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Blog de Ciencias Sociales y Sociología | Ssociólogos

Sentarse a comer: Una revolución cotidiana

junio 25, 2025

Entre ajetreadas vidas en decenas de idiomas y trapicheos entre nudos de corbata, Bruselas amanece cada mañana antes de la hora a la que tu decides ponerte la alarma. Grandes ventanas -sin persianas- dejan entrar la luz que en invierno tanto se anhela, y por tanto, tú amaneces con ella aunque no lo quieras. El sonido de la vida te levanta y en tu cabeza ordenas todas la tareas que has de completar en las largas dieciséis próximas horas -si tienes suerte- intentando no fijar tu atención en el momento en el que te vuelvas a meter en la cama. Caminas, trabajas, hablas, compras, te informas, te trasladas, consumes (de todo: ropa, comida, contenido en redes, podcasts…), haces deporte, te duchas… en definitiva: tachas cosas de la lista. Te dejas llevar por el vigor de la vida en la capital de Europa. Eres una bomba más de productividad imposible de frenar. Tanto, que entre tarea y tarea no hay tiempo para detenerse a sentir.

Es precisamente a través de ese vigor, que parece ser el motor de nuestras vidas, que conseguimos completar listas interminables de actividades y responsabilidades con tanta productividad que logramos erradicar sentimientos tan primitivos como el hambre. Así conseguimos que comer sea una actividad de paso, un trámite preestablecido y minimizado hasta tal punto que pasamos por él de puntillas sin plantearnos cuándo lo vamos a hacer, dónde, con quién o por cuánto tiempo.

Esta sensación de fuerza centrífuga imparable de la velocidad actual de la vida se ve incrementada por las redes sociales. Tecnología que, más que enriquecer nuestras conexiones y hacernos más tolerantes, parece una herramienta de control salida de la, no tan lejana, distopía 1984 de Orwell. Ya que, la documentación diaria y aparentemente voluntaria de nuestras acciones, permite al resto del mundo situarnos en los diferentes niveles del barómetro de vida aspiracional construido en un entorno digital que alimenta de manera incansable nuestro sentimiento de ineficiencia.

Ya no existe el no existir, el aburrirse, el pasar tiempo solo o con alguien y que solo lo sepáis vosotros, el mentir sobre dónde estás, a dónde vas o con quién. Todos tus pasos son rastreables y todos los usuarios, jueces. Ellos serán quienes decidirán, a través de la información que tú ofreces para evitar quedarte fuera de las nuevas dinámicas sociales, si eres una persona digna de admirar o no. Por supuesto, según su criterio, es decir, serás un ejemplo a seguir si eres una persona racional y productiva y no si, por el contrario, te dejas llevar por la lujuria de dedicar tiempo a los sentimientos, las reflexiones y las relaciones sociales (pero de verdad, no haciendo reels sobre filosofía diariamente o reseñas de los 45 libros que te has leído este mes). Además, en caso de que consigas incluirte dentro del segundo tipo, la cosa se complica, pues no es fácil mantenerse en las líneas contestatarias. Renunciar a estas formas de control continuo sobre tu día a día, te convierte en un testigo de todo aquello que evitas y de la imposibilidad de librarse del sistema en el que habitas, puesto que no hay nada que puedas hacer (otra vez la productividad) para cambiar las cosas sin dejarte arrastrar, por poco que sea.

Y entre todo ese ruido mediático, de información, de responsabilidades, de estándares que cumplir, de productividad, de reflexiones carentes de acción consecuente y de contradicciones, un país entero se sienta a comer. Le dedica tiempo a su salud a través de la pausa dando lugar a conversaciones que permiten que nos olvidemos de las listas “to do” por un rato o que las comentemos con quienes se sientan con nosotros a la mesa. No invertimos el tiempo, lo perdemos. Nos sumergimos en una dinámica extraña, impredecible y novedosa para el capitalismo. Nos dejamos conversar, saborear la comida, descansar de la mesa de la oficina. Nos sentamos sin saber cuánto vamos a estar ahí, lo que vamos a comer o a dónde deparará la conversación. Nos reímos, nos escuchamos, nos enfadamos, comemos en silencio, nos levantamos a por algo, nos interrumpimos y alargamos el rato de la comida más de lo debido según lo estándares de producción impuestos por un sistema que nos quiere inmunes a los sentimientos. Perdemos un valiosísimo tiempo para los -y digo los por algo- grandes magnates que nos quieren sobreestimulados con sus productos y su contenido, ocupados con tareas que reproduzcan estructuras de dominación y sedados por las necesidades que nos crean a través de su interminable inyección de consumo.

La racionalidad, que ellos nos venden como la mejor de las cualidades para alcanzar una situación tan deseable como la suya, aglutina “todo lo bueno”: una vida en la que sintamos tan poco para producir que se nos olvide comer. Pero allá en la olvidada esquina occidental de Europa, esa racionalidad desaparece durante 40 minutos, una hora o incluso tres si me la juntas con el café.

Yo aún no he conseguido que mis compañeras de piso belgas coman a las dos y media en vez de a las doce de la mañana, pero nuestra cocina tiene un nuevo significado desde que nos sentamos juntas en el mismo momento, aunque cada una hagamos cosas diferentes. Mientras tanto, puedo decir con orgullo que en las cocinas y comedores de un país -de mi país- por un rato dejamos de pensar en la posibilidad de escalar en un sistema cuyos peldaños refuerzan los cimientos del mismo a través del círculo vicioso del consumo insatisfecho y la necesidad de dinero para saciarlo, y lo sustituímos por miradas de complicidad y sabores mediterráneos. Esto no implica desconexión del privilegio, todo lo contrario, esta es la acción revolucionaria de una sociedad diversa y compleja pero que siempre tiene un hueco libre en la mesa.

‘Spain is different’ eso me dijo mi profesor belga.

Brianda Perea Toribio

Bibliografía
● Massey, D. (1994). A global sense of place. En D. Massey, Space, place and gender (pp.
146–156). Polity Press.
● Ritzer, G. (2019). The McDonaldization of society (9th ed.). SAGE Publications.
● Fotos 1 y 2 por Brianda Perea Toribio