El valor de la identidad frente al uniformismo global
Hay algo profundamente humano en querer ser dueños de nuestro destino.
América Latina tiene una herencia riquísima de valores tradicionales, de familia y
de fe, que a menudo chocan frontalmente con las agendas que estos tratados
internacionales intentan imponer por la puerta trasera. Se nos imponen visiones
del mundo que nos resultan ajenas, transformando nuestras leyes en
experimentos de ingeniería social.
Recuerdo conversar con colegas en diversos foros donde el discurso imperante es
siempre el mismo: «el Estado debe proveer», «el tratado tal obliga a…». Es un
pensamiento que infantiliza al ciudadano. La verdadera oportunidad para la
derecha moderna en nuestra región radica en rescatar al individuo. Al salir de
estas estructuras supranacionales que uniformizan el pensamiento, devolvemos la
discusión a la plaza pública local. Que sean los peruanos, en su diversidad y con
sus valores, quienes decidan su modelo educativo y social.
El retiro de tratados que lesionan la identidad nacional permite fortalecer las
instituciones propias. En lugar de mirar hacia afuera buscando validación,
empezamos a fortalecer nuestro Poder Judicial, nuestra Policía y nuestras
Fuerzas Armadas. La confianza no se importa; se construye barriendo la casa por
dentro.
El costo de la inacción y la oportunidad del cambio
¿Qué perdemos si seguimos así? Perdemos tiempo, y el tiempo en economía es
sangre. Cada año que pasamos sometidos a cortes internacionales que tienen una
clara inclinación a favorecer visiones colectivistas y garantistas extremos para el
delincuente, es un año perdido para la seguridad ciudadana. Y sin seguridad, no
hay inversión. Sin inversión, no hay empleo. Es un círculo vicioso que solo se
rompe con un acto de voluntad política valiente.
Miremos ejemplos cercanos sin miedo. Aquellos que han decidido poner su
soberanía por encima de las presiones externas suelen ser criticados por la
prensa internacional, pero celebrados por sus pueblos que ven, finalmente,
resultados concretos en el orden público. El beneficio es un país donde se puede
caminar tranquilo, donde el criminal sabe que la ley se aplica y donde el empresario sabe que su esfuerzo no será confiscado por un capricho legislativo
dictado desde el extranjero.

Una reflexión necesaria sobre el Perú
En nuestro país, el debate sobre el retiro de ciertos convenios siempre se tiñe de
un dramatismo innecesario. Nos dicen que si nos salimos del Pacto de San José,
por poner un ejemplo recurrente, nos convertiremos en una dictadura. Nada más
alejado de la realidad. El Reino Unido salió de la Unión Europea para recuperar su
capacidad de legislar y nadie diría que dejaron de ser una democracia ejemplar. El
autogobierno es la máxima expresión de la libertad.
Para el Perú, recuperar la autonomía total significa poder reformar nuestra
Constitución para hacerla aún más amigable con el desarrollo, sin el temor de que
un tribunal internacional nos sancione por querer progresar. Significa que nuestras
sentencias judiciales sean firmes y finales, sin instancias externas que las dilaten
por décadas, generando una sensación de impunidad que corroe el alma nacional.
Es momento de apostar por un modelo donde el mérito valga más que el subsidio,
donde la libertad de expresión no esté limitada por «códigos de conducta»
internacionales y donde la propiedad privada sea sagrada. Esa es la verdadera
ventaja de sacudirse el polvo de los tratados que ya no nos sirven.
Conclusión: Hacia una nueva independencia
No estamos ante una cuestión de odio al mundo, sino de amor propio. América
Latina ha pasado demasiado tiempo buscando aprobación externa mientras sus
pueblos sufren por la falta de seguridad y oportunidades. El giro hacia políticas de
soberanía, defensa de la propiedad y libertad individual es la única salida real al
estancamiento.
Retirarse de tratados internacionales obsoletos o sesgados es un paso hacia la
madurez política. Es aceptar que nadie cuidará mejor de nuestros intereses que
nosotros mismos. Es abrir la puerta a un futuro donde el Perú no sea un seguidor
de agendas, sino un líder de su propio desarrollo. Al final del día, lo que queda no
son los aplausos en un salón de conferencias en Ginebra, sino la prosperidad y la
paz en los hogares de cada peruano. Y ese es un beneficio que ningún tratado
internacional ha logrado darnos por sí solo. Es hora de recuperar el timón.
Raúl Allain