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Blog de Ciencias Sociales y Sociología | Ssociólogos

Esperando a la muerte

marzo 11, 2026

“en el umbral de la noche de su abuela
aprende el nieto
la alegría, el placer y
la amargura de morir viviendo”
El manifiesto de las mujeres viejas,

Mari Luz Esteban

Décadas de trabajo no remunerado a la espalda, de hechizos sanadores en las arrugas de las manos y de
falta de reconocimiento de su labor social de formación cívica. Mi abuela, cada día escucha las mismas historias que mi abuelo lleva contando desde hace veintiún años, los mismos que tengo yo.

Cada día me repito que debo aprender a escuchar mejor, no más, porque ya lo hago, solo mejor. A buscar las historias que se esconden entre las líneas por las que mi abuela divaga cuando habla con resentimiento de la falta de reconocimiento que ha tenido su labor de cuidados, la única que ha tenido. Mi familia no estaría si no hubiese sido por ella, y aunque ella no habla de feminismo, sabe que hay algo ahí. Lo que no sabe es que es de las que hacen que el movimiento avance.
Desde el silencio acatado por una familia marcada por la represión religiosa de la dictadura franquista, mi
abuela encarna la cara de toda una generación de mujeres que se ha curtido trabajando en el campo y que, a la vez, ha sido madre de todo el que lo necesitaba. Una fiel seguidora del mandato divino de ayudar al prójimo, por el que espera una recompensa en el otro lado, en la vida eterna. La promesa fácil para asegurarse el silencio y evitar la rebelión de quienes saben que lo suyo no es justo.

Mi abuela, mujer curtida por la crueldad de un tiempo injusto, siente el desamparo de una sociedad
inmune a la carga social de lo que implica cuidar, en el sentido completo de la palabra. Y cada día espera
un alma que le dedique a ella el mismo tiempo que ella usó para cuidar a los demás, sin entender por qué ha de ser un desconocido el que lo haga por una retribución monetaria. Si el cuidado ajeno se le lleva exigiendo a ella desde pequeña como algo relacionado con los sentimientos, con la empatía, con la
importancia que tiene en tu vida la persona a la que cuidas y con completar su rol como mujer en su
familia y en su pueblo. Si para ella cuidar es su forma de estar en el mundo, ¿por qué no va a exigir
recibir lo mismo cuando sea ella la que ha de ser cuidada? ¿por qué tiene que aprender a despersonalizar
el cuidado y convertirlo en una tarea remunerada y carente de lazos sentimentales?

El desarrollo del pilar de la dependencia en el Estado de Bienestar no es solo un reto a nivel
administrativo y financiero, es conflictivo a niveles más profundos, a niveles sociológicos. Consiste en
entender que todas merecemos un descanso justo cuando se trata de disfrutar de la vida que hemos
construido. Sin embargo, conseguir que esto sea entendido como la continuidad de unos servicios públicos dignos para cualquier persona de manera que los cuidados no comprometan a toda una familia y que, además, no sea percibido como una manera fría de tratar con quienes dentro de poco dejarán de
escribir nuestra historia colectiva, es muy complejo. No solo eso, sino que a ojos de muchas personas, de
muchas mujeres, de mi abuela, es una herencia injusta.

Un sistema que garantice servicios de dependencia no se puede desarrollar de manera aislada, necesita
acompañamiento -nunca mejor dicho- emocional para quien disfruta de él. Y eso no lo puede garantizar la administración pública de un Estado, eso lo hace la gente. La gente que ve más allá de lo que se enseña y que escucha más allá de lo que se dice. La gente que cuando visita, escucha, atiende y entiende que el tiempo es el bien más preciado y que dedicárselo a alguien es la mayor muestra de amor posible. Porque que un Estado garantice unos servicios de asistencia básica no debe hacernos olvidar que el cuidado es una responsabilidad de nuestros lazos para con aquellas personas que los reciben.

Nos falta entender que a pesar de que nos hacen creer que cuidar puede ser algo externo y lejano, el
verdadero cuidado siempre se entrega desde la mirada dedicada de quien ama, porque es el
reconocimiento del tiempo que nuestras mujeres dedicaron a cuidar para cumplir, para ser. Es la
devolución del tiempo que les quitamos por nacer mujeres y que no saben que perdieron al amar
cuidando, porque nadie les dijo que se puede hacer desde otros lugares que no frecuentamos tan a
menudo, que requieren precisamente de eso, de tiempo. El que no tiene mi abuela para hablar de su vida
porque a quien escuchamos es a mi abuelo, que lleva contando las mismas historias veintiún años. Los
mismos que tengo yo. Mientras, mi abuela, y probablemente también la tuya, se dedica a esperar. Esperar
para no molestar. Esperar para cuidar. Nunca se deja de cuidar. Esperar a que se le pregunte por sus
historias, las de cuidar y las de ser cuidada. Esperar a que la escuchen. Esperar a que la cuiden. Esperar a
que la quieran. Y esperar a la muerte.

Bibliografía

● Esteban, M. L. (2020). El manifiesto de las mujeres viejas. La Oveja Roja. ISBN
978‑84‑16227‑38‑9.
● Fotos 1 y 2 por Brianda Perea Toribio

Brianda Perea Toribio