo crítico imperante en este ámbito.

En este estadio (el de ¿la necesito?) entra en juego el estudio pormenorizado de la situación de cada cual, ya insinuado.

Así, ¿para qué la necesito si poseo analíticas serológicas de anticuerpos positivas por haber pasado la enfermedad de forma natural –con lo que, además y en principio, raramente me contagiaré ni contagiaré a otros- y me someto a verificaciones periódicas tomando las medidas profilácticas y de seguridad recomendadas? Si ya tengo anticuerpos/células generadas por mí, ¿para qué quiero otros producidos por las vacunas y contraer los riesgos no descartables de éstas? Aquí existe un silencio total…y sospechoso. Te indican que tu inmunidad bajará (la de las vacunas también), que no es tan potente (hombre donde esté el original, que se quite la copia), etc. en definitiva te recomiendan la vacuna (igual una sola dosis) y te sueltan aquello de que “por mucho pan nunca es mal año”, aunque igual con tanto y de clases distintas puedas atragantarte. Vacuna a toda costa.

¿Las necesito igual si soy niño, etc. –con prevalencia asintomática/leve- que si estoy enfermo, soy anciano, inmunodeprimido? Lo cierto es que no.

Según esas situaciones y como se dijo, los beneficios/utilidad y su necesidad serán mayores/menores o ni existirán. Y siempre tales beneficios deberán ponderarse con los riesgos ya comentados.  De esa evaluación aflorará la necesidad de vacuna o no.

Y una vez revisadas esas tres preguntas cruciales (cuyas respuestas seguramente podrían mejorar los expertos e incluso corregir en su caso, pues aquí simplemente apelo a la lógica y a informaciones suministradas que considero veraces), es el momento de concluir mostrando  mi convencimiento de que tratar a fondo estos aspectos, aquí simplemente anunciados, es el camino adecuado para una comprensión plena de la situación, que permita la elección libre e informada por parte de cada cual. Y ello es loable, en absoluto resulta criticable, pero lo contrario sí –es otro negacionismo-.

Jordi Cabezas Salmerón

Jordi Cabezas Salmerón, nacido en Barcelona el 21/12/49, Abogado penalista, es Diplomado Superior en Criminología y Doctor en Derecho Penal y Ciencias Penales por la Universidad de Barcelona. Miembro del Observatorio del Sistema Penal y Derechos Humanos de la UB, es también profesor del “Master Oficial en Criminología y Sociología Jurídico Penal” de esa Universidad y de la Mar del Plata (Argentina) y de Derecho Penal y Procesal Penal en la Escuela de Policía de Cataluña. Asimismo es profesor penalista en la Escuela de Práctica Jurídica del ICAB autor de diferentes ponencias/artículos y del libro “La culpabilidad dolosa como resultante de condicionamientos socioculturales”.

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