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¿Indiferencia o desinformación?

Desde que el gobierno mexicano decidió sacar a los militares a las calles, la violencia relacionada con el narcotráfico se ha incrementado, como también las violaciones de los derechos humanos por parte de las Fuerzas Armadas. Ante estos sucesos, la ciudadanía ha creado distintas estrategias o actividades para aminorar o contrarrestarlos. Por ejemplo, ante la desconfianza en la autoridad, no denunciar; ante la violencia en las calles, cambiar de rutas o no salir por las noches.

La violencia que se vive en el país se ha incorporado a la vida diaria del mexicano. Basta con consultar los medios, donde se puede apreciar notas diarias relacionadas con temas de drogas: vendettas de Carteles, enfrentamientos entre Ejército y sicarios, detención de narcomenudistas, los nexos de funcionarios y narcos. Los noticieros transmiten una y otra vez los hechos; los diarios, por su parte, publicarán información e imágenes de manera sutil (en el mejor de los casos) respecto al desarrollo y escenas del crimen; mientras tanto en Internet se podrá encontrar un sinfín de información.

En este sentido, la ciudadanía ha adoptado una posición pasiva, indiferente, normal. La violencia, en todos sus matices y tipos, se naturalizado y, con ello, excluye al asombro; probablemente por la repetición de los sucesos y las escalas de brutalidad con que se realizan. Entonces, ¿nos encontramos ante la indiferencia o desinformación?

La indiferencia es construida a través de la socialización y cosmovisión que tengamos de nosotros y la otredad. De esta manera, creamos puentes de solidaridad o acantilados de apatía. Mientras que la desinformación es producida por falta de información o ignorancia, dice la RAE. Sin embargo, en la actualidad se vive con una saturación de información, la cual se encuentra enarbolada en todas las redes sociales y espacios públicos; aun así puede ser ignorada: cerrando las pestañas.

Por un lado, podemos acceder a toda la información acerca de los sucesos relacionados con violencia: desde los sangrientos asesinatos de los Zetas hasta los enfrentamientos del Ejército contra el narcos, con ello exponemos nuestra sensibilidad a un catálogo de brutalidad y mientras que los actos de crueldad sean más cotidianos, menor será nuestro asombro. Por el otro, la desinformación puede ser un acto racional de decisión de no consultar los medios. Además, la saturación de la información puede producir paranoia, miedo, angustia y otras reacciones psicológicas o físicas, por lo tanto que la opción de ignorar produzca satisfacción y estabilidad. El punto de convergencia entre estos dos sería: puedo saberlo todo, pero prefiero no hacerlo. Algo así como: sé sobre los narco fosas, pero no me interesa saber de otra muerte.

Por poner un ejemplo: en Aguascalientes, durante la administración de Luis Armando Reynoso Femat (2004-2010), grupos de la delincuencia organizada abatieron a cuatro elementos de la policía municipal 15/02/2007, la prensa lo tituló “Jueves Negro”. La sociedad quedó en un estado de shock, al menos unas semanas. En esa misma administración, se encontraron (en el transcurso de un año) narco mensajes, fosas clandestinas y homicidios de policiales en el municipio de Pabellón de Arteaga. Durante la administración de Femat, la presidencia de la República la encabezaba Felipe Calderón, el mismo que le declaró la guerra las drogas.

Los casos posteriores al “Jueves Negro” fueron calificados por la prensa y los medios oficiales como aislados. La misma ciudadanía adoptó los mensajes mediáticos, se conformó con los militares en las calles y se distanció de la guerra en la que se encontraba -y se encuentra- el país. En esas fechas, se retrataba las muertes, ejecuciones y enfrentamientos como algo cotidiano. Para los hidrocálidos los muertos, sucedían en otros estados: Guerrero, Michoacán o Tamaulipas, lugares alejados y marginados con una historia de narcotráfico. De hecho, ningún suceso relacionado con violencia en Aguascalientes se ha vuelto a nombrar.

Un caso reciente (que ha pasado desapercibido) es la tortura perpetrada por elementos de la policía municipal a nueve hombres que sustrajeron de los separos de la Policía Municipal de Aguascalientes, inclusive la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en México los tuvo que investigar. Pareciera ser que en la tierra de la gente buena, las cosas malas no pasan y si llegaran a pasar son reducidas, ridiculizadas o se relacionan con criterios moralistas etnocentristas.

A pesar de que Aguascalientes no es un estado con altos índices de violencia, no es pretexto para no hablar de ella; sobre todo porque nos encontramos entre territorios de bandas opuestas del crimen organizado, el número de suicidios no disminuye y los crímenes pasionales ya tienen presencia. Distanciarnos de éstos y los otros problemas nos coloca en una posición de espectadores: aficionados a un partido donde el derramamiento de sangre va ganando. Adoptar una posición crítica del contexto inmediato, como del internacional, nos proporciona los mecanismos para entender, tipificar y procesar la información y, con ello, la violencia que veamos; además, la empatía proporciona las ventajas para poder ayudar a la otredad y, con ello, visibilizar los abusos y las brutalidades.

Alejandro Pocoroba García

Alejandro Pocoroba es Licenciado en Sociología por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Actualmente es investigador asistente del Programa de Política de Drogas del CIDE Región Centro.

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