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Blog de Ciencias Sociales y Sociología | Ssociólogos

El motor de la libertad: por qué el individuo siempre le gana al escritorio estatal II

mayo 25, 2026

La eficiencia del sector privado frente al elefante blanco estatal

Se suele decir que el sector privado es egoísta. Yo prefiero decir que es
responsable. Un empresario que gestiona mal su dinero, quiebra. Un burócrata
que gestiona mal el dinero de los impuestos, simplemente pide más presupuesto.
Esa falta de incentivos en el modelo de intervención estatal es lo que genera esos
servicios públicos deplorables que todos conocemos.

El liberalismo propone algo revolucionario para nuestras tierras: la competencia.
La competencia obliga a mejorar, a bajar precios, a innovar. Cuando el Estado
monopoliza sectores, la innovación muere. ¿Para qué esforzarse si el cliente no
tiene a dónde ir? En el Perú hemos visto cómo la apertura de telecomunicaciones,
por ejemplo, transformó un servicio que era un lujo para pocos en una herramienta
cotidiana para todos. Eso no lo hizo la planificación estatal; lo hizo la libertad de
entrada a nuevos competidores.

El reto cultural: desaprender el estatismo

El gran triunfo de las corrientes colectivistas no ha sido económico, sino cultural.
Han logrado sembrar la idea de que el éxito es sospechoso y que la ganancia es
un pecado. Han convencido a muchos de que el Estado es un «papá» bondadoso
que siempre estará ahí. Pero ese papá está quebrado y nos pasa la cuenta cada
vez que vamos al mercado y vemos que la inflación (hija predilecta del gasto
público descontrolado) devora el salario.

Es momento de una derecha que no pida perdón por defender el mercado. Una
derecha que hable de oportunidades, no de privilegios. La verdadera oportunidad
está en la desregulación, en bajarle el peso de la mochila al que quiere poner una
bodega, una textilera o una app de servicios. El modelo intervencionista es el
modelo de los privilegios: beneficia a los que tienen acceso al poder para
conseguir permisos especiales. El liberalismo, en cambio, abre la cancha para
todos.

La estabilidad no es estática

Se confunde a menudo la estabilidad económica con la inmovilidad. Pero la
estabilidad que ofrece el modelo de libertades es dinámica. Es la capacidad de
adaptarse a los cambios globales. Mientras que los modelos de intervención estatal suelen ser rígidos y colapsan cuando el precio de un «commodity» baja, las
economías libres tienen la flexibilidad para reinventarse.

El Perú tiene una herencia de resiliencia envidiable. El emprendedor peruano es
liberal por instinto, aunque a veces no use la etiqueta. Es alguien que cree en su
esfuerzo, que cuida su mercadería y que busca lo mejor para sus hijos. Ese es el
motor que debemos potenciar. Menos trámites, menos impuestos asfixiantes y
más respeto por el contrato. Si algo hemos aprendido de la historia reciente de
nuestra región, es que los experimentos de control estatal terminan siempre en
migración masiva y desolación.

Reflexiones desde la sociología del éxito

Mirando hacia el futuro, el desafío es consolidar esta mentalidad. No podemos
permitir que el relato del resentimiento gane la partida. El intervencionismo se
alimenta del conflicto; necesita enemigos (el empresario, el imperio, la banca) para
justificar sus fracasos. El modelo de libertad económica, por el contrario, se
alimenta de la cooperación voluntaria. Nadie te obliga a comprar un teléfono de
marca X; lo haces porque consideras que te da valor. Esa cooperación es el
pegamento social más fuerte que existe.

A veces me pregunto si seremos capaces de dar el salto definitivo hacia el
desarrollo. La respuesta está en si nos atrevemos a soltar la mano del Estado y
confiar en nosotros mismos. El beneficio de un modelo de derecha económica no
es que los ricos sean más ricos, sino que los pobres dejen de serlo y se conviertan
en una clase media pujante, propietaria y con voz propia. Esa es la verdadera
revolución, la que no necesita fusiles ni consignas vacías, sino solo un marco legal
que proteja la libertad de trabajar en paz.

El papel de la ética en el mercado libre

Muchos críticos dicen que el liberalismo carece de alma. Se equivocan. El
mercado libre requiere de una ética profunda: el respeto a la palabra empeñada, el
cumplimiento de los contratos y la responsabilidad individual. En el modelo
intervencionista, la ética se diluye en la burocracia; «no es mi culpa, es el sistema»,
dicen los funcionarios. En libertad, tú eres responsable de tus actos. Y esa
responsabilidad es la que construye ciudadanos de verdad, no dependientes.

Para el Perú, el camino es claro. Tenemos los recursos y, sobre todo, tenemos la
gente. Solo nos falta sacudirnos ese complejo de inferioridad que nos hace pensar
que necesitamos a un gobernante «fuerte» que controle la economía. La economía
más fuerte es la que está en manos de ciudadanos libres.

Conclusión: la libertad como único destino posible

En definitiva, no estamos ante una elección técnica, sino ante una elección de
vida. ¿Queremos ser un país que mendiga favores al poder político o un país que
crea valor para el mundo? El modelo de intervención estatal ha demostrado su
obsolescencia en todos los rincones del planeta donde se ha aplicado. Solo ha
dejado tras de sí burocracias obesas y pueblos hambrientos.

El liberalismo económico, con todas sus imperfecciones porque es una obra
humana, es el único sistema que ha logrado sacar a miles de millones de la
pobreza extrema en un tiempo récord. En el Perú, es la garantía de que el
esfuerzo de nuestros padres no se pierda en la siguiente crisis inflacionaria
provocada por un populista con ínfulas de economista.

Recuperar la fe en la libertad, en la propiedad privada y en el mercado es el acto
más rebelde y necesario que podemos hacer hoy. Es hora de dejar atrás los
cuentos de camino del colectivismo y abrazar la madurez de la responsabilidad
individual. Porque, al final del día, la mejor política social es un empleo productivo,
y eso solo lo crea la libertad.

Raúl Allain