

Allá por 2020, cuando parecía que nuestro mayor problema era el Covid, aún existían voces, como la de Rozalén, que nos recordaban que más allá de los estantes de levadura vacíos en las grandes metrópolis o de las, por aquel entonces, secretas tramas de corrupción que se estaban jugando por las mascarillas, había otras historias que no se estaban contando. No historias nuevas, sino aquellas que nadie escucha en profundidad pero que no dejamos nunca de oír. Aquellas a las que dejamos de escuchar porque nos resulta incómoda la idea de que “no podemos hacer nada” para acabar con el sufrimiento de quienes las viven. Aquel año nos dio un respiro de telediarios abriendo con noticias de cientos de pateras llenas de personas que buscan un futuro mejor, de historias individuales de niños que perdían a sus familias en guerras o de personas que huían de su lugar de origen con la esperanza en encontrar un futuro mejor sin saber que lo que les esperaba era una crueldad camuflada en el concepto de “Primer Mundo”.
Sin embargo, eso no significa que se hubiese pulsado el botón de pausa en estas historias. De hecho, todo lo contrario pues, por poner un ejemplo, solo en España, el número de refugiados transfronterizos en 2020 fue de 103.624 personas (UNHCR (2024) – with major processing by Our World in Data), 45.873 más que el año anterior. Lo bueno que tuvo esta ceguera por infección viral es que a los que vivimos el gran desastre de la cuarentena (todo un privilegio, pues eso implicaba tener una casa en la que quedarse), se nos permitió relajar nuestro sentido colaborativo y de auxilio. Al fin y al cabo, estábamos encerrados en casa, las víctimas éramos nosotros, no había nada que pudiésemos hacer.
Al parecer, ésta retórica de la victimización que, aunque no apareció con el Covid, sí que tuvo un gran repunte a partir de este episodio, es muy cómoda. Y muchos de los que lloraban por no poder salir a la calle de su gran ático con terraza en el barrio Salamanca o en Usera en un piso de 50 metros cuadrados sin salida a la calle, (porque nunca sabes donde te vas a encontrar a un Judas) durante tres tristes meses, ahora encuentran costoso salir a Atocha un sábado por la mañana a las 12 para reclamar sus derechos o los de su vecino al que, tan trágicamente, no podían ayudar entre marzo y junio de 2020.
Es gracioso hablar a veces con estas personas que saben que “votar es importante”, pero te preguntan si tiene sentido ir a una manifestación. O salir a tomar algo y tener que dar la chapa de por qué prefieres consumir en un bar de propietarios de tu barrio y no en una cadena cómplice con un Estado genocida. Más aún cuando tu interlocutor se sitúa en un prisma cuya perspectiva está difuminada por la lente de la victimización, y por tanto sumido en el discurso de la inutilidad de la acción ciudadana. Si somos capaces de entender que ir a votar es algo significativo, importante y necesario en un Estado democrático, hay algo que no está funcionando cuando nos parece que otro pequeño acto individual, como cambiar las conductas de consumo, no va a tener el mismo impacto que meter un papel en una urna. Por supuesto que hay que ir a votar, pero hay que ser consciente de que esa no es la única forma de relacionarse con el sistema, uno que, al menos en teoría, debe responder a las demandas de la ciudadanía, ya que es donde nace el poder.
Eso de que el poder nazca en el pueblo o lo de “Solo el pueblo salva al pueblo” – como les ha gustado gritar a muchos en las manifestaciones por la mala gestión de la DANA-, no quiere decir que la política no sirva para nada y que todos los políticos son iguales. Significa que, tal y como nos demuestra la historia, si las instituciones políticas que han de velar por la seguridad y el bienestar de su ciudadanía no actúan en consecuencia, la acción colectiva del pueblo tiene el poder de señalar, denunciar e incluso cambiar el rumbo político, y por tanto la situación del pueblo. Pero el pueblo solo es pueblo cuando se actúa colectivamente. Es decir, tú no vas a poder cambiar el rumbo de tu país individualmente. Sin embargo, hay acciones que puedes hacer a nivel individual que al verse reproducidas por distintas personas que actúan, también de manera individual, den voz a las demandas de un grupo y sean promotoras de grandes transformaciones que pueden llegar a salvar vidas.

Así lo hemos visto en cientos de casos como las Primaveras Árabes en 2011, las marchas por los derechos civiles en Estados Unidos entre los años 50 y los 60 o incluso la Revolución Francesa, si nos ponemos trágicos e imperialistas. Estos cambios no se produjeron de un día para otro, pero tampoco fueron impulsados desde arriba, ya que la capacidad de transformación no descansa sólo en las instituciones políticas, sino también en la responsabilidad ciudadana. Una responsabilidad crítica y continuada, coherente con aquello que se le ha prometido y no se le está dando, y efervescente a la hora de salir a la calle a reclamarlo.
Si hay algo que tenemos que aprender de los últimos años de turbulencias es que la inactividad y la pasividad también es tomar posición. La posición del poderoso, del que vulnera, la del que que asesina. Porque lo cierto es que a través de nuestro silencio o inactividad legitimamos acciones que esperaríamos que fuesen denunciadas por quienes aún tienen la posibilidad de hacerlo en el caso de que fuésemos nosotros/as los agraviados. Y es que ese: “no hay nada que podamos hacer” es muy cómodo en un estado democrático de bienestar para quienes disfrutan de él. Pero más allá de ser una categorización falsa, solo alimenta la pasividad ciudadana que, si ya está patente en dilemas locales, regionales o nacionales, parece un sedante en las cuestiones internacionales. Si nos cuesta ver nuestra capacidad de transformación en el caso de un vecino que va a ser desahuciado o de un joven que llega en patera a nuestras playas buscando una vida mejor, la matanza descontrolada de personas inocentes sin motivo alguno, nos parecerá algo completamente ajeno a nosotros y nosotras solo porque ocurre a unos cientos de kilómetros de donde estamos.
Pero hay algo que hemos olvidado: ahora no tenemos ninguna excusa vírica que justifique nuestra pasividad adquirida en el privilegio de vivir en una democracia que implica unas responsabilidades que a veces no parecemos recordar. Ahora, quedarse en casa es un posicionamiento político.
Brianda Perea Toribio
Bibliografía:
● UNHCR (2024) – with major processing by Our World in Data. “Refugee population by country
or territory of asylum” [dataset]. UNHCR, “Refugee Population Statistics Database 2023”
[original data]. Retrieved April 21, 2025 from https://ourworldindata.org/grapher/refugee-population-by-country-or-territory-of-asylum
● Rozalén (2020), La línea. En El Árbol y el bosque. Sony Music Entertainment.
● Imagen 1: Perea, B. (2025, 8 marzo). Manifestación por el Día Internacional de las Mujeres en
Bruselas.
● Imagen 2: Toribio, S (2025, 8 marzo). Manifestación por el día internacional de las Mujeres en
Bruselas.